=--I--=
El palacio de Aransis, situado en la zona de la parroquia de San Pedro,
es un edificio de apariencia vulgar, como todas las moradas señoriales
construidas en el siglo XVII, las cuales parecen responder a la idea de
que Madrid fuese una corte provisional. Seguros los grandes de que tarde
o temprano se fijaría el Rey en otra parte, hacían, en vez de casas,
enormes pabellones o tiendas de campaña, empleando en vez de lienzo y
tablas el ladrillo y el yeso. La importancia artística de tales
caserones es nula; su solidez mediana, y en cuanto a comodidades
interiores, solamente es habitable lo que ha sido reformado, pues los
señores antiguos parece se acomodaban a vivir sin luz y sin abrigo, ya
en anchas cavidades desnudas, ya en obscuras estrecheces.
La casa de Aransis es de las reformadas en el siglo pasado. Al exterior,
fuera de su puerta almohadillada, por la cual entrarían sin inclinarse
los gigantones del Corpus, nada absolutamente tiene de particular.
Interiormente conserva bastantes obras de mérito, como tapices, muebles
y cuadros, sin que ninguna de ellas raye, ni con mucho, en lo
extraordinario. El abandono en que sus dueños la tienen nótase desde la
puerta al tejado, pues aunque todo está en orden y bien defendido de la
polilla, hay allí olor de soledad y presentimiento de ruina. Digan lo
que quieran los que se empeñan en que ha de ser bueno todo lo que no es
moderno, el interés artístico de los salones de Aransis no pasa de
mediano.
Desde el 63 todo estaba cerrado allí; sólo se abría los días de
limpieza. La casa tenía por habitantes el silencio, que se aposentaba en
las alcobas, entre luengas colgaduras hechas a imagen del sueño, y la
obscuridad se agasajaba en las anchas estancias. Por algunas rendijas la
luz metía sus dedos de rosa, arañando las tapicerías. De noche, ni
ruido, ni claridad, ni espíritu viviente moraban allí.
Un día de otoño del 72 alegrose de súbito el palacio; abriéronse puertas
y ventanas; entraron aire y luz a torrentes, y los plumeros de media
docena de criados expulsaron el polvo que mansamente dormía sobre los
muebles. Luego sucedió traqueteo de sillas, lavatorio de cristales y
preparación de luces. En medio de este alboroto, oíanse las notas
sueltas de un piano, martirizado en manos del afinador. Al día
siguiente, hubo estruendo de baúles descargados, oficiosa actividad de
lacayos, rodar tumultuoso de carruajes en la calle y en el portal
inmenso, desnudo, vacío. Una señora de cabello entrecano y gallarda
estatura envuelta en pieles, tapada la boca, trémula de frío, subió la
escalera, dando el brazo a un señor cacoquimio, y pasó de pieza en
pieza, sin parar hasta aquella donde debía reposar del viaje.
Acompañábanla, además del señor cacoquimio, un jovencito como de catorce
años, que llevaba tras sí, atado de una cadena, un enorme perro negro, y
cerraban la comitiva dos criadas jóvenes y guapas, que no tenían facha
de gente española.
La marquesa de Aransis, viuda desde el 54, vivía de asiento en París, en
Londres durante la temporada o _season_, parte del verano en un puerto
de Bretaña, y algunos inviernos solía venir a España para templar su
salud, no muy buena, en el clima de Córdoba, donde tenía casa y
posesiones. En Madrid no estaba sino cuatro o cinco días, de paso para
Córdoba o Granada. Aquel año efectuaba su viaje a fines de septiembre, y
mostrándose, sin saber por qué, menos cariñosa que otras veces con su
patria, había dicho al entrar en la casa: «Esta vez no estaré sino tres
días». Era lunes.
Descansó hasta las dos, hora en que el jovencito que la acompañaba se
puso al piano para tocar dificilísimos ejercicios, y no lo dejó hasta la
hora de comer. Recibió luego la señora muchas visitas, comió con el
señor cacoquimio, el muchacho pianista, la marquesa de San Salomó, el
apoderado de la casa y dos personas más, y retirose a su alcoba después
de rezar mucho.
