Las ideas de Mariano.--La síntesis

_La Sanguijuelera_ acompañó a su sobrina a la siguiente mañana,

obsequiándola con una retahíla de preciosos consejos que debieran

reunirse y archivarse como uno de los mejores ejemplos de la sabiduría

humana.

«Lo de tu herencia es ya sal y agua. Después de tantos mareos y bascas,

has vomitado al fin la gran pandorga. Si quieres ser honrada te llevo a

vivir conmigo, te cedo la tienda, y no te pongo más obligación que

mantenerme y cuidarme los huesos hasta que venga por ellos la muerte.

Cuando te vi en malos andares, te negué un ochavo y te saqué lo que

pude; si ahora te enderezas, cuanto tengo es para tu rica persona y para

este sol cabezudo del mundo... ¿Vas a ser honrada, sí o no? Mira, tienes

varios caminos: o te casas con el estampador de la calle de Juanelo, o

te vas en busca de aquel Sr. Botín de otros tiempos y le pides el

estanco que te prometió. Pondremos estanco y cacharrería en dos tiendas

juntas de una buena calle, y no habrá quien nos tosa... Pero en mi casa

no entran pantalones; ¿te conviene? Otra cosa te propongo. ¿Quieres ser

ama de cura? Yo conozco un capellán de monjas, ancianito, buen

cristiano, y que convierte gente mala, porque tiene un pico de oro, un

gancho del Cielo que es un primor; el cual curita me está diciendo

siempre que le busque un ama de fundamento... Decídete; ¿estampería,

estanco o religión con llaves?».

Isidora no contestó nada, porque ni siquiera oía lo que Encarnación

hablaba. Después nombraron a Mariano.

«Es cosa perdida. Hagamos cuenta de que se lo han llevado los demonios.

Está viviendo con Modesto y Angustias en un cuarto de la calle de

Ministriles que más parece ochavo que cuarto. Modesto sirve en un

almacén de vinos, y _Palo--con--ojos_ va al río. Vivirían si él no

bebiera tanto. Es un pellejo con pies y manos. Lo bueno es que ya no le

pega a la mujer, porque en cuanto levanta la mano pierde pie y se cae al

suelo».

Isidora se echó a reír. En el mismo instante, _Riquín_ le daba

bofetadas.

«No se pega, no se pega.

--Anda, cáscale duro... Déjale que pegue. Este va a tener más talento...

Le criaremos para cura de escopeta y perro. Verás qué sermones salen de

esa cabezota. ¿Verdad, hijo? Le has de ver obispo y puede que Papa...

¡Leña a los herejes y protestantes; duro, firme!».

Acto seguido, Encarnación cogió al niño por un brazo y se dispuso a

salir.

«¿A dónde va usted?

--A ver la corte, que va hoy a Atocha de toda gala. Me pirro por ver la

gala de la corte de España, que es la primera del orbe mundo. Pero

ahora, hijita, todo es miseria. Yo me acuerdo de los tiempos de la

Reina, de aquellos tiempos, hija, en que el pan estaba a doce cuartos

las dos libras y en que había más religión, más aquel, más principios,

en que los grandes eran grandes y los chicos chicos, y había más respeto

a todo. Yo me acuerdo de aquel tiempo y me dan ganas de llorar. Aquello

era ser Majestad, aquello era señoría y grandeza. Entonces se daban

vivas a la Reina y le gustaba a uno verla tan frescota, tan señora, con

aquel aire... ¡Y con qué cariño miraba ella al pueblo! Parecía que iba

diciendo: «Aquí tenéis a vuestra madre...». ¡Pero ahora...! Pasa la

corte, y todo el mundo _mutis_. Dicen que libertad... Miseria, hija. Los

pobres están más pobres, y la _Minificencia_ no puede recoger a tantos.

¡La libertad!... Pillería, chica, pillería. Entonces había más señorío,

créelo, y donde hay señorío corre el dinero y vive el pobre. Conque

abur, abur».

Encarnación salió con _Riquín_, encaminándose hacia el centro de Madrid.

