Solita, después de andar breve rato por las calles de Madrid, llegó a
casa del duque del Parque y penetró en las oficinas, que estaban en
el piso bajo a la izquierda del portal o vestíbulo, cuadra tan ancha
que los coches de Su Excelencia podían dar la vuelta para detenerse
ante la gran escalera principal. Conocía tan bien la joven aquellos
lugares donde se albergaba el personal administrativo de la casa, que
no necesitó ser guiada, ni menos anunciada por el portero. Penetró
resueltamente, y al final de oscuro pasillo empujó con suavidad una
puerta y miró hacia adentro... Estaba.
—Entra, Solilla —dijo Monsalud riendo—. Entra y siéntate.
—¿Tienes mucho que hacer, hermano? —preguntó la muchacha, corriendo a
sentarse junto a la mesa en que Salvador escribía.
—No, puedes acompañarme un rato. ¿Y el señor Gil?
—Lo mismo. Le he dejado durmiendo. Siempre consumido de tristeza y cada
vez más decaído. No hay duda que le atormenta la idea de quitarse la
vida. Si yo no tomara tantas precauciones, ya nos habría dado un susto.
Hablaba Soledad con agitación. Sus mejillas ligeramente se coloreaban;
mas no puede asegurarse si este fenómeno tenía por causa el cansancio o
la satisfacción de verse allí, tan cerca de su antiguo vecino y amigo
de siempre. Miraba a todos lados, demostrando interés cariñoso por los
varios objetos de la estancia, desde el archivo que ocupaba un testero,
hasta los cuadros viejos y malos que cubrían el otro. Eran retratos
desechados por carecer de condiciones artísticas, algunos paisajes a
la flamenca, cacerías y también batallas absurdas, en que se veían
caballos muertos que parecían cerdos blancos; arcabuceros apuntando
al cielo, culebrinas que vomitaban bermellón, y torres muy pulidas
por cuyas almenas asomaban lindos arqueros empenachados con plumas de
distintos colores.
A Sola le parecía hermosísimo aquel museo. Después que lo observó todo
con claras muestras de placer infantil, fijó los ojos en la mesa y vio
con sorpresa que no estaba, como otros días, llena de papeles amarillos
y empolvados, de expedientes, cuadernillos, cartas y libros de asiento,
sino de hermosos volúmenes con canto de oro y finísimas pastas; vio
también que su hermano tenía delante varios pliegos donde no había,
como otras veces, grandes filas de números semejantes a ejércitos en
disposición de entrar en batalla, sino renglones de prosa seguida y
corriente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sola a su hermano con amable confianza.
—Para ti no hay secretos —repuso el joven separando la vista del
papel—. Esto no es una cuenta, es un discurso que me ha encargado el
señor duque.
—¿Un discurso?
—Sí; para pronunciarlo pasado mañana en las Cortes. Ya me falta poco
—añadió tomando un libro y hojeándolo—. Veamos lo que dice Voltaire
sobre este punto, porque has de saber que Su Excelencia quiere que en
el discurso haya muchas citas, y que en cada párrafo hablen por su boca
dos o tres filósofos.
La muchacha se echó a reír, aunque no comprendía bien la gracia de
aquella observación. Pero se había acostumbrado a ser eco fiel de las
ideas y de las sensaciones de su hermano, y su hermano en aquella
ocasión parecía contento. Al escribir un párrafo mostraba, con sonrisas
y gestos, burlesco orgullo y satisfacción de sus dotes literarias.
En tanto Soledad, fijos los ojos en el semblante del confeccionador de
discursos y en la mano con que escribía, apoyando sus codos en uno de
los lados de la mesa, no cesaba de tocar, mover y dar vueltas a los
objetos que más cerca tenía. Sentía la pueril necesidad de enredar que
nos invade cuando en momentos de vaga contemplación y de serenidad
de espíritu, cae algún cachivache bajo la acción de nuestras ociosas
manos. Solita cogía un libro para volverlo a colocar por el otro lado;
levantaba un pedazo de plomo destinado al corte de plumas, y con él
tocaba cadenciosamente sobre la mesa una especie de marcha; acariciaba
las barbas de una pluma rozándolas a contrapelo, y por último, tomando
un lápiz, hizo varias rayas y círculos sobre el forro de un cuaderno.
