=--I--=
Al día siguiente recibió Isidora una carta de Joaquín incluyéndole
algunos billetes de Banco, y pidiéndole perdones mil por el caso del día
anterior. Decíale que si alguna palabra áspera y malsonante salió de sus
labios al despedirla, la tuviese por dicha en son de broma o por no
dicha. Finalmente, le pedía permiso para verla de nuevo en casa de
Relimpio. Agradeció ella con toda su alma el desagravio, y sus
aflicciones de aquel día se le disiparon con la grata vista del pan
bendito, o llámese papel--moneda. Dio al olvido sus agravios; pero si
perdonó fácilmente a Joaquín la injuria intentada contra su honor, tuvo
que hacer un esfuerzo de bondad para perdonarle el que le hubiera
llamado _cursilona_. Tal es la condición humana, que a veces el rasguño
hecho al amor propio duele más que la puñalada asestada contra la honra.
El marqués viudo la visitó dos días después, y su comedimiento, después
de las audacias referidas, la cautivaba más, o si se quiere de otro modo
más claro, su comedimiento tenía la virtud de hacer disculpable y aun
amable la osadía pasada; que así se contradicen los corazones en su
lógica de misterios. Poco a poco, con las visitas y el largo charlar de
ellas, Isidora iba queriendo al viudo, y el viudo aficionándose tanto a
ella, que llegó un punto en que hubo de sorprenderse y asustarse de la
formalidad de su cariño. En tanto el asunto marchaba satisfactoriamente.
Don Manuel Pez y el marqués de Onésimo habían escrito a la marquesa de
Aransis, y aunque esta no contestaba, era de presumir que contestaría
pronto y a gusto de todos. También llevaba buen camino lo de la causa
criminal de Mariano. Joaquín bebía los vientos para que le soltase el
juez, aunque fuera bajo fianza, por razón de la irresponsabilidad que le
daban sus pocos años. Isidora visitaba a su hermano dos veces por
semana, llevándole ropa y golosinas. Algunas veces se encontraba en la
cárcel a _la Sanguijuelera_, que iba con fin semejante; y ambas se
trataban de palabras, distinguiéndose la vieja por la procacidad de su
lenguaje y erizado de _puños_ y el ningún respeto que a su sobrina
tenía.
Llegó Navidad, llegaron esos días de niebla y regocijo en que Madrid
parece un manicomio suelto. Los hombres son atacados de una fiebre que
se manifiesta en tres modos distintos: el delirio de la gula, la
calentura de la lotería y el tétanos de las propinas. Todo lo que es
espiritual, moral y delicado, todo lo que es del alma, huye o se
eclipsa. La conmemoración más grande del mundo cristiano se celebra con
el desencadenamiento de todos los apetitos. Hasta el arte se encanalla.
Los teatros dan mamarracho, o la caricatura del Gran Misterio en
nacimiento sacrílegos. Los cómicos hacen su agosto; la gente de mal
vivir, hembras inclusive, alardea de su desvergüenza; los borrachos se
multiplican. Tabernas, lupanares y garitos revientan de gente, y con las
palabras obscenas y chabacanas que se pronuncian estos días habría
bastante ponzoña para inficionar una generación entera. No hay más que
un pensamiento: la orgía. No se puede andar por las calles, porque se
triplica en ellas el tránsito de la gente afanada, que va y viene
aprisa. Los hombres, cargados de regalos, nos atropellan, y a lo mejor
se siente uno abofeteado por una cabeza de capón o pavo que a nuestro
lado pasa.
Las confiterías y tiendas de comidas ofrecen en sus vitrinas una
abundancia eructante y pesada que, por la vista, ataruga el estómago. No
bastan las tiendas, y en esquinas y rincones se alzan montañas de
mazapán, canteras de turrón, donde el hacha del alicantino corta y
recorta sin agotarlas nunca. Las pescaderías inundan de cuanto Dios crió
en mares del Norte y del Sur. Sobre un fondo de esteras coloca Valencia
sus naranjas, cidras y granadas rojas, llenas de apretados rubíes. En
los barrios pobres las instalaciones son igualmente abundantes; pero la
baratura declara la inferioridad del género. Hay una caliza dulzona que
se vende por turrón, y unas aceitunas negras que nadan en tinta. De la
Plaza Mayor hacia el Sur escasea el mazapán cuanto abunda el cascajo. La
escala gradual de la gastronomía abraza desde los refinamientos de
Pecastaing, Prast y la Mahonesa, hasta la cuartilla de bellota y la
pasta de higos pasados que se vende en una tabla portátil hacia las
Yeserías. El enorme pez de Pascuas comprende todas las partes y
substancias de cosa pescada, desde el ruso _caviar_ hasta el escabeche y
el arenque de barril, que brilla como el oro y quema como el fuego.
