=--I--=
Mientras duraron en casa de Isidora las abundancias y el regalo, Mariano
hizo la vida de señorito holgazán, rebelde al estudio, duro al trabajo,
blando a la disipación y al juego. Su precocidad para dar gusto a los
sentidos revelaba que había de ser muy menguada en él la vida del
espíritu. Diríase que la Naturaleza quiso hacer en aquella pareja sin
ventura dos ejemplares contrapuestos de moral desvarío; pues si ella
vivía de una aspiración insensata a las cosas altas, poniendo, como dice
San Agustín, su nido en las estrellas, él se inclinaba por instinto a
las cosas groseras y bajas. Recibía gusto especial del desaliño, y
recogía con lamentable asimilación todas las palabras necias y bárbaras
para darse, usándolas desvergonzadamente, aires de matón. Pronto
comprendió Isidora que su hermano no sería nunca persona decente, y que
no había bajado del sol colegio humano capaz de darle pulimento. Y si al
principio podía dominarle, valiéndose del amor, más tarde el amor de
Mariano se enfrió; con el cariño huyó el respeto, y ya no fue posible
contener la impetuosa inclinación del muchacho a la vida vagabunda y
aborrecimiento del estudio. Pasado algún tiempo de luchas, empezó a
tenerle miedo, asustada por su bestial y aborrecido lenguaje. Donde
suena un lenguaje soez sólo puede haber malas acciones y pensamientos
poco delicados. Donde cantan las ranas, ¿qué ha de haber sino charcos y
cieno?
Cuando _Pecado_ curó de las heridas que le hizo el novillo de Getafe,
Isidora se armó de valor, echole un sermón, y le dijo muy clarito que no
volvería a tener un cuarto si él mismo no lo ganaba. Quedó, pues,
convencido que aprendería un oficio; pero hasta en aquella ocasión
excepcional descollaron sobre el enojo de Isidora sus pruritos
aristocráticos, porque no consintió que su hermano fuera zapatero, ni
albañil, ni cerrajero, ni sastre, ni menos peluquero; y discurriendo
sobre a cuál industria le dedicaría, vino en determinar que sería
grabador, es decir, fabricante de esas preciosas estampas que adornan
las publicaciones ilustradas y de las magníficas reproducciones de los
Museos... Para que la industria pueda hacerse pasar por noble, necesita
fingir parentescos con el arte.
Buscando por ahí, buscando por acá, no se hallaban otros talleres que
los de litografía. Miquis tomó con empeño el asunto, y habló al cuñado
de Matías Alonso, un tal Juan Bou, que se había establecido
recientemente, y tenía, entre otras cualidades, la de ser muy severo con
sus oficiales. Consintió Bou en admitir a Mariano, de cuyas
inclinaciones aviesas se le dio noticia para que le tratase con rigor, y
sacara de él, si era posible, un obrero hábil y laborioso.
Juan Bou era un barcelonés duro y atlético, de más de cuarenta años,
dotado de esa avidez de trabajar y de esa potente iniciativa que
distinguen al pueblo catalán; saludable como un toro, según su propia
expresión; de humor festivo y palabra trabajosa. Su cara, enfundada en
copiosa barba negra y revuelta, mostraba por entre tanto áspero pelo dos
ojos desiguales, el uno vivísimo, dotado de un ligero movimiento
rotatorio, el otro fijo y sin brillo; más abajo, y puesta como al acaso,
una nariz ciclópea; más arriba una frente lobulosa, que estaba pidiendo
algunos golpes de escoplo para ser como las demás frentes humanas; ítem,
una cicatriz sobre la ceja derecha, resultado, según decía, del _beso de
una bala_...
Podía pasar por marinero curtido en cien combates contra las olas, y
también por bandido de las leyendas. Tenía en sus extremidades altas dos
manojos de dedos con que trabajaba; y ciertamente, nadie que viera la
tosquedad de aquellas manazas creería que eran delicadísimas para el
dibujo. Su estructura basta las hacía más propias para la maroma de la
vela mayor o la barra del cantero. Respiraba como el fuelle de una
fragua, y siempre tenía tos; pero una tos tan bronca y sofocante que,
cuando le daba el acceso, se quedaba mi hombre cabeceando y todo
encendido; creeríase que iba a reventar, y el ojo rotatorio se le echaba
fuera, mientras el apagado se escondía en lo más hondo de la órbita.
