Lo primero que hizo Gener en cuanto dejó en su casa a Elena, fue
marcharse a _El País_, el periódico de la mañana en que tenía más
amigos, y escribir un artículo a la memoria de Bedmar, un hermoso
artículo por cierto, una verdadera crónica, como deben ser las
crónicas, sencilla, breve, rápida y sentida. Todos, cosa rara, la
encontraron admirablemente hecha. La crónica era sencillamente una
excitación a los círculos y sociedades artísticas y literarias, y
al público en general, para que tributasen el último homenaje de
admiración al gran poeta acompañando su cadáver.
—Es lo menos que se puede hacer por un amigo a quien se quería y
admiraba —añadía Luis a guisa de comentario—. Además, yo iré esta noche
en persona a ver a los individuos de la Prensa, Escritores y Artistas y
Círculo de Bellas Artes. Es necesario que todo Madrid vaya al entierro.
Luego discutieron la forma mejor de avisar a la familia, conviniendo
todos en dirigir un despacho urgente a los ayudantes del general
Bedmar, antes de que lo telegrafiasen los corresponsales de provincias.
—Encárgate tú de eso —le dijo a uno de los redactores—. Yo me voy al
Círculo de Bellas Artes, a ver si tropiezo con alguien de la directiva.
Al llegar a la calle se encontró con que no tenía un céntimo para tomar
un coche. Ni siquiera le quedaba el recurso de empeñar el reloj, porque
con la precipitación lo dejó todo olvidado en casa. Afortunadamente,
en la calle de Peligros se encontró a Isabelilla que volvía de los
Jardines con Paca Rey, y la pidió dos duros.
—Dos y cinco y veinte y todos los que tú quieras —le dijo ella—. Es
decir, siempre y cuando tú me garantices que no son para marcharte de
juerga con otra.
—¡No, mujer, nada de eso!
Y le explicó para qué los quería. Las dos mujeres se afectaron mucho,
hasta el punto de saltárseles las lágrimas. ¡Pobrecillo! Ellas también
querían mucho a Bedmar, ¡ya lo creo!, ¡muchísimo!, y eso que era un
_desaborío_ para las mujeres. Pero con todo, le apreciaban por lo
desgraciado que era y por los versos tan bonitos que hacía. Luego, al
saber los transportes de Elena, Isabel se indignó.
—¡Valiente sinvergüenza! ¡Hipócrita! Después de haber estado haciéndole
sufrir toda la vida, después de ser ella la causa de sus desdichas,
venir a última hora con lloriqueos y dolores. ¡Ay, qué asco! ¡Te digo
que me dan un asco esas mujeres! ¿Cuándo vas a venir a casa?
—Cuando tú quieras.
—Mañana estás de entierro. Pasado mañana, ¿quieres? Ese se ha vuelto a
marchar. Está en Oviedo y no volverá hasta dentro de quince días, lo
menos. Ven por la tarde; ya sabes que por las tardes estoy sola.
Y se marchó con Paca Rey, escapada como siempre, con sus breves
saltitos de pájaro.
A las tres de la madrugada lograba Luis ver todos sus trabajos
coronados por el éxito. Las tres sociedades enviarían coronas y
comisiones. La de Escritores y Artistas sufragaría además los gastos
del entierro, pues no consideraba decoroso para la clase ni para la
memoria del muerto, que los pagase una mujer con la que al fin y al
cabo ningún vínculo le ligaba. Los cronistas de los grandes periódicos
se brindaron gustosos a escribir cada uno un artículo lo más largo
y lo más cariñoso posible. ¡Ya lo creo! ¡No faltaba más! Un poeta
como Bedmar, un talento, una gloria nacional... No hacía falta que lo
hubiera recomendado. Bedmar se merecía aquello y mucho más. ¡Ya lo creo!
Era curioso ver cómo toda aquella gente que tres días antes
descuartizaba la reputación literaria del poeta tachándole de
embrutecido y agotado se deshacía ahora en elogios y alabanzas.
—¡Hipócritas! ¡Cobardes! ¡Miserables! ¡Cómo se conoce que ya no puede
haceros sombra! Por eso habláis bien de él —murmuraba Luis camino de
su casa—. Si resucitara, volveríais todos a morderle y a envenenarle
el pan para que se muriera de nuevo cuanto antes. ¡Qué misteriosas
combinaciones tiene el azar a ratos! —pensaba luego—. Gracias a mí, el
último noticiero de Madrid, el más insignificante de todos, gracias a
la chulesca generosidad de una perdida, la muerte de este pobre poeta
no pasará inadvertida para sus contemporáneos. Gracias a mí irá gente a
su entierro.
