«¡Qué hermoso palacio, Dios de mi vida! ¡Cuánto habrá costado todo
aquello! ¡Pensar que es mío por la Naturaleza, por la ley, por Dios y
por los hombres, y que no puedo poseerlo!... Esto me vuelve loca. Dios
no quiere protegerme, o quiere atormentarme para que aprecie después
mejor el bien que me destina. Si así no fuera, Dios hubiera hecho que yo
me enterara de que la marquesa estaba en Madrid. El corazón no puede
engañarme, el corazón me dice que cuando yo me presente a ella, cuando
me vea... No, no quiero pleitos; quiero entrar en mi nueva, en mi
verdadera familia con paz, no con guerra, recibiendo un beso de mi
abuela y sintiendo que la cara se me moja con sus lágrimas. ¡Es tan
buena mi abuelita!... Y aquel Alonso cojo, ¡qué fiel y honrado
parece!... Siempre, siempre seguirá en la casa, con su pata de palo, que
va tocando marcha por las escaleras... Mis papeles están en regla. Debo
tomar el tren y marcharme a Córdoba. ¿Y con qué dinero, Virgen
Santísima? Vaya, que mi tío se porta... Tantas promesas y tan poca
substancia. ¡Ah! ¡Señor Canónigo, cómo se conoce la avaricia! Temo
presentarme a mi abuela con esta facha innoble. Ya mis botas no están
decentes, ya mi vestido está muy _cesante_, como dice _la
Sanguijuelera_. Tanta vergüenza tengo de mí, que quisiera no hubiese
espejos en el mundo... Siento llegar a ese lindo ganso de Melchor: es la
una. Yo debería dormirme. ¡Si Dios quisiera darme un poquito de
sueño!... Me volveré de este otro lado.
»Ya siento un poco de sueño. Detrás de los ojos noto pesadez... Si no
fuera por este pensar continuo y esto de ver a todas horas lo que ha
pasado y lo que ha de pasar... Ven, sueñecito, ven... ¿Pero cómo he de
dormir? Me acuerdo de mi hermano preso, y la cabeza se me despeja,
doliéndome. Está visto, no me dormiré hasta las dos. ¡Pobre, infeliz
hermano! ¡Qué afrenta tan grande para mí y para él! No, mientras esto no
se arregle y Mariano salga de la cárcel no diré una palabra, no daré un
solo paso, no veré a mi abuela... ¡Ay, infeliz Isidora, infeliz mujer,
infeliz mil veces! ¿Cómo quieres dormir con tanta culebrilla en el
pensamiento? Aquí, debajo de este casco de hueso, hay un nido en el cual
una madre grande y enroscada está pariendo sin cesar... El palacio, mi
abuela, mi hermano criminal, yo sin botas, yo llena de deudas, y luego
aquel, aquel, aquel, que ha venido a trastornarme más... ¡Qué hermosos,
qué divinos ojos los de mi madre! Cuando la vi en pintura me pareció
verla viva, que me miraba y se reía, diciéndome cosas de esas que se les
dicen a los hijos. Madre querida, mándame un beso y con él un poco de
sueño. Quiero dormir; pero no se duerme sin olvidar, y yo no puedo echar
de mi cabeza tanta y tanta cosa. ¡Si se lograra dormir cerrando mucho
los ojos; si se pudiera olvidar apretándose las sienes!... Me volveré de
este otro lado. ¿Para qué, si al instante me he de cansar también? Más
vale que abra los ojos, que me distraiga rezando o contándome cuentos.
¡Jesús, qué negro está mi cuarto! Si no duermo, vale más que encienda
luz y me levante, y abra el balcón y me asome a él... Pero no, tendré
frío, me constiparé, cogeré una inflamación, una erisipela. ¡Ay, qué
horror! Me pondré tan fea..., y es lástima, ¡porque soy tan guapa, me
estoy poniendo... divina! Aquí, recogida una en sí, y en esta soledad
del pensar, cuando se vive a cien mil leguas del mundo, se puede una
decir ciertas cosas, que ni a la mejor de las amigas ni al confesor se
le dicen nunca. ¡Qué hermosa soy! Cada día estoy mejor. Soy cosa rica,
todos lo afirman y es verdad... ¡Dios de mi vida, las dos! Este
chasquido que oigo es el muellecito de la caja en que Melchor guarda su
pipa. El asno bonito se acuesta...¡Las dos, y yo despierta!...