Una familia podrá morirse toda entera; pero dejar de celebrar la Noche
Buena con cualquier comistrajo, no. Para comprar un pavo, las familias
más refractarias al ahorro consagran desde noviembre algunos cuartos a
la hucha. ¿Cómo podían faltar los de Relimpio a esta tradicional
costumbre? También ellos, pobres y siempre alcanzados, tenían su pavo
como el que más, gracias a los estirones que D.ª Laura daba al dinero, y
tenían, asimismo, sus tres besugos de dos libras y media, que se
presentarían engalanados de olorosos ajos y limón. Don José era el
hombre más venturoso de Madrid desde el día 22. Ocupábase en recorrer
los puestos de la Plaza del Carmen para traer a su mujer noticias
auténticas del precio de la merluza, el besugo, los pajeles. Tratábase
de esto en Consejo, y D. José decía con gravedad: «Todo está por las
nubes. Veremos mañana». El 23, D. José y D.ª Laura tomaban un berrinche
porque no les había caído la lotería, fenómeno extraño que todos los
años se reproducía infaliblemente. Opinaba D.ª Laura que todos los
premios se los embolsaba el Gobierno, y que la lotería era un puro
engaño; pero más juicioso D. José, aseguraba que el número jugado era
muy bonito y que no habían faltado más que dos unidades (¡que te
quemas!) para que tocara premio. Concluían ambos por exclamar con
cristiana paciencia: «Otro año será».
Pero llegaba la mañana del 24, y entonces D. José era la imagen de la
felicidad, siempre que nos representemos a esta embozada en su capa y
con su gran cesto enganchado en el brazo derecho. Don José llevaba el
cesto y D.ª Laura el dinero, y aquí era el recorrer tiendas, el mirar
todo, el preguntar precios, no arriesgándose a la empresa de sus compras
hasta no estar seguros de que compraban lo mejor. Ya Relimpio estaba
enterado de los puntos donde era legítimo el turrón de Alicante y
Jijona, donde era más barato el mazapán, más dulces las granadas y más
gordas las aceitunas. De todo compraban aunque fuera en cortísima
cantidad.
Los comentarios de él sobre la calidad de las cosas compradas no tenían
término. Y luego, cuando entraban en la casa, ella con la bolsa vacía,
él doblado bajo el grato peso de la cesta, ¿quién no se conmovería
viéndole sacar todo con amor para enseñarlo a las chicas, y poner cada
cacho de turrón ordenadamente sobre la mesa, diciendo a qué clase
pertenecía cada uno, y regañando si algún ignorante confundía el de yema
con el de nieve? Lo que no podía sufrir D.ª Laura era que él probase de
todo para darlo por bueno, y con este motivo había ruidosas peloteras;
pero él aseguraba que todo estaba riquísimo, que todo era gloria, y con
esto y con recoger D.ª Laura las compras para guardarlas con siete
llaves, concluían las cuestiones. Después, D. José se metía también en
la cocina para ayudar y dar más de un consejo; que algo se le entendía
de arte de estofados y otros culinarios estilos. Las niñas dejaban la
costura aquel día; no se pensaba más que en la cena, y entre componerse
para ir al Teatro Martín con Miquis, y ayudar un poco a su madre, se les
pasaba la tarde.
Don José, a quien las horas se le hacían siglos, no pensaba en apuntar
en el Diario ni en el Mayor los gastos extraordinarios de aquel día. Por
la tarde ocupábase de instalar la mesa en la sala, por ser el comedor
muy pequeño para tan gran festín. Después se miraba diez y nueve veces
al espejo, se acicalaba, y en el colmo ya del regocijo, les quitaba a
los chicos del tercero el tambor con que atronaban la casa toda, y
tocaba por los pasillos con furor y denuedo, seguido de la turba
infantil y por ésta con alegres chillidos aclamado.
A la bendita y honesta cena de esta excelente familia no asistía nunca,
desde muchos años, el señorito Melchor, que cenaba con sus amigos. Lejos
de censurar esto, D.ª Laura hallaba natural que su hijo, escogido entre
los escogidos, no se sentase a la vulgar mesa de sus padres. Mejor papel
haría en otra parte. Ya Melchor se rozaba con literatos, diputados,
artistas y empleados de cierta categoría. Probablemente, aquel año iría
a cenar en casa de un marqués.