Tenía dos géneros de fanatismo: el del trabajo, pues no podía estar
inactivo, y el de la política. Deliraba por los derechos del pueblo, las
preeminencias del pueblo y el pan del pueblo, fundando sobre esta
palabra ¡pueblo! una serie de teorías a cuál más extravagantes.
Realmente estas teorías no eran suyas. Una generación se había embobado
con ellas, mirándolas como pan bendito. Pero Juan Bou las había
sublimado en su mente indocta, convirtiéndolas en una fórmula de brutal
egoísmo. Según él, muchos miembros importantes del organismo social no
tenían derecho a ser comprendidos dentro de esa designación sublime y
redentora: ¡el pueblo! Nosotros, los que no tenemos las manos llenas de
callos, no éramos pueblo; vosotros, los propietarios, los abogados, los
comerciantes, tampoco erais pueblo... De toda idea exclusiva nace una
tiranía, y de aquella tiranía nació el obrero--sol: Juan Bou, que decía:
«El pueblo soy yo».
En Barcelona había logrado fundar un buen establecimiento de litografía.
Pero sus economías y el establecimiento mismo naufragaron por las
liviandades de una mujer con quien, por obra del demonio sin duda, se
había casado. Su señora tampoco era pueblo; era una sanguijuela del
país, como vosotros los que esto leéis. ¡Quién le metería en la cabeza a
Juan Bou casarse con la hija de un recaudador de contribuciones! De
semejante vampiro, ¿qué podía nacer sino una hembra disipadora,
antojadiza, levantada de cascos? Enviudó Juan al fin, y para rehacer su
peculio destruido, se puso a trabajar de nuevo. Pero con el sacudimiento
del 68, encendiose el ánimo del obrero; de manso se hizo furibundo, de
discreto charlatán; creyó que el mundo se iba a volver del revés, y que
la sociedad alteraría sus elementos inmortales; vio la eterna columna
con el ligero capitel en el suelo y el pesado plinto en el aire; imaginó
que de allí en adelante se andaría con la cabeza y se pensaría con los
pies; y llevado de estas ideas, tomó parte en todos los motines, trabajó
en todas las sublevaciones, fue desterrado, perseguido, moró en
calabozos y arrastró durante algún tiempo vida penosa y miserable.
Cuando los acontecimientos políticos le dieron respiro, vino a
establecerse a Madrid, donde vivía su hermana, casada con el conserje de
la casa de Aransis. Pero antes que pudiera empezar a trabajar, otros
acontecimientos le arrastraron de nuevo a las aventuras; cayó enfermo,
tuvo que abandonar las luchas políticas, y en octubre del 73 estaba
definitivamente establecido en Madrid, mas no curado de su superstición
redentorista.
Oyéndole contar sus proezas, era cosa de canonizarle. Él no era sólo un
apóstol, era un mártir. La fama no tenía trompetas ni figles bastantes
para llevar a todas partes la noticia de sus persecuciones. Las
celebridades del partido liberal no habían hecho nada... ¡Farsa, pura
farsa! Él lo había hecho todo, y su gran vanidad no conocía freno cuando
daba en formular planes de Gobierno. Todo se lo sabía. Éranle familiares
cosas y personas, y fácilmente lo arreglaba todo. Sus procedimientos
tenían el encanto de la sencillez. Lo primero era coger cuatro docenas
de individuos y colgarlos de los faroles de la Puerta del Sol. Después
venían los decretos, todos de _Artículo único_. ¡Si sabría él lo que
tenía que hacer, un hombre que había leído tanto, un hombre que arrastró
grillos y cadenas y fue llevado de calabozo en calabozo!... Así como el
soldado muestra sus heridas, él mostraba la huella de las esposas en sus
manos... ¡Había comido ratas! ¿Qué más títulos necesitaba para gobernar
el mundo?
