=--I--=
La noticia de este hecho, llevada por el viento de la novelería, penetró
en los últimos y más apartados rincones de Madrid, en los palacios y en
las covachas, y cuando ya todo el vecindario lo sabía, se enteraron del
caso las monjas de los conventos, los enfermos de los hospitales y los
presos de la cárcel. Las presas fueron las últimas en saber la
ocurrencia. Lo que agradecerían las cien lenguas del Modelo aquel pasto
riquísimo no es para dicho. Comentáronlo de infinitos modos. Una gitana
aseguró que ella lo había soñado la noche anterior y otra hacía gala de
un entusiasmo monárquico tan estrepitoso, que hubieron de encerrarla
para que entrase en vías razonables. La piedad aconsejaba no se revelase
a Isidora un suceso que debía de impresionarla terriblemente; pero a sus
amigas les faltó tiempo para decírselo. Ella no lo quería creer; decía
que era imposible, que ciertas cosas no pueden pasar nunca. Poco a poco
se fue convenciendo, y últimamente razonaba el caso de este modo:
«Sí, basta que sea disparatado y horrendo para que sea cierto. Dios se
vuelve contra mí, Dios me deja de su mano».
Y diciéndolo, le entró una pena y una desesperación tal, que si no
enderezara su espíritu en el mismo instante por la vía religiosa, habría
estado en peligro de perder la razón. Pidió a la celadora con vivas
instancias la llave del coro, y se fue a él sola, decidida a hacer un
acto espiritual que diese salida y respiro al dolor condensado en su
seno. En el coro hizo tentativas de rezo, puesta de rodillas y mirando
al altar. La cavidad sosegada, ancha y blanquecina del templo ofreció a
la tensión de su espíritu un alivio dulce y lento; pero cuando más
recogida estaba, se le desvaneció la cabeza, inclinose de un lado, y no
teniendo tiempo para asirse a la reja, cayó al suelo sin sentido.
Cuando la llevaron a su cuarto, el volver en sí fue la vuelta de la
desesperación y de los gritos; pero ya no se acordaba de la religión,
sino de la libertad, y decía:
«Que me saquen de aquí. Señor Nones, yo firmaré lo que usted quiera con
tal que me saquen de esta basura. Quiero aire, calle, mi baño, mi casa,
vestirme como debo, y ser honrada y feliz».
Después, sin poder apartar de su mente el crimen de su hermano,
increpaba a este con las frases más duras. Algo había en lo íntimo de su
ser que representaba como una tímida aprobación del intento de Mariano,
si no de la forma en que fuera realizado. Pero no, el crimen y la
barbarie no hallarían jamás en su espíritu benevolencia ni simpatía. Su
hermano era un bandido incorregible; ella era una mártir angelical. Lo
que principalmente anhelaba ya era libertad, libertad aun sin nobleza,
porque el papel de María Antonieta en la Conserjería, con ser muy
poético, empezaba a serle odioso. El mal olor de su inmundo asilo, la
falta de comodidades, el detestable comer y peor vestir, eran contrarios
a su naturaleza aristocrática, y la misma corona del martirio, con todo
su nobleza y su resplandor de gloria, le destrozaba las sienes tan
horriblemente, que prefería, sí, prefería mil veces un sombrero de
última moda. Pero, ¿y sus derechos? Ya dudaba de ellos; ya casi no creía
en ellos. ¡Ay de aquel dogma que es contaminado de la duda! En seguida
se daña y muere, y para en ser ludibrio de quien antes lo adoraba. Y aun
suponiendo que su dogma fuera verdadero, ¿qué podía obtener de su
insistencia? Nada, porque las leyes todas se habían conjurado contra
ella, y la condenarían y la encerrarían en un presidio. Libertad, pues,
y adiós para siempre la ilusión de toda su vida, el sostén y fundamento
de su ser moral; adiós nobleza, marquesado, fortuna...
Mas ¿por qué afligirse tanto, si en sí misma hallaba Isidora indecibles
consuelos? Libre y ya sin pretensiones, procuraría ser siempre muy
señora. ¿Acaso el verdadero señorío no puede existir sin títulos y
grandes riquezas? Sí, sí; sería muy señora, muy honrada, muy decente,
arreglaría sus cosas, trabajaría (¡otra vez!), pondría el mayor orden en
todos los actos de su vida, educaría admirablemente a su hijo, se
casaría con un hombre modesto y juicioso... Al pensar esto, un sabor
ideal de ipecacuana le hizo contraer los labios. «Adelante,
adelante--dijo--; cerrar los ojos y adentro con la medicina, como dice
Augusto. Es forzoso amoldarse a las circunstancias, y templar el alma en
las adversidades. La mía no se dejará vencer de la desesperación. Plan
magnífico: mujer de bien, mujer ordenada, mujer trabajadora, mujer
exclusivamente práctica, eso es, práctica». ¡Oh, qué tarde!
