Aunque Augusto no manifestó su propósito, lo tenía, y muy firme, de no
abandonar a la infeliz mujer que tan sola y en peligro de ruina estaba.
Volvió al día siguiente; mas quiso Dios que fuese aquel uno de esos días
lúgubres que anublan la perpetua alegría de los meses de Madrid, uno de
esos días, por desgracia no muy raros, en que el vecindario está
tristísimamente impresionado por una terrible solución de la justicia
humana, y encuentra, a su paso por ciertas calles, manifestaciones
patibularias que llevan el pensamiento a cosas y personas de edad muy
remota.
Y en la tarde del día anterior, una mujer vestida de negro con un mantón
echado por la cabeza, alta, flaca, vieja, semejante a una momia animada
por la aflicción, acechaba en las proximidades del Palacio Real la
salida y paso de un coche. Su ansiedad era grande, su esperanza débil,
aunque poseía el más vivo fervor monárquico que ha existido quizás en el
presente siglo. Su idea del poder, de la misión providencial de los
reyes, y principalmente la semejanza que suponía entre el soberano
visible y el Rey de los cielos, dábanle un poco de aliento. Por eso
cuando salió el coche, avanzó ella a escape sin temor de ser atropellada
por los caballos, llegó hasta la portezuela, y con la presteza del
asesino que alarga el puñal, alargó un papel arrollado en forma de
canuto. El papel cayó en el coche, y las dos personas que iban en este
se inclinaron al mismo tiempo para cogerlo. ¡Oh dicha! Leían el
memorial, o al menos pasaban la vista por él. ¿Quién sabe si accederían
a lo que en él con formas tan respetuosas y sentimentales se solicitaba?
Así como es propio del pueblo la ofensa, propio y digno de los reyes es
el perdón. ¡El perdón! Ved aquí el punto de semejanza y parentesco con
la divinidad. «¿Para qué servirían los reyes--dijo _la Sanguijuelera_
concretando sus ideas monárquicas--, si no sirvieran para indultar?».
La pobre mujer, en el momento de arrojar su papel dentro del coche,
había lanzado con él una exclamación, que sintetizaba su respetuoso
cariño hacia el primer personaje de la Nación, y su pena acerba y
desgarradora: «Rey mío... Niño--Dios de España, piedad para un
desgraciado loco».
Había invocado la juventud, la grandeza, el sentimiento religioso, para
interesarlos en su cuita. Satisfecha de lo que había realizado, y con
cierta confianza en el éxito, se dirigió lentamente hacia el Saladero.
¡Largo y tremendo día, inmensa y pesada noche! Hay horas que parecen
pedazos arrancados a las pavorosas eternidades del infierno. _La
Sanguijuelera_ esperaba, esperaba, y el indulto no aparecía. La infeliz
mujer, tan prendada de los poderes autoritarios, no sabía que el
Soberano tiene una esposa, la Ley, y que, según el arreglo que hemos
hecho, con el anillo nupcial de este himeneo se han de sellar lo mismo
la sentencia que el perdón.
Hemos dicho que Augusto volvió a la casa de Isidora. Encontrola en el
estado más deplorable, sentada en un rincón del cuarto, tras un sofá
viejo, los pies desnudos, el vestido muy a la ligera, encorvada sobre sí
misma, en desorden el precioso cabello. Con ambos índices se tapaba los
oídos, y su mirar revelaba espanto de pesadilla. Contemplábala Augusto
sin saber por dónde empezar su empresa caritativa, cuando D. José se le
acercó y con voz cautelosa le dijo:
«Amigo Miquis, hoy no hemos comido. Día tremendo es hoy...; ya puede
usted suponer por qué está tan afligida».
Augusto dio dinero a Relimpio para que trajese con qué arreglar una
buena comida, y quiso tranquilizar a Isidora y obligarla a que se
acostase. Ella no decía más que esto: «¡Hoy!, ¡hoy!».
Ya de regreso el padrinito, lograron ambos, a fuerza de persuasiones y
añadiendo a ellas algo de violencia, que Isidora se acostase. Relimpio
preparó la comida. Augusto consolaba a su amiga con las frases más
escogidas, con los pensamientos más cristianos que le sugería su rica
imaginación; pero toda su dialéctica, engalanada de formas poéticas y de
bonitas paradojas, no logró llevar la serenidad al perturbado espíritu
de la pobre mujer. Esta le dijo:
«Mañana, mañana me tocará a mí».
Dicho esto, su silencio fue absoluto durante todo el día. Miquis y D.