Sus primeros años de trabajo en Madrid fueron muy felices, y ganó
bastante dinero. Entonces había algo de renacimiento industrial, y
empezaba a desarrollarse el gusto por presentar los objetos mercantiles
con primor, halagando los ojos del que compra. Hizo Bou muchos millares
de etiquetas para almacenes de vinos, tarjetas de anuncios, cartelillos
de tres o cuatro tintas y cromos ordinarios para cajas de fósforos. ¡Qué
iniciativa la suya! Fue el primero que imaginó hacer en gran escala las
cenefas con que adornan las cocineras los vasares. Antes que él nadie
había hecho el siguiente cálculo: Hay en Madrid 92.188 viviendas, que
son 92.188 cocinas o lo que es lo mismo, 92.188 cocineras. Suponiendo
que haya 70.000 que renueven el papel tan sólo una vez al mes, poniendo
sólo tres tiras resultan 210.000 tiras a cuarto. La resma de 1.000 tiras
se vende a tres duros. Las 210 resmas hacen, pues, 630 duros mensuales.
Ensayó, y bien pronto las cacharrerías todas de Madrid expendían papel
picado, que en comparación del antiguo era un modelo de elegancia, pues
tenía figuras de majas, toreros y tipos populares.
El único vicio de Juan Bou, si vicio puede llamarse, era la Lotería. No
había extracción en que no comprase su par de décimos. Era para él este
juego nacional una forma hipócrita de la administración socialista.
Tenía muy mala suerte; pero no desmayaba, y sabía escoger siempre los
números más bonitos. Con todo, no había tenido más ganancias que las de
su trabajo. Así, desde que sacó adelante el negocio de las cenefas,
estableciose en la calle de Juanelo, donde tenía un taller grande,
aunque incómodo. Compró algunas piedras más de gran tamaño, una hermosa
máquina de Janiot, guillotina, glaseadora, buenas tintas, aparatos de
reducciones y otras cosas. Su iniciativa no descansaba. Comprendiendo
que algo de imprenta no venía mal como auxilio de la litografía,
adquirió cajas y máquinas, y se quedó con todas las existencias de una
casa que trabajaba en romances de ciegos y aleluyas. El material de
planchas y grabados era inmenso, y se lo dieron por un pedazo de pan.
Montó también esta especulación en gran escala, y los ciegos pudieron
comprar la mano de romances a un precio fabulosamente barato. Las
cacharrerías, las tiendas de arena y estropajo y los vendedores
ambulantes se surtían por muy poco dinero de aleluyas del antiguo
repertorio, y de otras nuevas con soldados franceses o españoles, moros
o cristianos.
El establecimiento era un verdadero laberinto, como formado de distintas
piezas, que se habían ido agregando poco a poco, según las necesidades
de ensanche lo pedían. Ocupaba la imprenta destinada a romances y
aleluyas la peor y más lóbrega parte. Todo allí era viejo, primitivo y
mohoso. La máquina, sonando como una desgranadora de maíz, tenía
quejidos de herido y convulsiones de epiléptico. Consagrada durante seis
años a tirar un periódico rojo, subsistía en ella un resto, un dejo de
la fiebre literaria que por tanto tiempo estuvo pasando entre sus
rodillos y su tambor. Las cajas, donde yacía en pedazos de plomo el caos
de la palabra humana, eran desvencijadas, polvorientas y sudaban tinta.
Habían servido para componer papeles clandestinos, y conservaban el
aspecto de la negra insidia, que trama sus actos en la sombra. La
horrible guillotina, cuya enorme cuchilla lo mismo podía cortar un
librillo de papel de fumar que una cabeza humana, ocupaba el ángulo más
sombrío de la sucia estancia, que más parecía una bodega o sótano que
taller del Arte de imprimir, soberano instrumento de la Divinidad,
vicario de la Providencia en la Tierra. Viendo aquellos trebejos, se
podría sospechar que el tal Arte había sido encarcelado allí para expiar
las culpas que alguna vez, por andar en malas manos, ha podido cometer.
=--II--=
En esta mazmorra de Gutenberg fue metido Mariano para su aprendizaje.
