Entreacto en la calle de los Abades

=--I--=

«¿A dónde vamos?--preguntó Isidora cuando salieron a la calle.

--¡Qué pregunta!... A mi casa--replicó don José, estrechando a _Riquín_

entre sus brazos con ardiente cariño--. Abades, 40. No parece sino que

hemos de quedarnos en la calle. No te apures, hija; de menos nos hizo

Dios. En casa no te faltará nada. Melchor la ha puesto muy guapamente».

Y en medio de la turbación que el repentino desalojamiento le producía,

D. José sintió íntimo gozo al considerarse protector de su ahijada, al

sentirla tan cerca de sí, sometida a su generoso amparo. Siempre que

hacía algo en beneficio de ella, el pobre señor se crecía y se hinchaba;

que hay muchas especies de orgullo. Iban silenciosamente por la calle,

él delante, ella detrás, porque la estrechez de las aceras no les

permitía caminar juntos.

Cuando llegaron, Melchor estaba en casa. Había hecho de la sala despacho

y oficina, y trabajaba en ella, a la luz de una lámpara con pantalla

verde que derramaba un círculo de claridad sobre la mesa. Un hombre

acompañaba a Melchor, trabajando con él en la misma mesa. Del cerebro

del hombre descendía al pupitre una invisible corriente de cálculos que

al tocar el papel se condensaba en números, como al influjo de la helada

la humedad de la atmósfera cristaliza sobre el suelo. Melchor se levantó

un momento para recibir a Isidora, enterarse de lo ocurrido y ofrecerle

su casa. Después se volvió a sentar, y requiriendo la benéfica pluma,

entonces consagrada a la humanidad doliente, siguió su trabajo.

Rápida ojeada bastó a Isidora para observar a Melchor, que

definitivamente se había dejado toda la barba y tenía un aspecto muy

vistoso, aunque nunca simpático; para observar también al hombre de los

números, que la miró con cierto azoramiento de bestia taurina al

hallarse en medio del redondel. Vio también la desamparada sala con su

estante, formando como nichos de cementerio, donde yacían ordenados

papeles. Un plano de Madrid acompañaba al de la Península. Hacían ambos

el papel emblemático de los planos de minas o ferrocarriles en las

oficinas de explotación. Prospectos de cuatro tintas en que se pintaban

figuras altamente conmovedoras, con Hermanas de la Caridad conduciendo

mendigos al Asilo; el frontón mismo del Asilo ideal con columnas griegas

y un sol con la insignia triangular de Jehová, difundían por toda la

sala la idea de que allí se trabajaba para aliviar la suerte de los

menesterosos. Las palabras _Rifas_, _Grandes rifas_, _Tres sorteos

mensuales_, _seis millones_, impresas en colores, revoloteaban por las

paredes cual bandadas de pájaros tropicales; y como el papel en que

aquellas campeaban era de ramos verdes, la fantasía loca de Isidora no

había de esforzarse mucho para hacer de aquel recinto una especie de

selva americana alumbrada por la luna. Después vio el resto de la casa,

que era de construcción reciente, mas con tan sórdido aprovechamiento

del terreno, que más parecía madriguera que humana vivienda. Don José

destinó a Isidora su propio cuarto, por no haber otro mejor en la casa,

y al punto se ocupó en desalojarle. Él se iría al aposento de la

muchacha y la muchacha dormiría Dios sabe dónde. Era interior el cuarto,

y tan vasto, que a Isidora le pareció un sepulcro. Don José iba y venía

cargando trastos, y cuando estuvo instalada la cama y acostaron en ella

a _Riquín_, díjole Isidora:

«Vaya usted a buscar a Miquis, que ahora, para acabar de arreglar la

habitación, la muchacha y yo nos entenderemos».

La muchacha era una alcarreña de esas que acababan de llegar al mercado

de criadas, y traía frescas la rudeza del pueblo, la suciedad, la

torpeza de manos y de cabeza. Todo lo hacía al revés. Tenía buena

voluntad, pero un aliento insoportable. Sus ropas parecían no haberse

desprendido de su rechoncho cuerpo desde que nació, y sus greñas mal

peinadas, de color de barbas de maíz, despedían un olor a pomada de

baratillo, más desagradable que su aliento. Isidora sentía hacia ella

repulsión invencible; no la podía mirar, no la podía tocar, y al

sentirla cerca, se estremecía de horror. Antes moriría de hambre que

comer cosa guisada por ella. Lo primero que Isidora echaba de menos era

su doncella, Agustina, tan aseada, tan lista, tan ligera, tan señorita.