Pensando en esto, que tanto le ayudaba a combatir su desaliento, vio
entrar a D. José, el cual venía muy erguido, con los ojos animadísimos,
la sonrisa en los labios, y en su rostro una expresión particular y
desusada que alarmó a Isidora. Sentándose en el único sillón que en la
celda había, el anciano la contempló con éxtasis. ¿Qué había en él?
¿Estupidez o desvarío? Isidora le observó con tanta lástima como
sorpresa, diciendo: «¡Padrino...!».
Relimpio la miró como se mira una visión celeste, y poniendo los ojos en
blanco, todo suspenso y como transportado a una esfera ideal por el
delirio de la inspiración poética, murmuró con arrullo estas palabras:
«¡Hurí, hurí..., nadie osará ya mancillar tu blancura! Los dragones
todos fueron vencidos por el fuerte brazo de tu caballero, a quien
perteneces y que te pertenece».
Inmediatamente le entró como un acceso congestivo, inclinó la cabeza,
cerró los ojos y empezó a roncar desaforadamente. Asustadísima, Isidora
le mojó la cabeza, le llamó a voces, a gritos: «¡Padrino, padrino!».
Anunciado por un suspiro, reapareció en la persona de D. José el
conocimiento de sí mismo. Abrió el viejo los ojos, suspiró más, y al ver
a Isidora y hacerse cargo de su situación, se avergonzó un poco.
«Ya me ha pasado--dijo frotándose la frente con la palma de la mano--.
¿Ha sido breve?... ¿He dicho muchos disparates?... No me riñas, no me
riñas.
--¿Pero qué es eso?
--Nada, nada. Ahora me dan... estos mareos... Todos tenemos nuestras
debilidades, hija... ¡Miseria humana! He contraído un pequeño vicio;
pero no ha sido por relajación, no; ha sido por tristeza, por la fuerza
de mis desgracias sin número. Creo que me comprenderás».
Isidora, en efecto, no comprendía nada.
«Soy muy desgraciado; padezco los mayores tormentos..., tormentos
morales, del corazón--dijo Relimpio con la voz más débil y balbuciente
que se puede oír--. Cierto día unos amigos me hicieron tomar Champagne.
¿Qué creerás? Hubo en mí una revolución, me entró el mareo, y con el
mareo pasé a ser otro ser distinto, quiero decirte que fui otro hombre,
fui un caballero, un joven, un héroe, qué sé yo... ¿No es cosa buena ser
algo por espacio de diez minutos? Luego he repetido la toma y los
efectos han sido los mismos. Concluye todo por un sopor tan breve como
profundo, y en seguida vuelvo a mi ser natural, ¡ay!, a la miseria
humano, a la realidad asquerosa, a la vejez caduca...
--¡Don José! ¡Don José de mi alma!
--No me riñas; te digo que no me riñas. ¡Ser algo durante diez minutos!
Los que no somos nada, caemos en estos peligros. Pues te confesaré todo
con tal que no me riñas. Me he comprado una botella de eso que llaman
_fine Champagne_, y cuando veo que me entra la gran tristeza, cuando
siento que se me desgarra el corazón y se me retuerce toda el alma, me
tomo mi copita...
--¡Padrino!
--Somos frágiles... A mi edad... No te enfades. Cuando estoy con el
mareo, te veo, te defiendo, te pongo en las nubes, hago por ti las cosas
más bellas, arriesgadas y sublimes...
--¡Por María Santísima!--exclamó ella poniéndole la mano en la boca.
--En fin, ya esta vez me ha pasado... Vine por la calle con el mareo. Al
entrar, creí que entraba en un encantado y hermosísimo palacio; las
presas me parecieron unas ninfas muy aéreas, unas como animadas flores,
hijas del viento, ¿qué tal? La escalera, una escalera de plata y la
celadora, un ángel...
--¡Jesús, basta, basta!...
--Basta, sí; ya pasó, ya pasó. Hablaré ahora de lo que quieras.
--Es que yo no me fío de esa cabeza... Sin embargo, óigame usted,
padrino. Estoy inclinada a renunciar a mis derechos para librarme de la
persecución de los malos. ¡Qué infames picardías! ¿Debo o no debo
hacerlo? Respecto a mis derechos, ¿los tengo yo? ¿Son un delirio o una
verdad? Usted que conoció a mis padres, que debió de estar al corriente
de lo que pasaba en su casa, dígame al fin de una vez y con completa
sinceridad lo que piensa; pero la verdad, la verdad.
--Hija, querida hija mía--repuso el viejo con una torpeza de palabra y
de pensamiento que anunciaban un lamentable estado cerebral--. ¿Sabes lo
que me pasa?...
--¿Qué?
--Que he perdido completamente la memoria. No me acuerdo de ninguna cosa
anterior a la época en que viniste a vivir a mi casa de la calle de
Hernán Cortés. Ayer estuve todo el día preocupado con una idea, y es que
yo fui un lince en Partida doble.
--Sí, sí.