Primero le había puesto Juan Bou a copiar dibujos fáciles con tinta
autógrafa; pero mostró tan escasa disposición para esto, que le confirmó
a la imprenta, mandándole adiestrarse en la caja. Sus primeras torpezas,
sus descuidos, sus malas respuestas, fueron castigadas tan severamente
por el maestro, ayudado de una correa, que bien pronto el muchacho le
cogió miedo, y con el miedo vino el respeto y cierta convicción de que
la obediencia y el trabajo le convenían por el momento más que la
holganza y la maldad. En poco tiempo adquirió alguna destreza, al amparo
de un cajista viejo casi inválido y de un chico listísimo, a quien años
atrás conocimos y conoció mejor Mariano con el nombre de _Majito_. Este
ganaba cuatro reales, y _Pecado_ tan sólo dos; pero aquella honrada
ganancia llevaba semanalmente a su alma como un grano de legítimo
orgullo, el cual bien podía con el tiempo, ser base sobre que se
construyera la dignidad de que carecía.
El rigor del castigo y la obligación de ocuparse en un ejercicio
sedentario y monótono, en local de mediana luz y nada alegre, hicieron a
Mariano taciturno; palideció su rostro y adelgazó su cuerpo. A los
cuatro meses ya componía él solo, si no con ligereza, con exactitud, las
leyendas de las aleluyas, que eran en número fabuloso. Se las sabía
todas de memoria y le bastaba ver la tosca viñeta para adivinar y
componer en seguida los pareados. Él y su compañero _el Majito_ se
disparaban a cada instante los versillos, aplicándolos a cualquier idea
o suceso del momento. Tan pronto sacaban a relucir alguna oportuna cita
de la _Vida del hombre flaco_, a saber: _El verlo en paños
menores--causaba risa, señores_, como aquella de la _Vida de don
Espadón_, que dice: _Todo el día está bailando--y a su dama
acariciando._ El aburrimiento de los dos chicos les llevaba por una
especie de proceso psicológico que enlaza el bostezo con el arte, a
poner en música los tales pareados, y cuando _el Majito_ cantaba los de
la _Procesión del Viernes Santo_, que dicen: _Muchos niños en
seguida--van con velita encendida_, le contestaba _Pecado_: _Delante van
con decencia--los de la Beneficencia._
También sabían de memoria, sin olvidar una tilde, los romances de
matones, guapezas, robos, asesinatos, anécdotas del patíbulo.
Cuando Mariano ganó tres reales, Juan Bou, haciendo justicia a sus
progresos, atendió sus reclamaciones. El muchacho aborrecía la caja.
Quería trabajar en litografía; pero como no tenía aptitud ni pulso para
el dibujo, quiso ser estampador. Púsose a ello, ayudando al oficial de
la prensa y máquina, y bien pronto conoció Bou que Mariano había
escogido bien. Aprendió a manejar con habilidad el ácido y la grasa, y
también sabía marcar con precisión. La máquina gustaba tanto a _Pecado_,
que siempre que podía no se quitaba de alrededor de ella, atento a sus
ordenados movimientos. Al mirarla, afanada, despidiendo de sus dientes y
coyunturas un sudor negro y craso, sentía que se le comunicaba el
vértigo de ella, y por momentos se suponía también compuesto de piezas
de hierro que marchaban a su objeto con la precisión fatal de la
Mecánica.
A pesar de sus baladronadas políticas y de su aspecto feroz, Juan Bou,
el _ursus spelæus_, era lo que vulgarmente se llama un infeliz, un
buenazo, un alma de Dios. Tenía corazón tierno, bondadoso y sensible, y
no podía ver una desgracia sin tratar de aliviarla. Si cuando estaba
picado de mala mosca su lenguaje era conciso y brutal y se comía a los
niños crudos, cuando le volvía el buen humor su dicción se fluidificaba,
adornándose con toda la hojarasca de la fanfarronería. Conversaba
familiarmente con los muchachos, mostrándoles, ya la expresión seductora
de sus sabidurías políticas, ya los dramáticos pasajes de su historia de
mártir.
Cuando Mariano llevaba seis meses de aprendizaje con jornal de seis
reales, era, ¡cosa rara!, el oficial con quien más simpatizaba Juan Bou.
¿Había entre ellos semejanza grande o disparidad absoluta? No se sabe
bien. No se sabe tampoco cuál de estas dos cosas engendra la simpatía.
Conste, sin embargo, que también Mariano era fanfarrón, y que en el
trato de seis meses con Bou se le había comunicado la idolatría del ente
Pueblo. En cuanto a las sanguijuelas del país, _que chupan la sangre del
obrero_, y en cuanto a todos nosotros, que no tenemos callosidades en
las manos, Mariano creía aborrecerlos tanto como su maestro; pero lo que
hacía era envidiarlos, pues la envidia suele usar la máscara del odio.