»¡Qué silencio en la casa! Me volveré de este otro lado... ¡Oh!, ¡qué
calor tengo! Me deslizaré a esta otra parte que está más fresca. Tengo
un cuerpo precioso. Lo digo yo y basta... Vamos, ¿pues no me estoy
riendo, cuando son las dos y no he podido dormirme? Virgen Santísima,
sueño, sueño, olvido... Esta es otra; ¿por qué me palpita el corazón? Lo
mismo fue hace dos noches. Yo tengo algo, yo estoy enferma. Este latido,
este sacudimiento no es natural. Parece que se me salta... ¡Jesús, madre
mía! ¿Qué siento? ¡Pasos en mi cuarto! ¡Alguien ha entrado!... ¡Ah!, no,
no hay nada: es como una pesadilla... ¡Cómo sudo, y qué sudor tan frío!
¡Si al menos me durmiera! ¿Pero cómo, si el corazón sigue palpitando
fuerte?... Tengamos serenidad. Corazón, estate quieto. No bailes tanto,
que me dueles... ¡Cuidado, que te me rompes, que te me rompes!... ¡Qué
cosas pienso! Cuando estoy despabilada y paso toda la noche afinando el
pensar, hasta se me figura que me entra talento... Y vamos a ver, ¿por
qué no he de tener yo talento? Sí que lo tengo. Eso, antes que los
demás, lo conoce la misma persona que lo tiene. No, mamá mía, no has
echado tontos al mundo. Yo.... ya ves; y en cuanto a Mariano, deja que
salga de esa maldita cárcel, que se afine, que se pulimente, que se
instruya... ¡Dios me valga! ¡Las tres!
»¿Pero las horas se han vuelto minutos? La noche vuela, y yo no duermo.
Daré otra vuelta y cerraré los ojos; los apretaré aunque me duelan...
¿Por qué no puedo estar quieta un ratito largo? ¿Qué es esto que salta
dentro de mí? ¡Ah!, son los nervios, los pícaros nervios, que cuando el
corazón toca, ellos se sacan a bailar unos a otros. ¡Qué suplicio! Me
muero de insomnio... Un baile en aquellos salones. Cielo santo, ¡qué
hermoso será! ¡Cuándo verás en ti, garganta mía, enroscada una serpiente
de diamantes, y tú, cuerpo, arrastrando una cola de gro!... Me gustan,
sobre todas las cosas, los colores bajos, el rosa seco, el pajizo claro,
el tórtola, el perla. Para gustar de los colores chillones ahí están
esas cursis de Emilia y Leonor... ¡Cómo me agradan los terciopelos y las
felpas de tonos cambiantes! Un traje negro con adornos de fuego, o claro
con hojas de Otoño resulta lindísimo... El buen gusto nace con la
persona...
»Vamos, gracias a Dios que me duermo. Poquito a poco me va ganando el
sueño. Al fin descansaré: bien lo necesito... Ya llegan los convidados,
mi abuelita me manda que los reciba. Estoy preciosa esta noche... Entran
ya. ¡Cuánta sonrisa, cuánto brillante, qué variedad de vestidos, qué
bulla magnífica! y... en fin, ¡qué cosa tan buena! Hay una tibieza en el
aire que me desvanece; me zumban los oídos, y en los espejos veo un
temblor de figuras que me marea. Pero esto es precioso, y ya que una ha
de morirse, porque no hay más remedio, que se muera aquí. ¡Jesús, qué
cosa tan buena! Mi vestido es motivo de admiración. Eso bien se conoce.
Acaba de llegar Joaquín y se dirige hacia mí... ¿Qué campanas son estas?
¡Las cuatro! Si estoy despierta, si no he dormido nada, sí estoy en mi
cuarto miserable... Dios no quiere que yo descanse esta noche. Me
volveré de este otro lado...