Y se reía al pensar estas coincidencias de la vida, estos raros
caprichos de la suerte, que hacen depender de una palabra a veces, la
fama y el olvido, la gloria y el desprecio. Pero, en fin, el objeto
principal se había conseguido. El entierro sería solemne. Era indudable
que, bien preparada la opinión, la gente acudiría. La gente es una niña
curiosa que va siempre adonde le dicen que hay algo que ver, bueno
o malo, grande o chico, alegre o triste. Sí, era indudable que todo
Madrid iría al entierro. Desde este punto de vista, Luis podía estar y
estaba satisfecho.
Pero mucho más aún lo estuvo al día siguiente cuando vio el número
verdaderamente considerable de personas que se aglomeraban en la
puerta del Hospital. Periodistas, políticos, artistas, escritores,
escritores sobre todo. Podía asegurarse que ni uno solo dejó de acudir
al llamamiento. Todos estaban allí, viejos y jóvenes, maestros y
principiantes, los que habían escalado la cumbre y los que luchaban
por lograrla. La muerte, borrando con mano generosa odios y rencores,
hipocresías y convencionalismos, los reunía a todos bajo un mismo
sentimiento de compañerismo y caridad. Los pequeños deponían sus
envidias, los fuertes su orgullo, los que ayer le humillaban, negándole
el saludo por borracho y envilecido, hoy le ensalzaban como talento
indiscutible, y todos acudían a rendir el último tributo, el postrer
homenaje al gran poeta del sentimiento, al gran cantor de la tristeza
y la amargura.
Conforme la hora del entierro se iba aproximando, aparecían nuevas
personas, nuevos carruajes desembocaban en la plaza inmensa; coquetonas
berlinas, lujosos landós, milords charolados, modestos simones; hasta
un coche de ministro; desde lejos se distinguieron los sombreros del
cochero y del lacayo, con sus anchos galones de oro y sus escarapelas
con los colores nacionales.
—¿Quién es?, ¿quién es?
Era el ministro de Marina, amigo íntimo y compañero del padre de
Antonio. Descendió del carruaje y se aproximó a un grupo de periodistas
que, solícitos acudieron a saludarle y a pedirle de paso noticias sobre
el proyecto de reformas de los arsenales que tenía en estudio.
La muchedumbre se apiñaba en la plaza estrujándose y oprimiéndose y
empinándose para ver mejor, indiferente a la lluvia de fuego que el
sol derramaba sobre sus cabezas. Los mejor informados daban largas
explicaciones sobre quién había sido el muerto y de las cosas que hacía
en vida. Algunos llevaban su entusiasmo hasta el punto de recitar sus
composiciones, que los demás escuchaban con respetuoso silencio. A
continuación venían las frases compasivas, los comentarios crudos, las
reflexiones crueles de una lógica brutal y abrumadora. «Sí, sí, ahora
mucha fachenda y mucho lujo y le han dejado morir en el hospital... Al
burro muerto...». Y otras por el estilo.
—¿Pero aquí quién preside? —preguntó el ministro.
¡Toma!, pues era verdad; no había presidencia. Fue necesario improvisar
una con los representantes de las Sociedades, el administrador de _La
Abeja_ y el cura del hospital, que se ofreció gustoso a título de
último confesor del muerto y amigo particular de la familia, según
aseguró. El ministro, a quien se le hizo igual ofrecimiento, se excusó
de aceptarlo, pretextando que sus ocupaciones le impedían llegar al
cementerio. En cambio, a Luis nadie se tomó la molestia de decirle
nada; bien es verdad que si se lo hubieran dicho, tampoco habría
aceptado.
Por fin el fúnebre cortejo se puso en marcha. Precedíanle cuatro
guardias municipales montados, con los bruñidos cascos relucientes
y los largos penachos de crin que el viento hacía ondear. Detrás la
carroza con sus negros caballos empenachados. Llevaban cintas del
féretro individuos de las Asociaciones de la Prensa, Escritores y
Artistas, Círculo de Bellas Artes, y Manolo Ruiz por la redacción de
_La Abeja_. Detrás venían las coronas, entre las que sobresalía una
inmensa de flores naturales, sin cinta ni dedicatoria.
Caía un sol de justicia. Mientras anduvieron por el paseo del Botánico
pudieron defenderse de los rayos, resguardándose bajo la sombra de los
árboles; pero al llegar a la plaza de Cánovas, las protestas fueron
generales.
—¡Qué barbaridad, qué calor! Esto es inaguantable, esto es imposible,
esto no hay quien lo resista. ¿A quién se le ocurre organizar un
entierro a las cuatro y media de la tarde en pleno mes de julio? ¡Y al
Este!
—¿Y dónde querían ustedes que le llevaran? —replicó Luis malhumorado—.
¿A la Basílica de Atocha?