En el fondo de su alma, _Pecado_ anhelaba ser también sanguijuela y
chupar lo que pudiera, dejando al pueblo en los puros huesos; se
desvivía por satisfacer todos los apetitos de la concupiscencia humana y
por tener mucho dinero, viniera de donde viniese. En esto se distinguía
radicalmente de su maestro, amantísimo del trabajo. Bou no quería galas,
ni lujo, ni vicios caros, ni palacios; lo que quería era que todos
fuésemos pueblo; que todo el que tuviera boca tuviera una herramienta en
la mano; que no hubiera más que talleres y se cerraran los lugares de
holganza; que se suprimieran las rentas y no hubiera más que jornales;
que cada cual no fuera propietario nada más que de la cuchara con que
había de comer la sopa nacional.
En la sala donde estaba la máquina, tenía Bou su mesa de trabajo, y en
esta la piedra en que dibujaba, puesta sobre un disco de madera
giratorio, con cuyo mecanismo él le daba vueltas como si fuera un papel.
A poca distancia veíase la prensa de mano donde se sacaban las pruebas y
se hacían los reportes. El estampador era un joven muy aficionado a la
charla, hablaba sin ton ni son, escapándose de él el discurso y la
palabra como se escapa el aire de un fuelle agujereado. Era un
_intellectus_ lleno de roturas. Mariano tenía en su laconismo una
brutalidad sentenciosa.
«¿Que habláis ahí, muchachos?--dijo de pronto Juan Bou, que estaba aquel
día de bonísimo talante, por haber cobrado una antigua cuenta.
--Este--replicó el estampador con el sentimiento de modestia que le
inspiraban sus pocas luces al ponerlas frente a la sabiduría del
maestro--, este dice que el año que viene ya no trabaja más.
--Eso lo dirá la correa--manifestó Bou sonriendo y sin levantar los ojos
de la piedra--. ¿Y qué vas a comer si no trabajas?... Me parece que tú
eres de casta de sanguijuela... Y algo he oído yo. No sé quién me dijo
si eres noble o no eres noble...
--Dice este--prosiguió el estampador, gozoso de que el maestro pensase
como él--que cuando su hermana gane el pleito, será caballero.
--¿El pleito?... ¿Sabéis como haría yo que se ganaran de una vez todos
los pleitos?--dijo Bou, regocijándose con el efecto que sus admirables
ideas causaban en los dos muchachos--. Pues mandaría pegar fuego a todos
los archivos, a la escribanía _A_ y a la escribanía _B_. Total, que no
dejaría un papel vivo. La humanidad no necesita de papeles. Hay que
liquidar..., ¿estáis? Hay que decir: «Hasta aquí llegó la cosa»..., y
_palante_... Yo diría a los jueces, escribanos, alguaciles, magistrados
y demás pillería: «¿Queréis almorzar? Pues ahí tenéis la azada, el
arado, el escoplo o lo que más os convenga. Pero con papeles no se come
aquí, señores...». ¿Que no querían? Pues hacia un estanque de tinta, los
ahogaba en él..., y _palante_.
--Dice este--repitió el oficial, que se pirraba por delatar los
disparates de su amigo--que todos no son iguales y que él está ya
cargado de ser pobre.
--No hay pobreza en la honradez, no hay honra como la del
trabajo--afirmó Juan Bou incorporándose y dejando ver el esplendor
lumínico de su ojo rotatorio, que parecía una rueda de fuegos
artificiales--. ¡Pobre!¿Qué ere decir esto? Es una necedad, una...
lucubración contraria a los grandes principios. ¿Tienes satisfechas tus
necesidades? Sí. ¿Tienes hambre? No. ¿Estás vestido? Sí. Pues eres tan
rico como el duque _A_ o el conde _B_, o quizá más».
