Últimos consejos de mi tío el Canónigo

¡Qué lástima no ser poeta épico para expresar, con la elocuencia propia

del caso, el enojo de D.ª Laura, el cual, si no rayaba tan alto como la

ira de los dioses, hallábase a dos dedos de ella! Todo por que la

señorita Isidora no se conducía decorosamente. Don José estaba

profundamente afligido por no poder lanzarse a la defensa de su querida

ahijada. Y si alguna tímida palabreja salía de su boca, D.ª Laura se le

quería comer vivo. El cargo principal que contra Isidora se formulaba

era que se había quedado fuera de casa en la noche del 11. «Nada,

nada--dijo la iracunda señora a su marido del modo más imperioso--.

Esa... _Sardanápala_ no tiene que poner más los pies en mi casa. Si la

ves, dile que mande por sus cuatro pingos y por los papelotes de su

padre».

Y en efecto, al anochecer del 12, Isidora mandó por su equipaje.

¡Temblad, humanos!..., ¡ponía casa! El furor de D.ª Laura creció, y en

ella chocaban las palabras con las ideas y las ideas con las palabras,

como las olas de un mar embravecido. Relimpio no podía disimular una

aflicción honda que tenía su asiento en la región cardíaca. Parecía

atacado de un aplanamiento general. Melchor dijo mil groserías de la

ahijada de su padre, y las dos chicas, contenidas por el pudor, no

dijeron nada.

Y tú, ¡oh lector!, ¿qué dices? Yo te ruego que no sigas a esta familia

por el peligroso sendero de los juicios temerarios. Sabe que el poner

casa la de Rufete no puede atribuirse aún a sospechosos motivos; sabe,

pues hay obligación de que se te diga todo, que el mismo día 12 por la

mañana recibió nuestra hermosa protagonista dos cartas de Tomelloso. En

la una, su tío el Canónigo se despedía de ella para el otro mundo y le

daba mil consejos de mucha substancia, amén de un legadillo para que

ambos huérfanos prosiguieran la empresa de reclamar su filiación y

herencia, si ya no estaban en posesión de ambas cosas. La otra carta

anunciaba la muerte del santo varón.

El cual, hora es ya decirlo, no era tal Canónigo ni cosa que lo valiera,

sino un seglar soltero, viejo y extravagante, a quien desde luengos años

se había aplicado aquel apodo por su amor a la vida descansada, regalona

y sibarítica. En sus buenos tiempos, D. Santiago Quijano--Quijada, primo

carnal de Tomás Rufete, había sido mayordomo de una casa grande, y

después administrador de otras varias. Cuando tuvo para vivir sin ayuda

de nadie, se retiró a su pueblo, donde vivió célibe, entre primas y

sobrinos, más de treinta años, dedicado a la caza, a la gastronomía y a

la lectura de novelas. Tenía ciertos hábitos de grandeza, y en su modo

de hablar y de escribir distinguíase tanto de sus convecinos, que antes

que lugareño parecía de lo más refinado y discreto de la corte. Era muy

avaro y sumamente excéntrico. Omitiendo las mil aseveraciones

contradictorias que corrían por toda la Mancha acerca de su

caballerosidad o de su avaricia, de su ingenio o de sus no comprendidas

chifladuras, dejaremos que se nos muestre él mismo en la carta que

escribió a Isidora, y que copiamos a la letra:

«El Tomelloso, a 9 de febrero de 1873.

»Mi querida sobrina (o cosa tal): Cuando recibas estos renglones, ya

este pecador, a quien llamaste tío y que más que tío ha sabido ser padre

tuyo, estará en la Eternidad dando cuenta a Dios de sus muchas culpas.

Aquella dolencia que ni el médico de este pueblo ni el de Argamasilla

entendieron, me coge ya toda el arca del pecho, quitándome la

respiración de tal modo, que a cada momento pienso que se me va fuera el

alma. Y aprovecho el poquito tiempo que esta señora ha de estar dentro

de mi cuerpo, para escribirte y darte la despedida, sintiendo mucho no

poderlo hacer por mi mano. Tengo que estar tendido boca arriba sin

movimiento, y el Sr. Rodríguez Araña, secretario del Ayuntamiento, me

hace el favor de escribir lo que dicto, puesto el pensamiento en ti y en

tu hermano, a quienes supongo ya en pacífica posesión del marquesado.

