En todo este periodo de desastre, en que los tres desgraciados
habitantes de aquella casa (Abades, 40) se iban desprendiendo de su
equipaje, como el buque náufrago que arroja su carga para mantenerse una
hora más sobre las olas, Juan Bou los visitaba todas las noches después
del trabajo. Isidora ocultaba cuidadosamente la lenta y dolorosa
catástrofe, procurando dar a la casa cierto aspecto de orden, y velar
sus afanes bajo apariencias de mentirosa tranquilidad. Movido de un
galante respeto hacia Isidora, Bou violentaba su palabra para que no
fuese áspera, y así, hablando del pueblo y de la liquidación social,
usaba términos blandos y oraciones trabajosamente delicadas que salían
de su boca, como los gorjeos de un buey que se propusiera ser émulo de
los ruiseñores. En esto se conocía la pasta de su corazón.
Miquis había hecho del buen litógrafo infinitas definiciones. Era, según
nuestro amigo, un tonel con marca de _alcohol_ y lleno de agua; un oso
torcaz; una hidra sin hiel; un alfiler guardado en la vaina de un sable;
un cardo con cáliz de azucena; un gorrión vestido de camello, y un
epigrama escrito en octavas reales. Oírle contar sus épicas luchas por
la causa del pueblo era el gran pasmo de D. José y de _Riquín_; pero
Isidora no contenía fácilmente la risa.
Las galanterías de Bou con Isidora semejaban a las del oso que quiso
mostrar el cariño a su amo matándole una mosca sobre la frente. Alguna
vez, dejando hablar a sus sentimientos, se expresaba con sencillez y
naturalidad. Era como esos mascarones trágicos que en el arte decorativo
aparecen echando flores de sus bocas monstruosas.
Una de las deferencias más expresivas que Bou tenía con Isidora y su
padrino, era ofrecerles participación en los billetes de Lotería que
jugaba; pero como había tanta falta de dinero en la casa, rara vez se
realizaba la operación. El oso quería ceder gratuitamente la parte de
billete, pero Isidora no lo consentía. Las demás atenciones eran
acompañarlos a paseo por el Retiro, y comprar dulces y juguetes a
_Riquín_ y darles de noche larga y cariñosa tertulia. ¡Era blandamente
obsequioso con Isidora y la miraba con manifiesta intención de decirle
algo delicado y difícil...! A veces, en los largos paseos que daban, iba
Juan Bou callado y suspirante. Parecía que su misma fiereza nutría su
timidez. En cambio, en la tertulia de la noche desatábase a charlar de
cosas diversas, ponderaba con inmodestia su amor al trabajo, sus
ganancias, y hacía planes de vida regalada y espléndidamente metódica.
Además tenía noticias de la muerte de un pariente suyo, muy rico, y
esperaba una bonita herencia. Se conceptuaba afortunadísimo, aunque algo
le faltaba, sí, algo le faltaba para ser completamente feliz.
También hacía mención de su hermana Rafaela, mujer de Alonso, que seguía
enferma, y al oír mentar la casa de sus antepasados, Isidora se conmovía
y alteraba. Repetidas veces la invitó Bou a visitar juntos el palacio de
Aransis, cuyas bellezas él no había visto; pero Isidora se excusaba
siempre por miedo a la exacerbación de sus sentimientos en presencia de
aquellos venerados y queridos sitios, su patria perdida.
Un día que la Rufete venía de casa de su prendera, encontró al litógrafo
en la calle del Duque de Alba.
«Voy al palacio de Aransis a ver a mi hermana--le dijo--. Está peor, y
anoche le han dado los Sacramentos. ¿Quiere usted venir?».
El primer impulso de ella fue rechazar la compañía de Bou; pero con tal
empeño redobló este sus instancias y ruegos, que, por fin Isidora no
quiso ser esquiva con él en tanto grado, y se fueron juntos. Por otra
parte, la misma emoción que temía la solicitaba con fuerza misteriosa.
Hay en toda alma, juntamente con el miedo a las emociones, la curiosidad
de ellas, indefinible simpatía del humano corazón con lo patético. Como
la vista en las alturas siente el llamamiento del abismo, así el alma
siente la atracción alevosa del drama.