José le hacían mil preguntas, pero ella no contestaba nada. Por la noche
Augusto, después de prescribirle el reposo, se retiró seguro de hallarla
mejor al día venidero, lo que no resultó cierto, porque a la siguiente
mañana encontró el médico en su infeliz enferma el mismo silencio, la
mismo apatía lúgubre y la propia indiferencia del día precedente.
Isidora, no obstante, comió con mediano apetito, y Miquis no hallaba en
ella síntomas claros de enfermedad. Don José suspiraba a cada instante;
iba y venía sin cesar de una parte a otra de la casa con gran
desasosiego. Por la tarde, cuando Miquis, después de su tercera visita,
se retiraba, D. José cuchicheó con él en la escalera.
«No nos abandone usted, señor doctor--le dijo angustiadísimo--. Hemos de
estar con cien ojos... Hay moros por la costa...
--¿Qué es eso?
--Que aunque parece que no habla, habla, sí, señor; hoy a las doce
estuvo aquí una mujer que la viene persiguiendo hace días... Es un
dragón, ¿me entiende usted?... Pues Isidora charló largamente con ella.
No pude entender lo que decían, porque me mandó salir fuera; pero
hablaban con animación, y la mujer aquella, a quien vea yo partida por
un rayo, le enseñaba, ¡ay!, muestras de vestidos.
--Veremos; habrá que hacer algo decisivo--dijo Augusto bajando
pausadamente los últimos escalones--. Mañana temprano vendré con Emilia,
_Riquín_ y Encarnación. Trataremos de llevárnosla a cualquier parte».
Don José movió la cabeza con expresión de profundísima incredulidad, y
cerrando la puerta con llave, se guardó ésta en el bolsillo.
Isidora dormía, al parecer, sosegadamente; D. José, que desde algún
tiempo antes se había sometido a un meritorio régimen de sobriedad en
alimento y lecho, se recostó vestido en un sofá de paja, frontero a la
cama de su ahijada, el cual le servía de punto de acecho o vigilancia
para no perder ni el más ligero movimiento de la enferma. Toda la noche
ardía una vela, puesta dentro de una jofaina. Así, desde que Isidora
parecía intranquila, D. José se levantaba diligente y acudía junto a
ella.
Las diez serían cuando Relimpio, que había descabezado un sueñecillo,
despertó con sobresalto porque oyó la voz de Isidora. ¿Había alguien en
la habitación? No, no había nadie. Isidora hablaba consigo misma. Don
José la miraba sin moverse de su duro y martirizante sofá; pero su
atención se trocó en asombro al ver que la joven se levantaba, se
vestía, aunque a la ligera, echándose la bata, se calzaba y se dirigía
al mezquino tocador próximo a su lecho. Un terror acongojante y como
supersticioso que se amparó del bueno de D. José, le impedía moverse y
hablar. Le parecía contemplar una escena de sonambulismo, o quizás ser
víctima de un fenómeno óptico, formado y como vaciado en su propia
mente. «Puede ser--se dijo--que esto que veo sea un sueño mío y que la
pobrecita esté tan tranquila en su cama, mientras yo la veo levantada y
enredando en el tocador».
Isidora, pues ella misma era y no una vana imagen, se miró largo rato en
el espejo. Aunque este era pequeño y malo, ella quería verse, no sólo el
rostro, sino el cuerpo, y tomaba las actitudes más extrañas y violentas,
ladeándose y haciendo contorsiones. La ligereza de su ropa era tal, que
fácilmente salían al exterior las formas intachables de su talle y todo
el conjunto gracioso y esbelto de su cuerpo. Don José se quedó lelo,
frío, inerte, cuando oyó estas palabras, pronunciadas claramente por
Isidora:
«Todavía soy guapa..., y cuando me reponga seré guapísima. Valgo mucho,
y valdré muchísimo más».
Luego empezó a recoger tranquilamente algunas prendas de ropa que
estaban arrojadas en diversos lugares de la estancia, y con ellas formó
un lío. Entonces el santo varón hizo un esfuerzo para vencer su inercia
terrorífica, se sacudió todo y con una fuerte voz dijo:
«Niña mía, ¿a dónde vas?
¡Ay!--exclamó ella sobresaltada, dando un chillido--. Me ha asustado
usted. Yo creí que estaba sola».
¡Sola! Según eso, D. José era un mueble. Esta idea causó al infeliz
viejo grandísima aflicción.
«¿Pero qué haces, mujer? ¿Te has vuelto loca? Estás enferma y te
levantas así...