«No, no--exclamó la joven con angustia--. Yo no nací para pobre, yo no

puedo ser pobre».

Dios la amparó en aquella noche de prueba, porque al poco rato de haber

lanzado la exclamación dolorosa, salida de lo más vivo de sus entrañas,

llegó su cara doncella. Traía en un gran lío toda la ropa de _Riquín_ y

algo de la del ama.

«La fiera--dijo--me mandó sacar todo esto. Está bramando. ¡Ay señorita!,

si usted le dice dos palabras al salir, hay reconciliación... Yo lo

siento. Está arrepentido de su barbaridad. Yo quería traer más; pero no

me dejó. Mañana llamará a las prenderas... ¡Ay! ¡Qué lástima! ¡Qué

riqueza hay allí!».

Agustina se ofreció a seguir a su servicio, e Isidora lo aceptó con

gozo, aunque no tenía en sus bolsillos una sola moneda. ¡Terrible

contradicción! Ella no podía ser pobre, y sin embargo lo era.

Ocupándose de arreglar la habitación y de procurarse algunas

comodidades, ¡cuántas cosas echaban de menos!... Empezaron a nombrar

esto y lo otro. Tal cosa había quedado en la tercera gaveta de la

cómoda; tal otra en el armario de luna... Pero ya no había remedio. Por

cada objeto que no tenía, Isidora echaba a volar media docena de

suspiros, encargados de transmitir su desconsuelo a las insondables

esferas de lo pasado.

_Riquín_ parecía mejor. Dormía tranquilamente, y su respiración fácil

sonaba como el eco de músicas serafinescas tañidas a la parte allá de lo

visible.

Miquis y D. José tardaban. Isidora pasó a la sala porque Melchor le

había dicho que tenía que hablarle. Era para ampliar sus ofrecimientos.

Podía disponer de toda la casa si gustaba. Si era necesario llamar algún

médico afamado, que lo llamaran al momento, y de cuenta de él, del

benéfico y filantrópico Melchor, corrían los gastos de botica. Lo

principal era que ella se tranquilizase, que no tomara el cielo con las

manos, pues estaba en casa de parientes que la querían de veras y donde

nada la faltaría... En tanto el hombre corpulento que hacía números no

quitaba del rostro de Isidora sus ojos, y parecía pasmado, fascinado por

religiosa o mitológica visión.

Como el gran Relimpio hablara entonces de médicos y ensalzase a Miquis,

el hombrazo dijo:

«¡Ah Miquis!... Ese todo lo cura con agua fría. Le conozco mucho. Asiste

a mi hermana Rafaela, la mujer de Alonso, el conserje de la casa de

Aransis».

Isidora no esperaba oír citar su casa ilustre, y se inmutó un poco. Sin

dejar de mirarla, el hombrón prosiguió así:

«Y ahora que nombro a la casa de Aransis, me parece... ¡Ah!, bien decía

yo. Ya me acuerdo. Un día..., hace años, estaba yo con mi hermana en el

portal del palacio y salieron usted, Miquis y otro sujeto. Eso es...

Bien decía yo que no era la primera vez... Después he tratado mucho a

Miquis. Es simpático. Como él tiene instrucción y yo... algo entiendo de

ciertas cosas, discutimos sobre la cuestión _A_ o la cuestión _B_. Yo le

aprieto de firme y él se defiende con retóricas...

--Vamos, vamos a concluir esto--dijo Melchor con impaciencia--. Tenemos

que de los veinticuatro mil billetes quedan sin vender y a beneficio de

la Administración seis mil quinientos...».

Isidora no oyó más, porque llegaron Miquis y D. José. El médico venía de

frac, que se alcanzaba a ver bajo un ligero abrigo. Iba a un sarao de

cierta casa de tono. Precursoras y compañeras de su fama eran las

relaciones, y la entrada que iba teniendo en los más escogidos círculos

de la sociedad.

Examinado _Riquín_, le recetó un calomelano. Era cosa ligera, una

indigestión, y probablemente al venidero día estaría como si tal cosa.