Y de este lenguaje sencillo y lapidario, que a la altura de Marco
Aurelio le ponía, pasó por gradación suave a otro más acentuado, más
enérgico, si bien no más elocuente, diciendo:
«Todo lo demás es superfluidad y lujo, es explotar al obrero, chupar su
sangre, alimentarse de su sudor bendito, comerse los refinados manjares
amasados con las lágrimas del pobre. Ved esos que andan por ahí, toda
esa chuma de esos señores y holgazanes. ¿De qué viven? De nuestro
trabajo. Ellos no labran la tierra, ellos no cogen una herramienta,
ellos no hacen más que pasear, comer bien, ir al teatro y leer libros
llenos de bobadas... Comparémonos ahora. Nosotros somos las abejas,
ellos los zánganos; nosotros hacemos la miel, vienen ellos y se la
comen. Nos dejan las sobras, nos echan un pedazo de pan, por lástima,
como a los perros... Pero todo se andará, tunantes, todo se andará;
vendrá la cosa y haremos cuentas, sí, la gran cuenta, el Juicio Final de
la humanidad. ¡Oh, pillos!, también nosotros tenemos nuestro valle de
Josafat. Allí se os aguarda. Allí estaremos. Con un pedazo de lápiz
tamaño así, y un papel de cigarro, basta para hacer el gran balance. Es
la liquidación fácil, porque es la última... y _palante_».
Mariano y su colega le oían absortos.
«Dice este--continuó el estampador, incansable en la denuncia--que él ha
de poder poco o ha de soltar pronto la blusa.
--Vamos a ver--manifestó el maestro volviendo a su trabajo--; explícanos
lo que tú piensas... ¿A qué aspiras tú? ¿Qué deseas tú?
--¿Yo?--dijo Mariano con terrible laconismo--. Tener dinero.
--¡Tener dinero! El dinero es una fórmula, un medio de cambio--declaró
con olímpica suficiencia Juan Bou--. ¿Y si llega un día en que no haya
dinero, en que no represente nada el dinero, porque las cosas, o mejor
dicho, el servicio _A_ y el servicio _B_ se cambien directamente sin
necesidad de ese intermediario?
--Chúpate esa--dijo por lo bajo el estampador a compañero.
--Sí, se suprimirá el dinero, que no sirve más que para negocios
indecentes. Suprimiendo el numerario, quedarán suprimidos los
ladrones... y _palante_».
Ambos abrieron medio palmo de boca.
«Pero el dinero--se aventuró a decir Mariano--no se ha de quitar hoy ni
mañana...
--Quién sabe... La cosa está mal. Dicen que esto se va. Me escriben de
Barcelona que se está trabajando...
--El dinero no se suprime--afirmó _Pecado_ rebelándose tenazmente contra
la incontrovertible sabiduría del maestro.
--Hombre, que sí.
--Pues yo quiero ser rico.
--¡Ser rico! ¿Y qué es la riqueza, bruto? Es una cosa convencional,
acémila. Hay por ahí unos cuantos tunos que se comen lo que no es suyo,
lo que es de todos, del común, y el día en que se diga: «Ea, bastante ha
durado la mamancia...», va a ser bueno, va a ser bueno. Nosotros
diremos: «A ver, señor duque de Tal, ¿de dónde sacó usted las tierras
_A_ y las dehesas _B_? Señor banquero Cuál, ¿de dónde sacó usted los
millones _A_ y _B_ que tiene en el Banco?».--«Hombre, dirán ellos, pues
yo...».--«Valientes pillos están ustedes, acaparadores, por no decir
otra cosa...». Conque ya ves. No habrá entonces dinero, ni Banco, ni
Bolsa; no habrá más que servicios mutuos, toma y daca. Que yo necesito
un jamón, el comestible _A_ o el comestible _B_: me voy a la tienda, y
me encuentro que el tendero necesita etiquetas, anuncios. Pues ahí va, y
venga. El sastre hará pantalones al zapatero, y el zapatero le hará
zapatos al sastre. Es un organismo sencillísimo, brutos. Vosotros no
habéis estudiado la cosa, no habéis trabajado por la cosa, no habéis
estado en calabozos, no habéis comido ratas desabridas... Se trata de un
organismo; ¿sabéis lo que es un organismo?».
Ambos callaron. Creían que se trataba de un organillo; pero no se
atrevían a decirlo.
«Este dice también--añadió el denunciador sin poder contener la
risa--que quiere ser célebre.
