Efemérides

La República, el Cantonalismo, el golpe de Estado del 3 de enero, la

Restauración, tantas formas políticas, sucediéndose con rapidez, como

las páginas de un manual de Historia recorridas por el fastidio, pasaron

sin que llegara a nosotros noticia ni referencia alguna de los dos hijos

de Tomás Rufete. Pero Dios quiso que una desgraciada circunstancia

(trocándose en feliz para el efecto de la composición de este libro)

juntase los cabos del hilo roto, permitiendo al narrador seguir

adelante. Aconteció que por causa de una fuerte neuralgia necesitó este

la asistencia de Augusto Miquis, doctorcillo flamante, que en los

primeros pasos de su carrera daba a conocer su gran disposición y

altísimo porvenir. Enfermo y médico charlaban de diversas cosas. Un día,

cuando ya se había iniciado la convalecencia, recayó la conversación en

los sucesos referidos en la Primera parte, y Miquis, para quien no podía

haber un tema más gustoso, habló largamente de Isidora, diciendo, entre

otras cosas, lo siguiente:

«Está ahora esa mujer..., vamos..., está guapísima, encantadora. Parece

que ha crecido un poco, que ha engrosado otro poco y que ha ganado

considerablemente en gracia, en belleza, en expresión. Se me figura que

será una mujer célebre. Vive en la misma casa donde se instaló hace dos

años, al final de la calle de Hortaleza. Ha tenido un hijo.--¡Un hijo!

¿Qué me cuenta usted?--Lo que usted oye. Ya tiene dos años. Es algo

monstruoso; lo que llamamos un _macrocéfalo_, es decir, que tiene la

cabeza muy grande, deforme. ¡Misterios de la herencia fisiológica! Su

madre me pregunta si toda aquella gran testa estará llena de talento. Yo

le digo que su delirante ambición y su vicio mental le darán una

descendencia de cabezudos raquíticos... El chico es gracioso y de una

precocidad alarmante...

»Pasando a otra cosa, yo tengo para mí que el marqués viudito está más

tronado que la nación española. Sus deudas se remontan como el águila

ávida de las altas cumbres; sus gastos no disminuyen. Para estos tales,

carecer es morir, y pasarán por toda clase de ignominias antes que

decapitarse renunciando al lujo y a la vida de rumbo y disipación. Por

desgracia de la sociedad, siempre encuentran tontos que les presten,

cándidos que les fíen y malvados que los ayuden. Observe usted que nunca

mueren en un hospital. Su mendicidad no tiene harapos; pero piden, y a

veces toman sin pedir.

»Yo pregunto: ¿No habrá algún día leyes para enfrenar la alta vagancia?

¿No se crearán algún día palacios correccionales? ¿No establecerán las

generaciones venideras asilos elegantes, forrados de seda, para tener a

raya la demagogia azul, dándole de comer? Yo pregunto también: Puesto

que tanto se ha hablado del derecho a la vida, ¿existirá también el

derecho al lujo? Si el populacho nos pide los talleres nacionales, la

alta vagancia nos pedirá algún día los casinos costeados por el Estado.

Lógica, lógica, digo yo. Y a los que predican el comunismo les digo:

«Estáis tocando el violón, porque el comunismo existe entre nosotros con

tan profundas raíces como la religión: es nuestra segunda Fe. No falta

más que perfilarlo, darle la última mano, y ponerlo bien clarito en las

leyes, tal como lo está en nuestras costumbres».

»Ahora bien, señores, si esto no os gusta, empecemos por renovar la

sociedad toda. Hagamos una revolución para destruir el comunismo, y esto

es lo práctico, porque hacer revolución por establecerlo es como si

encendiéramos el gas de las calles en pleno día. Revolución, pues.

Suprimamos la Administración, que es una hipocresía del reparto

universal; suprimamos el presupuesto, que es la forma numérica del

_restaurant_ nacional; suprimamos las contribuciones, que son el

almacenaje omnímodo de que se nutre el comunismo, y una vez suprimido

esto, lo demás, ejército, gobierno, armada..., se suprimirá por sí

mismo. Entonces diremos: _todo acabó_; _nadie se encarga de nada_... Que

cada cual salga por donde pueda. Fúndese una sociedad nueva entre el

estruendo de los palos. ¿Qué tal? Sí, señores, el comunismo no muere

sino ahogado en un océano de negaciones. Luego se unirán el interés y la

fuerza para crear el nuevo derecho».

Todos los que conozcan a Miquis verán que no exageramos ni añadimos nada

al poner aquí sus festivas paradojas.