Era día de gran solemnidad cortesana por motivos que no es necesario

precisar. Las calles del centro estaban animadísimas. La gente circulaba

alegre, bulliciosa, con frivolidad y alegría propiamente madrileñas,

arremolinándose en algunos parajes para dar paso a los regimientos que

llegaban a cubrir la carrera. Los balcones, con abigarradas colgaduras,

mostraban damas hermosas. El mujerío, la militar música y el cielo de

Madrid, que es un cielo de encargo para festejos populares, concurrían a

dar a la solemnidad su expresión característica.

_La Sanguijuelera_, que había visto y gozado un número infinito de

funciones de tal especie desde la entrada de María Cristina hasta la de

D. Juan Prim, desde esta hasta las festividades del actual reinado,

hallaba en aquel espectáculo desinteresados placeres. Encarnaba en sí la

novelería, la bullanga y el entusiasmo monárquico del antiguo pueblo de

Madrid. Ella conocía, como se conocen los muebles de la casa, todos los

coches de Palacio, el de carey, el de nácar, el de los globos, y hasta

de los paramentos y arneses podía dar circunstanciada noticia. Conocía

también como los dedos de su propia mano, el ceremonial y el orden de

los coches, el puesto de los distintos grupos de la servidumbre, y otras

particularidades que interesaban más a la gente antigua que a la

moderna. En cuanto a elegir los sitios más propios y cómodos para verlo

todo, nadie la igualaba.

En la calle Mayor encontró a su antigua vecina _Palo--con--ojos_. Esta y

Encarnación, que alzó en sus brazos a _Riquín_, se colocaron en la

embocadura del callejón de San Ginés, lugar donde no era grande la

aglomeración de gente, con la ventaja de una retirada segura en caso de

corrida o apretujones.

«Todavía es temprano. Tenemos para un rato--dijo Angustias desatándose y

liándose el pañuelo bajo la barba, con ese movimiento maquinal que en la

gente chulesca hace las veces del movimiento de abanico.

--¿Y mi bergante?

--Esta mañana salió muy temprano. Desde ayer me ha estado marcando

porque le tuviera hoy camisa limpia; ha salido hecho un brazo de mar,

con la corbata negra y amarilla que se compró la semana pasada.

--Anda, anda.

--Hoy estrena zapatos y calzones. Yo no sé de dónde ha sacado los

cuartos. Yo le dije, digo: «¿Has descargado la borrica?»; y él me dijo,

dice: «Váyase usted al acá y al allá». Pues por ahí te pudras. Está...,

vamos, si usted le ve, no le conoce. Le ha dado el accidente cinco

veces, y parece un pergamino mojado. Los ojos se le saltan del casco,

las manos le tiemblan y la lengua es un estropajo. A veces se pone a dar

vueltas, y marea, hija, marea. En fin, yo no sé qué va a ser de él. No

trabaja, no sirve para nada. Modesto le da consejos; calcule usted...

¡Modesto, consejos! Él, que es ya un puro aguardiente desde la cabeza a

los pies...

--Todo sea por Dios»--dijo Encarnación, y más iba a decir; pero en aquel

momento oyéronse cornetas y clarines, luego la Marcha Real y el murmullo

expectante unido a las frases sueltas «Ya vienen, ya vienen». Gran

estupefacción de _Riquín_, que nunca había visto cosa más bonita;

éxtasis de _la Sanguijuelera_, que no cerraba el pico un momento al paso

de la comitiva o procesión real, poniendo un comentario a cada parte de

ella.

«¡Qué viejecitos están ya los reyes de armas!... ¿Ve usted? Ahora vienen

los caballos de silla... Sigue el coche amarillo..., penachos morados...

Ahora vienen el mayordomo y el intendente..., penachos azules y blancos.

Mire usted qué guapos chicos... Ahora viene el coche de nácar...,

penachos verdes. ¿Quién será este señor con tanto morrión y tanta cruz?

Debe de ser de extranjis... Coche de concha..., penachos blancos...

Ahora viene lo bueno... ¡Qué preciosas van!..., penachos rojos».

