Anagnórisis

¡Hosanna, hosanna! A principios de febrero, Joaquín visitó una tarde a

Isidora para anunciarle que la señora marquesa de Aransis había llegado

de Córdoba y deseaba verla. El regocijo que esta nueva produjo en

Isidora la dejó alelada por breve rato, y en su aturdimiento no hacía

más que contemplar al mensajero y recrearse en su belleza. Si no hubiera

puesto ya en él todos los afectos disponibles de su gran corazón,

bastaría aquel acto para que le amase sobre todas las cosas. Pero

Joaquín dijo más. La señora marquesa de Aransis se había dignado fijar

el día siguiente, 11 de febrero, a las cuatro de la tarde, para recibir

a la señorita de Rufete. Esta se ruborizó de golpe por la idea sola de

aproximarse a la marquesa. ¡Qué minuto de asombro y congoja dulce!

Después el marqués viudo habló algo de los graves sucesos políticos del

día; pero a Isidora le importaba poco que se llevara el diablo a todos

los políticos y no se enteró de nada.

Cuando se quedó sola, ¡qué cosas pensó y dijo! Y por la noche, ¡cómo se

anticipó a los sucesos! ¡Con qué vigor y fuerza de fantasía construyó en

su mente la persona de la marquesa, a quien nunca había visto, y qué

bien imaginaba, falsificando la realidad, el cuadro que las dos harían,

abrazadas, llorando juntas, sin poder expresar la multitud de afectos

propios de un modo tan sublime! Viose repentinamente transportada a las

altas esferas que ella no conocía sino por ese brillo lejano, ese eco y

ese perfume tenue que la aristocracia arroja sobre el pueblo. Viose

dueña del palacio de Aransis, mimada, festejada y querida. Dio gracias

al Señor porque reparaba al fin la gran injusticia cometida con ella por

la sociedad; rezó, se espiritualizó, bañó su alma, si así puede decirse,

en ondas de honradez y virtud; la aromatizó con esencias sacadas de la

dignidad, de la magnanimidad y nobleza. Hizo luego mil proyectos, todos

grandiosos y humanitarios, como socorrer pobres, vestir desnudos y

consolar afligidos y menesterosos; y desde esta región de la

beneficencia se precipitó a escape hacia los ensueños del lujo, en un

carro triunfal tirado por atrevidos pensamientos, corriendo por entre

nubes de supuestas delicias, hasta que fue a caer sin aliento, fatigada

y moribunda en el abismo de rosas de un sueño dulce.

Al despertar creyose por un momento en los brazos de su abuela. ¡Oh! La

luz de aquel día, de aquel jueves, 11 de febrero, tenía para ella un

tinte sonrosado y divino, lleno de poesía y de esperanza, como si todo

el día fuera aurora. Su primer juicio fue para apreciar lo que tardaba

la hora de su dignificación gloriosa; la hora de una de las más grandes

justicias que había visto la tierra. En el tiempo había aquel día un

monstruoso pliegue: las cuatro de la tarde.

Isidora empezó a arreglarse desde muy temprano. ¿Cómo iría? No era

conveniente presentarse a su abuela con apariencias de notorio

bienestar. Todo prurito de llamativa elegancia en su honrada pobreza le

parecía chocarrero y de mal gusto. Tampoco convenía presentarse con

desaliño, anunciándose como demasiado influida por la baja condición en

que tan injustamente había vivido. El desaseo y abandono serían de muy

mal efecto. Era preciso que en su apariencia comedida, modesta, honrada

y grave revelara la dignidad con que pasaba de su estado miserable a

otro esplendoroso. Así se mostraría merecedora del nuevo puesto,

demostrando no haber deshonrado su origen en la humildad. Toda la mañana

la pasó en estos pensamientos. También meditó si convendría o no llevar

consigo a Mariano, decidiéndose por la negativa, por temor a que la

comprometiese con su salvajismo. Tiempo habría de presentarle y también

de ponerle en un colegio de Francia, donde seguramente vendría a ser

caballero digno de su escogido linaje.