Llegaron. Rafaela mejoró aquel día, y los Sacramentos, dando reposo y
alegría a su espíritu, habían amansado el mal. Alonso parecía contento y
con no pocas esperanzas de salvar a su mujer. Isidora y Bou estuvieron
largo rato en la salita de la portería, hablando de enfermedades en
general y del asma en particular, del clima de Madrid, del de Mataró,
patria de los Bous, de los médicos, del remedio _A_ o _B_... Realmente,
Isidora no tomaba parte en la conversación sino con monosílabos de
cortés aquiescencia, porque sus cinco sentidos estaban puestos en la
observación de la portería de su casa, y en admirar la confortable
humildad de aquel nido de pobres hecho en un rincón de un palacio de
ricos. La estera, la cómoda, los muebles, desecho glorioso de la
anterior generación de Aransis, y sobre todo las múltiples láminas de
santos y vírgenes, la estampa de los Comuneros y otros grabados de
ilustraciones, pegados en la pared con graciosa confusión, la ocuparon
todo el tiempo que allí estuvo. Cansado de hablar y enormemente
satisfecho de la mejoría de su hermana, levantose Bou del sofá de paja,
emblandecido con colchonetes de percal rojo, y estirándose, dijo:
«Matías, dame las llaves, que quiero ver lo de arriba».
Entregando un sonoro manojo de llaves, Alonso miró a Isidora con
atención recordativa.
«Me parece--indicó--que he visto aquí otra vez a esta señorita... En
fin, suban ustedes y vean lo que hay».
Juan Bou subió la gran escalera despaciosamente, porque su corpulencia
era declarada enemiga de la agilidad. Isidora subió corriendo y en el
último peldaño esperó a su amigo, echándole una mirada triste y una
sonrisa discreta y amistosa, a la cual se podía dar atrevida
interpretación de burla. La persona del bravo catalán se componía de dos
partes: su cuerpo atlético, liado en una americana de cuadros, y un
bastón roten, cuyo puño, formado de un asta de ciervo, se encorvaba,
ofreciendo a la mano todas las facilidades de adaptación, ya para
apoyarse, ya para hacer el molinete, o bien para que el palo fuera una
especie de batuta de la palabra. Jamás, fuera de casa, se separaban el
bastón y el hombre, y se apoyaban el uno sobre el otro, según los casos.
Completaba la persona de Bou un sombrero hongo, de la forma más vulgar,
ligeramente inclinado al lado derecho, como si de aquella parte
estuviesen todas las ideas que era preciso proteger de la intemperie.
Y al subir canturriaba entre dientes. ¿En qué consiste que es tan
difícil echar de los labios una tonadilla cuando a ellos se pega? Sin
saber lo que decía, Bou entonó a murmullos no sabemos qué música con
letra de aleluyas. Isidora no podía contener la risa oyéndole cantar:
_Vienen luego los ciriales--con las mangas parroquiales_.
«¡Cómo me canso de subir escaleras!--dijo el oso torcaz llegando
arriba--. Cuando se reforme la sociedad, se suprimirán los escalones.
Piso bajo todo el mundo».
Abrió la primera puerta y entraron; y mientras Bou seguía franqueando
puertas, Isidora hacía lo mismo con los balcones para que entrase la
luz, ganosa de alumbrar los ricos antros. Creeríase que todo el
contenido de las vastas salas se regocijaba al verse iluminado.
Despertaba todo, abriéndose cual ojos soñolientos, y la luz, acometiendo
las cavidades negras, resucitaba, como a bofetones, tapicerías, muebles
y cuadros.
«Anda, anda, ¿quién será este animal?--decía el litógrafo parándose ante
los retratos--. ¡Vaya una tiesura! perdone, caballero; yo creí que era
usted un palo. Y nos mira con cierto enfado... Nada, señor, no nos
comemos la gente... Toma; también hay aquí una monja. ¡Y es guapa...!
Buena pieza sería usted, hermana. ¡Qué tiempos! Siento que se hayan
ustedes muerto, señores, porque así no verán cómo vamos a arreglar a las
sanguijuelas del pueblo, a los verdugos del pobre obrero... ¡Ah!, usted,
el de la golilla que parece un plato, el de la cruz de Calatrava, usted,
caballerete, si viviera en estos tiempos de ahora y alcanzara el día de
la justicia, no nos miraría con esos ojos... ¡Quia!, se le pondría una
escoba en la mano; mi señor cruzado barrería las calles..., y
_palante_».
