II

Solita, después de andar breve rato por las calles de Madrid, llegó a

casa del duque del Parque y penetró en las oficinas, que estaban en

el piso bajo a la izquierda del portal o vestíbulo, cuadra tan ancha

que los coches de Su Excelencia podían dar la vuelta para detenerse

ante la gran escalera principal. Conocía tan bien la joven aquellos

lugares donde se albergaba el personal administrativo de la casa, que

no necesitó ser guiada, ni menos anunciada por el portero. Penetró

resueltamente, y al final de oscuro pasillo empujó con suavidad una

puerta y miró hacia adentro... Estaba.

—Entra, Solilla —dijo Monsalud riendo—. Entra y siéntate.

—¿Tienes mucho que hacer, hermano? —preguntó la muchacha, corriendo a

sentarse junto a la mesa en que Salvador escribía.

—No, puedes acompañarme un rato. ¿Y el señor Gil?

—Lo mismo. Le he dejado durmiendo. Siempre consumido de tristeza y cada

vez más decaído. No hay duda que le atormenta la idea de quitarse la

vida. Si yo no tomara tantas precauciones, ya nos habría dado un susto.

Hablaba Soledad con agitación. Sus mejillas ligeramente se coloreaban;

mas no puede asegurarse si este fenómeno tenía por causa el cansancio o

la satisfacción de verse allí, tan cerca de su antiguo vecino y amigo

de siempre. Miraba a todos lados, demostrando interés cariñoso por los

varios objetos de la estancia, desde el archivo que ocupaba un testero,

hasta los cuadros viejos y malos que cubrían el otro. Eran retratos

desechados por carecer de condiciones artísticas, algunos paisajes a

la flamenca, cacerías y también batallas absurdas, en que se veían

caballos muertos que parecían cerdos blancos; arcabuceros apuntando

al cielo, culebrinas que vomitaban bermellón, y torres muy pulidas

por cuyas almenas asomaban lindos arqueros empenachados con plumas de

distintos colores.

A Sola le parecía hermosísimo aquel museo. Después que lo observó todo

con claras muestras de placer infantil, fijó los ojos en la mesa y vio

con sorpresa que no estaba, como otros días, llena de papeles amarillos

y empolvados, de expedientes, cuadernillos, cartas y libros de asiento,

sino de hermosos volúmenes con canto de oro y finísimas pastas; vio

también que su hermano tenía delante varios pliegos donde no había,

como otras veces, grandes filas de números semejantes a ejércitos en

disposición de entrar en batalla, sino renglones de prosa seguida y

corriente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sola a su hermano con amable confianza.

—Para ti no hay secretos —repuso el joven separando la vista del

papel—. Esto no es una cuenta, es un discurso que me ha encargado el

señor duque.

—¿Un discurso?

—Sí; para pronunciarlo pasado mañana en las Cortes. Ya me falta poco

—añadió tomando un libro y hojeándolo—. Veamos lo que dice Voltaire

sobre este punto, porque has de saber que Su Excelencia quiere que en

el discurso haya muchas citas, y que en cada párrafo hablen por su boca

dos o tres filósofos.

La muchacha se echó a reír, aunque no comprendía bien la gracia de

aquella observación. Pero se había acostumbrado a ser eco fiel de las

ideas y de las sensaciones de su hermano, y su hermano en aquella

ocasión parecía contento. Al escribir un párrafo mostraba, con sonrisas

y gestos, burlesco orgullo y satisfacción de sus dotes literarias.

En tanto Soledad, fijos los ojos en el semblante del confeccionador de

discursos y en la mano con que escribía, apoyando sus codos en uno de

los lados de la mesa, no cesaba de tocar, mover y dar vueltas a los

objetos que más cerca tenía. Sentía la pueril necesidad de enredar que

nos invade cuando en momentos de vaga contemplación y de serenidad

de espíritu, cae algún cachivache bajo la acción de nuestras ociosas

manos. Solita cogía un libro para volverlo a colocar por el otro lado;

levantaba un pedazo de plomo destinado al corte de plumas, y con él

tocaba cadenciosamente sobre la mesa una especie de marcha; acariciaba

las barbas de una pluma rozándolas a contrapelo, y por último, tomando

un lápiz, hizo varias rayas y círculos sobre el forro de un cuaderno.