Cuando se acercaba la hora, púsose la de Rufete su vestido de merino

negro, tan decente que no se podía pedir más, muy bien cortado y hecho;

pero sin perifollos ni afectados paramentos. Mirose mucho al espejo,

embelesándose en su propia hermosura, de la cual muy pronto se había de

congratular la marquesa como de cosa propia, y se dio algunos toques en

el peinado. Uno de sus mayores encantos era la gracia con que compartía

y derramaba su abundante cabello castaño alrededor de la frente, detrás

de las orejas y sobre el cuello. Aquella diadema de sombra daba a su

rostro matices de poesía crepuscular, como si todo él estuviese formado

con tintas y rasgos tomados de la melancolía y sosiego de la tarde. Sus

ojos eran pardos y de un mirar cariñoso con somnolencias de siesta o

fiebre de insomnio, según los casos; un mirar que lo expresaba todo, ya

la generosidad, ya el entusiasmo y siempre la nobleza. Rara vez se le

conocía el orgullo en su mirada afable y honesta. Miquis decía que había

en aquellos ojos mil elocuencias de amor y propaganda de ilusiones.

También decía que eran un mar hondo y luminoso, en cuyo seno cristalino

nadaban como nereidas la imaginación soñadora, la indolencia, la

ignorancia del cálculo positivo y el desconocimiento de la realidad.

Mirose mucho al espejo y se puso el velo. ¡Bien, bien! Su dignidad, su

hermosura, su derecho mismo, resplandecían más en la decencia correcta y

limpia de su vestido negro. Mirose luego a los pies. ¡Bien, muy bien!

Admirablemente calzada, aunque sin lujo, completaba su personalidad con

la decencia de las botas, parte tan principal del humano atavío, que por

ella quizás se dividen las clases sociales.

Dieron las tres. Tomó de una gaveta, donde muy guardados estaban, los

papeles que su tío le había dado, y que eran testimonio de su derecho

incontestable; a saber: dos partidas de bautismo, varias cartas y otro

documento interesantísimo. Pasó la vista por ellos, aunque ya se los

sabía de memoria, y los guardó. No los necesitaba, sin duda, porque la

cosa era tan clara...; pero quiso llevarlos por previsión o delicadeza.

Al salir echó sobre su pobre aposento una mirada de lástima en que

también había algo de gratitud. Le parecía tan excesivamente humilde,

que se admiraba de que ella se hubiera dignado por tanto tiempo honrarlo

con su presencia. La princesa de Poniatowsky parecía más triste al verla

partir, y los del cuadro del _Hambre_ se volvían más flacos y

macilentos. ¡Pobre cuarto..., tan pobre y tan rico en recuerdos, sueños

y emociones! Se lo hubiera llevado con gusto para incrustarlo en los

muros venerables del palacio de Aransis.

Al salir se despidió mentalmente de las de Relimpio. Les echó una

rociada de desprecio. Así puede decirse, pues tal era su idea. Se

figuraba que tenía en la mano una de aquellas mangas de riego que había

visto en las calles, y que, apuntándola a D.ª Laura, arrojaba sobre

ella, en forma de inundación, todo el desdén que puede caber en un

corazón tan grande como el depósito del Campo de Guardias. Sólo

exceptuaba de este chaparrón al bueno de D. José, para quien destinaba

_in mente_ la plaza de tenedor de libros en cierta casa. Don José, como

siempre, la acompañó aquella tarde.

Serían las tres y media cuando pasaron por la Puerta del Sol. A medida

que se acercaba Isidora a los barrios próximos a San Pedro iba sintiendo

turbación tan grande, que creyó le faltarían las fuerzas para llegar

allá. Miraba la hora en los relojes de las tiendas y tabernas. Unos

marcaban ya las cuatro, otros las cuatro menos diez. Nueva confusión. El

tiempo estaba también turbado. No sabía si apresurarse o detenerse. No

quería llegar ni antes ni después de la hora. Al fin vio en el extremo

de una callejuela un esquinazo de revoco, un balcón, el primero de larga

fila de balcones, y se detuvo mirándolo. Allí era: tuvo miedo, frío y

ganas de llorar...

Despidiose de D. José, el cual no comprendía por qué su ahijada le

mandaba retirarse.

«¿Pero qué? ¿Te quedas aquí?... ¿No vuelves a casa?...

--No me pregunte usted nada, padrinito. Pronto lo sabrá usted todo.

Adiós.

--A ti te pasa algo. ¡Qué pálida estás!... Pero aguarda...

--Adiós, adiós».

Dejándole plantado en medio de la calle, dirigiose a la puerta del

palacio. El gran sobresalto de su alma crecía a cada paso. ¡Oh! Sin

duda, su abuelita la esperaba con igual ansiedad. Hasta llegó a imaginar

que estaría en un balcón esperándola. Miró y no había nadie. La casa

estaba muda, cerrada, como el retiro misterioso donde, para gozarse en

sí mismo, se hubiera confinado el silencio; la puerta principal

entreabierta. Isidora, al tocarla, sintió como un valor repentino. El

contacto de su propiedad le devolvía el dominio de sí misma. ¡Revelación

magnética de su derecho!