--¿Pues creerás que trataba de recordar algo de esta ciencia sublime,
madre de todas las demás ciencias, y no podía?...
--¡Pobre padrino, pobre padrino!... ¿Se ha enterado usted de la acción
de Mariano?
--Sí, hija. ¡Qué deshonra!
--¡Qué deshonra!... Dios se ha vuelto contra mí, me ha dejado de su
mano. Pero yo me haré mujer formal, mujer ordenada, mujer trabajadora,
me casaré...
--¡Casarte!--exclamó el viejo con espanto.
--Casarme con cualquier hombre honrado... Juan Bou me ofreció su mano, y
aunque me gusta poco, es un hombre de mérito...
--¿Casarte...? con el monstruo, con el dragón...».
Y obedeciendo a una fuerza superior que nacía no se sabe en qué parte de
su turbado ser, el tembloroso anciano marchó hacia la puerta. ¿Iba en
busca de la milagrosa copita?... De pronto se detuvo, diose una manotada
en la frente, se echó a reír, y mirando a Isidora con gozo, dijo:
«¡Maldita memoria mía! Ya no me acordaba...
--¿De qué?
--Tranquilízate, José. Juan Bou ha pedido ayer la mano de la hija de un
herrero muy rico de la calle de las Navas de Tolosa; él mismo me lo ha
dicho».
Isidora meditó.
=--II--=
La primera entrevista que tuvo con _la Sanguijuelera_ después del
atentado de Mariano fue conmovedora. La de Rufete no había visto nunca
llorar a su tía, la cual, envejecida considerablemente en aquellos
tristes días, traía un mantón negro echado por la cabeza, con lo que su
aspecto era harto lúgubre y repulsivo. No decía sino: «¡Qué pena, qué
bochorno!», y de sus apergaminados labios habían huido los donaires
quizás para siempre. Parecía que se duplicaba, con la común desgracia,
el cariño que a su sobrina tenía y que deliraba por _Riquín_. En los
días sucesivos la buena anciana no cesaba de hacer preguntas a Isidora
acerca de sus planes, y perseverando en el proyectillo de colocarla
ventajosamente, le decía una y otra vez:
«Decídete pronto, pronto, a ser capellana, que es lo que te conviene,
porque así matas de un tiro dos pájaros, _verbo y gracia_: que te
colocas y que salvas el alma, porque en la compañía de aquel santo varón
te harás, aunque no lo quieras, una santa mujer... ¡Ay qué pena, qué
bochorno!».
No parecía la de Rufete muy inclinada a aceptar tales ofrecimientos, a
pesar del risueño horizonte espiritual que le señalaba su tía.
«El honor de la familia--decía luego Encarnación--está en los calabozos
del Saladero y ha de tener que ver con los señores de la Paz y Caridad.
Ya que no nos es posible salvar el honor de la familia, ¡puñales!,
escondámonos donde nadie nos vea, metámonos en un rincón y vivamos
tranquilas, diciéndole al Señor: «Señor, nosotras no fuimos, nosotras no
tuvimos culpa de aquella barbaridad, nosotras quisimos que fuera bueno;
pero él se juntó con los pícaros... y sacó de su cabeza otras
picardías». Conque hija, vente a vivir conmigo y olvídate de tus
locuras, y si alguien quiere pleito, que lo siga con el Nuncio de Puerta
Cerrada».
No estaba aún completamente decidida Isidora a comprar la libertad con
la renuncia total de sus pretensiones. Muñoz y Nones le hizo otra
visita, en que charlaron mucho; mas los argumentos de ella eran tan
endebles, que el hábil notario los destruía con poco esfuerzo. En cuanto
al caso extraordinariamente horrible de Mariano, Nones dio pocas
esperanzas, y el único consuelo que pudo ofrecer a la atribulada hermana
del delincuente fue que la corta edad y el evidente desorden cerebral de
este pesarían algo en la balanza de la Justicia.
Un mes después de la primera entrevista con el suegro de Miquis, Isidora
había perdido ya la fe en sus derechos a la casa de Aransis. De ellos no
quedaba en su alma sino una grande y disolvente ironía. Ya no creía en
si misma, o lo que es lo mismo, ya no creía en nada. Deshojada poco a
poco por una lógica al principio tímida y por último irresistible,
aquella vistosa flor de su presunción aristocrática, la cual, a falta de
otras morales, desempeñaba en su alma un papel defensivo de primer
orden, quedó completamente seca, muerta y más propia para irrisorio
sambenito, que para adorno del cuerpo y del alma... Un día llevó Muñoz
un papel, firmolo Isidora, después de negarse resueltamente a aceptar el
auxilio que le ofrecía la marquesa, y a las dos semanas el juez decretó
la absolución libre.
«¿A dónde vas ahora?»--pregunto con interés de padre D. José de
Relimpio.
Isidora tenía un papel en que había apuntado varias cantidades. Era
mujer de orden. Aquellos numeritos representaban deudas contraídas en la
prisión.