Empleó casi todo el día siguiente en devolver visitas y se encerró a las
cuatro. No quería recibir a nadie. Deseaba estar sola. Aquella casa la
repelía arrojando sobre su alma una sombra triste y lúgubre, y al mismo
tiempo la llamaba a sí y la retenían los amorosos recuerdos. Llegó la
temprana noche. La marquesa había resuelto abrir el cuarto de su hija
difunta, que estaba cerrado desde la muerte de esta, acaecida nueve años
antes. En tan largo espacio de tiempo no había permitido la madre que
fuese abierta por nadie la fúnebre alcoba; no había querido abrirla ella
misma, porque la miraba como a una tumba y las tumbas no se abren. Pero
en aquella ocasión decidiose a quebrantar su propósito. Ya desde París
había traído la idea de realizar aquel acto tristísimo. Su deseo
procedía de una piedad entrañable, del temor mismo, que a veces nos
estimula robando su aguijón a la curiosidad.
«Lo abriré esta noche»--, pensó dando un gran suspiro, y después de
comer se trasladó a un hermoso gabinete, la mejor y más rica pieza de la
casa. En uno de los testeros estaba el gran piano de Erard donde tocaba
mañana y tarde el jovencito que había venido con la señora; en otro el
espejo de la gran chimenea reproducía con misteriosa indecisión la
cavidad adornada de la estancia. Frente al espejo, la abertura de dos
cortinas, pesadamente recogidas, dejaba ver una puerta blanca, lisa,
puerta en la cual se echaba de menos un epitafio.
De las paredes colgaban cuadros modernos de dudoso mérito y algunos
retratos de señores de antaño, de esos que están metidos en cincelada
armadura de ceremonia, el brazo tieso y en la mano un canuto, señal de
mando. Los muebles no eran de lo más moderno. Pertenecían a los tiempos
del tisú y de la madera dorada, y los bronces proclamaban con su
afectada estructura griega la disolución de los Quinientos y los
_senatus consultus_ de Bonaparte. Aunque no hacía frío, la humedad de la
desamparada casa era tal, que fue preciso encender la chimenea.
El joven, más bien niño, entró jugando con el perro, a quien llamaba
_Saúl_.
«No alborotes, hijo--indicó la señora, molesta por el ruido--; deja en
paz a _Saúl_».
Poco después estaba el animal regiamente echado en medio de la sala, y
parecía un león de ébano. Su hermosa cabeza destacábase soberbia,
inteligente, a un tiempo cariñosa y fiera, sobre el ramaje de colores de
la alfombra, y sus ojos devolvían en chispas vivísimas la lumbre de la
chimenea.
Trató de abrir la marquesa la puerta, mas con mano tan insegura lo
hacía, que la llave tanteaba en el hierro sin acertar a introducirse. Al
fin sonó el chasquido de la metálica lengua al recogerse. Empujada,
cedió la puerta con lastimero sollozo de herrumbres, y mostró el ámbito
negro, del cual salía un aliento de humedad estacionada, que se nutre de
las tinieblas, de la quietud, de la soledad.
La marquesa, que se había detenido en el umbral, paralizada del temor y
respeto que aquel interior, no abierto en nueve años, le infundía,
retrocedió un instante; tomó una de las dos lámparas que en el gabinete
había, y resuelta, con devoción y ánimo, penetró en la habitación, cuya
puerta de par en par abrió.
«Hija de mi alma, ya te hemos perdonado»--murmuró a manera de rezo, al
dar los primeros pasos.
En el centro había una mesa, sobre la cual dejó la señora la lámpara.
Sentose en un sillón junto a la mesa, y cruzando las manos empezó a
llorar y a rezar, derramando su vista por todos los objetos de la
estancia, los muebles y cortinas, y fijándola en algunos con la saña que
a veces emplea contra sí misma el alma dolorida. La sed de ver se nutría
del temor de ver, englobándose uno en otro, miedo y apetito, para que el
alma no supiera distinguir del suplicio el goce. Entonces oyéronse las
notas medias del piano acordadas dulcemente, indicando un motivo lento y
sencillo de escaso interés musical, pero que semejaba una advertencia,
el _érase una vez_ del cuento maravilloso.