--¡Célebre! Ta, ta, ta--exclamó Juan Bou, radiante, al considerar el
triunfo que a su oratoria se preparaba--. ¿Conque célebre y todo..., es
decir, hombre grande? ¡Valiente papamoscas! ¿Y qué entiendes tú por
celebridad? La de los guerreros y capitanes, la de esos bobos que llaman
poetas, escritorzuelos... Los unos son los verdugos de la humanidad: no
han hecho más que matar gente. Los otros han engañado y extraviado a la
humanidad, contándola mil mentiras y embelecos. Cógeme a tal o cual
guerrero, al poeta _A_ o al prosista _B_. ¿Qué han hecho por el pueblo?
Nada. Su celebridad se acabará también, porque se suprimirá la Historia.
Se hará una Historia nueva, en que no figuren más que los que han
inventado una máquina o perfeccionado la herramienta _A_ o _B_. Esos sí,
esos sí que tendrán estatuas.
--¿Y quién... va a hacer las estatuas?--preguntó con gran viveza de
pensamiento Mariano.
--Toma--dijo Bou, reponiéndose después de desconcertarse un poco--, los
escultores. Habrá escultores que harán las estatuas de los obreros
célebres, de los padres de la patria, y se les pagará con comestibles,
mano de obra... Parece que eres tonto... Ahora, si tú quieres ser
célebre inventando la dirección de los globos, o cosa así, entonces nada
te digo. Por ahí, por ahí... Pero no envidies a los personajes del día,
a esas sanguijuelas del pueblo. Mira tú qué tipos. ¿Prim?, un tunante.
¿O’Donnell?, un pillo. Tiranos todos y verdugos. Olózaga, Castelar,
Sagasta, Cánovas. Parlanchines todos. ¿Y ese Thiers de Francia? Otro que
tal. Cuando toquen a barrer, veréis cómo queda esto... Nada, nada;
aplícate a este oficio y puede que llegues a notabilidad. Ya sabes,
comerás y vestirás con tu trabajo. Toma y daca... y _palante_.
--Pero este dice que quiere ser célebre, aunque para ello tenga que
hacer una barbaridad.
--Hombre, hombre, ¿tú quieres dar golpe? Valiente papamoscas. Pues dalo,
hombre, dalo. No te faltará ocasión, cuando se grite «abajo la tiranía»,
pórtate bien. Inventa cualquier cosa, aunque sea una barbaridad, como
dices. Puede que no lo sea. Hoy se tiene por barbaridad lo que mañana
quizá se mire como una gran acción. Nada, hombre..._palante_,
_palantito_...».
Siguió hablando en este tono y desarrollando su idea con tal copia de
audaces juicios, que los muchachos le oían como si fuera una sibila.
«Lo que yo quiero es moneda--volvió a decir Mariano con rudeza concisa.
--¡Ah!, ya no quieres celebridad, sino plata. No era como tú el célebre
Erostrato.
--¿Quién?
--Uno que pegó fuego--dijo Bou reventando de erudición--a un templo...
no sé si de Babilonia, de Venecia o de dónde.
--¿Y sacó dinero?
--Vuelta con el dinero.
--Con dinero se tiene todo.
--Y tú quieres tener todo: gozar, disfrutar; lo mismo que cualquiera de
esos pillos, lo mismo que la sanguijuela _A_ o la sanguijuela _B_.
Mariano gruñía, dando a conocer, con bárbaro modo, su ardiente anhelo de
ser sanguijuela.
«Ea, bastante se ha charlado--dijo el maestro echando un vistazo a la
prensa--._Palante_... Sacadme esos reportes ahora mismo».
Y siguió un silencio sólo turbado por los rumores de la actividad
taciturna. Oíase el gemido de la prensa, el roce del pegajoso rodillo
negro y el rascar de la pluma del maestro sobre la piedra. Juan Bou, que
aunque buen catalán tenía un oído infernal, destrozaba entre dientes _La
Marsellesa_, como destroza el fumador la colilla del cigarro. Después
escupía unas cuantas notas, y callaba para empezar de nuevo al poco
rato. Se había contagiado de la afición de sus aprendices a cantorrear
los pareados de las aleluyas, y así, sin pensarlo, cantaba con la música
de Rouget de L’Isle estos versos: _Muchos niños pequeñitos--van vestidos
de angelitos_.