—¿Por qué no? Otros están allí con menos motivo.
—¡Sí, alabadle ahora, cuando hace dos días le desollabais vivo!
—¡Toma, por eso, porque estaba vivo! Desengáñate, Luis; salvo tu
opinión, lo mejor que ha podido hacer Antoñito es morirse. Era
imposible que produjese ya nada nuevo; estaba agotado, completamente
agotado. Por eso se había muerto, porque había ya terminado su misión.
Ah, no te quepa duda.
Y le explanó una curiosa teoría acerca de la vida, según la cual nadie
se muere sin haber cumplido su misión. Por eso no había que creer en
los genios malogrados. El que se muere es porque debe morirse; por eso
se había muerto Bedmar; por eso él no temía a la intrusa, porque estaba
convencido de que su misión en el mundo no había aún terminado.
—¿Y cuál es tu misión?
—¿Mi misión? No lo sé. Lo único que puedo asegurarte es que no ha
terminado. Y la tuya tampoco. Yo te profetizo que tienes que vivir
todavía muchos años. Luis, tú estás llamado a grandes cosas.
Luis se estremeció. Era la tercera vez que en pocos días y por
conductos diferentes le auguraban lo mismo. Y se quedó pensativo,
profundamente impresionado por estas extrañas coincidencias.
La comitiva atravesaba el Salón del Prado, arrastrándose lenta y
perezosa bajo la sombra de los grandes álamos. La carroza marchaba
a la derecha, al tardo paso de sus caballos negros. Daba verdadera
compasión ver a los infelices que conducían las cintas, con los
sombreros en la mano, aguantando a cabeza descubierta los rayos del
sol que implacables caían. Los pocos transeúntes que por allí pasaban
deteníanse un instante para contemplar la carroza, y después de saludar
respetuosamente proseguían su camino bajo los árboles, preguntándose
quién sería aquel muerto tan bien acompañado.
Al llegar al paseo de Recoletos la mitad del cortejo había
desaparecido; unos pretextando imperiosas ocupaciones, otros echándole
la culpa al calor; los más hipócritas, asegurando que continuarían en
coche y marchándose después por la primera esquina. En la plaza de
Colón no quedaban cuarenta personas. Convínose, pues, en despedir allí
el duelo y tomar los carruajes los que se decidieran a continuar hasta
el cementerio. Fueron muy pocos; algunos amigos íntimos del finado y
los representantes de las Asociaciones. Entonces se echó de ver que los
individuos de la presidencia no tenían coche. Hubieron de distribuirse
en los que generosamente se les brindaron. Luis y Boncamí ofrecieron el
suyo al cura del hospital.
El viaje no fue por ello menos penoso, sobre todo para el pobre
Boncamí, que sentado en la bigotera no encontraba modo de resguardarse
de los rayos del sol. El sudor le caía a chorros por la frente y las
mejillas, empapándole el cuello y arrugándole la pechera. El cura,
sopla que sopla, se había acurrucado en el rincón del carruaje, y
sin importársele un bledo lo que pudieran decir de él, se abanicaba
rápidamente con su enorme sombrero de teja. ¡Ay, qué calor, qué calor!
—Un poco de paciencia; en cuanto lleguemos a las Ventas, ya verán
ustedes cómo refresca.
Sí, sí, refrescar... Allí hacía mucho más calor todavía.
Instintivamente miraron a los merenderos. Todos estaban desiertos. No
se oía ni un organillo.
El cura relataba a los dos amigos la historia de sus relaciones con
la familia Bedmar. Al padre le había conocido siendo él capellán de
la fragata _Gerona_, allá por el año 65, ayer, como quien dice. Era
entonces teniente de navío; tendría unos treinta años y estaba todavía
soltero. Después se vieron pocas veces. Él dejó la marina a raíz del
levantamiento de Cádiz, y Bedmar continuó su carrera, ¡brillante
carrera, por cierto! Después se puso a hablar de la muerte del hijo.
¡Pobre muchacho! Era un bendito, un santo. Cuando le avisaron para
confesarle estaba ya muy mal, tan mal que no pudo terminar la confesión.
—Mira, Luis, haz el favor de sentarte un poco en la bigotera. Yo no
puedo más. Esto es horroroso —dijo Boncamí levantándose—. Me va a dar
una congestión.
—Sí, hombre, sí, con mucho gusto. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
—contestó Gener cambiando de asiento—. Así como así, ya falta poco;
en cuanto lleguemos a la carretera de Vicálvaro, arreará la carroza y
refrescaremos.
Llegaron a la carretera y se encontraron con que aquello era todavía
peor, pues aparte de que el sol seguía cayendo como plomo candente, el
viento, soplando a su antojo y sin obstáculos, les llenaba de polvo los
ojos y la boca, cegándoles e impidiéndoles respirar. Un enjambre de
moscas había caído sobre ellos y se cebaba en sus manos y rostros con
implacable ensañamiento.