»El tal marqués viudo de Saldeoro está loco por mí; pero no seré tonta,
no le daré a conocer que me gusta... ¡Y cómo me gusta!... En fin,
suspiremos y esperemos. Conviene tener dignidad. ¿Soy acaso como esas
cursis que se enamoran del primero que llega? No, en mi clase no se
rinde el corazón sin defenderse. Firmeza, mujer. Si Miquis te es
indiferente y el marqués viudito te encanta, no des a entender tu
preferencia... ¡Los hombres! ¡Ah!... que se fastidien. Se dice que son
muy malos, y yo lo creo... Pero el marquesillo me gusta tanto... Es lo
que ambiciono para marido; y él me jura que lo será... ¡Jesús, qué cosa
tan buena! ¡Qué hermosa figura, qué modales, qué manera de vestir tan
suya...! Pero yo me pregunto una cosa: ¿dirá que me quiere porque sabe
que voy a ser riquísima?... Mucho cuidado, mujer; no te fíes, no te
fíes... Por de pronto le agradezco sus invenciones delicadas para
ofrecerme dinero y obligarme a aceptarlo... Por nada del mundo lo
aceptaría... ¡Humillarme yo!... Antes morir... ¡Las cinco, Virgen del
Carmen, y yo despierta!
»No quiero pensar en Joaquín, ni en mi abuela, ni en mi hermano, ni en
mis botas rotas, a ver si de este modo me olvido y duermo. Meteré la
cabeza debajo de la almohada. ¡Ah!, esto me da algún descanso... Hace
dos semanas que no veo a Joaquín, y me parece que hace mil años. ¡Estuve
tan fuerte aquel día!... ¡Me fingí tan incomodada! Verdad es que él fue
atrevido, atrevidísimo... Es tan apasionado, que no sabe lo que se
hace... Estaba fuera de sí. ¡Qué ojos, qué fuerza la de sus manos! ¡Pero
qué seria estuve yo!... Con cuánta frialdad le despedí..., y ahora me
muero porque vuelva... ¡Jesús, acaban de dar las cinco y ya dan las
seis! Esto no puede ser. Ese reloj está borracho... Tengamos calma.
Siento mucho sueño. Al fin el cansancio me hará dormir. Si yo no
pensase... ¡Qué felices deben de ser los burros!... Firme, mujer;
mientras más apasionado esté Joaquín, más fría y tiesa tú... Ya siento a
D.ª Laura trasteando por la casa. Ya entra la luz del sol en mi cuarto.
¡Es de día y yo despierta! Todos, todos los talentos que hay en mi
cabeza, los doy, Señor, por un poco de sueño. Señor, dame sueño y déjame
tonta...
»Ya siento bulla en la calle... Pasan carros por la de Hortaleza; pronto
empezarán los pregones. Mañana, ¿qué digo mañana?, hoy es miércoles, 17.
¿Recibiré carta y libranza de mi tío? Mi tío no es; pero así le llamo.
¡El pobrecito es tan bueno, pero tan avaro!... Doña Laura riñe con la
criada... ¡Maldita sea D.ª Laura! El día en que tenga con qué pagar a
esa mujer feroz, será el más alegre de mi vida... ¡Las siete ya! Quiero
dormir, aunque no despierte más. Esta cama es un potro, un suplicio. Si
dentro de un rato no duermo, me levantaré. No puedo estar así. En mi
cabeza hay algo que no marcha bien. Esto es una enfermedad. ¿Si se
morirá la gente de esto, de no dormir?... Entonces la muerte será un
despabilamiento terrible. Francamente, envidio a las ostras. ¡Cómo entra
el sol por mi cuarto! El pícaro va derecho a iluminar mis pobres botas,
que ya no sirven para nada. También da de lleno en mi vestidillo para
hacerle, con tantísima luz, más feo de lo que es. ¡Qué miserable estoy,
Dios mío! Esto no puede seguir así; no seguirá. Voy a escribir a mi tío,
a la marquesa, a D. Manuel Pez, a Joaquín... ¡Las ocho, Dios de mi vida!
Me levanto. Dormiré mañana a la noche».