¡Extraña fuerza que hace describir a las manos acompasado vaivén,

siguiendo el misterioso ritmo de las ideas!

—Vamos, atrévete a decirme que no sé hacer discursos —indicó Salvador

jovialmente disponiéndose a leer—. Escucha y tiembla: «¿De qué sirve,

pues, que un caudillo esforzado estableciera la libertad, si el

gobierno hace ilusoria tan gran conquista? ¿De qué sirven tanto penar,

tan formidables luchas y el sacrificio de nuestro reposo, si con las

cadenas rotas forja la perfidia nueva esclavitud?...» Pero dejemos

estas tonterías y pensemos en otra cosa. Esta mañana estuve esperándote

en mi casa, creyendo que irías por allá.

—Ya sabes que no puedo salir cuando quiero. Desde anteayer estoy

proyectando el viaje; pero no he tenido ocasión hasta hoy. Una vez por

semana me has mandado que te vea. Si dejo pasar diez días, es porque no

puede ser de otra manera.

—Ya tendrás falta de dinero. ¡Diez días y hombre enfermo en la casa...!

—dijo Monsalud abriendo una gaveta.

—No, no —replicó Sola vivamente, deteniéndole—. Otro día me darás.

Todavía tenemos.

—Ya le he dicho a usted, señora hermana —manifestó el secretario del

duque con jovial gravedad—, que no me gustan remilgos. Hicimos un

trato, un trato solemne. Yo había de darte todo lo que necesitaras,

y tú habías de tomar lo que yo te diera. Yo soy el juez de tus

necesidades; yo, como hermano mayor, soy quien te arregla las cuentas,

quien te marca los gastos. Yo soy la autoridad, y tú, chiquilla

sin fundamento, no tienes que chistar, ni responderme, ni hacer

observaciones.

Diciendo esto sacó tres monedas de oro, y tomando la mano de Soledad

las puso en ella. Doblole los dedos para cerrarle el puño, y

apretándole suavemente, le dijo:

—¿Qué tienes qué replicar?

Soledad abrió la mano, y llevándose las monedas a la boca las besó.

—Las beso —dijo— como los pobres cuando reciben una limosna.

—¿Te avergüenzas de recibir esos ochavos de oro?

—No me avergüenzo, porque me los das tú, y me los das con el corazón

—dijo Soledad bebiéndose una lágrima y dando un suspiro—. Eres para

nosotros la prueba viva que Dios da de su bondad a las criaturas que

no quiere abandonar. Rechazar tu limosna, responder a tu caridad con

orgullo, sería ofender a Dios. Tu dinero, sea oro o cobre, es para mí

el pan de cada día que se pide a Dios en el Padrenuestro, y que siempre

nos cae del cielo en una forma o en otra.

Después miró las monedas, y tomando dos las presentó a Salvador,

diciéndole:

—Estas dos están de más. Con una basta. No debe haber prodigalidad ni

aun en la limosna, porque otro pobre necesitará mañana lo que hoy me

has dado a mí de más.

—Ya te dije la semana pasada —repuso Monsalud— que ese vestido que

llevas, aunque no carece de decencia, está pidiendo sustituto.

—¡Qué tonto eres! Pues no faltaba más... Por tu vida, que estamos en

situación de presumir. ¿Quieres que me vista de raso?

—No me gusta la gente mal vestida.

—Pero, hermano, te olvidas de una cosa.

—¿De qué?

—De que pido limosna. Soy más pobrecita que esas que por las calles

alargan su mano flaca y piden por Dios. Si tú no existieras...

—Pero como existo... Me parece que no soy una sombra vana, como la

libertad de que habla el discurso.

—Sí; pero comprar vestidos sería abusar de tu caridad. Trabajas mucho,

trabajas como un esclavo para mantener a tu madre, para socorrernos a

mi padre y a mí.