Hablando después con Isidora del suceso de aquella noche, le dijo así:

«Siento ese percance, porque no hallarás otra fiera como esa. No hay dos

Botines en el mundo. Si los hubiera, ¿dónde estaría ya nuestra querida

patria? Desde Pirene a Calpe habría sido devorada, y todos los españoles

nos agitaríamos en una cárcel de tela, ¡ay!, en los bolsillos de ese

afanador de naciones... ¡Tonta, si hubieras sabido aprovecharte!... Pero

tú no haces números, y en esta época el que no hace números está

perdido.

--Déjame a mí de números. ¿A dónde vas ahora?».

El frac le cautivaba, y ya se estaba ella figurando en su mente los

brillantes salones en que iba a entrar Augusto dentro de poco, la mesa

riquísima en que se sentaría y las personas cultas y elegantes con

quienes había de estar en roce familiar y discreto gran parte de la

noche. Era esta la clase de imaginaciones que más fácilmente se moldeaba

en su cerebro. Miquis lo conocía y le pasaba la miel por los labios,

contándole cosas estupendas, algunas de ellas falsas, y describiéndole

aquellos apartados mundos donde ella no podía penetrar sino con la

fantasía, mejor aún, con su ferviente anhelo.

«Hace pocas noches--le dijo--comí en casa de la duquesa con tu Pez.

Parece que se va a nadar a la Habana, porque aquí se queda en seco. Le

han escamado los usureros. ¿Sabes que me da lástima? Es lo que llaman un

buen muchacho, servicial, amable, cariñoso, débil, y que no hace daño a

nadie más que a sí mismo».

Isidora, turbada y nerviosa, varió la conversación y fingió ganas de

reír.

«¡Ah!, me han dicho que te casas. ¿Es verdad?

--Eso dicen, sí. Y cuando el río suena, boda lleva.

--¿Con la del notario?

--Con la de Muñoz y Nones.

--Bien sabes tú arrimarte a buen árbol. Es rica.

--Te juro que no me ha movido la riqueza. Desprecio las pompas y

vanidades del mundo. Me caso por amor, por puro amor del corazón. Esto

no lo hacemos ya más que los pastores y yo...

--¿Y es bonita?

--Para mí no hay otra que se le iguale.

--«Mejorando lo presente», se dice.

--Y sin mejorarlo, vamos. Antes que todo es mi dama.

--¿Por qué no dices a tu suegro dos palabritas acerca de mi pleito? Va a

declarar como testigo. Además es el notario de la casa de Aransis.

--¡Culebra! Quieres corromper al ave fénix de los notarios.

--No, no. Es justicia. Yo le pido que no se deje corromper por los de

Aransis. Con eso me basta.

--No conoces a mi presunto suegro. Con decirte que él, por sí solo,

desmiente y hace olvidar la mala fama que en todos tiempos han tenido

los señores de pluma y sello... Muñoz y Nones ofrece a la admiración de

la humanidad el siguiente fenómeno: es un hombre que ha hecho una

fortuna con su honradez, fortuna no muy grande, se entiende, como

corresponde a la materia de que está hecha. Mi suegro desacredita y

niega mil cosas convencionales y rutinarias. Desde Quevedo acá, se ha

tenido por corriente que los escribanos sean rapaces, taimados, venales

y, por añadidura, feos como demonios, zanquilargos, flacos, largos de

nariz y de uñas, sucios y mal educados. Este tipo amanerado ha

desaparecido, y en prueba de ello ahí tienes a mi suegro, que es

honrado, franco, liberal, y además guapo, simpático, amabilísimo y de

agradable trato. En estos tiempos de renovación social las figuras

antiguas fenecieron, y no hay ya un determinado modelo personal para

cada arte o profesión Así verás hoy un juez de primera instancia que

parece un Guardia de Corps; verás un barítono que parece un alcalde de

Casa y Corte; verás marinos que parecen oidores, y hasta podrás ver un

filósofo que se confundiría con un canónigo. Dígolo porque Muñoz y Nones

parece un diplomático. Tiene inclinaciones de gran señor y hábitos de

_sportman_. ¡Lástima que no haya abierto nunca más libro que la _Ley de

Enjuiciamiento civil_! Por lo demás, en la honradez es un lince, y tiene

por este concepto casi tanta fama como la que otros tienen por pillos.