Efectivamente, Isidora vivía al fin de la calle de Hortaleza en un

número superior al 100. Su casa era nueva, bonita, alegre, nada grande.

Constaba, como todas las casas de Madrid que, aunque nuevas, están

fabricadas a la antigua usanza, de sala mayor de lo regular, gabinetes

pequeños con chimenea, pasillo ni claro ni recto, comedor interior dando

a un patio tubular, cuartos interiores de diferentes formas y escasas

luces. Los gabinetes daban paso a las alcobas por un intercolumnio de

yeso, plagiado de las embocaduras de los teatros. No estaba mal decorada

la casa, si bien dominaba en ella la heterogeneidad, gran falta de orden

y simetría. La carencia de proporciones indicaba que aquel hogar se

había formado de improviso y por amontonamiento, no con la minuciosa

yuxtaposición del verdadero hogar doméstico, labrado poco a poco por la

paciencia y el cariño de una o dos generaciones. Allí se veían piezas

donde el exceso de muebles apenas permitía el paso, y otras donde la

desnudez casi rayaba en pobreza. Algún mueble soberbio se rozaba con

otro de tosquedad primitiva. Había mucho procedente de liquidaciones,

manifestando a la vez un origen noble y un uso igualmente respetable.

Casi todo lo restante procedía de esas almonedas apócrifas, verdaderos

baratillos de muebles chapeados, falsos, chapuceros y de corta duración.

La sala lucía sillería de damasco amarillo rameado; en imitación de palo

santo, dos espejos negros, y alfombra de moqueta de la clase más

inferior; dos jardineras de bazar y un centro o tarjetero de esas

aleaciones que imitan bronce, ornado de cadenillas colgando en ondas, y

de piezas tan frágiles y de tan poco peso que era preciso pasar junto a

él con cuidado, porque al menor roce daba consigo en el suelo. La

consola sustentaba un relojillo de estos que ni por gracia mueven sus

agujas una sola vez. El mármol de ella se escondía bajo una instalación

abigarrada de cajas de dulces, hechas con cromos, seda, papel cañamazo y

todo lo más deleznable, vano y frágil que imaginarse puede... A Isidora

no gustaba esta sala, que era, según ella, el tipo y modelo de la sala

cursi. Había sido comprada _in solidum_ por Joaquín en una liquidación,

y provenía de una actriz que no pudo disfrutarla más de un mes. Isidora

tenía propósito de deshacerse a la primera oportunidad de aquellas

horrorosas sillas de tieso respaldo, con cuyo damasco rameado había lo

bastante para media docena de casullas, y aún sobraba algo para vestir

un santo y ponerle de tiros largos.

En el gabinete próximo a la sala estaba casi constantemente la heroína

de esta historia. A la izquierda de la chimenea tenía su armario de

luna, mueble chapeado y de gran apariencia en los primeros días de uso,

pero que pronto empezó a perder su brillo y a desvencijarse,

manifestando su origen, como nacido en talleres de pacotilla y vendido

en un bazar por poco dinero. A la derecha, cerca del balcón, estaba el

tocador, mueble precioso, pero muy usado. Había pertenecido a una casa

grande que liquidó por quiebra. Un escritorio pequeño con gavetillas y

algún secreto ocupaba uno de los lados de la puerta, quedando el otro

para la cómoda. Sobre esta se elevaba un montón de cosas revueltas, en

cuya ingente masa podían distinguirse cajas de sombreros y cajas de

sobres estropeados, libros, líos de ropa, un álbum de retratos, un

Diccionario de la Lengua Castellana y un caballo de cartón.

En la chimenea, y sobre graciosos caballetes de ébano y roble, había

varios retratos, entre ellos el de Isidora, obra admirable por la

perfección de la fotografía y la belleza de la figura. Parecía una

duquesa, y ella misma admiraba allí, en ratos de soledad, su continente

noble, su hermosura melancólica, su mirada serena, su grave y natural

postura. En la pared no había ninguna lámina religiosa; todas eran

profanas; a saber: las parejas de frailes picarescos con que Ortego ha

inundado las tiendas de cromos; canónigos glotones, cartujos que catan

vinos, el clérigo francés que se come la ostra y el que muestra el

gusano en la hoja; además, borrachos laicos y algunas majas y chulos que

entonces empezaban a ponerse de moda. Todo esto había sido adquirido por

Joaquín, que se reía mucho contemplando al fraile embobado junto a la

muchacha, o al capuchino beodo. Pero a Isidora no le hacían maldita

gracia los cromos frailescos. Encontrábalos groseros, de mal gusto y

ordinarios, por ser cosa de estampa que se veía en todas partes. ¡Cuándo

realizaría ella su gran ideal de rodearse de hermosos cuadritos al óleo,

de los primeros pintores!