--¿Enferma yo?--dijo Isidora echándose a reír con descaro--. Usted sí
que lo está, de la cabeza, lo mismo que ese tonto de Miquis. Yo estoy
buena y sana.
--¿Pero a dónde vas?
--A la calle.
--¡A la calle! ¿Y qué vas a hacer en la calle? ¿Necesitas algo? Yo
saldré.
--Ea, ea, no sea usted majadero. Acuéstese usted, duerma si tiene sueño,
y déjeme a mí, que yo sé lo que tengo que hacer. No dependo de nadie,
¿estamos? Soy dueña de mi voluntad, ¿estamos?».
La determinación firme que revelaban estas palabras llevó al bendito D.
José a las más elevadas regiones del pasmo, del aturdimiento, de la
confusión. Antes que él pudiera decir algo, Isidora prosiguió de este
modo:
«Me fastidia usted con su preguntar, con su entremeterse en todo, con
sus cuidados tontos...».
Cada palabra era como un golpe de maza en el bondadoso corazón de
Relimpio, el cual, a punto de romper a llorar, se incorporó en el macizo
lecho y habló así:
«Hija mía, yo te quiero más que a las niñas de mis ojos. Me intereso por
ti, por tu bien, y no quiero que hagas disparates, ni que te pase mal
alguno...
--Yo también le quiero a usted; pero... vamos, deseo ser libre y hacer
lo que se me antoje, sin que usted venga con sus mimos, ¿estamos?
--Todo sea por Dios--dijo Relimpio, conociendo que había llegado la
ocasión de mostrar energía--. Sospecho que vas a mala parte, sospecho
que te perderemos para siempre, y no te puedo abandonar, no; tú eres lo
que más amo, te quiero más que a mis hijas, porque te quiero de dos
maneras, como padre y como..., en fin, yo me entiendo. Si, como
sospecho, quieres perderte, quieres infamarte, no lo consentiré mientras
tenga un aliento de vida; primero te rogaré, te suplicaré aunque me sea
menester ponerme de rodillas delante de ti».
Hallábase tan acongojado, que la frase se le retortijó en la garganta, y
juzgando que más que las palabras serían elocuentes las actitudes, se
hincó delante de su ahijada, y le tomó las manos para besárselas, y
luego que pasó un rato en estas mímicas, conmovidos ella y él, pudo
articular Relimpio estas palabras:
«Niña mía, no des ese paso, detente...
--¡Qué desgracia!...--murmuró ella llevándose la mano a los ojos, como
para disimular una lágrima--. ¿Y quién me va a mantener?
--¡Yo!--exclamó Relimpio dándose un golpe tan fuerte en el pecho que
este resonó en hueco como una caja.
--¡Usted!... ¡Ay, qué gracia! ¡Si usted más está para que le mantengan
que para mantener!
--Trabajaré.
--Sí, y comeremos cañamones... Padrino, padrino, déjeme usted en paz; no
se meta usted en mis cosas... Yo vengo pensando hace tiempo lo que debo
hacer; he tomado un partido, y ya no me vuelvo atrás».
El anciano había vuelto al sofá, donde estaba reclinado, sin fuerzas
para seguir adelante en la lucha.
«Mira--le dijo, echando lumbre por los ojos--, yo puedo trabajar...;
pediré un destino y me lo darán...
--¡Qué inocencia!
--Y con lo que yo gane y algo que te darán Emilia y Miquis, viviremos
tan ricamente.
--Sí, muy ricamente--replicó Isidora con terrible ironía--. ¡Miserias,
harapos, suciedad, escaseces, privaciones! Guarde usted todo eso para
los tórtolos simples que lo quieran.
--Si es que te dan pesadumbre algunos hechos de tu vida pasada, no
trates de borrarlos con una vergüenza mayor--dijo Relimpio, sintiéndose
dotado por la Providencia, en aquel instante, de una lucidez filosófica
que no era propia de él--. Lo mejor es que borres lo pasado con una
conducta ejemplar. ¿Quieres un nombre, una posición? Pues yo te daré
ambas cosas. Óyeme--añadió solemnemente--; yo me casaré contigo; y para
que no interpretes mal mi ofrecimiento, te prometo no ser tu esposo más
que en el nombre y mirarte como una hija».
Por lástima del pobre viejo no se echó a reír Isidora con el desenfado
que había adquirido últimamente. En la pérdida de tantas nobles
cualidades conservaba algo de piedad.