¡Extraña fuerza que hace describir a las manos acompasado vaivén,
siguiendo el misterioso ritmo de las ideas!
—Vamos, atrévete a decirme que no sé hacer discursos —indicó Salvador
jovialmente disponiéndose a leer—. Escucha y tiembla: «¿De qué sirve,
pues, que un caudillo esforzado estableciera la libertad, si el
gobierno hace ilusoria tan gran conquista? ¿De qué sirven tanto penar,
tan formidables luchas y el sacrificio de nuestro reposo, si con las
cadenas rotas forja la perfidia nueva esclavitud?...» Pero dejemos
estas tonterías y pensemos en otra cosa. Esta mañana estuve esperándote
en mi casa, creyendo que irías por allá.
—Ya sabes que no puedo salir cuando quiero. Desde anteayer estoy
proyectando el viaje; pero no he tenido ocasión hasta hoy. Una vez por
semana me has mandado que te vea. Si dejo pasar diez días, es porque no
puede ser de otra manera.
—Ya tendrás falta de dinero. ¡Diez días y hombre enfermo en la casa...!
—dijo Monsalud abriendo una gaveta.
—No, no —replicó Sola vivamente, deteniéndole—. Otro día me darás.
Todavía tenemos.
—Ya le he dicho a usted, señora hermana —manifestó el secretario del
duque con jovial gravedad—, que no me gustan remilgos. Hicimos un
trato, un trato solemne. Yo había de darte todo lo que necesitaras,
y tú habías de tomar lo que yo te diera. Yo soy el juez de tus
necesidades; yo, como hermano mayor, soy quien te arregla las cuentas,
quien te marca los gastos. Yo soy la autoridad, y tú, chiquilla
sin fundamento, no tienes que chistar, ni responderme, ni hacer
observaciones.
Diciendo esto sacó tres monedas de oro, y tomando la mano de Soledad
las puso en ella. Doblole los dedos para cerrarle el puño, y
apretándole suavemente, le dijo:
—¿Qué tienes qué replicar?
Soledad abrió la mano, y llevándose las monedas a la boca las besó.
—Las beso —dijo— como los pobres cuando reciben una limosna.
—¿Te avergüenzas de recibir esos ochavos de oro?
—No me avergüenzo, porque me los das tú, y me los das con el corazón
—dijo Soledad bebiéndose una lágrima y dando un suspiro—. Eres para
nosotros la prueba viva que Dios da de su bondad a las criaturas que
no quiere abandonar. Rechazar tu limosna, responder a tu caridad con
orgullo, sería ofender a Dios. Tu dinero, sea oro o cobre, es para mí
el pan de cada día que se pide a Dios en el Padrenuestro, y que siempre
nos cae del cielo en una forma o en otra.
Después miró las monedas, y tomando dos las presentó a Salvador,
diciéndole:
—Estas dos están de más. Con una basta. No debe haber prodigalidad ni
aun en la limosna, porque otro pobre necesitará mañana lo que hoy me
has dado a mí de más.
—Ya te dije la semana pasada —repuso Monsalud— que ese vestido que
llevas, aunque no carece de decencia, está pidiendo sustituto.
—¡Qué tonto eres! Pues no faltaba más... Por tu vida, que estamos en
situación de presumir. ¿Quieres que me vista de raso?
—No me gusta la gente mal vestida.
—Pero, hermano, te olvidas de una cosa.
—¿De qué?
—De que pido limosna. Soy más pobrecita que esas que por las calles
alargan su mano flaca y piden por Dios. Si tú no existieras...
—Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la
libertad de que habla el discurso.
—Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho,
trabajas como un esclavo para mantener a tu madre, para socorrernos a
mi padre y a mí.
