—Adiós, María; vaya usted con Dios.
—¡Ay, Castro, perdone usted, no le había visto!
—¿Dónde tan madrugadora?
—A misa. ¿Y usted?
—A la redacción.
—También usted madruga.
—¿Qué se va a hacer?, no hay más remedio. Y Luis, ¿está mejor?
—¡Cómo! ¿Qué dice usted? ¿Acaso está malo?
—Sí, está enfermo; hace cuatro días que no viene al periódico.
—Pues, nada, no sabía nada... Supongo que cuando nada me ha dicho, no
será cosa de cuidado.
—Eso supongo yo y eso deseo.
—Muchas gracias.
—A los pies de usted, María.
—Adiós, amigo Castro.
Por primera vez en su vida la devoción faltó a su pecho y las oraciones
murieron en sus labios. Por más esfuerzos que hacía para sujetar sus
ideas, sus ideas huían de la iglesia, lejos muy lejos.
No tuvo paciencia para escuchar el final de la misa. Mucho antes de que
acabara salió del templo, y sin dudas ni vacilaciones se dirigió a
casa de Luis.
La puerta estaba cerrada; tiró del cordel; dulce oscuridad inundaba el
pasillo; no se oía nada.
—Está durmiendo —pensó, y siguió andando.
Al entrar en la alcoba se detuvo. Nunca hubiera entrado. Sobre la
blanca almohada vio dos cabezas juntas, la de Luis y la de una mujer
joven y hermosa. Un rayo de sol, filtrándose por una rendija, caía
sobre ella, incendiando su cabellera rubia.
Dormían tranquilos, amorosamente abrazados como dos seres que se
quieren mucho. Sobre el encaje de la sábana las manos se estrechaban
como unidas en un eterno y dulce juramento de amor. Los labios
sonreían. ¡Qué felices debían ser, qué felices! ¡Y qué bonita era ella,
qué bonita!
Tibias y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y copiosas regaron sus
mejillas. Oculta tras los cortinajes de la alcoba, con las piernas
temblorosas, falta de alientos y falta de fuerzas, estuvo mirándolos
durante mucho tiempo. Después se alejó lentamente. Cruzó de puntillas
el estrecho pasillo. Con sumo cuidado abrió y cerró la puerta y se
marchó.
Ni la portera ni nadie la vieron entrar ni salir.