«No se preocupe usted de eso, niña--dijo una voz, la voz áspera y
antipática de un ser humano (por la figura) que apareció en la estancia
cuando la joven fijaba su atención toda en el funesto papel--. ¿A qué
hora sale usted? ¿A las tres? Dígolo por traer una carretela para
llevarla a usted a mi casa. ¿Usted se entera?».
Isidora, sentada y apoyando la sien en el puño, parecía estar con su
pensamiento en el más lejano de los mundos posibles.
«Si usted no aceptara, me ofendería--prosiguió el ser humano a quien
Relimpio miraba (dígase de paso) con la expresión más hostil--. Mi casa
es una casa--palacio. ¿Usted se entera? No le haré a usted compañía esta
tarde, porque voy a comer con _Frascuelo_ y el marqués de Torbiscón...
Oigasté, Isidora, usted manda en mi casita, donde no faltará un roío
pedazo de pan. Una persona que sale de la cárcel no puede hallarse en
disposición de atender a las primeras necesidades. Así, cuando usted
entre por aquella puerta, hallará una modista y un chico de la tienda de
sombreros que irá con muestras..., ¿usted se entera?... Tengo allí el
gran cuarto de baño; usted calcule... Conque hasta las tres. Voy a ver a
mi hermana, que se va a quedar muy triste, usted calcule, con la marcha
de su amiga. Adiós... Abur, Pepillo».
Y al salir hizo un gesto tan irreverente ante las barbas venerables de
D. José de Relimpio, que este, furioso ya por oírse llamar _Pepillo_, no
pudo contener su indignación, y cuando el ser humano estuvo fuera,
exclamó:
«¡Canalla!... ¿Pero es posible, hija, que tú, tú, aceptes?...
--Provisionalmente--dijo Isidora, como si despertara de un desagradable
sueño--. ¡Estoy tan mal...! Necesito...».
¡Necesito! ¡Cómo sonó este verbo en el cerebro del santo varón! Lo había
oído tantas veces en momentos terribles, que era para él como una voz de
alarma que le erizaba el cabello y le detenía la circulación de la
sangre. Su abatimiento era tan grande, que si tuviese allí la botella,
quizás, quizás la apurase valientemente de un trago.
¡Libertad, comodidades, buena ropa, baño, casa, lujo, dinero!... Así
como a D. José le entraba el mareo con lo que el lector sabe, a Isidora
le atacaba el mismo mal con sólo la probabilidad de hacer efectivas las
ideas expresadas por aquellos mágicos vocablos. Cada ser tiene sus
imanes.
¡Oh pena de las penas! Cuando D. José la vio salir y entrar en la
carretela de aquel ente que le llamaba Pepillo, cuando la vio partir...
¡Oh, qué horrores alumbra el desvergonzado sol, esa cínica lumbrera que
no sabe llenar de tinieblas la tierra cuando se consumen hechos tan
contrarios a las hermosas leyes del bien! El pobre hombre olvidaba que
el error tiene también sus leyes, y que en la marcha del universo cada
prurito aspira a su satisfacción y la consigue, resultando la armonía
total, y este claro--obscuro en que consiste toda la gracia de la
humanidad y todo el chiste del vivir.
Pero el buen viejo no podía ver aquello. Su espíritu se enardecía, sus
sentimientos se sublevaban, quiso darse un fuerte golpe en la cabeza
contra la pared de la iglesia de Montserrat para concluir allí su
preciosa y fatigada existencia; pero no tuvo valor para ello. Necesitaba
marearse, sí, darse un buen paseo por las doradas regiones de lo ideal.
Esta necesidad se impuso a su naturaleza de un modo tan imperioso, que
no tuvo paciencia para salvar la distancia que le separaba de su casa, y
se metió en la primera taberna que encontró al paso.
=--III--=
Y un día Emilia y Juan José Castaño vieron entrar en su casa a la gran
Isidora elegantemente vestida de negro, con un lujo, con un señorío, con
un empaque tal, que ambos esposos se quedaron perplejos, como quien ve
visiones, y no acertaron a contestar a sus primeras preguntas. Iba la
madre a ver a su hijo, al noble, al precioso y cabezudo _Riquín_, que
recogido y amparado en casa de Castaño durante los cinco meses de
prisión, miraba a Emilia como madre y a los niños de aquella como sus
hermanitos. Muy afligida Emilia al ver la resolución de Isidora de
llevarse a su hijo, no se atrevió a poner resistencia; pero Juan José,
hablando con firmeza y tesón, dijo que no entregaría a Joaquinito,
porque Isidora, con su mala conducta, perdía los derechos de madre, y
que él estaba decidido a llevar la cuestión a los Tribunales, seguro de
que el juez le autorizaría para retener al desgraciado niño en su poder.