En cambio les acompañaba el ortopédico, hermano de D.ª Laura, y el hijo
de este, llamado Juan José. ¡Ah! El ortopédico era saladisímo para una
cena. Hombre de gran formalidad, se trocaba en el más gracioso del mundo
en cuanto bebía dos vasos de vino; decía los disparates más chuscos que
se podrían imaginar. Él y Relimpio, que también perdía la chaveta en
cuanto empinaba un poco, por estar privado de mosto durante el año
entero, eran los héroes de la fiesta; brindaban con gritos, se abrazaban
riendo como locos, y por fin rompían a llorar. En suma, que era preciso
llevarlos a cuestas a la cama, con gran algazara y risa de todos los
comensales. Los únicos convidados de fuera de casa eran Miquis y un
poeta presentado por este en la casa, llamado Sánchez Berande, el cual
hacía monos y versos no se sabe bien si a Emilia o a Leonor.
Ea..., ya tenemos la mesa arreglada en la sala, por ser el comedor
pequeño para tanto gentío. Don José, que se pintaba sólo para arreglar
un banquete, contemplaba su obra con legítimo orgullo, y se recreaba en
el brillo de la loza y la cristalería, en la muchedumbre de luces, en el
adorno y opulencia de la mesa. Después esparcía miradas de felicitación
por toda la capacidad de la sala, por la sillería de reps que había sido
desnudada de sus fundas de percal, y por las cajitas de dulces, las
bandejas de latón y demás chucherías... Todo estaba bien, perfectamente
bien. Hasta el retrato del dueño de la casa, al óleo, detestable,
colgado en la pared principal, rebosaba satisfacción en su acaramelado
semblante. «Estoy hablando», decía Relimpio siempre que lo miraba.
Frente al retrato había una laminota, en la cual D.ª Laura se inspiraba
siempre para increpar a su marido. Era Sardanápalo quemándose con sus
queridas... Completaban el decorado de la pieza tres o cuatro
fotografías de niños muertos. Eran los hijos que se le habían malogrado
a D.ª Laura en edad temprana. Vistos a la luz de las bujías del próximo
festín, los pobrecitos tenían cara de muy desconsolados por haberse ido
del mundo tan pronto sin alcanzar la hartazga de aquella noche.
=--II--=
Isidora no cabía en sí de júbilo. Aquel día, el 24, soltarían a Mariano.
Ella misma iba a sacarle de la horrenda cárcel. ¡Oh! ¡Si no se hallara
muy mal de dinero, aquel día habría sido uno de los más felices de su
vida! ¿En qué había gastado lo que le diera dos meses antes el marqués
de Saldeoro por cuenta del Canónigo? Verdaderamente ella no lo sabía.
Había pagado a doña Laura, se había comprado ropa... ¿Pero lo demás
dónde estaba? Isidora reflexionó.
En perfumería había adquirido lo bastante para tres años. ¿Y de qué le
servían aquellos candeleros de bronce, y el jarro de porcelana, y el
_cabás_ de cuero de Rusia? Cosas eran estas que compró por la sola razón
de comprarlas. ¡Eran tan bonitas!... Pues ¿y aquel vaso de imitación de
Sajonia, de qué le servía?... ¿Y las botellas para poner cebollas de
jacinto?
Más necesario era sin duda el librito de memorias, el plano de Madrid,
las cinco novelas y la jaula, aunque todavía le faltaba el pájaro.
Estaba muy desconsolada por no tener un buen baño; ¿pero cómo podía
satisfacer este gusto en casa tan pequeña? Luego, la maldita D.ª Laura
se ponía frenética por la mucha agua que Isidora gastaba. Si esta no
podía disfrutar de una hermosa pila de mármol, en cambio se había
provisto de tarjetas, de papel timbrado, de una canastilla de paja
finísima, de una plegadera de marfil para abrir las hojas de las
novelas, de un _antucás_, de pendientes de tornillo con brillantes
falsos, de un juego de la cuestión romana y de algo más, tan lindo como
caprichoso. Mucha, muchísima falta le hacía un buen mundo para poner la
ropa; pero ya lo compraría más adelante. Tampoco estaba bien de ropa
blanca; pero tiempo habría de hacerse un hermoso equipo.
Gozosa, daba la última mano a su atavío para salir en busca del hermano.