El cura, refugiado en el rincón del carruaje, seguía hablando por los
codos. Había elegido por tema la confesión de los enfermos y contaba
detalles curiosísimos.
—La preocupación constante de las buenas hermanas estribaba en que
ningún enfermo falleciera fuera de la santa religión, y era de ver
las cosas que hacían y los medios a que apelaban para convencer a los
descreídos y a los indiferentes. Por supuesto, que la mayoría de los
tales eran sencillamente unos sinvergüenzas, unos «vivos», que se
fingían librepensadores y se dejaban poco a poco convencer a cambio de
raciones de gallina, copitas de Jerez y hasta dinero muchas veces, que
las cándidas hermanas les daban a cambio de arrancar un alma de las
garras del demonio. Lo notable era que la mayoría de los que salían
arrepentidos, volvían a entrar más descarriados que nunca. Y vuelta
al trabajo de las hermanas, y a la gallina, y a las copitas de Jerez
y a las pesetas. Otros, en cambio, los menos —justo es confesarlo— se
negaban en absoluto a recibir auxilios espirituales. Y entonces era
de ver la desesperación de las hermanas. Porque en este punto son
intransigentes, excesivamente intransigentes. Yo he tenido con ellas
muchos disgustos por esta causa. Hay que ser un poco tolerante con
el prójimo, ¡qué caramba! Yo soy el primero en lamentar estos hechos
cuando suceden; pero reconozco que la intransigencia en materias de
religión es contraproducente. Verán ustedes, les voy a contar un caso
muy notable.
»Hará cosa de tres o cuatro años entró en el Hospital un muchacho
norteamericano, un chico muy simpático y muy instruido. Profesaba
la religión protestante. Yo, como es natural, traté de atraerle a
la nuestra; pero a las primeras frases se puso muy serio y me dijo
cariñosamente, pero con grande energía: «Mire usted, padre: yo le ruego
a usted que no hablemos de esto». Bueno; pues yo me callé, sí, señores,
me callé. Otro día volví a insistir y me contestó lo mismo. Me callé
también y me volví a callar siempre que me daba la misma respuesta.
¡Cochinas moscas! —interrumpió bruscamente agitando su sombrero de teja
para espantarlas—. ¿Por qué no se irán con el cadáver? Bueno, pues
verán ustedes —continuó prosiguiendo su relato—: Aquel pobre muchacho
estaba tísico; los médicos aseguraban que no tenía remedio, y yo lo
sabía. Figúrense ustedes mi pena al ver que aquel hombre se negaba a
reconocer la verdadera religión. Un día, me acuerdo perfectamente, una
mañana crudísima de enero me llamó y me dijo: «Padre, yo comprendo que
es un gran sentimiento para usted el que yo muera sin confesión en el
hospital». «Sí, hijo mío», le contesté. «No me interrumpa usted»,
añadió. «Sé que esto le causa a usted gran contrariedad y, por lo
tanto, he decidido evitarlo. Me marcho a un sanatorio. Comprendo que
se acerca mi fin y no quiero proporcionarle ese disgusto, porque le
aprecio de veras». En efecto, aquella misma tarde, en una camilla, a
pesar del frío y de la nieve que caía, se marchó contra todos nuestros
consejos al sanatorio de Santa Teresa.
—¿Y se murió?
—Sí, señor; aquella misma noche. La crudeza del día le acabó de matar.
¡Malditas moscas!
La negra carroza seguía rodando por el polvo del camino entre rubios
trigales que el viento agitaba. Madrid quedaba allí a lo lejos,
envuelto en la bruma, con sus casas apiñadas, con sus campanarios,
sus cúpulas, sus chimeneas, sus columnas de humo que se perdían en el
intenso azul. Continuamente se cruzaban con otros coches que venían de
dejar en el cementerio su fúnebre carga, la mayoría coches blancos,
coches de niño.
—¡Cuánto niño muere!, ¿verdad?
—Muchos. Es horrible.
Los trigales se acabaron de pronto y en su lugar aparecieron campos
enormes, praderas infecundas, páramos yertos, rojizos tejares donde
montones de hombres tostados y curtidos trabajaban la arcilla bajo los
rayos implacables del sol. Luego apareció un grupo de árboles.
—Es bonito ese paisaje, mira.
—No tiene nada de bonito; lo que pasa es que como rompe la monotonía,
la vista lo agradece.
Por fin llegaron al cementerio.
Al entrar en la sombría capilla, Boncamí no pudo dominar un grito de
contento:
—¡Gracias a Dios, hombre, gracias a Dios que respiramos!