Irritada Isidora, manifestó que no admitía tales ideas, y ya se agriaba
la cuestión, cuando abriose una puerta y apareció un señor obispo...,
digo, era _Riquín_, el cual traía en la cabeza una gran mitra de papel,
y echando la bendición graciosamente con su mano derecha, cantó en el
latín más estropajoso que se ha oído jamás: _Dominis vobiscum_.
Conviene hacer constar que los dos chicos de Castaño tenían loca afición
a los juguetes de Iglesia, que es un jugar muy común en la infancia de
estos tiempos, en los cuales cada cosa grande tiene su manifestación
pueril. En el comedor de la casa tenían su magnífico altar, y cada día
ponían en él un objeto nuevo, bien araña, bien cáliz o manga--cruz. Por
distintas partes de la casa se veían retablos diminutos, sagrarios y
hasta púlpitos improvisados con sillas. Últimamente habían hecho
casullas de papel, y decían sus misas como unos canónigos, echando cada
latín que metía miedo y observando todas las reglas de aquel acto con
notorio puntualidad. Que el misal fuese una novela y el copón una
huevera, no era motivo de escándalo, porque la inocencia lo santificaba
todo con su carácter altamente divino. _Riquín_ hacía al principio de
sacristán; pero empezó a mostrar tales disposiciones, que pronto dijo
también sus misas y echaba graciosos sermones. Las reyertas frecuentes y
el mucho ruido con que a menudo se disputaban allí las jerarquías
eclesiásticas, exigían en ocasiones la intervención de Emilia, que más
de una vez se prestó a ser monaguillo para apaciguar los ánimos y
llevarlos a honrosas capitulaciones. Aquel día, que era domingo,
_Riquín_ había sido elevado a la silla metropolitana, y estaba oficiando
de pontificial cuando su mamá y Juan José disputaban.
«Ven--le dijo Isidora sentándole sobre sus rodillas, dándole muchos
besos--, y te haré una casulla de oro y un altar de plata».
El chiquillo la miraba espantado.
«Que él decida--indicó Juan José tomando al muchacho y poniéndole en
medio de la sala--. _Riquín_, ¿quieres irte con tu madre?».
Tan fuertemente negó con su cabezota, que se le cayó la mitra. En
realidad es fuerte cosa que le propongan a un hombre abandonar su
diócesis para irse con una mala mujer...
«¿Que no, dices que no?».
El chico dijo entonces claramente:
«No _quielo_».
Y echó a correr para dentro.
«No vale, no vale, eso no vale--gritó Isidora con afán--. Mi hijo vendrá
conmigo».
A esto siguieron algunas lágrimas, y tomando entonces Castaño un tono
conciliador, manifestó a la afligida madre que estando el niño en la
ortopedia mejor que en ninguna parte, le dejase aquí. Quizás ella, por
sus muchas ocupaciones de señora principal, no podría cuidar y atender a
Su Ilustrísima como merecía, y así, quedándose él donde estaba, ganaban
todos: los ortopedistas, porque conservaban a _Riquín_, a quien miraban
como hijo; Isidora, porque estaría más ancha y podría campar por sus
respetos libremente, y _Riquín_ porque no se vería separado de su
cabildo. Isidora cedió, mas no sin obtener permiso para ir a ver a su
hijo cuando quisiera.
Y en efecto, venía dos, tres y hasta cuatro veces por semana, trayendo
golosinas para _Riquín_ y sus camaradas, y además velas de cera, cálices
de plomo, efigies, estampas del Sagrado Corazón, mitras, estolas, y por
último un monumento de Semana Santa tan completo y hermoso que no había
más que pedir. Algunas veces se encontraba allí con _la Sanguijuelera_,
que también a menudo visitaba a su adorado Anticristo; y ambas
regañaban, si bien Encarnación había perdido el humor festivo, y estaba
muy caduca y suspirona, no pudiendo apartar de su mente ni un instante
la deshonra que había caído sobre la familia. Cuando se hablaba de esto,
las dos lloraban, y, olvidando toda rencilla, confundían sus almas en un
solo sentimiento.
Miquis no vivía ya frente a la ortopedia, ni visitaba tan frecuentemente
a sus buenos amigos; pero siempre que iba a casa de Castaño preguntaba
con mucho interés por Isidora. Pasados tres meses desde que la Rufete
salió de la cárcel, Emilia, dando noticia al médico de las observaciones
que hacía en la persona de aquella, le decía una noche:
«Desde la primera vez que vino en esta temporada hasta ahora ha variado
tanto... Y parece que va descendiendo, que cada día baja un escaloncito.
La primera vez parecía una gran señora: traía un vestido de gro negro y
un sombrero, que ya, ya... Poco después venía vestida de merino y con
mantilla, algo desmejorada la cara. A la semana siguiente me pareció que
su traje tenía algunas manchas, y sus botas algunos agujeros. Por fin el
lunes de la semana pasada vino muy pálida y quejándose del pecho, con la
voz ronca. El sábado creí observar en su cara algunos cardenales, y
traía una mano liada. Ayer, señor doctor, vino con pañuelo a la cabeza,
con bata de percal, zapatillas, la voz muy ronca, y lo más salado de
todo fue... que me pidió dos reales... Debe de andar mal. Como
siempre..., ¡qué carácter y qué vida!».