La orden del juez para soltarlo debía de estar ya en las oficinas de la
cárcel. Salió radiante y satisfecha; mas no quiso tomar el breve camino
de la calle de Hortaleza, porque le daba vergüenza de pasar por cierta
tienda donde debía algunas cantidades, poca cosa en verdad.
Ya anochecía cuando Isidora regresó acompañada de su hermano, el cual,
vergonzoso y cohibido, bajaba los ojos delante de la gente. Recibiole D.
José Relimpio con ciertos asomos de severidad, dándole una palmada en el
hombro y diciendole: «Hombre, veremos cómo te portas ahora». Pero D.ª
Laura, implacable y fiera, dijo que Mariano no se sentaría a su mesa,
aunque bajase Cristo a mandarlo. Oyó esto Isidora con rabia; mas
conteniéndose, devoró tal afrenta y se amordazó la boca para que no
saliesen las palabras que del corazón le brotaban. Encerrose con el
chico en su cuarto, le lavó y vistió, para lo que tenía apercibida gran
cantidad de agua y ropa nueva. El muchacho observó en los ojos de
Isidora una lágrima, más bien que del sentimiento, nacida del despecho,
y le dijo:
«¿Por qué lloras? ¿Por lo que ha dicho esa tía bruja?
--¡Gente ordinaria!...--murmuró Isidora.
--¿Por qué no le contestaste?--dijo Mariano con extraña rudeza.
--No me rebajo yo a tanto.
--¡Puño!».
Mariano dio un puñetazo sobre su propia rodilla. Luego Isidora le echó
un sermón sobre su detestable maña de decir a cada paso palabras
malsonantes, y aunque el muchacho alegó, para defenderse, que también
las decían los caballeros, ella se mantuvo inflexible, decidida a
castigar las malas palabras como si fueran malas acciones.
«Ahora, señorito--le dijo con severidad--, ha de andar usted derecho.
Pase que en otro tiempo, cuando nuestra desgracia nos tenía poco menos
que en la miseria, ocurrieran ciertas cosas..., ciertas barbaridades,
Mariano, de que no quiero acordarme... Echémosles una losa encima. Pero
ahora ya han cambiado las cosas. Eres un bárbaro, y vas a empezar a
desbastarte. Tú no seas tonto; principia por convencerte de que eres
persona decente, y así tendrás dignidad. De nuestra tía Encarnación,
hazte cuenta de que no existe, porque no la volverás a ver. Eres ya otra
persona».
Oyó atentamente el muchacho estas advertencias, y se prometió a sí mismo
hacer todo lo posible para entrar con pie derecho en aquella senda de
caballería y decencia que su querida hermana le marcara. Tras esto
Isidora cayó en la cuenta de que Mariano y ella habían de cenar aparte
aquella noche, pues si el chico no podía sentarse a la mesa de los
Relimpios, tampoco ella se sentaría por nada del mundo. Al punto
determinó salir en busca de alguna cosa para aderezar la cena. ¡Muy
bien, excelente idea! ¡Mariano y ella cenarían tan ricamente en su
cuarto, solos, y sin rozarse con aquella gente ordinaria!
Pero sobrevino la más grande contrariedad que en vísperas de un banquete
puede ocurrir. Isidora no tenía dinero. Entre las múltiples propiedades
de este metal, ella había notado principalmente una, la de acabarse en
los momentos en que más falta hacía. El portamonedas no contenía más que
un par de pesetas y algunos cuartos. Buscó y rebuscó Isidora en todos
los bolsillos, gavetas y huecos, porque recordaba que en otra ocasión
parecida había encontrado de repente una moneda de oro olvidada en el
fondo de un cajón de la cómoda; mas ninguna moneda de plata ni de oro
apareció aquella vez, con lo que se dio por vencida, y resolvió que la
cena fuese una modesta colación, más propia de día de ayuno que de noche
de Navidad. Aunque a D.ª Laura nada debía, antes muriera que pedirle
dinero, después del atroz desaire recibido de ella. No se atrevía
tampoco a acudir a Joaquín Pez.
Salió. Mariano se quedó solo. Por no ser excesivo el número de sillas
que en el cuarto había, estaba sentado en un baúl bajo. A su lado, en un
rincón, vio paquetes de papeles viejos liados fuertemente con bramante.
Eran los cartapacios y protocolos que Tomás Rufete había emborronado
durante su enfermedad, y que fueron guardados en casa de Relimpio, hasta
que sus hijos los recogieran, por si algo había de interés entre tal
balumba de desatinos. Isidora los había llevado del desván a su cuarto,
y allí los puso con ánimo de someterlos a un examen cualquier día.