—Y todavía me sobra para dar a otros y para ahorrar. No creas, compraré
una casa y una huerta donde pasar la vida solo y tranquilo. También
pienso hacerte un buen regalo cuando te cases.
—Yo no compro vestido —dijo Sola vivamente y con ligera expresión de
fastidio.
—Lo comprarás; te lo mando yo.
—Más adelante. Guárdame el dinero.
—No ha de ser sino ahora; lo deseo así. Recordarás bien la desgracia
de tu padre. Había escapado de la cárcel, y huía por los campos sin
amparo, sin sustento, sin esperanza. Os mandé venir a Madrid, y sin dar
mi nombre, os proporcioné la entrada libre en esta villa. Tu padre, a
causa del aborrecimiento que me tiene, no quiso ni que se le hablara de
mí; pero tú, más generosa y más humana, corriste a mi lado, diciéndome:
«Hermano, yo te perdono, sin conocerlo, el mal que has hecho a mi
padre. Socórrenos; nos morimos de hambre.»
—Tú me dijiste entonces: «Hagámonos la cuenta otra vez de que hemos
nacido de una misma madre, y acepta sin ofenderte una parte de lo que
tengo.»
—Hicimos el trato. Esto ya no es limosna: es un deber mío, un deber
de familia que cumplo como puedo. Me daría mucha vergüenza de vestir
mejor que tú.
—¡Qué bueno eres! Dios te hizo y rompió el molde —dijo Soledad con
profunda emoción—. Pero me ocurre otra razón para que guardes ese
dinero y aplacemos lo del vestido.
—¿Cuál?
—Con el mejor fin del mundo, yo estoy representando una comedia que tú
me has aconsejado; es decir, tú has sido el poeta y yo la actriz.
—¿Qué comedia?
—Yo le hago creer a mi padre que estamos cobrando todavía la
pensioncilla de que antes vivíamos. No se le puede decir que pido
limosna, y menos que tú me la das. Si llegara a comprender estos
manejos, el pobre se moriría de pesadumbre.
—Engañas a tu padre. Esto es lícito alguna vez.
—Pues bien, caballero —añadió Sola con expresión de triunfo—. La
pensión apenas daría para comer. Si mi padre me ve comprar vestidos y
ponerme majezas, quizás pensaría algo malo de mí.
Salvador meditó un rato.
—En efecto —dijo al fin—. No había caído en eso.
—Ahí tienes el dinero.
—No: le dices a tu padre que has economizado; le dices lo que quieras,
¿sabes? —objetó Monsalud con impaciencia—, pero quiero verte mejor
vestida. No debes atender demasiado a lo que piense tu padre, querida,
porque el pobre viejo es demasiado terco. Ya ves cómo me trata.
Es mucha saña la suya. Pero ya le amansaremos. ¿Sabes que el mejor
día me presento en tu casa, le estrecho la mano y le propongo una
reconciliación?
—¡Ah! —exclamó Soledad con tristeza—. No sabes bien cuánto te aborrece.
Yo le he preguntado mil veces la causa, y nunca ha querido decírmela.
Ello será alguna cosa muy rara, alguna equivocación, quizás una
tontería, porque creer yo que tú eres malo, no, eso no lo creeré jamás.
—Según lo que se entienda por maldad. Pero dime, ¿el señor Gil me
nombra con frecuencia?
—¡Quia! Lo menos posible, aunque bien se le conoce que te tiene en el
pensamiento. Yo lo comprendo así, porque me he acostumbrado a leer en
su pensamiento, y para obligarle a que me revele la causa de su odio,
te nombro.
—¿Le recuerdas cuando éramos vecinos?...
—Y cuando iba yo a charlar con tu mamá.
—¿Y cuando le saqué de la cárcel de Corona?