—Y todavía me sobra para dar a otros y para ahorrar. No creas, compraré

una casa y una huerta donde pasar la vida solo y tranquilo. También

pienso hacerte un buen regalo cuando te cases.

—Yo no compro vestido —dijo Sola vivamente y con ligera expresión de

fastidio.

—Lo comprarás; te lo mando yo.

—Más adelante. Guárdame el dinero.

—No ha de ser sino ahora; lo deseo así. Recordarás bien la desgracia

de tu padre. Había escapado de la cárcel, y huía por los campos sin

amparo, sin sustento, sin esperanza. Os mandé venir a Madrid, y sin dar

mi nombre, os proporcioné la entrada libre en esta villa. Tu padre, a

causa del aborrecimiento que me tiene, no quiso ni que se le hablara de

mí; pero tú, más generosa y más humana, corriste a mi lado, diciéndome:

«Hermano, yo te perdono, sin conocerlo, el mal que has hecho a mi

padre. Socórrenos; nos morimos de hambre.»

—Tú me dijiste entonces: «Hagámonos la cuenta otra vez de que hemos

nacido de una misma madre, y acepta sin ofenderte una parte de lo que

tengo.»

—Hicimos el trato. Esto ya no es limosna: es un deber mío, un deber

de familia que cumplo como puedo. Me daría mucha vergüenza de vestir

mejor que tú.

—¡Qué bueno eres! Dios te hizo y rompió el molde —dijo Soledad con

profunda emoción—. Pero me ocurre otra razón para que guardes ese

dinero y aplacemos lo del vestido.

—¿Cuál?

—Con el mejor fin del mundo, yo estoy representando una comedia que tú

me has aconsejado; es decir, tú has sido el poeta y yo la actriz.

—¿Qué comedia?

—Yo le hago creer a mi padre que estamos cobrando todavía la

pensioncilla de que antes vivíamos. No se le puede decir que pido

limosna, y menos que tú me la das. Si llegara a comprender estos

manejos, el pobre se moriría de pesadumbre.

—Engañas a tu padre. Esto es lícito alguna vez.

—Pues bien, caballero —añadió Sola con expresión de triunfo—. La

pensión apenas daría para comer. Si mi padre me ve comprar vestidos y

ponerme majezas, quizás pensaría algo malo de mí.

Salvador meditó un rato.

—En efecto —dijo al fin—. No había caído en eso.

—Ahí tienes el dinero.

—No: le dices a tu padre que has economizado; le dices lo que quieras,

¿sabes? —objetó Monsalud con impaciencia—, pero quiero verte mejor

vestida. No debes atender demasiado a lo que piense tu padre, querida,

porque el pobre viejo es demasiado terco. Ya ves cómo me trata.

Es mucha saña la suya. Pero ya le amansaremos. ¿Sabes que el mejor

día me presento en tu casa, le estrecho la mano y le propongo una

reconciliación?

—¡Ah! —exclamó Soledad con tristeza—. No sabes bien cuánto te aborrece.

Yo le he preguntado mil veces la causa, y nunca ha querido decírmela.

Ello será alguna cosa muy rara, alguna equivocación, quizás una

tontería, porque creer yo que tú eres malo, no, eso no lo creeré jamás.

—Según lo que se entienda por maldad. Pero dime, ¿el señor Gil me

nombra con frecuencia?

—¡Quia! Lo menos posible, aunque bien se le conoce que te tiene en el

pensamiento. Yo lo comprendo así, porque me he acostumbrado a leer en

su pensamiento, y para obligarle a que me revele la causa de su odio,

te nombro.

—¿Le recuerdas cuando éramos vecinos?...

—Y cuando iba yo a charlar con tu mamá.

—¿Y cuando le saqué de la cárcel de Corona?