Es costumbre en nuestra edad suponer y afirmar que no hay por todas

partes sino malos acciones, egoísmo y rapacidad. ¡Error, disparate! El

mundo se pudriría si le faltase en un momento el desinfectante de la

virtud, cuya acción enérgica se nota en todas partes, en las más altas

así como en las más bajas esferas... Conque me voy, porque te estoy

aburriendo...

--Quedamos en que recomendarás a tu suegro mi pleito.

--Quedamos en que es inútil.

--Bobalicón.

--Serpiente de cascabel, abur».

=--II--=

Después que se fue Miquis entró Mariano, que buscaba a su hermana para

que le proveyese de fondos. Tan lejos estaba de encontrar allí a su

maestro, que al verle se desconcertó, porque hacía una semana que no

aparecía por el taller. Levantose contra él una tempestad de censuras.

Increpole su hermana por su mala conducta, hizo Juan Bou consideraciones

morales, Melchor le llamó vago, pillete y predestinado al presidio, y

hasta su amigo y compañero de café, Relimpio, promulgó sobre la vagancia

los conceptos más severos. Anonadado, y sin valor para pedir a su

hermana dinero, Mariano se retiró a un banco de palo que en el estrecho

recinto había, y allí permaneció larguísimo rato solo, callado, hecho un

ovillo, meditando sobre una sola idea, ya mil veces apurada, como un

perro que roe y voltea un solo hueso después de haberle quitado hasta la

última hilacha de carne.

El afán de goces, el apetito y sed ardiente de satisfacciones materiales

que tan grande parte tenían en el ser moral de Mariano, y que habían de

tenerla mayor cuando fuera hombre formado, se objetivaban, valga la

palabra, en el hijo de D. José Relimpio. Aquellas pasiones vagas siempre

cristalizan, por decirlo así, en envidia, que es unipersonal y

antropomórfica.

Mariano, arrinconado en el recibimiento, y oyendo desde allí el rasguear

de las plumas que en la sala hacían tan lucrativos números, se

preguntaba por qué razón tenía el señorito Melchor sombrero de copa y él

no; por qué motivo el señorito Melchor vestía bien y él andaba de blusa;

por qué causa el señorito Melchor comía en los cafés, galanteaba

bailarinas, fumaba buenos puros y paseaba con caballeros, mientras él,

el pobre _Pecado_, comía y fumaba casi como los mendigos, y tenía por

amigos a otros tan pobres y desgraciados como él. La soledad en que

vivía le despabiló antes de tiempo. Su precocidad para comparar y hacer

cálculos, no era común en los chicos amparados por padres o parientes

cariñosos. Porque el abandono y el vivir entregado a sí propio,

favorecen el crecimiento moral en el niño. De la índole nativa depende

que este crecimiento sea en buen o mal sentido, y es evidente que los

colosos del trabajo, así como los grandes criminales, han nutrido su

espíritu en una niñez solitaria. El árbol salvaje, juguete de los

vientos en deshabitado país, adquiere un vigor notorio.

Mariano era rebelde por naturaleza; no se dejaba querer, ni sabía

apreciar el dulce calor de la casa de familia. No quería vivir con su

tía Encarnación porque le trataba con aspereza, ni con su hermana porque

le sermoneaba, ni con Juan Bou porque vigilaba todas sus acciones.

Gustaba de albergarse en fementidas casas de huéspedes de los barrios

del Sur; mudaba de domicilio con frecuencia, y por temporadas, en vez de

tener domicilio fijo, pernoctaba en las casas de dormir y comía en las

tabernas. El ejercicio de la vida independiente le dio cierto vigor de

voluntad, que es propio de los vagos; aguzó su ingenio, precipitó su

desarrollo intelectual. Conviene estudiar bien al vago para comprender

que es un ser caracterizado por el desarrollo prematuro de la

adquisitividad, del disimulo y de la adaptación. No se explican de otro

modo la gran precocidad ni los rasgos geniales que son desesperación de

la Policía y espanto de la sociedad en criminales de diez y ocho y

veinte años. El gitano, ser salvaje dentro de la sociedad, es un

prodigio de agudeza, un archivo de triquiñuelas jurídicas y un burlador

hábil de la Policía. El vago adolescente, otra manera de salvaje, sabe

más mundo y más Economía política que los doctores recién incubados en

la Universidad.