—Y todos los beneficios que nos has hecho y tu buen comportamiento
y generosidad —dijo Solita, exagerando con la voz y el gesto lo que
expresaban las palabras—. Pero, hijo, el recuerdo de tus bondades le
ensoberbece más... ¡Si vieras cómo se pone!... La única vez que me ha
dicho términos malsonantes, amenazando pegarme, fue por ciertos elogios
que hice de ti. Díjome que eras un malvado, un perverso, un... ¡no
puedo repetir aquellas palabrotas! Mi padre se equivoca; ¿no crees tú
que se equivoca?
—Quizás no —repuso sombríamente Monsalud.
—¡Vaya, que tienes tú también unas rarezas...! ¿Conque dices que no se
equivoca en lo que piensa de ti?
—Digo que no lo sé.
—Si le oyeras repetir: «Ese hombre es un monstruo, hija mía; no te
manches la boca nombrándole»; si le oyeras esto, dirías que ha perdido
el juicio. ¡Desgraciado padre mío! Ayer mismo me dijo: «Si ves a ese
hombre en la calle, huye, corre, no le mires, evita su presencia y su
contacto como el de un reptil venenoso...» ¡Reptil venenoso nada menos,
caballerito!... Y has de saber que tú manchas cuanto tocas. Todas esas
gracias tienes. Oyendo a mi padre tales locuras, ayer, ayer mismo, el
corazón se me oprimía, las lágrimas se me saltaban, y estuve tentada de
contestarle: «pues el reptil venenoso nos está dando de comer», pero no
me atreví... Mejor fue callar, ¿no es verdad?
—Callar, callar siempre. No le contraríes jamás en este tema. Apóyale
más bien, La verdad es que no soy un modelo.
—Si al menos hubiese algún motivo, por pequeño que fuera, un motivo...
—Pues lo hay —dijo Salvador mirando serenamente a su joven amiga—.
¿Tú qué sabes de cosas del mundo? Tú no entiendes de maldades,
afortunadamente.
—Pues si hay un motivo —exclamó Sola con ardor—, si alguna razón hay
para que mi padre te llame perverso, dímelo por Dios, dímelo, Salvador;
dame esa prueba de confianza. Tu falta, tu error, tu equivocación o
lo que sea, no puede ser grave; será una tontería, una cosa..., una
de esas cosas que no valen nada..., una sandez de esas que no merecen
odio, sino risa...
—No es tontería.
—Pues lo que sea, dímelo; me parece que merezco esa prueba de
confianza. ¿Crees que me asustaré?... Sí, buena soy yo para espantarme
de nada. He visto mucho mundo, señor mío; he visto muchas pilladas, y
las tuyas, por grandes que sean, no me llamarán la atención.
—Es que las mías son muy grandes —dijo Salvador riendo—. Vamos, no
quiero perder tu buena amistad. Es la única amistad verdadera que
tengo. Déjamela.
—La tendrás mientras yo viva —indicó Sola con viva emoción—. Yo te juro
que la tendrás, aunque seas más malo que el mal ladrón, aunque hayas
sido asesino, salteador... ¿Por qué te ríes?
—¡Asesino, salteador!
—Vamos, ya se comprende que no habrá sido tanto.
—Quizás más.
—¿Más? Tú también has perdido el juicio. No aumentes mi curiosidad.
—¿Tienes mucha?
—Muchísima. Me abraso... ¡Bah! Tú quieres confundirme. ¿Cómo puedo
yo creer que tú, que tú, un hombre tan bueno, tan generoso, hayas
ofendido...? Porque mi padre ha de creer que tú le has ofendido
personalmente.
—Personalmente.
—¿De qué manera?
—Imagina la peor.
—¿Y la ofensa ha sido grande?
—Inmensa.
—Mentira, mentira. Por Dios, no me atormentes.
—Tú me atormentas a mí de un modo cruel.
—Si hablaras...
—Si callaras tú.
—Pues dímelo todo.
—Sola, querida hermana; el mérito consiste en perdonar las ofensas sin
conocerlas. También es gran mérito, sobre todo en las mujeres, refrenar
la curiosidad.