Después hablaron del ser humano con quien Isidora vivía, y acerca de él
dijo Miquis cosas tan atroces como verdaderas, de que se escandalizaron
mucho Emilia y su marido. Aquel tal era jefe de garito, ruletista y
empresario de ganchos, un caballero de condición tan especial, que si le
mandaran a presidio (y no le mandarían), los asesinos y ladrones se
creerían deshonrados con su compañía.
«Nuestra pobre amiga--dijo Augusto--, llevada de su miserable destino, o
si se quiere más claro, de su imperfectísima condición moral, ha
descendido mucho, y no es eso lo peor, sino que ha de descender más
todavía. Su hermano y ella han corrido a la perdición: él ha llegado,
ella llegará. Distintos medios ha empleado cada uno: él ha ido con trote
de bestia, ella con vuelo de pájaro; pero de todos modos y por todas
partes se puede ir a la perdición, lo mismo por el suelo polvoroso que
por el firmamento azul».
Desde que fueron dichas por el sabio Miquis estas sentenciosas frases y
otras que omitimos, Isidora estuvo muchos días sin presentarse en la
casa de Emilia. Don José también se había eclipsado, por lo que estaban
los de Castaño disgustadísimos y llenos de temor. Un día, por fin, entró
Relimpio en casa de Miquis, y entre lloroso y turbado, le dijo:
«Venga usted, venga usted, Sr. D. Augusto, a ver si la sana.
--¿Qué hay, pero qué...? ¿está mala?--preguntó Miquis encasquetándose el
sombrero y tomando el bastón.
--No, señor..., sí, señor..., quiero decir que no está buena, aunque
tampoco está enferma, porque ya se levanta.
--Es decir, que ha estado mala.
--Sí, señor.
--¿Y por qué no me avisó usted, hombre de Dios, mejor dicho, hombre de
todos los demonios?
--Porque ella no quiso... Hoy, sin su permiso, vengo a buscarle a usted
para que le quite de la cabeza...
--¿Qué le he de quitar, hombre?
--Una idea--dijo Relimpio, cuando ambos andaban aprisa por la calle.
--¿Y cree usted que yo soy quitador de ideas?... Vamos a ver: ¿usted
está en su sano juicio, o se ha mareado hoy?
--No, Sr. D. Augusto; hace tiempo que no me mareo. Ella no me deja.
Desde que vivimos juntos...
--¿Cómo?
--Sí; ese salvaje, ese canalla, ese asqueroso reptil, ese inmundo...,
perdone usted, Sr. D. Augusto; me faltan palabras apropiadas... Para no
cansar, ese basurero animado, la abandonó después de darle tantos
golpes, que por poco la mata; después de cruzarle la cara... mire usted,
por semejante parte, con un navajazo. Por fortuna su herida no fue
grave, aunque le ha dejado una cicatriz que desfigura bastante aquel
rostro celestial, aquel encantador palmito...».
Se limpió una lágrima con la mano.
«Pues sí; desde este suceso, la pobrecita, con los pocos cuartos que
pudo salvar y la escasa ropa..., en fin, tomó un cuarto en la calle de
Pelayo, número 93, piso cuarto, puerta número 6, y allí ha estado un mes
retirada del mundo sin tratarse con nadie más que conmigo..., pero
honradamente, Sr. D. Augusto, honradamente. Yo le juro a usted por lo
más sagrado...».
Y con la mano derecha abierta y puesta sobre el pecho como una
condecoración, los ojos en blanco, protestó el anciano de su honesta
conducta.
«Lo creo, hombre, lo creo.
--Yo la acompañé, yo la asistí, mientras se curaba; yo la he servido...
¡Qué días, qué noches! Yo: «Voy a llamar a Miquis»; y ella: «No llame
usted a Miquis ni a nadie; no quiero que nadie me conozca, soy una
persona anónima, yo no existo». En fin, esta mañana me dijo unas cosas
que me han partido el corazón.
--¿Qué cosas?--preguntó Miquis deteniéndose en el portal de la casa y
mirando atentamente al desgraciado viejo.
--¡Ay!, ¡no puedo repetirlas!»--exclamó Relimpio llorando como un niño.
=--IV--=
Augusto subió y entró en la casa. Si pasmada y llena de turbación se
quedó Isidora al verle, mayor fue el asombro y pena del joven médico al
ver en deplorable facha y catadura a la que conoció en forma tan
distinta. No sólo había perdido grandemente en el aspecto general de su
persona, en su aire distinguido y decoroso, sino que su misma hermosura
había padecido bastante, a causa del decaimiento general, y más aún del
chirlo que tenía en la mandíbula inferior, bajo la oreja izquierda.