»Por tu última carta veo que esperabas aviso de la señora marquesa de

Aransis. Esa buena señora os habrá reconocido como nietos, porque no

puede ser de otra manera. Ojalá fuera tan seguro que he de alcanzar la

gloria eterna, como lo es que tú y Mariano nacisteis de aquella hermosa

y sin ventura Virginia, de quien sacaste tú la figura y rostro de tal

manera y semejanza, que verte a ti es lo mismo que verla a ella

resucitada. Pero si por artes de algún enemigo o tontunas de la marquesa

(que a esta gente endiosada hay que tenerle miedo) se te hubiese cerrado

la puerta de Aransis, te aconsejo, te mando y ordeno que acudas con tu

cuita a los Tribunales de justicia, pues tan claro y patente está tu

derecho en los papeles que tienes y en otros que yo conservaba para el

caso y que te remito, que en dos repelones has de ganar el pleito y

tomar por la ley lo que de otro modo no quisieran darte. Yo tengo gran

fe en la fuerza de la sangre, y me parece que estoy viendo a la señora

marquesa echándote los brazos al cuello y comiéndote a besos. Si las

cosas han pasado de otra manera, trata de que la señora te reconozca por

el parecido. Conviene que te registres bien el cuerpo todo, a ver si

tienes en él algún lunar o seña por donde la marquesa venga en

conocimiento de que eres hija de su hija; que yo he leído casos

semejantes, en los cuales un lunarcillo, un ligero vellón o cosa así han

bastado para que encarnizados enemigos se reconocieran como hijo y padre

y como tales se abrazaran. De esto están llenas las historias.

»Para que lo gocéis, si es que ya estáis en vuestro trono, o para que

siga el pleito, si no lo estáis, os dejo un legado que no es cosa mayor.

Os doy por curador a mi amigo el Sr. D. Manuel Pez, nuestro diputado,

persona a quien conoces y seguramente tendrás por la misma

caballerosidad.

»Cuando poseas lo de Aransis, que es buen bocado, no dejes que se te

vaya la mano en el gastar, pues las liberalidades consigo mismo o con

los demás son el peligro de los ricos y la sangría de las bolsas. Cásate

con persona de tu condición, pues si lo haces con quien por debajo de ti

esté, te expones a que el peso de tu cónyuge te tire hacia abajo y no te

deje flotar bien. En caso de no hallar exacta pareja, más vale que te

unas con quien te sea superior, que también hay príncipes y duques por

estas tierras.

»No tengas vanidad; pero tampoco des tu brazo a torcer. Haz limosnas,

que los pobres y necesitados tienen a los ricos por providencia

intermedia entre la Providencia grande y su miseria. Sois como delegados

del Sumo Repartidor de bienes, para que de lo vuestro deis una parte a

los que nada tienen.

»Que no se conozca nunca que has sido pobre, pues si descubres por entre

tus sedas el paño burdo de tus primeros años, habrá tontos que se rían

de ti. Instrúyete bien en las cosas que no has podido aprender en la

pobreza. Tú eres lista y harás grandes progresos. No olvides de darte

algunas tareas de piano, que eso de teclear es, a mi modo de ver, cosa

fácil y que se aprende con un poco de paciencia.

»Para no descubrirte, muéstrate al principio circunspecta y callada, que

con esto pasarás por modesta, y la modestia es virtud que en todas

partes se aprecia; y en este periodo primero de circunspección, dedícate

a observar lo que hacen los demás para aprenderlo y hacerlo tú misma

luego que te vayas soltando. Observa cómo saludan, cómo manejan el

abanico, cómo dan el brazo, cómo se sientan a la mesa y ponen el abrigo.

Hasta de la manera de dar limosna a un pobre tienes que hacer particular

estudio. Date un buen curso de todas estas cosas para salir consumada

maestra.

»Dicen que la sociedad camina a pasos de gigante a igualarse toda, a la

desaparición de las clases; dicen que esos tabiques que separan a la

humanidad en compartimientos, caen a golpes de martillo. Yo no lo creo.

Siempre habrá clases. Por más que aseguren que esta igualdad se ha

iniciado ya en el lenguaje y en el vestido, es decir, que todas las

personas van hablando y vistiendo ya de la misma manera, a mí no me

entra eso. ¿La educación general traerá al fin la uniformidad de

modales? Patarata. ¿Los salones de la aristocracia se abren a todo el

mundo y dan entrada a los humildes periodistas y folicularios? A otro

perro con ese hueso. Dicen que las señoras de la grandeza cantan

flamenco y que los veterinarios echan discursos de filosofía. Esa no

cuela. Yo no lo creeré aunque lo vea. Si en algún momento de inundación

social ha podido pasar eso, las cosas volverán a su cauce.

»Haz lo posible por distinguirte de los demás sin humillar a nadie, se

entiende. Usa siempre las mejores formas, y hasta cuando quieras

ofender, hazlo con palabras graciosas y suaves. Si tienes que dar una

bofetada, dala con mano de algodón perfumado, que así duele más.

»Una buena mesa es cosa que enaltece al rico y pone, por decirlo así, el

sello a su grandeza. En nada se conoce el buen gusto, nobleza y dignidad

de un alto señor como en sus guisos y manera de presentarlos y

servirlos. Digna corte de los finos manjares es un buen círculo de

convidados que sazonen la comida con las especias finísimas del ingenio

discreto; especias, hija mía, que más bien son flores de aroma delicado.