—Y todos los beneficios que nos has hecho y tu buen comportamiento

y generosidad —dijo Solita, exagerando con la voz y el gesto lo que

expresaban las palabras—. Pero, hijo, el recuerdo de tus bondades le

ensoberbece más... ¡Si vieras cómo se pone!... La única vez que me ha

dicho términos malsonantes, amenazando pegarme, fue por ciertos elogios

que hice de ti. Díjome que eras un malvado, un perverso, un... ¡no

puedo repetir aquellas palabrotas! Mi padre se equivoca; ¿no crees tú

que se equivoca?

—Quizás no —repuso sombríamente Monsalud.

—¡Vaya, que tienes tú también unas rarezas...! ¿Conque dices que no se

equivoca en lo que piensa de ti?

—Digo que no lo sé.

—Si le oyeras repetir: «Ese hombre es un monstruo, hija mía; no te

manches la boca nombrándole»; si le oyeras esto, dirías que ha perdido

el juicio. ¡Desgraciado padre mío! Ayer mismo me dijo: «Si ves a ese

hombre en la calle, huye, corre, no le mires, evita su presencia y su

contacto como el de un reptil venenoso...» ¡Reptil venenoso nada menos,

caballerito!... Y has de saber que tú manchas cuanto tocas. Todas esas

gracias tienes. Oyendo a mi padre tales locuras, ayer, ayer mismo, el

corazón se me oprimía, las lágrimas se me saltaban, y estuve tentada de

contestarle: «pues el reptil venenoso nos está dando de comer», pero no

me atreví... Mejor fue callar, ¿no es verdad?

—Callar, callar siempre. No le contraríes jamás en este tema. Apóyale

más bien, La verdad es que no soy un modelo.

—Si al menos hubiese algún motivo, por pequeño que fuera, un motivo...

—Pues lo hay —dijo Salvador mirando serenamente a su joven amiga—.

¿Tú qué sabes de cosas del mundo? Tú no entiendes de maldades,

afortunadamente.

—Pues si hay un motivo —exclamó Sola con ardor—, si alguna razón hay

para que mi padre te llame perverso, dímelo por Dios, dímelo, Salvador;

dame esa prueba de confianza. Tu falta, tu error, tu equivocación o

lo que sea, no puede ser grave; será una tontería, una cosa..., una

de esas cosas que no valen nada..., una sandez de esas que no merecen

odio, sino risa...

—No es tontería.

—Pues lo que sea, dímelo; me parece que merezco esa prueba de

confianza. ¿Crees que me asustaré?... Sí, buena soy yo para espantarme

de nada. He visto mucho mundo, señor mío; he visto muchas pilladas, y

las tuyas, por grandes que sean, no me llamarán la atención.

—Es que las mías son muy grandes —dijo Salvador riendo—. Vamos, no

quiero perder tu buena amistad. Es la única amistad verdadera que

tengo. Déjamela.

—La tendrás mientras yo viva —indicó Sola con viva emoción—. Yo te juro

que la tendrás, aunque seas más malo que el mal ladrón, aunque hayas

sido asesino, salteador... ¿Por qué te ríes?

—¡Asesino, salteador!

—Vamos, ya se comprende que no habrá sido tanto.

—Quizás más.

—¿Más? Tú también has perdido el juicio. No aumentes mi curiosidad.

—¿Tienes mucha?

—Muchísima. Me abraso... ¡Bah! Tú quieres confundirme. ¿Cómo puedo

yo creer que tú, que tú, un hombre tan bueno, tan generoso, hayas

ofendido...? Porque mi padre ha de creer que tú le has ofendido

personalmente.

—Personalmente.

—¿De qué manera?

—Imagina la peor.

—¿Y la ofensa ha sido grande?

—Inmensa.

—Mentira, mentira. Por Dios, no me atormentes.

—Tú me atormentas a mí de un modo cruel.

—Si hablaras...

—Si callaras tú.

—Pues dímelo todo.

—Sola, querida hermana; el mérito consiste en perdonar las ofensas sin

conocerlas. También es gran mérito, sobre todo en las mujeres, refrenar

la curiosidad.