Con voz clara preguntó al conserje por la marquesa. El cojo, como si la

esperara, la invitó a pasar adelante y subir. En lo alto de la escalera

había otro criado que, sin aguardar a que ella preguntase, abrió con

mucho respeto una mampara. Esto animó a Isidora. Dentro de ella se reía

un sentimiento y lloraba otro. Andaba como una máquina. Su corazón no

era corazón, sino un martinete que daba golpes terribles. Un tercer

criado le salió al encuentro, y diciéndole: «Pase usted», la llevó de

sala en sala hasta un gabinete. El criado dijo: «La señora saldrá al

instante».

Isidora se sentó. Instante único, tremendo; ángel con el pie levantado y

las alas extendidas, que va a volar y no se sabe si dirigirá su vuelo al

suelo o al infinito; instante soberano; dogal que oprime la garganta;

espada de un cabello suspendida; es hermano del instante en que se nace

o en que se muere, del instante en que se hunden los imperios, y de

aquel, no conocido todavía, en que se acabará el mundo... ¡Ah!, la

puerta del gabinete se abría... Isidora vio entrar una dama de cabello

casi blanco, grave, hermosa, imagen de la dignidad y de la nobleza, como

reina y madre de reyes. Tan turbada estaba Isidora, que no acertó a

contestar al saludo afectuoso de la señora. No sabía lo que le pasaba.

Se levantó, volvió a sentarse. No podía asegurar si dijo o no dijo algo.

Se sentía morir. ¡El semblante de la marquesa no expresaba nada..., la

marquesa no la había abrazado..., la marquesa no había parado mientes en

su fisonomía!... Las dos se miraron.

Entonces Isidora vio que la marquesa sacó unos lentes de oro, y

aplicándolos a sus ojos, la miraba, la observaba detenidamente, callada,

fría, como si examinara un objeto raro, pero no tan raro como para

despertar admiración. Isidora creyó que la señora había estado mirándola

siglo y medio, año más, año menos.

Al fin, de aquella hermosa esfinge con lentes salió una palabra.

«El Sr. de Pez me ha dicho que usted deseaba hablarme. El Sr. de Pez me

escribió a Córdoba diciéndome que usted..., parece que asegura...».

¡Cosa rara! También parecía turbada la marquesa. Pero lo que más pasmó y

confundió a Isidora fue no ver en la digna señora señales de

enternecimiento.

«Es usted, según creo--dijo esta--, una joven que se llama Isidora, hija

de un tal Rufete...

--No, señora--manifestó Isidora recobrando en un punto su valor, y

usando un lenguaje en que se combinaba hábilmente la energía con la

urbanidad--. He llevado y llevo ese nombre, que no es el mío. Don Tomas

Rufete ha pasado, hasta que murió por padre mío, y por tal le tuve y le

quise; pero yo me llamo Isidora de Aransis».

La marquesa la interrumpió con un gesto de enojo. Volvió a mirarla

fijamente y palideció.

«Me han asegurado--dijo--que usted pretende pasar por hija de mi

desgraciada Virginia. ¿Es cierto que usted lo cree así?

--¡Oh!, ¡que si lo creo!--exclamó Isidora echándose a llorar--. Si no lo

creyera, no viviría...

--Parece--indicó la marquesa--que esa creencia en usted es sincera;

parece que es una convicción arraigada y profunda... No puede usted

figurarse--añadió con cierto cariño--lo que me ha dado que pensar esta

idea de usted. Cuando me escribieron dándome cuenta de una joven que se

llamaba mi nieta, estuve muchos días preocupada con esto... He tenido

mucha curiosidad de ver a usted..., y ahora que la veo, no puedo negarle

que me interesa un poco. Si la apariencia, si el semblante son indicios

de la condición moral de las personas, desde luego aseguro que al

declararse usted nieta mía, no la ha movido ningún interés maligno.

Usted es sincera y honrada, usted tiene la convicción...

--Señora--exclamó Isidora cayendo de rodillas a los pies de la

aristócrata--. La voz de la sangre me ha llamado hace tiempo; la voz de

la sangre me pone ahora a los pies de la madre de mi madre».

Le besó las manos con religioso respeto. Y el alma se le iba tras los

besos, con la más santa y sincera afección que es dado imaginar. Pero

aquellas manifestaciones tan extraordinariamente expresivas, lejos de

enternecer a la marquesa, la provocaron a recoger su ánimo, y dijo con

sequedad:

«Pero ¿qué es esto?... Levántese usted, hija... No puedo consentir...