«¿Conque nombre y posición?--dijo--; gracias, gracias; es usted muy
bueno. ¿Conque no puedo con mi nombre y quiere usted que tome otro sobre
mí? ¡Qué puño!... Si pudiera desbautizarme y no oír más con estas orejas
el nombre de Isidora, lo haría... Me aborrezco; quiero concluir, ser
anónima, llamarme con el nombre que se me antoje, no dar cuenta a nadie
de mis acciones.
--¡Isidora!...
--Ya no soy Isidora. No vuelva usted a pronunciar este nombre».
¡No pronunciarle más, cuando a él le parecía tan dulce, tan armonioso,
cifra y compendio de la melodía infinita! Echó D. José un gran suspiro y
tras él estas palabras:
«Ha sido una tontería que te ofrezca la mano y el nombre de un viejo
caduco. Tú no puedes vivir sin amor. ¿Cómo habías de quererme a mí, que
sólo tengo juventud en el corazón?... Óyeme...».
Cada vez que decía «óyeme» tomaba una actitud sacerdotal y el tono más
solemne del mundo.
«Óyeme. Tú has amado a un solo hombre; ese hombre ha vuelto de la
Habana. De todos tus amantes, él era el más simpático, el más caballero.
Antes que verte caminar a la última degradación, consiento en que
reanudes tus amores con él. No me gusta esto, pero antes que lo otro...
yo me entiendo. ¿Quieres que le lleve un recadito tuyo, quieres que le
busque, que le hable de ti?... Odiosa misión, hija mía; pero si con ella
te aparto de la ignominia final, creeré realizar una acción meritoria.
--¿Joaquín, ese pillo?... Le diré a usted... Siempre que le veo, me da
un vuelco el corazón. Le quise y aún me parece que podría volver a
quererle... Pero déjele usted donde está. Yo estoy mejor así. Es un
canalla ingrato... Y bastante hemos hablado, Sr. D. José. Yo me
marcho...
--Por Dios, mujer...
--He dado mi palabra.
--Esas palabras no se cumplen. ¿De modo que no te veré más?
--Vendré por aquí... No se mueva usted de esta casa. Yo le daré algo
para que se mantenga y pague el alquiler...».
Relimpio tembló con sudor frío.
«Por mi hijo y por usted consiento en ser Isidora algunos ratitos.
Conque... abur, abuelo...».
Corrió hacia la puerta, y hallando que no estaba la llave en ella, como
de costumbre, retrocedió para buscarla.
«No, no te doy la llave; no saldrás mientras yo viva»--exclamó D. José,
haciéndose superior a sí mismo y mostrando la energía que a veces surge
del flaco ánimo de los débiles, como en ciertos momentos de crisis las
sublimidades brotan del cerebro de los tontos.
Isidora le miró con ira, y respiró fuerte apretando contra el talle el
lío de ropa.
«¡La llave, la llave!
--No saldrás sino pasando sobre mi cadáver»--gritó con cavernosa voz
Relimpio, sintiéndose héroe de teatro.
Y al decirlo, oprimía contra su pecho la llave para protegerla de un
ataque de su enemiga.
«Vamos, vamos, que no tengo ganas de bromitas--dijo la de Rufete
encolerizada--. Venga la llave, o la tomaré dondequiera que la
encuentre. Mire usted que ya no soy lo que antes era: de cordera, me he
vuelto loba. Ya no soy noble, Sr. D. José; ya no soy noble.
--Pero aunque no seas noble, no serás capaz de ultrajar a tu pobre
viejo, a tu padre...».
Acompañadas de lágrimas, estas palabras eran harto elocuentes.
«Vamos, abuelito, que ya me canso, que se me acaba la paciencia, que las
simplezas me cargan, que no estoy de humor de mimos...».
Y con la loca impaciencia, airada, insensible para todo lo que no fuera
su deseo y propósito, avanzó las manos contra el viejo, le atenazó los
brazos, le sacudió un momento... ¡Ay!, ¡ay! Relimpio sintió que sus
brazos se volvían de algodón. Como si el roce de la piel de Isidora
fuese un contacto mortífero, se quedó echo una momia. Y mientras ella le
quitaba la llave, él, inerte, sin vida, la miraba con espanto, y no
podía defenderse, ni sabía detenerla, ni era dueño de ninguna de las
energías de su ser, como no fuera de la voz, pues allá casi entre
dientes pudo articular tres sílabas y decir: «¡Bribona!...».