Estaba ella planchando unas chambras, y la ligereza de su vestido
permitía ver sus bellas formas enflaquecidas. Dejó la plancha y se sentó
en un miserable sofá de paja. Un ratito no muy largo estuvo llorando, y
después dijo así:
«No quería que nadie me viese en este estado. Como pienso salir de él y
hallarme en mejor posición, porque todavía... A ver, ¿qué tal me
encuentras?
--Muy mal, muy mal.
--¿He perdido mucho? ¿No me respondes? He estado muy mala, ¡qué
puño!...».
Miquis no dijo nada. La sorpresa que le causó la voz ronca de Isidora, y
más que la voz oír algunas expresiones que de la boca de ella se
escaparon, túvole perplejo y mudo por breve rato.
«Te encuentro muy variada; tú no eres Isidora.
--Te diré... Yo misma conozco que soy otra, porque cuando perdí la idea
que me hacía ser señora, me dio tal rabia, que dije: «Ya no necesito
para nada la dignidad, ni la vergüenza». ¿Tú te enteras?... Por una idea
se hace una persona decente, y por otra roía idea se encanalla. Pero no
creas, todavía hay algo en mí que no perderé nunca, algo de nobleza,
aunque me esté mal el decirlo... Mira tú, chavó, qué quieres..., el aire
hace a la persona. He vivido tres meses entre perros de presa. No te
asombres de que muerda alguna vez...
--Sí, esa voz, esas expresiones, ese acentillo andaluz... Dime, ¿qué es
lo que te queda de nobleza?
--No sé, no sé...--dijo Isidora aturdida, cual si registrara en su
corazón y en su pensamiento--. Me queda el delirio por las cosas buenas,
la generosidad... ¿Sabes? Ayer no tenía más que dos duros; esta mañana
vino una amiga a llorarse aquí..., total, que quedé sin un cuarto.
--¿Necesitas algo?»--dijo Augusto llevándose la mano al bolsillo.
Y sacó algunas monedas. Mirolas Isidora con codicia, alargó su mano
hacia la mano de Augusto... De repente se contuvo diciendo:
«No; todavía soy noble.
--¿En qué consiste tu nobleza?
--En que no recibo limosna... Pero por ser de ti...».
Vacilaba, mirando alternativamente al rostro y la mano de Miquis. De
súbito lanzó una exclamación no muy delicada y dijo:
«¿Sabes?..., ya se me ha ido la delicadeza. Venga el dinero».
Y antes que Miquis se lo diera, ella lo tomó de la mano de su amigo.
«¿De qué te espantas, bobo?... ¿de mis nuevas maneras? Ahora soy así. Te
diré... A los hombres, desplumarlos y sacarles las entrañas; quererlos,
nunca. Sois muy antipáticos; os desprecio a todos.
--¿Vas a meterte monja...?
--¿De veras?... ¡Qué sombra! ¿Monja yo?
--Ya sabes que Joaquín Pez ha venido de la Habana, casado con una
americana muy rica. Da gusto verle, según está de contento y
satisfecho».
Isidora palideció. Después dijo:
«Ya lo sabía... Toma, si le vi, le vi una tarde. Yo iba por la Red de
San Luis y pasó él en coche. Me vio, pero el tunante fingió que no me
veía. El corazón me dio un brinco; aquella noche lloré, pero ya me voy
dominando y concluiré por aborrecerle también. Es un tipo.
--Pero _Gaitica_...
--¡Ah! Ese es de los que deben ser cogidos con un papel como se coge a
las cucarachas, y luego tirados a la basura. Vamos, que sólo de mirarle
se te ensucian los ojos...
--Y sin embargo, le has querido.
--¿Yo?... Hombre, tú estás malo. Que se te quite eso de la cabeza. Con
decirte que me acordaba de Juan Bou y este me parecía un ramillete de
rosas... ¡Pobre _Gaitica_! El día de la disputa ¡le escupí más...! Es un
hombre con el cual no se debe hablar con palabras, sino con una
zapatilla: es un bicho asqueroso. Aplastarlo y barrerlo luego. Pero qué
quieres, mi destino, mi triste destino... Yo empeñada en ser bueno, y
Dios, la Providencia y mi roío destino empeñados en que he de ser mala.
Salí de la cárcel, le debía dinero, no tenía sobre qué caerme muerta, me
llevó a su casa, me dio cuanto necesitaba, mucho más de cuanto
necesitaba... Yo tengo este defecto de volverme loca con el lujo. Vi los
trajes, el dinero y las comodidades, y no vi al hombre. Poco a poco se
me fue dando a conocer el hombre. Principió por escatimarme los gastos.