Usted no me ha entendido bien...».

Isidora se levantó. Creía que la marquesa quería llevar las cosas por el

terreno de las explicaciones frías antes de entregarse a las expansiones

del sentimiento.

«Usted no me ha entendido bien--replicó la de Aransis, viendo cómo

Isidora se enjugaba las lágrimas luego que se sentó--. He dicho tan sólo

que usted, por la manera de expresarse, por cierto sello de honradez y

bondad que noto en su fisonomía... (es usted muy hermosa...) me ha

parecido desde un principio digna de interés y consideración. Usted sin

duda no ha venido aquí a representar una comedia; usted se declara hija

de mi desgraciada hija porque así lo cree, fundada en motivos y

circunstancias que ignoro; pero de eso, a admitir que usted tenga razón,

hija mía, hay inmensa distancia, y así, señorita, no puedo menos de

manifestar a usted con la seriedad que exige el caso, que está usted

completamente equivocada».

Si a Isidora le hubieran dejado caer de un golpe sobre el corazón todas

las cataratas del Niágara, no habría experimentado sensación más

dolorosa de choque duro y frío. Quedó convertida en estatua, y sus

lágrimas se secaron, evaporadas por el vivo calor interno que le salió a

los ojos. _¡Completamente equivocada!_ Decirle esto a ella era lo mismo

que decirle: «Tú no existes, tú eres una sombra; menos aún, un ente

convencional». ¡Tan profundas raíces tenía en su alma aquella creencia!

«Yo no sé--prosiguió la marquesa con frialdad--cómo ha llegado usted a

adquirir ese absurdo convencimiento; no sé, ni quiero saberlo, por qué

serie de circunstancias, de _qui pro quo_ y de falsas apariencias, ha

llegado usted a creerse nacida de mi desgraciada hija. Ignoro si en su

error ha obrado, como causa, una mala inteligencia, o la astucia de

seres malignos que esperan sacar ventaja de estas cosas; lo que sí puedo

asegurar a usted, y lo aseguro porque lo sé, es que ha sido usted

atrozmente engañada, hija mía, y espero que no insistirá en ello después

de lo que acabo de manifestar».

Pedir a Isidora que no insistiera, era como pedir al sol que no

alumbrase. Era toda convicción, y la fe de su alto origen resplandecía

en ella como la fe del cristiano dando luz a su inteligencia, firmeza a

su voluntad y sólida base a su conciencia. El que apagase aquella

antorcha de su alma, habría extinguido en ella todo lo que tenía de

divino, y lo divino en ella era el orgullo. Al oír a la marquesa creía

escuchar los términos más terribles de la injusticia humana. La pena que

con esto sintiera la colmó de confusión y espanto en los primeros

momentos; pero después su orgullo contrariado se hizo brutal soberbia.

Su ira surgió como una espada que se desenvaina, y le dio concisa

elocuencia para decir:

«Por Dios que nos oye, juro que soy quien soy, y que mi hermano y yo

nacimos de doña Virginia de Aransis. Se nos podrá arrebatar lo que es

nuestro; se nos podrá negar nuestro patrimonio y hasta nuestro nombre;

pero Dios, que conoce nuestro derecho, nos defenderá.

--En vista de esa terquedad--dijo la marquesa esforzándose en no llevar

la cuestión a un terreno dramático y en huir de las declamaciones--me

arrepiento de haber hecho a usted la justicia de creerla sincera y sin

malicia. Una vez para siempre digo a usted que de los dos niños de mi

infeliz hija, la hembra murió, el varoncito vive y está a mi lado. Si

insiste usted en traer a mi casa esas farsas estudiadas, o capítulos de

novelas, me veré obligada a tenerla a usted o por impostora o por

demente...

--Tengo documentos--exclamó Isidora mostrando sus papeles.

--No quiero verlos. Supongo qué pruebas son esas. Yo las tengo

clarísimas para probar lo que he dicho.

--Y yo..., ¡yo también probaré!--balbució Isidora con el corazón, hecho

pedazos, en los labios--. ¡Ah! ¡Qué desgraciada soy, señora! Yo me

muero».

Rompió a llorar con tanta amargura, que la marquesa, la bondad misma,

tuvo lástima de ella.