Hallábase Mariano a la sazón a punto de consumar su sabiduría en

aritmética parda; se le había desarrollado ya el genio de los cálculos,

el furor de la adquisitividad, y las facultades obscuras de la

adaptación, del disimulo y de la doblez.

Después de aquella noche en que le dejamos arrinconado en el banco del

recibimiento, asistió de nuevo con puntualidad al taller. Trabajaba por

hipocresía. El maestro Juan Bou se mostraba tan amable con él aquellos

días, que no sabía qué hacerle. Y su amabilidad era tan extraordinaria,

que hasta llegó a llamarle hijo y a departir con él como de igual a

igual.

«Bien, hijo, bien; vamos bien. Has sido algo calavera pero tú mismo

conoces que el trabajo es la vida, la religión del pueblo... Voy a

hacerte una proposición. ¿Quieres venirte a vivir conmigo? Yo estoy

solo. Te daré un cuarto, una cama, un plato y una cuchara. En mi casa no

hay lujo, pero no falta nada de lo necesario».

Después le hacía acerca de Isidora mil preguntas enojosas y prolijas, a

las que Mariano no sabía qué contestar. Si su hermana vivía contenta, si

se levantaba tarde o temprano, si le gustaba la fresa y el requesón, si

iba al teatro. Además, el maestro Juan Bou parecía reventar de gozo...

Los oficiales no se explicaban la causa de esta alegría; unos la

atribuyeron a la buena marcha del negocio de las Rifas; otros a que se

había sacado el premio gordo de la Lotería. Pero Juan Bou desconcertaba

todas las disquisiciones de sus oficiales, porque de repente se volvía

triste y daba unos suspiros que habrían partido la piedra litográfica si

esta fuera un poco menos dura. Creyérase que se incomodaba consigo mismo

y que quería echar de sí una mala idea. Algunos días trabajaba poco, y

más de una vez ocurrió que se retrasaran y embrollaran los dibujos _A_ o

_B_ por las distracciones y torpezas del maestro, cosa totalmente

desusada en hombre tan metódico para el trabajo.

Otro suceso digno de llamar la atención ocurrió por aquellos días. Juan

Bou notó que la contabilidad en la empresa de las Rifas benéficas no

marchaba con toda la limpieza que debía esperarse, y ya fuera por

obedecer a su conciencia, ya por ceder al egoísmo, que le aconsejaba no

comprometerse con la Justicia, echose fuera de la sociedad, renunciando

a toda participación en ella. Quedose, sí, con los trabajos de

litografía, que le habían de pagar religiosamente, según convenio. Desde

entonces sus relaciones con Melchor fueron menos estrechas.

Entrado el mes de junio, Mariano notó con envidioso asombro que Melchor

avanzaba rápidamente por el camino de la prosperidad. Salía en coche de

dos caballos, acompañado de señorones; comía siempre fuera de casa;

recibía regalos de puros de la Habana y otras cosas ricas; el sastre le

traía ropas y más ropas; amueblaba con lujo parte de la casa... Y de

tanto pensar en la creciente prosperidad del señorito Melchor, _Pecado_

perfeccionaba su _intellectus_, enriqueciéndolo con luces nuevas acerca

de la propiedad, de la adquisición del número y de la cantidad, luces o

ideas que burbujeaban en su cerebro, como los embriones de la belleza y

el vago apuntar del plan artístico en la mente del poeta, al pasar de

niño a hombre.

Por San Juan dejó de trabajar. Una noche fue a pedir dinero a su

hermana, y como esta no quisiese dárselo, se enfureció, trabáronse de

palabras, asustose ella, renegaron uno de otro, él le dijo algún vocablo

malsonante, lloró Isidora, intervino con más celo que autoridad don

José, y, por fin, el chico salió de la casa gruñendo así:

«No me quieres dar nada. Pues me lo dará Gaitica...».

Desde aquella noche Mariano desapareció. Le buscaron y no fue hallado

por ninguna parte, ni en mucho tiempo se tuvo noticia de él.