—Con respecto a ti no dirás que soy curiosa, ni atisbadora, ni
entrometida. ¿Sé yo algo de tu vida? ¿Te pregunto en dónde pasas el
tiempo que no estás aquí ni en tu casa? Verdad es que no tengo derecho
a saber nada; pero, en fin..., en algo más que en los socorros que
recibo debiera conocerse que somos hermanos, como tú dices. Jamás me
has hecho una confianza, ni me has contado la causa de tus tristezas
cuando estás triste, ni el motivo de tus alegrías cuando estás alegre.
—¡Si lo sabes todo, tonta!
—Si lo ignoro todo, pero todo —afirmó Sola con cierto enojo—. Dicen que
los hombres enamorados son muy comunicativos; pero tú no lo eres.
—¿Estoy yo enamorado acaso?
—Siempre lo estás. ¿Pues qué, eso no se conoce? Estás enamorado, sí;
pero vaya usted a averiguar de quién. De alguna gran señora..., algo,
algo se le va descubriendo a usía, caballerito. No podrás negar que
tienes siempre el pensamiento allá, en las quintas regiones, ¿me
explico? Quiero decir, hermanito, que rara vez estás en este mundo,
donde nos arrastramos los desdichados que vivimos de pan.
—¿Y a eso llamas estar enamorado?
—Pues es claro. Enamorado estás. Si no es de una mujer, será de todas a
la vez, o de alguna que por sus muchas perfecciones no pueda existir,
ni existe..., pero siempre hay alguna de carne y hueso, ¿no es verdad?
Yo así lo creo, y tu madre lo cree también, pues dice que ahora estás
más distraído que nunca; que te hablan y no contestas; que no ves lo
que tienes delante; que no reparas en nada; que no duermes; que comes
poco; que hablas solo; en fin, que tienes dos vidas (eso lo digo yo):
esta que todos vemos, y otra que ignoramos; esta que es clara, natural
y sencilla, y otra que anda por esas nubes..., yo no sé explicarme...,
otra que vive en amores muy sutiles y..., ¿cómo decirlo?..., en amores
terribles..., parece que vas entendiendo.
Salvador reía.
—Vaya, puesto que te empeñas en ello, hermanita, voy a tener confianza
contigo y a contarte...
—¿Sí? Pues ahora mismo: empieza.
—No, ahora no.
—Sí, ahora. Sabe Dios cuándo volveré.
—Volverás otro día. Además, chiquilla, es preciso no olvidar el
discurso del señor duque.
—¡Maldito discurso!...
—Ya hemos charlado bastante. Ahora te vas a tu casa, acompañas a tu
papá, le cuentas cualquier amena historia que le distraiga, despachas
tus quehaceres, das un paseíto con el viejo, vuelves a tu casa, coses
un poco, y después te acuestas para dormir santamente como un ángel.
—¡Sí..., dormir!... Bueno, me marcharé —dijo Sola dirigiendo una mirada
triste a los cuadros que ornaban las paredes—. Adiós.
—Y al dormir soñarás con tu primo Anatolio Gordón, el cual del puesto
de primo va a pasar al puesto de marido, y que si no ha llegado, ni
escribe, ni parece, ya llegará, y escribirá, y parecerá, porque Dios no
abandona a los suyos.
Soledad exhaló un suspiro y se dispuso a salir. Oyose en el mismo
instante una campanilla.
—El señor duque me llama —dijo Salvador—. Adiós, hermana. Haz todo lo
que te digo, obedéceme, y verás qué bien te va. Cuidado cómo te olvidas
del vestido... Vuelve dentro de ocho días..., o antes, siempre que se
te ofrezca algo urgente. También puedes escribirme.
—Todo, todo lo que mandes haré.
—Vaya, vaya —dijo Monsalud con impaciencia—, basta de despedidas, adiós.
—Adiós. ¿Has dicho que dentro de ocho días? Bueno. Y del vestido, ¿qué
has dicho?
Sola se detuvo junto a la puerta.
—Que sea muy bonito... Vete ya..., el duque me llama. ¡Cómo pierdo el
tiempo! Adiós, adiós.