Después, volviéndose a Isidora, que, horrorizada del bestial lenguaje de
su amigo, miraba a la calle al través de los vidrios, le dijo:
«Es cosa que aterra el pensar todo el sudor del pueblo, todos los
afanes, todas las vigilias, todos los dolores, hambres y privaciones que
representa este lujo superfluo. Eso es; el pobre obrero se deshuesa
trabajando para que estos holgazanes se den la buena vida en estos
palacios llenos de vicios y crímenes, sí, de crímenes, no me arrepiento
de lo dicho. ¡Maldita casta!... Isidora, ¿no piensa usted como yo? Por
ejemplo: el pobre obrero se rompe el espinazo trabajando, duerme en una
mala cama, come un mal puchero, no tiene en su casa más que una silla
dura en que sentarse, mientras estos tíos..., estos tíos, por no decir
otra cosa, sin coger una herramienta en la mano, ni ocuparse de nada,
pisan alfombras, comen de lo fino, beben y se recuestan en muebles
blandos, que ellos no saben fabricar».
Y uniendo la acción a la palabra, se recostó, mejor dicho, se dejó caer
sobre un sillón de muelles en los cuales se hundía su pesado cuerpo.
«_Voto va Deu_, ¡qué blando es esto!, ¡qué comodidad!--exclamó riéndose
de su propia malicia--. ¡Valientes pícaros! Ya os daría yo en vez de
sillones de muelles, por ejemplo, un banco de carpintería... ¡Hala, y
darle al mazo!».
Tan groseras chocarrerías irritaron a Isidora. ¡Y el pobre Juan Bou tan
inocente del efecto que producían sus ladridos! A cada instante decía:
«¿No piensa usted como yo?», y andando de un lado para otro, se tiraba
con violencia en sillas y sofás para probar su blandura, se arrodillaba
en el cojín de un reclinatorio, daba vueltas alrededor de un biombo, se
reía como un salvaje, ponía el dedo en los bronces, acariciaba las
mejillas de las ninfas doradas, decía chicoleos a las damas retratadas,
y siempre que iba de una sala a otra, daba fuertes golpes con su bastón
sobre el piso, como deseando que también la alfombra recibiese, con el
lenguaje de los palos, la expresión contundente de la ira del pueblo...
En tanto Isidora no le podía mirar. Creía ver en sus palabras, en sus
actitudes de burla, en sus carcajadas, en su persona toda y en su
bastón, erigido en intérprete del populacho, la profanación más odiosa.
Era como el hereje que pisotea la hostia. Por momentos le aborrecía, le
execraba, y habría dado algo de gran valor por poder plantarle en la
calle, después de mandar que le rompieran su bastón en las costillas.
«¡Y qué cortinas!--decía Bou tocándolas de un modo irreverente con el
roten--. Esta gente no gusta de tener frío. ¡Toma!, el frío se ha hecho
para el pobre obrero que anda sin trabajo por las calles. Eso es, hay
dos Dioses, el Dios de los ricos que da cortinas, y el Dios de los
pobres que da nieve, hielo. Isidora, Isidora..., ¿no opina usted como
yo, no cree usted que esta canalla debe ser exterminada? Todo esto que
vemos ha sido arrancado al pueblo; todo es, por lo tanto, nuestro. ¿No
cree usted lo mismo?».
La de Rufete, por no contestarle con la severidad que merecía, no decía
nada, y hacía como que miraba las porcelanas. Bou admiró también
aquellas mil chucherías que no servían para nada; las tocaba, las cogía
en la mano y las volvía a poner con violencia en su sitio, a riesgo de
romperlas. Pasado un largo rato volviose para decir algo de mucha
importancia a su amiga, y no la vio. Llamola en voz baja, después a
gritos; pero Isidora no respondía.
Pasó Bou a otra sala; de allí a un hermoso gabinete, del gabinete a una
recatada y obscura alcoba, y allí creyó distinguir a la que buscaba. La
escasa claridad no permitía a Juan Bou ver los objetos. Avanzó, empezó a
ver bien, y en efecto, allí estaba Isidora, sentada junto a una cama en
la cual apoyaba su brazo derecho. Reclinada la cabeza sobre el brazo,
lloraba en silencio, expresando una pena viva y sin espasmos, un dolor
tranquilo, como todos los dolores viejos que se normalizan con su
monótona permanencia. Quedose absorto Juan Bou ante aquella escena, y
después hizo una tras otra las preguntas vulgares propias del caso.
¿Está usted mala? ¿Tiene usted algo?