Mira bien a quién convidas. No sientes parásitos a tu mesa, que estos,

después de vivir a tu costa, te criticarán. Elige diariamente un pequeño

número de comensales, graves sin afectación, ingeniosos sin descaro,

festivos sin chocarrería, y que coman sin gula y beban sin embriaguez,

honrando tu casa y celebrando tu mesa.

»Mucho te hablaría de tu cocina, si mi mal me diera espacio para ello.

Solamente te diré, que pues la moda quiere que el arte francés con sus

invenciones, en que entran el gusto y la forma, prevalezca sobre nuestra

cocina nacional, no te dejes vencer del patriotismo, tratando de

restablecer usos culinarios que están ya vencidos. Adopta la cocina

francesa, toma un buen jefe y provéete de cuanto la moda y la

especulación traen de remotos países. Pero has de saber que es de buen

gusto el no condenar en absoluto nuestras sabrosas comidas; y así, no

hay cosa de más chispa que sorprender un día a tus convidados con un

plato de salmorejo manchego, bien cargado de pimienta, o con un estofado

de la tierra, bien espeso y oloroso. Esto, hecho a tiempo y tras una

exhibición hábil de fruslerías francesas, no sólo no te será vituperado,

sino que te valdrá grandes alabanzas.

»Vístete con primor. Huye tanto de la vulgaridad poniéndote lo que todas

se pongan, como de la excesiva singularidad poniéndote lo que a nadie se

le haya ocurrido usar. Hay un término medio, delicadísimo, muy difícil

de alcanzar, en el cual debe mantenerse la persona verdaderamente

elegante. Muchos que quieren huir demasiado de la vulgaridad, dan en la

extravagancia; procura que en tus atavíos, sin que falte lo común y

corriente, haya algo exclusivamente tuyo, algo personal, personalísimo,

que no puedan imitar los demás, y habrás logrado el objeto.

»Sé siempre buena católica cristiana, que lo primero es salvar el alma.

Cumple los preceptos de la Iglesia, que todo ello se puede hacer sin

fatigarse. Pero no te entregues con excesivo afán a las prácticas

religiosas; trata a los curas con consideración, y dales para que coman,

que a esta gente hay que tenerla contenta. De cuando en cuando costea

novenas y alguna que otra función; pero sin pasar de ahí ni abrir tu

puerta a los señores de hábito negro, los cuales, si les dejaras, pronto

imperarían en ti y en tu casa. Ten cuenta que si eres beata, dirá la

gente que lo haces para encubrir alguna trapisonda, y considera que ya

no hay santos ni cosa que lo valga.

»De un punto sumamente grave te quiero hablar ahora, y es de la vida

conyugal, cosa que, según oigo decir, anda ahora muy por los suelos. Yo

quisiera que la tuya fuera ejemplar y que nadie pudiese en ningún punto

poner en duda la limpieza de tu honor ni la firmeza de tu fe

matrimonial. Es muy posible que tu esposo, llevado de la corriente y de

los perversos usos del día, se hastíe un poco de ti, y busque

entretenimiento y variedad en otras mujeres. ¡Atroz desaire que te

producirá no pocos sofocones y te pondrá a dos dedos del mayor peligro

en que jamás se han visto tu dignidad y virtud!... Pues si te dejas

llevar del despecho y rabia de los celos, si te impacientas demasiado

por la soledad en que tu esposo te tiene, te faltará poco para caer en

pecado igual al suyo. Cuidado, hija mía, mucho cuidado. A su poligamia

contesta con tu castidad, a su lascivia con tu abstinencia. Aguanta,

resiste, y no degrades tu corazón dándolo a algún mequetrefe que lo tome

por vanidad, y por hacer gala de tu conquista entre los tontos y

desocupados. Consérvate digna, recatada, siempre señora inexpugnable;

que al fin y al cabo tu marido, por la fuerza de sus vicios, reventará,

y entonces podrás volverte a casar eligiendo con todo cuidado otro

marido que te considere más y te atienda mejor que el primero.

»Otras muchas cosas quisiera decirte; pero como creo haber manifestado

las más importantes, no digo más, porque las fuerzas me faltan.

Acuérdate de lo mucho que hemos hablado de esto en las largas noches de

invierno. Mi pensamiento se va nublando, y temo que, si no doy punto

aquí, me falten fuerzas para firmar esta. Dentro de poco habré cerrado

mis ojos a la luz de este mundo. Quiera Dios abrírmelos a los de la

gloria eterna. He recibido los Santos Sacramentos, y espero el perdón de

mis culpas. Tengo la conciencia tranquila; no temo la muerte, y me

importan ya poco las molestias de mi cuerpo. Perdono a mis enemigos; me

despido de mis amigos, y recibe tú el último pensamiento y el suspiro

último de tu amantísimo tío (o cosa tal),

La desheredada · 第 39 / 87 题