Desde principios de marzo del 73, ocupaba Isidora aquella vivienda. Si

había sido feliz o desgraciada en su modesta y bonita casa, ella misma

nos lo dirá. Todo lo ocurrido en ese largo espacio de treinta y cuatro

meses en que ha estado fuera de nuestra vista, merece algo de historia,

y para ello aprovechemos las efemérides verbales de D. José de Relimpio,

cuya amabilidad para el suministro de noticias es inagotable.

1873. _1.º de marzo_.--Instalación de Isidora en su casa de la calle de

Hortaleza, no se sabe sin con propios recursos o a expensas del marqués

viudo de Saldeoro. Escándalo. Pronuncia D.ª Laura su célebre frase: «Ya

veía yo venir esto». Disturbios en Barcelona; cunde la indisciplina

militar.--_La Sanguijuelera_ visita a los de Relimpio y califica la

conducta de su sobrina con palabras que a pluma más hipócrita no podría

velar con los disimulos del lenguaje.

_Abril_.--Desarme de la Milicia por la Milicia. Dos cobardías se

encuentran frente a frente y del choque resulta una página histórica. No

corre la sangre.--Primera cuestión entre Isidora y Joaquín por la manera

de invertir el dinero heredado del Canónigo. Isidora gasta sin

substancia una buena parte de él en los preliminares de su pleito. Se

permite el esplendor de una berlina de Alonso, pero al mes tiene que

privarse de este inocente lujo. La modista apunta con ojo certero a los

fondos que quedan de la herencia. En la casa reina una abundancia

incongruente. Suelen escasear, y aun faltar del todo, las cosas

necesarias. El panadero y el carbonero son tan mal educados, que se

atreven a quejarse de que no se les atiende con puntualidad.--Célebre

discurso de Pi.

_Junio_.--Reúnense las Cortes Constituyentes. La guerra toma

proporciones alarmantes, y en Navarra se ven y se tocan las desastrosas

consecuencias de la desgraciada acción de Eraul.--Joaquín Pez marcha a

Biarritz. Isidora tiene que quedarse en Madrid para averiguar el

paradero de su hermano, que ha desaparecido del colegio en que

estaba.--Consternación. Nuevo Gabinete. Asesinato del coronel

Llagostera. La guerra, la política, ofrecen un espectáculo de confusión

lamentable. Don José de Relimpio manifiesta con gran seso que la

cesantía de treinta mil reales que disfrutan los ex ministros españoles

es la causa de estas tremolinas.

_Julio_.--Alcoy, Sevilla, Montilla. Sangre, fuego, crímenes,

desbordamiento general del furor político.--Doña Laura cae gravemente

enferma.--La guerra civil crece. Cada día le nace una nueva cabeza y un

rabo nuevo a esta idea execrable. Isidora, sin esperanzas de encontrar a

su hermano, toma el tren y se va a Santander, donde llama la atención y

se hacen acerca de ella novelescos comentarios.--Ministerio Salmerón.

_Septiembre_.--Cartagena, excursiones de las fragatas. ¡Oh! Don José les

perdonaría a los cantonales en su calaverada si aprovecharan el empuje

de las fragatas para irse a Gibraltar y conquistar aquel pedazo de

nuestro territorio, retenido por la pérfida Inglaterra. Si viviera

Méndez Núñez, otro gallo nos cantara.--Horrores del cura Santa

Cruz.--Doña Laura, como si fuera símbolo humano de la unidad y el honor

de la patria, sucumbe en aquellos tristes días. Antes de morir tiene el

inefable consuelo de ver a su hijo gobernador de una provincia de

tercera clase.--Célebre apóstrofe de D. Manuel Pez contra las

improvisaciones. Los prohombres de la tertulia de Pez exhalan, en

desgarradoras quejas, su sentimiento de ver a la patria en situación tan

triste. Todos quisieran salvarla. Don Manuel, recordando su destino,

iguala a Isaías en gravedad elegíaca y arrebato poético. Verifícase en

toda España una limpia general del comedero de todos los Peces habidos y

por haber. Hay quien cree firmemente que se acaba el mundo.--Dispersión

de la familia de Relimpio. Isidora vuelve a Madrid; está algo

desfigurada, pero, según sus cuentas, en diciembre concluirá

aquello.--Castelar, ministro. El buen Relimpio, en quien no se había

entibiado ni un punto la noble simpatía que por su ahijada sentía, se va

a vivir con ella, la sirve en todo lo que puede y la acompaña cuando

está sola y aburrida. Recuerda el noble anciano a su esposa, y honrando

la memoria de sus cualidades, deja escapar melancólicos suspirillos.