Y así continuó, despachándose a su gusto con progresivo entusiasmo,

hasta el paso de la escolta, cola y remate de la procesión.

«¿Nos quedamos para verlo otra vez a la vuelta?»--dijo luego, no saciada

aún del goce de aquel variado y teatral espectáculo.

Arremolinose la gente; la tropa maniobró, y entre la revuelta

muchedumbre, _Palo--con--ojos_ distinguió a un individuo que iba en

dirección a la Plaza Mayor.

«¡Allá va, allá va!--gritó señalando.

--¿Quién?

--El bergante.

--Sí, él es... ¡Mariano, _Pecado_...!».

Pero Mariano que las vio y oyó los gritos de su tía, se hizo el tonto y

apretó el paso como quien desea evitar un importuno encuentro. Poco

después estaba sentado en un banco de la Plaza Mayor, junto a una de

aquellas graciosas fuentes, en las cuales el agua, saliendo de una

fingida roca, forma un globo elástico, cuyas paredes se ahuecan y se

deprimen según las bate más o menos el aire. En la movible costra

líquida hace el sol caprichosos iris y se retratan convexas imágenes del

jardín y de los transeúntes. Completaba la fascinación del globito de

agua un bullido juguetón, en el cual cualquier poeta habría podido oír,

con buena voluntad, las risotadas de los niños de las náyades. Mariano

puso los codos en las rodillas, las quijadas en las palmas de las manos,

y estuvo mirando el extraño surtidor... Dios sabe cuánto tiempo.

Así como su hermana, invadiendo con atrevido vuelo las esferas de lo

futuro, se representaba siempre las cosas probables y no acontecidas

aún, _Pecado_, cuando se sentía dispuesto a la meditación, resucitaba lo

próximamente pasado, y se recreaba con un dejo de las impresiones ya

recibidas. Era un trabajo de rumiante y un placer de perezoso. Vio,

pues, todo lo que había hecho aquel día, casi tan a lo vivo como si aún

estuviera pasando. Se había levantado muy temprano después de una noche

de desvelos y tortura; habíase puesto su camisa limpia y las demás

prendas que estrenaba, mostrando un empeño particular en aparecer con la

facha más decente que le fuera posible; había salido y tomado café en un

puesto de la calle del Ave María, y después se fue a vagar por las

calles. A eso de las diez almorzó en una taberna jamón con tomate, que

estaba muy rico, y después había comprado un periódico y leído la mitad

de él, indignándose con todas las picardías que denunciaba, y

participando de la noble ira de sus redactores contra el Gobierno.

Más tarde paseó por la Carrera para ver la gente y la tropa que de los

cuarteles venía. Bonito estaba todo; pero él lo miraba con desdén y,

sobre la impresión recibida, ponía un pensamiento de melancólica burla y

sarcasmo. En un balcón había visto a Melchor de Relimpio, muy enfatuado,

junto a unas damas que le parecieron las de Pez. No lejos de allí, uno

de los Peces (él no los conocía bien, pero debía de ser Luis Pez)

acompañaba en otro balcón a la familia del duque de Tal. Siguió

adelante, y a la vuelta de una esquina encaró con el nunca bien

ponderado _Gaitica_, que venía a caballo, hecho un potentado, un

sátrapa. La extraviada imaginación de Mariano veía a este personaje cual

si fuese un resumen de todas las altas categorías y la cifra del

encumbramiento personal. «¡Cuánta pillería!», exclamó para sí.

Todos triunfaban y vivían regaladamente escalando cada día un lugar más

elevado, mientras él, el pobre y desvalido _Pecado_, permanecía siempre

en su nivel de miseria, insignificante, sin que nadie le hiciera caso ni

fuese por nadie distinguida su persona en el inmenso mar de la

muchedumbre. ¿Por qué era esto, cuando él valía más que toda aquella

granujería de levita? Él, según las creencias firmes de su hermana,

había nacido de sangre noble. Le habían sustraído lo suyo, le habían

despojado de todo, arrojándole desnudo y miserable al seno del

populacho, como se arroja al basurero un despojo inútil. ¿Quién sabía si

muchas de aquellas casas, engalanadas con colgaduras de varios colores,

eran suyas? ¿Quién sabía si el dinero de que debían de tener llenos los

bolsillos todos aquellos caballeros y damas procedía de riquezas que en

rigor de la ley le pertenecían a él? ¿Y a quien se dirigía para reclamar

lo suyo? A nadie, porque desde el primero al último todos eran

grandísimos pícaros.