Mariano leyó, no sin trabajo, los rótulos que decían: «_Desolación...
Hacienda pública... Desfalcos... Muerte... Latrocinio..._», y otras
cosas extravagantes. Como ninguna distracción sacaba de ver letreros,
empezó luego a revolver todo lo que su hermana tenía sobre la cómoda, y
después lo que en el primer cajón había. Todo lo revisaba, lo examinaba
por dentro y por fuera; hojeó las novelas, levantó de las botellas las
cebollas de jacintos para ver las raíces, abrió el estuche de los
tornillos de diamantes americanos, revolvió la caja y los sobres de
papel timbrado; y como en el momento de estar sobando el papel echase de
ver el tintero y la pluma, tomó esta y trazó sobre un plieguecillo, con
no pocos esfuerzos, alargando el hocico y haciendo violentas
contorsiones con el codo y la muñeca, estas palabras: _Mariano Rufete,
alias Pecado_. Contempló satisfecho su obra, y luego, con gran ligereza,
echó una rúbrica que parecía el dibujo de un puñal. Se echó a reír como
un bruto, dejando el papel sobre la mesa. Luego dirigió su atención al
tocador de la hermana; fue viendo uno por uno los botes que en él había,
metiendo en todos las narices y diciendo «¡qué bueno!» o «¡qué rico!».
Se puso pomada, se perfumó con esencias y se lavó las manos, sonriendo
de gusto al ver cómo se deslizaban dedos sobre dedos al suave resbalar
del jabón.
«¡Eh!, ya me has revuelto todo--dijo Isidora al entrar de la calle--.
¡Jesús, qué desorden! Mira, te voy a pegar».
Mariano reía.
«¿Y qué has escrito aquí? _Mariano Rufete, alias Pecado_... ¿Qué es eso
de _Pecado_? ¡Como yo vuelva a oírte dándote a ti mismo esos apodos...!
--Como los toreros--observó estúpidamente Mariano sin cesar de reír.
--A ver... ¿Es que no quieres ser persona decente?... ¿Pero qué haces,
gandul? ¿Te enjugas las manos en mi vestido? Quita allá, asqueroso. ¿No
ves la toalla? Lo que digo; no quieres entrar por el camino de las
personas decentes. Eres un salvaje... Ya se ve; no has tratado sino con
cafres».
Y diciendo esto, de un pañuelo que cogido por las cuatro puntas traía,
sacó sucesivamente varios pedazos de turrón y algunos puñados de
cascajo, castañas, nueces, avellanas y bellotas. Al poner sobre la
cómoda la última porción de tan variados bastimentos, lanzó de su pecho
un suspiro enorme.
«¿Todo eso has traído?--preguntó Mariano--. ¿Y el pavo? Yo quiero pavo.
--Cenarás lo que te den--replicó ella pasando de la pena al enfado--. Es
una mala educación pedir lo que no hay.
--El año pasado--dijo Mariano con rudeza y desdén--mi tía _la
Sanguijuelera_ tenía besugo, y pimientos encarnados, y turrón de frutas,
y lombarda, y una granada de este tamaño. Yo me la comí toda. ¡Estaba
más rica...!».
Ceñuda y pensativa, Isidora puso la mesa. Mariano se sentó en una silla
alta y ella en otra baja.
«Mañana será otro día--dijo ella--. Eso de atracarse la Noche Buena es
propio de gente ordinaria. Ya te enseñaré yo a ser caballero... Vaya que
está rico este turrón. Pruébalo...».
No se hacia de rogar _Pecado_, antes engullía sin cumplimiento. En la
sala de la casa había empezado ya el alboroto; mas no la cena, porque
esperaban a Miquis. La entrada de este se conoció desde el retiro de los
Rufetes por un repentino aumento del bullicio. Un instante después
Isidora vio que se abría suavemente la puerta de su cuarto y que entraba
la irónica fisonomía del estudiante.
«Vengo a tener el gusto de saludar a la señora archiduquesa--dijo este,
sombrero en mano, con ceremoniosa cortesía--. Bien se ve que estamos ya
en plena aristocracia. Esta noche se _queda usted en casa_; quiero
decir, que recibe usted a sus amigos...
--Toma--le dijo Isidora ofreciéndole una bellota--. Es lo mejor que te
puedo ofrecer.
--Gracias, marquesa--repuso Miquis sentándose--. Es delicioso el
obsequio. Vamos a cuentas y hablemos con seriedad. ¿Por qué no cenas con
nosotros?