_Diciembre_.--Castelar reorganiza el Ejército. La patria da un suspiro

de esperanza. Se convence de que tiene siete vidas, como vulgarmente se

dice de los gatos. La marea revolucionaria principia a bajar. Se ve que

son más duros de lo que se creía los cimientos de la unidad nacional. El

24, Nochebuena, Isidora da a luz un niño, a quien ponen por nombre

Joaquín.--Háblase ya de la sima de Igusquiza y se cuentan horrores del

feroz Samaniego.

1874. _Enero_.--El día 3 Pavía destruye la República sin disparar un

tiro. Desaloja el salón del Congreso y pone en las calles cañones que no

hacen fuego. Llueve un Poder Ejecutivo.--_La Sanguijuelera_, que

permanece adicta al antiguo régimen y no cree que hay más reina que

Isabel II, da un viva al príncipe Alfonso. Célebre apotegma de D. Manuel

María Pez sobre el orden armonizado con la libertad, y la libertad

armonizada con el orden. Este varón insigne ocupa otra vez la Dirección

con beneplácito de los Peces, los cuales, multiplicándose de nuevo,

colean en todo el país. Recobran los Peces hijos sus puestos, con lo que

la Administración nacional queda asentada sobre fundamentos diamantinos.

Todo va bien, admirablemente bien. La guerra civil avanza. Sobre las

ruinas de las fortunas que desaparecen, elévanse las colosales riquezas

de los contratistas. El Tesoro público hace milagros.--La provincia que

gobernaba Melchor se ve libre de este azote. Melchor, reducido otra vez

a la nada, da vueltas en su cerebro a un nuevo proyecto. Ahora sí que

son habas contadas. Trátase de comprar habichuelas podridas y arroz

picado para vendérselo al Gobierno como bueno. Para realizar sus

milagros, este taumaturgo cuenta con amistades de valer en altos

centros, y aun aparenta entusiasmo por el nuevo régimen, tomando una

actitud completamente pisciforme.

_Marzo_.--San Pedro Abanto. Inmenso interés despiertan en toda España el

estado de la guerra y el sitio de Bilbao. Tristeza del marqués viudo de

Saldeoro. Los últimos vencimientos le abruman. Su fortuna triplicada no

le bastaría para pagar. Toma por modelo al Tesoro público y recibe

dinero al trescientos por ciento. Renuévanse las discordias entre

Joaquín e Isidora por cuestiones de celos y fondos. Padecimiento moral

de la de Rufete por su situación social, su penuria y la poca esperanza

de remedio. Comenzado el pleito, intenta pleitear por pobre; pero el

bienestar aparente de su casa y el lujo de su persona hacen fracasar la

información. El viudito de Saldeoro, para obtener de ella el empeño de

las alhajas, le hace mimos y repite su antigua, manoseada y ya

gastadísima promesa de casarse con ella.--Sangrientos combates del 25,

26 y 27, que ocupan la atención pública. Hay muchos liberales que, por

ser enemigos del Gobierno, se alegran de las ventajas carlistas. Contra

estos truena en patriótica indignación don José de Relimpio, el cual se

compra un mapa de Vizcaya y, clavando sobre él alfileres, sigue y

escudriña y estudia con sublime anhelo los movimientos militares.

_Mayo_.--Bilbao es libre. Alegría, repiques, farolitos. Crece a los ojos

del país la gran figura militar del marqués del Duero.--Mariano Rufete,

que ha vuelto al lado de su hermana, parece inclinado a mejorar su

conducta. Ha aprendido algunas cosas; en modales y lenguaje sus

adelantos son imperceptibles. Lee bastante; pero sus lecturas no son de

lo más escogido. Su hermana daría cuanto tiene (menos los ideales) por

verle corregido.--Emilia Relimpio se casa con su primo Juan José, hijo

del ortopedista; Leonor, ilícitamente unida a un sargento primero,

desaparece de Madrid. Don José, recordando los grandiosos pensamientos

de D.ª Laura acerca del himeneo de las niñas con célebres médicos y

oficiales de Estado Mayor, se aflige extraordinariamente, y aun derrama

una lágrima que va a caer sobre el mapa de la guerra civil. Vive

constantemente con Isidora, y esta le aprecia mucho. Crece el niño de

Isidora. Es bonito y sabedor, pero tiene la cabeza muy grande. Don José

le pasea, le mima, le cuida, le viste, le canta. _La Sanguijuelera_, que

algunas veces visita a su sobrina, tiene gran cariño al cabezudito: le

coge, le zarandea, le da gritos, y le llama _¡rico!, ¡riquín!_... De

donde resulta que al muchacho se le pega este nombre, y en lo sucesivo

todos le llaman _Riquín_.