La nación en masa, ¿qué nación?, la sociedad entera estaba confabulada

contra él. ¿Qué tenía que hacer, pues? Crecerse, crecerse hasta llegar a

ser por la fuerza sola de su voluntad tan considerable que pudiera él

solo castigar a la sociedad, o al menos vengarse de ella. ¿Cómo? Por su

mente rondaba tiempo hacia una idea que resolvía la cuestión. La idea y

el propósito de ejecutarla se habían apoderado de él juntamente,

dominándole y llenándole por entero. Idea y propósito eran como una

llaga estimulante en el cerebro, la cual le dolía y le comunicaba un

vigor extraño. Repetidas veces había puesto en ejecución su pensamiento,

¿pero cómo?, en sueños, y también alguna vez despierto, cediendo como a

una fuerza automática y fatal que no era su propia fuerza. En estos

casos de repetición o ensayo mental del hecho, se quedaba fatigado y

orgulloso, cual si lo hubiera ejecutado realmente. Sondeándose para ver

cuándo había aparecido en él aquella idea y aquel propósito, calculaba

que los tenía desde antes de nacer. ¡Tan viejos, tenaces y arraigados le

parecían!

Mirando siempre el globo de agua, pensaba que si no fuera por el firme

tesón que en aquel momento tenía, su miedo sería grande. Estaba viendo

el terror escondido debajo del orgullo y asomando la cabeza; pero el

orgullo, o, mejor, la terquedad, no le dejaba salir. No sentía miedo,

sino dolor, un dolor inexplicable en el pensamiento, una sensación rara

de no dormir nunca, de no reposar jamás, de un alerta eterno. Detrás del

punto negro que tenía delante y que ya estaba cerca, veía seguro y claro

un triunfo resonante. Principalmente la idea de que todo el mundo se

ocuparía de él dentro de poco le embriagaba, le hacía sonreír con cierto

modo diabólico y jactancioso. La aberración de su pensamiento le llevaba

a las generalizaciones, como en otros muchos casos en que la demencia

parece tener por pariente el talento. El mismo criminal instinto le

ayudaba a personalizar, y en efecto, siendo tan grande y múltiple el

enemigo, ¿cómo aspirar a castigarle, sin hacer previamente de él una

sola persona?

Rumor de voces, cornetas y músicas anunciaban que el gran cortejo volvía

de Atocha. Levantose Mariano, y por la calle de Ciudad--Rodrigo ganó la

calle Mayor y la plaza de la Villa. Multitud, tropa, caballos,

uniformes, penachos, colores, oropeles y bullicio le mareaban de tal

modo, que no veía más que una masa movible y desvaída, semejante a los

cambiantes y contorsiones del globo de agua que había estado mirando

momentos antes. Se le nublaron los ojos, y apoyándose en un farol, dijo

para sí: «Que me da, que me da». Era el ataque epiléptico, que se

anunciaba; pero tanto pudo su excitación, que lo echó fuera, irguió la

cabeza, se sostuvo firme...

Pasó un momento. Nunca había sentido más energía, más resolución, más

bríos. El ruido de las músicas le embriagaba. Vio pasar uno y otro

coche. Cuando llegó el que esperaba, Mariano era todo ojos. Miró bien...

En el acto sacó de debajo de la blusa una pistola vieja, y apuntando con

mano no muy firme, salió el tiro con fugaz estruendo... Movimiento y

estupor en la muchedumbre, gritos, pánico, sacudidas. La bala se

estrelló en la pared de enfrente sin hacer daño a nadie, y el autor del

infame atentado cayó en una trampa, la indignación pública, cuyo

engranaje de brazos y manos le oprimía, como si quisiera pulverizarle.

La desheredada · 第 79 / 87 题