--Nosotros--manifestó Isidora ahogada por la pena y el despecho--no
somos dignos... Vete, vete pronto. Te esperan. Ya han sacado la sopa de
almendras.
--¡Ay, chiquilla! ¡Cuánto más me gustan tus bellotas!... Pero no llores.
De buena gana te acompañaría... Pero es tan tiránica la sociedad...
--Vete, vete... Mi hermano y yo cenamos solos. Ya ves... Estamos tan
contentos... Mejor es así. Cada uno en su casa».
Augusto la contempló en silencio, asombrado de su hermosura, que cada
día iba en dichoso aumento, enriqueciéndose con un encanto nuevo.
«Aquí viene bien aquello de _a tus pies, marquesa_»--dijo, levantándose.
Y luego, volviendo la vista para observar con una mirada en redondo todo
el cuarto, añadió:
«Estás perfectamente instalada, marquesa. Magnífico gabinete. Aquí los
arcones de roble; ahí el gran armario de tres lunas. Cuadros de Fortuny,
tapices de los Gobelinos, porcelanas de Sèvres, y de Bernardo Palissy...
Muy bien. Bronces, acuarelas...».
Mariano le miraba con cierto espanto. Isidora entreveraba de sonrisas su
pena profundísima. Pero se sintió herida en lo más vivo de su alma
cuando Miquis, después de transformar el humilde cuarto en aristocrático
gabinete, dijo con el mismo tono de encomio:
«Bien se conoce en esta rica instalación el buen gusto del marqués viudo
de Saldeoro. Adiós, marquesa. Ceno en el palacio de Relimpio».
=--III--=
Cuando Augusto se marchó, quedose Isidora meditabunda, clavados los ojos
en su propia falda.
«¿Quién es ése?--le preguntó Mariano.
--Un tipo, un mequetrefe--repuso ella sin mirar a su hermano, señales
claras por donde manifestaba estar aún dentro de la esfera de atracción
del pensamiento que la dominaba.
--Dame más turrón, marquesa--exclamó el muchacho.
--¿Por qué me llamas así?--preguntó Isidora bruscamente, despertando de
su mental sueño.
--¿Es apodo? ¡Puño!... ¿Y por qué te pone motes ese gatera?
--Mariano, cuidado cómo se habla.
--¡Se burla de ti!--gritó _Pecado_ con aquel arrebato de infantil
fanfarronería que en él parecía cólera de hombre.
--Yo te juro que no se burlará más»--dijo ella con los ojos húmedos de
lágrimas.
Mariano la miró, diciendo:
«Tonta, no ha sido para tanto... Las mujeres lloran por cualquier cosa.
Que venga a mí con bromas; verá cómo le saco las entrañas...
--Mariano, loco, bruto y salvaje--gritó ella, despertando otra vez en su
letargo de pena y despecho--. Si te oigo hablar así otra vez...
--No dije nada, nada... Dame turrón».
La algazara de la sala crecía, y por las palabras sueltas, los plácemes
y exclamaciones que de ella hasta el cuarto de los Rufetes llegaban, así
como por los olores culinarios que invadían toda la casa, se podía saber
a qué altura andaba el festín. Se sintió sucesivamente la aparición del
besugo, la del pavo, aclamado con palmoteo y vivas. Don José lo recibió
cantando la Marcha real. Después se oyeron las ruidosas cuestiones a que
dio motivo el gran acto de trincharlo. Las risas sucedían a las risas, y
los comentarios a los comentarios. Al mismo tiempo se conocían los
efectos del Valdepeñas y del Cariñena en la torpe lengua del ortopédico,
que desgranaba las palabras, y en el entusiasmo anacreóntico de D. José
Relimpio, que no decía cosa alguna derecha y con sentido.
La criada entró en el cuarto de Isidora, trayendo un plato con varias
lonjas de pechuga y un poco de relleno. Encendiéronsele a Mariano con
luces mil los ojos, y no parecía sino que cada destello de su mirar era
un largo tenedor; pero Isidora, en quien el orgullo no daba lugar al
agradecimiento ni al perdón, vio con repugnancia aquel tardío obsequio.
Aunque comprendió que este había nacido en el bondadoso corazón de
Emilia, siempre veía en él como un mensaje de lástima. Rechazó la fineza
diciendo:
«Que muchas gracias y que no queremos nada.
--Chica, chica, tú eres tonta--gruñó Mariano con su rudeza propia,
exacerbada hasta el salvajismo.