—Con respecto a ti no dirás que soy curiosa, ni atisbadora, ni

entrometida. ¿Sé yo algo de tu vida? ¿Te pregunto en dónde pasas el

tiempo que no estás aquí ni en tu casa? Verdad es que no tengo derecho

a saber nada; pero, en fin..., en algo más que en los socorros que

recibo debiera conocerse que somos hermanos, como tú dices. Jamás me

has hecho una confianza, ni me has contado la causa de tus tristezas

cuando estás triste, ni el motivo de tus alegrías cuando estás alegre.

—¡Si lo sabes todo, tonta!

—Si lo ignoro todo, pero todo —afirmó Sola con cierto enojo—. Dicen que

los hombres enamorados son muy comunicativos; pero tú no lo eres.

—¿Estoy yo enamorado acaso?

—Siempre lo estás. ¿Pues qué, eso no se conoce? Estás enamorado, sí;

pero vaya usted a averiguar de quién. De alguna gran señora..., algo,

algo se le va descubriendo a usía, caballerito. No podrás negar que

tienes siempre el pensamiento allá, en las quintas regiones, ¿me

explico? Quiero decir, hermanito, que rara vez estás en este mundo,

donde nos arrastramos los desdichados que vivimos de pan.

—¿Y a eso llamas estar enamorado?

—Pues es claro. Enamorado estás. Si no es de una mujer, será de todas a

la vez, o de alguna que por sus muchas perfecciones no pueda existir,

ni existe..., pero siempre hay alguna de carne y hueso, ¿no es verdad?

Yo así lo creo, y tu madre lo cree también, pues dice que ahora estás

más distraído que nunca; que te hablan y no contestas; que no ves lo

que tienes delante; que no reparas en nada; que no duermes; que comes

poco; que hablas solo; en fin, que tienes dos vidas (eso lo digo yo):

esta que todos vemos, y otra que ignoramos; esta que es clara, natural

y sencilla, y otra que anda por esas nubes..., yo no sé explicarme...,

otra que vive en amores muy sutiles y..., ¿cómo decirlo?..., en amores

terribles..., parece que vas entendiendo.

Salvador reía.

—Vaya, puesto que te empeñas en ello, hermanita, voy a tener confianza

contigo y a contarte...

—¿Sí? Pues ahora mismo: empieza.

—No, ahora no.

—Sí, ahora. Sabe Dios cuándo volveré.

—Volverás otro día. Además, chiquilla, es preciso no olvidar el

discurso del señor duque.

—¡Maldito discurso!...

—Ya hemos charlado bastante. Ahora te vas a tu casa, acompañas a tu

papá, le cuentas cualquier amena historia que le distraiga, despachas

tus quehaceres, das un paseíto con el viejo, vuelves a tu casa, coses

un poco, y después te acuestas para dormir santamente como un ángel.

—¡Sí..., dormir!... Bueno, me marcharé —dijo Sola dirigiendo una mirada

triste a los cuadros que ornaban las paredes—. Adiós.

—Y al dormir soñarás con tu primo Anatolio Gordón, el cual del puesto

de primo va a pasar al puesto de marido, y que si no ha llegado, ni

escribe, ni parece, ya llegará, y escribirá, y parecerá, porque Dios no

abandona a los suyos.

Soledad exhaló un suspiro y se dispuso a salir. Oyose en el mismo

instante una campanilla.

—El señor duque me llama —dijo Salvador—. Adiós, hermana. Haz todo lo

que te digo, obedéceme, y verás qué bien te va. Cuidado cómo te olvidas

del vestido... Vuelve dentro de ocho días..., o antes, siempre que se

te ofrezca algo urgente. También puedes escribirme.

—Todo, todo lo que mandes haré.

—Vaya, vaya —dijo Monsalud con impaciencia—, basta de despedidas, adiós.

—Adiós. ¿Has dicho que dentro de ocho días? Bueno. Y del vestido, ¿qué

has dicho?

Sola se detuvo junto a la puerta.

—Que sea muy bonito... Vete ya..., el duque me llama. ¡Cómo pierdo el

tiempo! Adiós, adiós.

7 de julio · 第 6 / 31 题