«He empleado con usted palabras muy duras--le dijo--. Pero usted ha

tenido la culpa, hija mía. Usted ha sido engañada. No será quizás

impostora. Hablará usted de buena fe; pero han abusado miserablemente de

su credulidad y de su inocencia... Usted parece buena... Confiéseme sus

penas, porque penas hay, lo sospecho. ¿Quién ha metido a usted en la

cabeza esas historias? Cuénteme usted todo. Después, si necesita algo,

si usted se ve en alguna necesidad...

--Hasta aquí he vivido arrojada de mi casa, de mi posición, privada de

mi verdadero nombre. Si no se me restituye lo que desde que nací me

pertenece, nada quiero. Pido justicia, no limosna».

La marquesa no creyó deber prolongar un coloquio de aquella especie. Las

últimas palabras de Isidora tocaban en la insolencia. Levantose, y

mirando a la pobre joven con más lástima que cólera, le dijo:

«Si tan convencida está usted, acuda usted a los Tribunales.

--Acudiré--exclamó Isidora con firme convicción.

--Entretanto, es inútil que disputemos aquí. Puede usted retirarse».

La marquesa intentó tirar del cordón de la campanilla. Con un movimiento

inesperado, Isidora la detuvo, y postrándose ante ella, exclamó con viva

explosión de sentimientos nobles:

«Señora, usted me echa de su casa, cuando yo esperaba que me recibiría

usted con los brazos abiertos... Usted me aborrece porque no cree en mi

derecho, y yo la adoro porque creo en él. No hay odio en mi corazón ni

puede haberlo para la madre de mi madre... Déjeme usted besar sus

manos».

La marquesa parecía muy disgustada de tal escena. Volviendo el rostro,

apartaba de sí a Isidora. Esta se puso en pie. Tuvo otra inspiración más

audaz que la anterior. Con gentil arrogancia separó su velo para mostrar

más completos el rostro y el busto. Su cara se sublimaba por la fe. ¿Qué

destello divino era el que de sus ojos emanaba? No puede darse idea del

timbre de su voz al decir:

«¿Para qué leyes? Soy mi propio testigo, y mi cara proclama un derecho.

Soy el retrato vivo de mi madre».

La marquesa la miró otra vez palideciendo. ¿Cruzó por la mente de la

noble señora un rayo de duda?... ¿Vaciló su firme creencia? ¡Quién puede

saberlo! A sus ojos asomaron las lágrimas.

«No interprete usted mis lágrimas como una concesión--dijo a Isidora--.

Lloro por el recuerdo de mi querida hija. En cuanto al parecido...».

Volvió a observarla tan fijamente, que Isidora, al sentirse acariciada

por aquel mirar profundo, se estremeció de esperanza. La hermosura de la

joven, su distinción innegable, su modo de vestir, sencillo y honesto,

hicieron en la noble dama profunda impresión.

«En cuanto al parecido--continuó esta--, nada tengo que decir, porque si

alguno hay, es puramente casual... Me hará usted un favor en retirarse».

Tiró de la campanilla, y se alejó serenamente sin prisa y sin cólera,

como nos alejamos después de aplastar un insecto.

Isidora se encontró sola en el gabinete. Un lacayo apareció en la

puerta. Era señal de que la ponían bonitamente en la de la calle.

Levantose y salió. Andaba con la teatral arrogancia y la serenidad

terrible de que se revisten algunos al subir al cadalso. Las salas del

palacio se iban quedando atrás, como se desvanece el mundo cuando nos

morimos.

Cuando bajaba la escalera, un lacayo subía. Tomola este por una de las

infinitas personas, de aspecto decente, que iba a pedir limosna a la

marquesa, y le dijo: «¡Qué bonita es usted, prenda!».

Puede juzgarse cómo estaría su espíritu, cuando este ultraje apenas le

hizo impresión. En el portal estaba Alonso y un hombre muy gordo, el

cual al pasar la miró con atención picaresca. Ambos le hicieron un frío

saludo. Salió sin darse cuenta de nada y dio algunos pasos por la calle.

Como si tropezara con un poste, hallose de improviso frente a D. José de

Relimpio. Isidora despertó al choque y dijo:

«¿Pero está usted aquí?

--Sí, hija mía--replicó el galán viejo muy conmovido--. El corazón me

decía que habías de salir pronto, y esperé... No me podía acostumbrar a

la idea de no volver a verte... ¿Qué quieres tú?... Yo tomo cariño a las

personas con mucha facilidad... Aquí se me ha pasado el tiempo mirando

como un bobo a los balcones y diciendo: «Ella ha de salir, ella ha de

salir».

La desheredada · 第 35 / 87 题