Cada día me parecía la vida más triste y él más horroroso. Y no lo digo
por su cara, que no es mala, aunque sí de un tipillo afeminado que no me
gusta. ¿Le conoces? Ya ves qué carita de Pascua, qué patillas de
azafrán, y qué barba afeitadita y qué labios de carmín. Aquellas
mejillas que parecen afeitadas me dan un asco... Pero donde aparece de
oro el tal es en el trato. Coge la desvergüenza, la traición, la rapiña,
la crueldad, júntalo todo, añádele toda la basura que puedas encontrar,
revuelve, haz un muñeco, sopla, dale vida y tendrás al que ha sido mi
señor y dueño durante tres meses: peor que Bou, peor que Botín y que
Joaquín, el cual era ya más malo que Judas. En fin, los hombres sois
todos unos. Hay que vengarse, perdiéndoos a todos y arrastrándoos a la
ignominia. Nosotras nos vengamos con nosotras mismas.
«Isidora, Isidora--le dijo Augusto con profunda pena--: valdría mil
veces más que te murieras.
--No pienso en tal cosa... Te diré. Cuando estaba en la cárcel quise
matarme. La vida me pesaba como un sombrero de plomo. Cuando _Gaitica_
me maltrató y no pude hacerle pedazos ni aplastarle con la zapatilla,
también tuve un momento de bochorno, de ira y de desesperación en que
quise suicidarme. Pero después me he serenado. Eso de matarse se deja
para los tontos. El que quiera viaducto, con su pan se lo coma. A vivir,
vidita, que vivir es lo seguro. Alma atrás... Lo quiere el mundo, pues
adelante. Que la sociedad para arriba y la moral para abajo...; a hacer
puñales. Yo me basto y me sobro. ¿No era yo noble? ¿No tenía buenas
inclinaciones? ¿Pues por qué me cerraron la puerta?
--Pobre mujer, todavía, todavía es tiempo...
--¿De qué?
--De adoptar una vida arreglada. Yo te buscaré trabajo.
--No sé hacer nada.
--Yo te pasaré una pequeña pensión...
--Dirán que soy tu querida. Concluiré por serlo...
--Búscate un modo de vivir. Vete con tu tía...
--No hay _tu tía_, no, no...; déjame. ¿Para que has venido acá? Ni
falta... Aire, aire. No necesito consejos.
--Aborreces a Surupa, y, sin embargo, ¡cuánto se te ha pegado de él!
Cuando recuerdo cómo eras y cómo eres, cómo hablabas y cómo hablas, no
sé qué me da.
--Así es el mundo: unos se quedan y otros se van. Yo me fui, ¿te enteras?
Yo me he muerto. Aquella Isidora ya no existe más que en tu imaginación.
Esta que ves, ya no conserva de aquella ni siquiera el nombre.
--Pues aquella era mi buena amiga--dijo Augusto con tesón--; esta me
repugna».
Isidora se conmovió al oír esto, pero disimulaba bien, esforzándose por
una inexplicable modificación de su orgullo en parecer peor de lo que
era.
«Y no teniendo nada que hacer aquí--dijo Miquis levantándose--, me
retiro».
Isidora le miró de un modo que indicaba deseos de que no se marchara;
pero después se inclinó de hombros.
«Ya me han humillado tanto--murmuró entre dos suspiros--, que el ver
salir al último amigo no me causa impresión.
--Señor D. Augusto de mi alma--dijo a la sazón Relimpio, que hasta
entonces, testigo mudo y doliente, no se había atrevido a decir nada--;
no se marche usted y exhórtela, predíquele, y amonéstele para que se le
quite... eso... de la cabeza.
--¿Qué?
--Eso.
--¿Y qué es eso?
--El disparate que quiere hacer. Vea usted cómo calla y se sonríe la
pícara... A mí me lo ha dicho, pero a usted no se lo quiere decir.
--¿Suicidio?
--Por ahí...
--No, no es suicidio--exclamó el anciano con desesperación, arrancándose
(o tratando de arrancarse, que es más verosímil) un mechón de
cabellos--. ¿Ve usted? Se ríe... Y que no diga que lo hace por no tener
qué comer. Yo... aún puedo trabajar».
Isidora, sin desplegar los labios, clavaba sus ojos en las ascuas de
carbón sobre que se calentaban las planchas. Parecía que de aquel
rescoldo ardiente y melancólico tomaba sus ideas.
«Pues yo le he de quitar de la cabeza esas tontunas--dijo el médico
inclinándose hacía ella y mirándola de cerca.
--¿Sabes lo que te digo?--replicó Isidora con el tono insolente que se
le había pegado de la sociedad gaitesca--. ¿Sabes lo que te digo? Que no
me vengas con dianas, que no me marees. No te hago caso; el corazón se
me ha hecho de piedra y mi cabeza es como esa plancha».
Levantose, y murmurando no se sabe qué palabras, aunque es de suponer no
serían de las más finas, tomó el pesado hierro y se puso a planchar con
verdadera furia. Miquis se fue sin añadir una palabra, y D. José le
siguió hasta la escalera con las manos cruzadas, el mirar compungido y
suplicante.
«Don Augusto de mi alma--le dijo--, por Dios, no la abandone usted...
Mire usted que lo hace, y lo hace... y yo me muero...».