=--III--=

Con estas y otras cosas, Isidora cayó en grave tristeza. Sus insomnios

se repetían casi todas las noches, atormentándola con el alternado

suplicio de ilusiones locas y de miserias reales, de delirio suntuario y

de terror o desengaño. Un pensamiento, referente a cosa muy práctica, la

punzaba y afligía, y era el siguiente:

«Por cierto que en mes y medio que llevo aquí, Melchor me ha ido

facilitando, facilitando cantidades, que será preciso pagarle algún

día... Es tan cómodo el sistema para mí, que sin saberlo cómo, me estoy

empeñando en dinerales. Me basta decir a D. José mis necesidades; D.

José corre a la sala, habla con él, y del fondo de Rifas... ¡Dios mío!,

¿a cuánto subirá ya? Yo no lo sé, porque no apunto nada. Aquí vendrían

bien los librotes del padrino. Melchor lo apuntará, de fijo, y pensará

cobrarme, pero ¿de qué manera?...».

Largos ratos pasaba en cavilaciones sobre el pleito, y decía:

«Va marchando. Ahora viene lo que llaman el alegato de bien probado.

Pero hasta que pase el verano no habrá nada. El abogado me da grandes

esperanzas. ¡Si esto se resolviera pronto para pagar a Melchor y escapar

del lazo que me tiende!...».

Pensando en Juan Bou, que a menudo la obsequiaba, decía:

«¡Pobre Bou! Es el animal más cariñoso que conozco. Le quiero como se

quiere al burro en que salimos a paseo».

El barrio en que su mala suerte la había traído a vivir, era para la de

Rufete atrozmente antipático. Algunas tardes salía con _Riquín_ y D.

José a dar una vuelta por la calle del Mesón de Paredes, el Rastro y

calle de Toledo, y sentía tanta tristeza como repugnancia. El calor era

ya insoportable, y por la noche todo el vecindario se instalaba en las

aceras, los chicos jugando, las mujeres charlando. Isidora hallaba en

todo, casas, calle, gente, hombres, mujeres y chicos, un sello de

grosería que su compañero de paseo no apreciaba como ella. La estrechez

de las aceras, obligando al transeúnte a contradanzar constantemente del

arroyo a las baldosas, añadía nueva incomodidad a la molestia de la

bulla, del mal olor y del polvo.

Expulsada de aquellos sitios por su propia delicadeza y buen gusto,

solía dirigirse hacia el Norte y acercarse a la Puerta del Sol «para

respirar un poco de civilización». Pero no se aventuraba mucho por los

barrios del centro, porque la vista de los escaparates, llenos de

objetos de vanidad y lujo, le causaba tanta pena y desconsuelo, que era

como si le clavasen un dardo de oro y piedras preciosas en el corazón.

La repugnancia de la zona del Sur y el desconsuelo de la del centro la

llevaban a las afueras, con gran gusto de D. José, que amaba el campo y

los retozos pastoriles.

Julio hacía de Madrid una sartén. _Riquín_ fue atacado de las tos

ferina, y era preciso llevarle a otra parte. ¡Pobrecito Anticristo! Daba

pena verle, cuando le daba el ataque, todo encendido, agarrotado y sin

aliento, como si estuviese a punto de perder la vida en aquel mismo

instante... Pero su mamá carecía de recursos para el viaje, de lo que

recibía grandísima pena. Joaquín Pez estaba en Francia, y ni siquiera

escribía... Afortunadamente (y quién sabe sí desgraciadamente), Melchor

se brindó de muy buen grado a resolver el difícil problema. ¡Porque la

pobre carecía de tantas cosas! No tenía ningún vestido propio para

viaje, ni sombrero, ni nada de lo que ordena el implacable imperio del

verano, que con sus chapuzones iguala en dispendios al invierno con sus

bailes y fiestas. _Riquín_ estaba casi desnudo.

«Nada, nada--dijo Melchor en tono paternal--; yo no puedo consentir que

carezcas... Pues no faltaba más...».

Empezaron a funcionar las modistas, y estas, así como la elección de

telas y de sombreros, tuvieron a Isidora febrilmente distraída y

excitada durante algunos días. La vanidad le hacía vivir doble y la

engañaba, como a un chiquillo, con apariencias de bienaventuranza.

Volvió a ver lucir su belleza dentro de un marco de percales finos, de

cintas de seda, de flores contrahechas, de menudos velos, y a recrearse

con su hermosa imagen delante del espejo. ¿Qué es la vida? Un juguete.