--Si no te callas, te pego.
--Yo quiero cenar--afirmó él con brutal terquedad, echando a un lado la
cabeza y dando un golpe con ella sobre la mesa.
--Eso es, rómpete la cabeza.
--Mala hermana, ¡no das de cenar a tu hermanito! Mira tú, mejor estaba
en la cárcel...
--Como vuelvas a nombrar...
--¡Nombro!... ¡Puño!
--Como vuelvas a decir...
--¡Puño!--repitió el bergante alzando la mano.
--¡Alzas la mano!..., ¡a mí!..., a tu hermana.
--Yo me quiero ir con mi tía.
--Si vuelves a nombrar...
--¡Mala hermana..., marquesa!...».
_Pecado_ hizo burla de su hermana con tanto descaro, que esta hubo de
ponerle a raya con dos bofetadas muy bien dadas que, o mucho nos
engañamos, se oyeron desde la sala. No era ella mujer que se dejaba
embromar de un mocoso, aunque este tuviera los buenos puños y los
medianos antecedentes del señorito Rufete. Dominado este por la actitud
de su hermana y por el cariño que le tenía, se contuvo. Echado de bruces
sobre la mesa, la barba apoyada en el arco que con sus brazos hacía, a
Isidora contemplaba en silencio con la seriedad y atención hosca de uno
de esos perrazos que muerden a todo el mundo menos a su amo.
El bullicio de la sala llegaba ya al delirio. Don José hacía el amor a
su mujer echándole ternísimos requiebros entre los aplausos de los
divertidos comensales. Doña Laura llamaba a su marido Sardanápalo. El
ortopédico había empezado a cantar villancicos, acompañándose de golpes
dados sobre la mesa con el mango del cuchillo. Sólo Emilia y Leonor
conservaban su amable serenidad, la una obsequiando a Miquis, la otra a
Sánchez Berande. El joven poeta, Miquis y el hijo del ortopédico
alborotaban también, el primero con sus discursos, el segundo con sus
cantorrios de tangos y malagueñas. Después se hizo una grande y solemne
pausa, porque Berande, a ruegos de todos, iba a recitar versos. Creíase
destinado a la inmortalidad; tenía un buen tomo preparado para darlo a
la estampa, en el cual, como en muestrario de bazar, había de todo:
elegías, odas, pequeños poemas, poemas grandes, epigramas, doloras,
_suspirillos germánicos_, sáficos y octavas reales. La sala parecía
tribuna del Congreso, que se hundía con los aplausos al terminar Berande
su recitación.
«Versos--dijo Mariano, alzando su cabeza y poniendo atención.
--¿Te gustan los versos?--preguntole Isidora, gozosa de sorprender a su
hermano un síntoma de decencia.
--Sí--replicó el muchacho--; me sé de memoria los de _Francisquillo el
Sastre_, que empiezan:
Salga el acero a brillar,
pues soy hijo del acero...
--Calla, bruto; esas son barbaridades.
--También sé los del _Valeroso Portela_, que dicen:
Escuchen, señores míos,
les diré de Juan Portela,
el ladrón más afamado
de la gran Sierra Morena.
--Calla, hijo, calla por Dios. Me estás envenenando con tus horribles
coplas. Ningún joven guapo y decente aprende tales cosas. Esto está bien
para el pueblo, para el populacho. ¿Sabes tú lo que es el populacho?
--Mi tía _la Sanguijuelera_--contestó el chico con tan graciosa
naturalidad, que Isidora no pudo contener la risa.
--Ya aprenderás mil cosas que no sabes. Y dime ahora, ¿qué aspiración
tienes tú?... ¿Qué quieres ser?...
--Yo no quiero ser nada--repuso él con apatía.
--Es preciso que estudies y que trabajes. No volverás a la fábrica de
sogas. Irás a un colegio. ¿Qué carrera quieres seguir?».
Mariano meditó un instante. Después dijo con resolución:
«La de tener mucho dinero.
--¿Y para qué quieres tú el dinero?
--Toma..., _mia_ ésta... Pues para ser rico.
--Pero es preciso que seas algo.
--Rico...
--¿Y en qué gastarías el dinero?
--En comer lomo, granadas, turrón y en beber buen vino. Tendré un
caballo y me vestiré todo de seda.
--¿No te gustaría militar y llegar a general?
--Sí, sí--afirmó _Pecado_, despidiendo de sus ojos brillo de animación y
alegría--. Para ir mandando la tropa y arreando palos..., así..., ¡toma!