_Junio_.--Muerte del general Concha. Pánico y luto. Retirada. La patria,

que creía próxima su salvación, gime. Augusto Miquis expone con su

acostumbrada originalidad una peregrina paradoja. Según él, la mejor

manera de acabar con los carlistas es dejarlos triunfar, traer a D.

Carlos a Madrid y plantarle en el Trono. En España, el primer paso para

la ruina de una causa es su triunfo. El carlismo guerrero se sostiene.

El carlismo establecido no podrá durar un mes. Desde el momento en que

se trate de aplicar a la vida real sus ideales, se hundirá por su propio

peso y caerá hecho polvo.

_Diciembre_.--La guerra sigue. La Restauración toca a las puertas de la

patria con el aldabón de Sagunto. Asombro. La Restauración viene sin

batalla, como había venido la República. La Providencia y el Acaso

juegan al ajedrez sobre España, que siempre ha sido un tablero con

cuarteles de sangre y plata.--Entusiasmo de _la Sanguijuelera_, que cada

día simpatiza menos con la demagogia. Dice que los señores son siempre

señores y los burros siempre burros. Se promete ir a recibir al nuevo

Soberano y aun medita una arenga.

1875.--Isidora visita a Emilia y se queda encantada de la dichosa paz

que reina en la ortopedia. El padre de Juan José se ha retirado del

trabajo, y no se ocupa más que de cultivar la huerta que ha comprado en

Pinto. Juan José está al frente del establecimiento, y bajo su hábil

mano este se conserva en el mismo estado de prosperidad. Isidora

quisiera un aparato para que la cabeza de _Riquín_ no creciera tanto.

Juan José, que algo entiende de Medicina, se ríe y receta al hijo

reconstituyentes y a la madre un Manual de Doctrina

Cristiana.--Consternación. Los Peces grandes y chicos se ven desterrados

de las claras aguas de sus plazas y oficinas. Bien quisieran ellos

aclamar también al Rey nuevo; pero la disciplina del partido les impone,

¡ay!, una consecuencia altamente nociva a sus intereses. Tienen que

poner un freno a sus agallas. Además, la lucha por la existencia, ley de

las leyes, ha llevado a los Pájaros al Gobierno, y estos no encuentran

en la Administración bastantes ramas en que posarse. Algunos Peces de

menor tamaño y del género _voracissimus_ quedan en oficinas obscuras.

Son Peces alados, transición zoológica entre las dos clases, pues la

triunfante tuvo en situaciones anteriores sus avecillas con

escamas.--Mariano torna a ser vagabundo. Gusta mucho de los toros.

Asiste a una novillada en Getafe, y su preciosa vida está en gran

peligro. Saldeoro parece reparar sus desastres. Terribles celos de

Isidora, que descubre en su amante fervorosa inclinación a la secta de

los mormones. Riñas y escándalos, acompañados de no pequeños

apuros.--Todos los Peces, confirmando la antigua idea de que en España

el despecho es una idea política, se alegran de las ventajas de los

carlistas.--Isidora activa su pleito. Pretende de nuevo la información

de pobreza, pero no puede conseguirlo. Celebrado el juicio de

conciliación, presenta su demanda.--Miquis gana por oposición la plaza

de médico--director de uno de los principales hospitales de Madrid. Es

novio de la hija del honrado notario Muñoz y Nones.--Sábese por buen

conducto que Leonor tiene una casa de huéspedes en La Coruña.--Ocúpase

la prensa de cierta irregularidad administrativa en que ha intervenido,

como irregularizador, Melchor de Relimpio. La gente se pregunta si será

mandado a presidio, y efectivamente, la _Gaceta_ le nombra... oficial

primero de Aduanas en Cuba. Parte decidido a concluir la insurrección,

para lo cual no procede llevar tropas a Cuba, sino traerse a Cuba a

España. Habas contadas. Él se traerá de seguro las tres cuartas partes

de la Isla, o las Antillas todas, dejando vacío el Mejicano Golfo.

La desheredada · 第 45 / 87 题