Viendo que Isidora no le contestaba, Bou tomó una silla y se sentó junto
a la dolorida. En el momento de sentarse ocurriole una idea que le causó
grande aflicción. Había recordado súbitamente que Isidora pleiteaba con
una casa noble. ¡Cielo santo!, aquella casa era la de Aransis, sí,
recordaba haber oído vagas noticias sobre ello, porque Isidora hablaba
de su pleito sin nombrar jamás a la marquesa. Sin duda las cosas
importunas dichas por Bou al visitar las salas habían ofendido a la
joven, que se suponía heredera y lo era sin duda de tan ilustre familia.
«¿Está usted enojada conmigo por las tonterías que he dicho? ¿Se ha
resentido usted?...».
Isidora negó con la cabeza.
«¡Ah! ¡Ya sé, ya sé!»--exclamó él con regocijo, variando de
pensamientos.
Creyó penetrar entonces en la verdadera causa del dolor de su amiga.
Había entendido que Isidora estaba mal de intereses. Sin duda en aquel
día los ahogos pecuniarios habían llegado a su mayor grado, y la infeliz
e interesante joven se veía amenazada de un conflicto grave. ¡Oh! ¡Qué
bella ocasión se le presentaba a Juan Bou para realizar un acto moral
que ha tiempo meditaba! ¡Soberbia coyuntura! En un punto, en un momento
podía atender a la caridad y al amor, dos cosas que son una sola,
hemisferios diversos de un solo mundo infinito.
Algo había en el lugar solitario y recogido, así como en la pena de
Isidora, que le incitó a no retardar más tiempo su generosa resolución.
¡Oh Dios del cielo! Si en todas las ocasiones Isidora le había parecido
hermosa, en aquella le pareció punto menos que sobrenatural, engalanada
con la divina expresión de su pena. Lástima y amor juntos, ¡qué poder
tan grande sois!
«Isidora, Isidora»--dijo balbuciente la hidra sin hiel.
Después se calló por algún tiempo. Pasó un cuarto de hora, que fue para
él un cuarto de siglo. Deshaciéndose todo en un suspiro colosal, volvió
a decir: «Isidora».
Esta le miró sin hablarle, fijando en la ciclópea catadura de Bou sus
ojos empañados por las lágrimas. Bou sintió que su corazón se partía en
una porción de pedazos, y se expresó así con acongojada voz:
«Isidora, ya que usted no quiere confiarme sus penas, le voy a confiar
las mías. Hace tiempo..., desde que tuve la dicha de conocerla a
usted...».
Isidora, con su penetración admirable, comprendió todo. Tuvo una visión.
Rasgose un velo y vio al monstruo herido que se postraba ante ella y le
lamía las manos. Tuvo horror, asco. Toda la nobleza de su ser se sublevo
alborotada, llena de soberbia y despotismo. Era cosa semejante al
allanamiento de las moradas aristocráticas por la irritada y siempre
sucia plebe. Sonaba el odiado trueno de las revoluciones, y destruidas
las clases, el fiero populacho quería infamar las grandes razas
emparentándose con ellas.
«Mis intenciones han sido siempre buenas--dijo el catalán, que,
imposibilitado de remontarse al drama, caía en la vulgaridad--. Primero
me agradó usted; después me hizo soñar; hízome pensar después. Tornose
esto en una necesidad del corazón, y como estoy solo, como no me gusta
estar solo... No tengo grandes riquezas que ofrecer a usted, pero soy
trabajador, gano bastante y holgura... ¡Desde que la vi a usted me gustó
tanto!... La vi salir de esta casa, y dije: «¿Quién será?...». En fin,
que usted vale mucho, es muy buena, y yo quiero casarme con usted...
Vamos, ya lo dije... y _palante_».
Isidora, estupefacta, no sabía en qué términos responder. Tenía que
contestar negativamente, porque la idea de casarse con aquel bárbaro le
causaba horror. Pero Bou era un hombre sincero y honrado, que no debía
recibir el desaire con crudeza y desvío. Ella valía infinitamente más
que él, ella era noble; pero la dudosa ejemplaridad de su vida podía
hacerla inferior. ¡En qué vacilación tan grande estaba! En su alma el
asco era inseparable del agradecimiento. ¿Cómo contestarle y expresar en
una frase el desprecio y la consideración?... ¡Que un ganso semejante se
atreviese a poner sus ojos en persona tan selecta! Era para darle de
palos y mandarle a la cuadra. Pero al mismo tiempo... ¡cuán sencillo y
generoso! Ofrecía su mano con verdadera intención y creencia firme de
hacer un bien. ¡Si el pobre no alcanzaba más; si era un zopenco; si
ignoraba con quién hablaba...! Isidora buscó rápidamente las frases más
convenientes, y al fin dijo:
«Señor Bou, yo le agradezco a usted mucho su proposición; yo le aprecio
a usted. Es usted una buena persona. Pero me veo obligada a no
admitir..., porque quiero a otro hombre.