Isidora marchó hacía la puerta. Bruscamente arrepentida de su acción,
retrocedió hacia el sofá donde estaba la yacente estatua de Relimpio, le
miró un sí es no es conmovida (todavía era algo noble), y poniéndole la
mano sobre la cabeza llena de canas, le dijo:
«Padrinito, le he ofendido a usted..., pero... no lo puedo remediar.
Este es mi destino...; quizás no nos veremos más... Adiós».
Tuvo la singularísima piedad de inclinar sobre él su rostro y darle un
rápido beso sobre las venerables canas. Él no tuvo fuerzas ni espíritu
más que para verla salir. Salió, efectivamente, veloz, resuelta, con
paso de suicida; y como este cae furioso, aturdido, demente en el abismo
que le ha solicitado con atracción invencible, así cayó ella despeñada
en el voraginoso laberinto de las calles. La presa fue devorada, y poco
después en la superficie social todo estaba tranquilo.
Don José se levantó, anduvo como desconcertada máquina hasta un
aposentillo interior donde tenía sus trastos, y tanteando con las
temblorosas manos en la obscuridad, encontró una botella. Apuró del
contenido de ella porción bastante, y al tratar de volver al sofá, las
piernas le faltaron y cayó rodando en mitad del aposento.
Como la puerta había quedado abierta, Miquis, Emilia y _Riquín_ entraron
sin necesidad de fatigar la campanilla a una hora que, según cálculos
aproximados, debía de ser la de las nueve de la mañana del día
siguiente. Y como vieran a don José tendido en el suelo sin compañía, al
punto coligió Miquis que Isidora estaba ausente. Mientras Emilia corría
veloz al socorro de su padre, que parecía como a dos dedos de la muerte,
Augusto hizo un rapidísimo reconocimiento de la habitación, buscando a
Isidora. ¡No estaba!
«¡Se ha ido, se ha ido!»--exclamó poniéndose de rodillas junto al pobre
viejo para prestarle algún auxilio.
Con un poco de trabajo transportaron a Relimpio al sofá, donde le
tendieron, y él entonces entreabrió los ojos y los labios echando una
mirada y un suspiro sobre el mundo, de que se alejaba para siempre. La
notabilísima alteración de las facciones del anciano alarmó a Miquis, el
cual respondía con muda expresión de desconsuelo a las apremiantes
interrogaciones de Emilia.
«¿Pero esto es embriaguez... o qué?...»--preguntó la atribulada hija.
Y al oírlo D. José se reanimó de súbito, como la llama moribunda que se
revuelca en las tinieblas; echó su espíritu un resplandor de vida, y
moviendo la lengua, no menos pesada que la de una campana, dijo
pausadamente estas palabras:
«La hurí ha bajado a los infiernos, y yo voy... en busca suya».
A la sazón entraron algunos vecinos, y se ofrecieron a prestar los
servicios propios del caso. Miquis, sin dejar de tomar disposiciones,
veía que los remedios serían inútiles. Cerca ya del fin, el espíritu de
D. José volvió a relampaguear, diciendo con expresión enamorada y
caballeresca:
«La amé y la serví... Fui su paladín... Mas ved aquí que la ingrata
abandona la real morada y se arroja a las calles. Vasallos, esclavos,
recogedla, respetad sus nobles hechizos. Tan celestial criatura es para
reyes, no para vosotros. Ha caído en vuestro cieno por la temeridad de
querer remontarse a las alturas con alas postizas».
Oyendo estos disparates, Emilia era un mar de lágrimas. Miquis la llevó
a un cercano aposento, y en él la encerró con el pobre _Riquín_, que
también lloraba, para que ambos no presenciasen el fin del buen
Relimpio, el cual ocurrió media hora más tarde, y fue tranquilo y suave.
Su muerte remedó el dulce acceso de embriaguez que le transportaba,
mediante una breve toma, desde las miserias de la realidad a las
delicias de una vida apócrifa, compuesta con extraños fingimientos de
juventud, pasión y energía. ¿Entraba al fin en un mareo eterno? ¿Iba ya
derechamente a ser el noble, enamorado y valiente caballero, defensor y
amparo de la hurí en las edades sin término y en los espacios sin
medida? José, eres un ángel.
Abrazando estrechamente a _Riquín_ y cubriéndole de besos la cara,
Emilia le decía:
«Tan huérfano eres tú como yo; pero en mí tendrás la madre que te falta.
Aquella mamá tuya no existe ya, se ha ido para siempre y no volverá; se
ha caído al fondo, hijo mío, al fondo... Ya lo entenderás más adelante».