Melchor decidió que fuese al Escorial, y él quiso acompañarla. A Isidora

no le hacía maldita gracia la compañía; pero las circunstancias, ¡ay!,

con su abrumadora lógica, la obligaron a aceptarla. Hallábase en las

unas de su insidioso prestamista, y no podía evadirse. Fue víctima de

una emboscada, formada en las traidoras sombras de la miseria; cayó en

una trampa de infame dinero, armada con el cebo de la vanidad. Aún podía

salvarse rompiendo por todo, declarándose insolvente y resignándose a la

indigencia; pero _Riquín_ tenía la tos ferina, estaba como un hilo,

amenazado de morir consumido en los calores de Madrid como arista en el

fuego. Era forzoso rendirse a la fatalidad, según Isidora decía,

llamando fatalidad a la serie de hechos resultantes de sus propios

defectos.

Melchor dispuso que su padre se quedara en Madrid para cuidar la casa.

¡Atroz destierro y pesadumbre para D. José! Según el bien meditado plan

del sesudo Melchor, este iría y vendría, residiendo algunos días en El

Escorial y otros en Madrid, pues sus negocios no le permitían abandonar

la Corte sino por poco tiempo. Cumpliose fielmente el programa. Don José

iba a El Escorial los domingos en el tren de recreo cuando Melchor

quedaba en Madrid. ¡Qué feliz aquel día! ¡Diez horas con Isidora y con

_Riquín_! Algo enturbiaba su dicha el notar en su ahijada una tristeza

sombría y como enfermiza. Si hablaba de Melchor lo hacía en los términos

más desfavorables para el aprovechado joven. ¡Y qué ardientes deseos

tenía de volver a Madrid! _Riquín_, ya muy mejorado, saltaba y corría

por el campo, y en sus mejillas renacían los frescos colores de la

salud. Todo el día lo pasaba D. José embelesado, y no hartaba sus ojos

de mirar a la madre y al hijo. Paseaban los tres por la montaña, se

sentaban, hacían vida de idilio, semejante a la que D. José había visto

pintada en los biombos de la casa de Aransis. Por la noche regresaba

Relimpio a Madrid y a su casa; dormía como un santo y soñaba que era

pájaro y que cantaba posadito en la rama de un árbol. También _Riquín_

era pájaro y revoloteaba dando sus primeros pasos por el mundo aéreo.

Isidora era una avecilla melancólica. Todos cantaban; pero D. José era

el que cantaba más y el que a la rama más alta subía.

A mediados de septiembre regresó Isidora a Madrid, dejando fama en la

colonia veraniega de El Escorial. Entonces ocurrió en la vida de Melchor

un hecho singular. De repente su prosperidad, su boato y grandeza se

hundieron como por escotillón, sin que se supiera la causa. Juan Bou

decía que los señores de la sociedad rifadora debieron de hallar sapos,

culebras y otras alimañas en la gestión del joven Relimpio. Lo cierto

fue que un día vinieron mozos de cuerda y se llevaron los libros y todo

el material de la oficina. Melchor se despidió por la tarde de su padre

y de Isidora, diciéndoles que allí les quedaba la casa, que hicieran de

ella lo que gustaran, porque él se iba a Barcelona a emprender un nuevo

negocio.

Quedáronse, pues, solos los tres: Isidora, _Riquín_ y el viejo, y véase

por donde vino a ser casi real el sueño ornitológico de D. José: los

tres gorjeando en las ramas. Eran efectivamente pájaros, porque no

tenían más que lo presente y lo que la Providencia divina quisiera

darles para pasar del hoy al mañana. El mundo se diferencia de los

bosques en que es necesario pagar el nido. Nuestras tres avecillas

tenían casa, pero no con qué pagarla, pues Melchor había dejado las

arcas en tal estado de pulcritud, que no se encontraba en ellas rastros

de moneda alguna. «Dios aprieta, pero no ahoga», dijo Relimpio. Isidora,

para atender a las apremiantes necesidades de cada día, empezó a

despojarse de su ropa. No era la primera vez que tenía que desnudarse

para comer. Poco a poco los vestidos fueron pasando de la cómoda a la

cocina, por conducto de las prenderas. Últimamente, en un triste y

húmedo día de octubre, se comieron el sombrero de paja de Italia. ¡Era

el último plato!

La desheredada · 第 61 / 87 题