--¡Quiere a otro hombre!--repuso con aturdimiento el litógrafo--.
Después que nos casemos le olvidará usted, y me querrá a mí. Yo soy muy
bueno».
Isidora sonrió.
«Yo soy bueno, aunque así, al pronto, meto miedo, por estas ideas que
tengo y porque... Como he sido tan perseguido y... aunque me esté mal el
decirlo..., he hecho heroicidades y cosas grandes, tengo este modo de
hablar tan tremendo. Eso sí, no bajo mi cabeza al despotismo. Soy hombre
que valgo para cualquier cosa, y en Cataluña basta que yo me presente
para que se arme la gorda... Pasando a otra cosa, yo trabajo bien y
gano; espero una herencia... No le faltará a usted nada.
--Quiero a otro hombre--repitió Isidora, creyendo que esta afirmación
daba a tan penoso asunto el corte brusco que más convenía.
--Y ahora--dijo Juan Bou, con un nudo en la garganta--, ¿lloraba usted
por ese...?».
La sospecha de que su rival era una sanguijuela del pueblo, elevaba el
aborrecimiento de Juan a los más altos límites.
«Sí, sí; por él»--repuso decididamente Isidora, para ver si con esto se
callaba el monstruo y la dejaba en paz.
Y como se desgaja la peña del monte y rodando cae al llano y aplasta y
destruye cuanto encuentra, hasta que para y queda inerte otra vez,
rodeado de muerte y silencio, así se desprendió del alma de Juan Bou su
esperanza; rodó, hizo estrago, produjo cólera y despecho; pero bien
pronto todo quedó en atonía dolorosa y muda. Miraba al suelo y su
respiración sonaba como el mugido de una tempestad lejana, que a cada
rato está más lejos. La cólera fue instantánea. Pasó dejando el
abatimiento en el alma y la confusión en el cerebro del coloso. Y en el
cerebro fluctuaban, como restos de un vapor fugitivo, las vagas notas de
un canto acompañado de sílabas. ¿Por qué esas músicas pegajosas, que
toman posesión del oído y de los labios, insisten en su fastidioso
dominio cuando el alma azarada, después de una catástrofe, se desmaya en
duelo y tristeza? No se sabe. Se sabe, sí, que entre el oído, el cerebro
y los labios de Juan Bou, andaba vagamente un sonsonete que decía: _Los
curas van alumbrando--el Miserere rezando_.
Isidora había secado sus lágrimas. Para poner fin a tan fastidiosa
escena, lo mejor era marcharse.
«Yo no puedo detenerme más»--dijo andando lentamente hacia la puerta.
Bou no contestó nada, ni hizo movimiento alguno.
«¿Viene usted?».
Al decir esto, la miró desconsolado. Isidora sintió provocación de risa,
pero se contuvo.
«Nos iremos»--dijo Bou levantándose con tanta pesadez, que parecía
haberse hecho de bronce.
Isidora iba delante, él detrás, Salieron y bajaron sin decirse nada. En
la puerta de la calle, el desairado amante manifestó que se quedaría un
rato más en casa de su hermana.
«Me ha matado usted--dijo al despedir a la ingrata--. Creo que estoy
malo. Maldita sea mi suerte».
Y cuando ella se alejó, el bárbaro, mirándola desde el portal, pensaba
cosas tristísimas y abominables. Sus pensamientos desencadenados
brotaban en burbujas sueltas.
«¡Ingrata!, no conocer el valor del hombre que se le ha ofrecido... ¿Soy
acaso un chisgarabís, un danzante, uno de esos vampiros del pueblo?...
Yo tan tremendo; yo tan formal; yo tan útil a la humanidad; yo que tengo
estas ideas tan elevadas... Y yo pregunto: ¿Por qué es tan guapa?... El
demonio le hizo a ella la hermosura y a mí los ojos... ¡Despreciarme a
mí!... La mujer es una traba social, una forma del obscurantismo, y si
el hombre no tuviera que nacer de ella, debería ser suprimida».