La marquesa no hacía caso de aquella música que estaba cansada de oír.
Su nieto era un precoz pianista, un monstruo, un fenómeno de agilidad y
de buen gusto. Había sido discípulo y era ya émulo de los primeros
pianistas franceses. Orgullosa de esta aptitud, la marquesa obligaba al
muchacho a estudiar diez horas al día. Sin hacerle caso aquella noche,
ni aun darse cuenta de lo que el niño tocaba, la ilustre señora,
solicitada de otros pensamientos y emociones más crudas y reales que las
que produce la música, seguía mirando todo. No había visto aquellos
objetos desde el día en que expiró su hija. La muerte estampaba su sello
triste en todo. La falta de luz había dado a la tela de los muebles
tonos decadentes. El polvo deslustraba las hermosas lacas, y tendido
sobre todo una neblina áspera y gris que no podía ser tocada sin
estremecimiento de nervios. Sobre la chimenea permanecía un jarrón con
flores que fueron naturales y frescas nueve años antes. Eran ya un
indescriptible harapo cárdeno, que al ser tocado, caía en partículas
secas y sonantes, como los despojos de cien otoños. En los muebles
finísimos de caprichosa construcción, los dorados se habían vuelto
negros. Un armario ropero de triple luna tenía las puertas
entreabiertas, y de su seno de cedro se veían salir desordenados
vestidos, rasos y granadinas, fayas y gros riquísimos, todo ajado y
descolorido, todo en tal manera invadido por la muerte, que parecía
próximo a caer; si se le tocaba, en menudas partículas como las flores
de antaño. Olor de polilla y de flores mustias y de perfumería podrida y
descompuesta por la vejez, salía de aquellos despojos. Veíanse también
por el suelo, junto al armario, zapatos y botitas apenas usados, y un
corsé cuyo cordón suelto describía rúbricas por el suelo.
Mirando esto, la marquesa recordó el más triste detalle de aquel día
triste. Pocas horas antes de morir, su hija, creyéndose bien por una de
esas raras alucinaciones del temperamento, que son la más tremenda
ironía de la muerte, había tenido el antojo de engalanarse. Sintiendo en
aquel instante engañosas fuerzas, se había vestido con febril ansiedad
diciendo que ya no estaba mala y que iría al teatro aquella noche.
Después había sentido de súbito como una puñalada en el corazón, y cayó
al suelo. Le quitaron las ropas de lujo, la descalzaron, le fueron
arrancando una a una las bellas prendas, profanadoras del sepulcro, y
poco después dejó de existir.
Este recuerdo, que siempre la horrorizaba, llevó a la marquesa a
contemplar un hermoso cuadro colocado sobre la chimenea. Era un retrato
de mujer, en cuyo agraciado rostro hacía contraste la sonrisa de los
labios frescos con la melancolía de los ojos pardos, debajo de las cejas
más galanas que han podido verse. Resultaba una doble expresión de
enamorada y de burlona, y allí se echaba de ver el sentimiento hondo y
fuerte, mal disimulado con la hipocresía de un carácter superficialmente
picaresco.
La marquesa no se saciaba de mirar al retrato. ¡Era tan parecido; era la
pintura, como de Madrazo, tan fina, tan conforme con la distinción,
elegancia y gracia del original! ¡Qué admirable aquella circumpostura
del cabello abundante, guarneciendo el rostro, no ciertamente muy oval,
antes bien tirando a una redondez algo voluptuosa! ¡Qué palidez tan
encantadora! ¡Qué armonía entre lo enfermizo y las inexplicables
seducciones! ¡Y aquella mano blanca recogiendo la negra mantilla, qué
airosa, qué viva en su admirable modelado!... A la madre se le escaparon
en un murmullo de dolor estas palabras:
«¡Pobre hija mía! ¡Pobre pecadora!».