--No, no, no se pega. No creas que los generales pegan... Hay carreras
preciosas, como Estado Mayor, Ingenieros, Artillería.
--¡Artillero, artillero!--gritó _Pecado_, dando golpes en la mesa--. Ya
me verás, cañonazo va, cañonazo viene... ¡Bum, bum!
--Dispararías cuando fuera menester...
--No, no, siempre... Al que me hiciera algo, ¡zas!...».
A esto llegaban cuando volvió la criada trayendo un plato con varios
pedazos de turrón, de parte de la señorita Emilia y del señorito Miquis.
No considerándose aún desagraviada Isidora con estos regalitos, negose a
admitirlos; pero Mariano se abalanzó al plato más pronto que la vista, y
arrebatando el turrón, empezó a engullir con tanta prisa, que no pudo su
hermana evitarlo.
«¡Malcriado..., glotón!--le dijo cuando otra vez se quedaron solos--.
¿No has comido ya bastante?».
Mariano negó con la cabeza, por no poder hacerlo con la boca.
«Te pondré interno en un colegio».
Mariano hizo con los dedos una señal que quería decir: «Me escaparé».
«No te escaparás. ¿Piensas que vas a lidiar con bobos? Hay un maestro
muy rígido.
--De la bofetada que le pego--dijo Mariano pudiendo ya articular algunas
palabras--, va volando al tejado.
--¡Fanfarrón!...».
En la sala, la cena parecía tocar a su fin. Todas las clases de turrón
habían sido probadas, así como las granadas y las ruedas de naranjas
espolvoreadas de azúcar. Relimpio, con la última copa de cariñena, dio
con su cuerpo en tierra. «¡A la Misa del Gallo, vamos a la Misa!»,
gritaba con torpe lengua el insigne galán rodando debajo de la mesa.
Muertos de risa los demás, le cogieron por los cuatro remos para
llevarle a la cama, y él iba cantando el _Kirie_ _eleisón_ con voz de
sochantre, y los demás riendo y vociferando, de lo que resultaba el más
grotesco cuadro y música que se pudiera imaginar.
«¡Cuánta grosería! ¡Qué gente tan ordinaria!»--exclamó Isidora.
Poco después llegó Emilia al cuarto de esta, y diole excusas por la
soledad en que se había quedado en noche de tanta alegría. Mas, no dando
su brazo a torcer Isidora, replicó que había estado perfectamente en su
cuarto. Trajeron un catre de tijera para que se acostase Mariano, y
cuando Isidora le mandó que se recogiera, por ser ya más de medianoche,
el maldito muchacho se le plantó delante y le dijo con sus bruscos
modos:
«Dame dinero.
--¿Y para qué quieres tú dinero, tunante? Acuéstate.
--Me acostaré; pero yo quiero dinero. Si no me das dinero, no te
quiero...
--¿Para qué lo necesitas?
--Para ir mañana a los toros.
--Si ahora no hay toros, mentecato.
--Pero hay novillos y mojiganga.
--¿Y cómo sabes eso?
--Por los chicos... Si no me das dinero, no te quiero.
--Mañana te daré unos cuartitos...
--¿Cuartitos? Tú eres rica--dijo pasando la vista con malicioso examen
por los diversos objetos que Isidora poseía--. Tú tienes dinero, porque
has comprado estas cosas ricas, y yo no tengo nada, nada; soy un pobre».
Al decir esto se desnudaba para acostarse.
«Yo también soy pobre--afirmó Isidora--; pero con el tiempo, tal vez
dentro de poco, tú y yo estaremos bien y tendremos todo lo necesario y
aún más.
--La señorita gasta y come bien, y tiene a su hermanito muerto de
hambre--gruñó él, acostado ya.
--No seas tonto. Cállate y duerme.
--Si mañana no me das dinero, salgo a la calle y pido limosna. Ya sé yo
cómo se pide. Me lo ha enseñado un chico.
--¿Qué estás diciendo, cafre?
--Que pediré limosna. Verás.
--No me sofoques... A un colegio, a un colegio.
--Ya me estoy durmiendo... Hasta mañana.
--¿No rezas, herejote?».
Mariano murmuró algo que no era fácil descifrar, y se durmió
sosegadamente. Todavía quedaba en él algo de niño. Su hermana le
contempló un instante movida de un sentimiento extraño en que se
combinaban el cariño y el terror. Iba a darle un beso; pero cuando ya
casi le tocaba con sus labios, se apartó diciendo: «Temo que se
despierte y me pida lo que no puedo darle».