Y diciendo esto, levantose de la caja del piano próximo un murmullo
vivo, que pronto fue un lamento, expresión de iracundas pasiones. Era la
elegía de los dolores humanos, que a veces, por misterioso capricho de
estilo, usa el lenguaje del sarcasmo. Luego las expresiones festivas se
trocaban en los acentos más patéticos que pudiera echar de sí la voz
misma de la desesperación. Una sola idea, tan sencilla como
desgarradora, aparecía entre el vértigo de mil ideas secundarias, y se
perdía luego en la más caprichosa variedad de diseños que puede concebir
la fantasía, para reaparecer al instante transformada. Si en el tono
menor estaba aquella idea vestida de tinieblas, ahora en el mayor se
presentaba bañada en luz resplandeciente. El día sucedía a la noche y la
claridad a las sombras en aquella expresión del sentimiento por el
órgano musical, tanto más intenso cuanto más vago.
De modulación en modulación, la idea única se iba desfigurando sin dejar
de ser la misma, a semejanza de un histrión que cambia de vestido. Su
cuerpo subsistía, su aspecto variaba. A veces llevaba en sus sones el
matiz duro de la constancia; a veces, en sus trémolos la vacilación y la
duda. Ora se presentaba profunda en las octavas graves, como el
sentimiento perseguido que se refugia en la conciencia; ora formidable y
guerrera en las altas octavas dobles, proclamándose vencedora y rebelde.
Sentíase después acosada por bravío tumulto de arpegios, escalas
cromáticas e imitaciones, y se la oía descender a pasos de gigante,
huir, descoyuntarse y hacerse pedazos... Creyérase que todo iba a
concluir; pero un soplo de reacción atravesaba la escala entera del
piano; los fragmentos dispersos se juntaban, se reconocían, como se
reconocían, como se reconocerán y juntarán los huesos de un mismo
esqueleto en el juicio final, y la idea se presentaba de nuevo
triunfante como cosa resucitada y redimida. Sin duda alguna una voz de
otro mundo clamaba entre el armonioso bullicio del clave: «Yo fui
pasión, duda, lucha, pecado, deshonra, pero fui también arrepentimiento,
expiación, redención, luz y Paraíso».
=--II--=
La marquesa, que no había dejado de mirar el rostro de su hija hasta que
las lágrimas echaron un velo sobre sus ojos, volvió a rezar, y mientras
pronunciaba una oración especialmente consagrada a las ánimas, pensaba
así:
«Dios te habrá perdonado, pobre alma querida, como te perdoné yo».
Y empezó a traer a la memoria recuerdos mil, algunos tristes como
reflejo del cariño herido, otros punzantes y terribles como la imagen
del honor vulnerado. Recordó que si las faltas de la hija habían sido de
estas que en los términos sociales no tienen excusa, la severidad de la
madre había sido implacable. Con estas lastimosas memorias, la marquesa
sintió algo que podría llamarse el remordimiento del deber. ¿Había sido
cruel con su hija? El descubrimiento de liviandades que pronto se
hicieron públicas, puso a la señora a punto de morir de indignación y
vergüenza. ¡Qué bien recordaba esto, y cómo se renovaban su iras con las
memorias, enardeciéndole la sangre! Ella entonces encerró a su hija, con
todo el rigor que la palabra indica. Habíala recluido en aquella
habitación, de donde no salía nunca, ni tenía comunicación alguna con el
exterior. Vivió como emparedada seis meses. ¿De que murió? No se sabía
bien. Murió de encierro, y fue víctima de la inquisición del honor.
¡Oh rigor extremo! La marquesa era una mujer de otras edades. Estaba
forjada en el yunque Calderoniano con el martillo de la dignidad social,
por las manos duras de la religión. No cabían en ella las viles
condescendencias que son el fruto amargo de una de las maneras de la
civilización. Mientras su hija estuvo prisionera, se le permitía
engalanarse, pero no salir del cuarto. La marquesa no hablaba con ella
más que lo preciso, sin usar jamás frase cariñosa ni vocablo atento. La
buena señora recordaba, como se recuerda la impresión de una quemadura,
estas palabras de fuego dichas por su hija el día antes de caer enferma:
«Mamá, mátame con cuchillo; no me mates con tus miradas».
De súbito la enfermedad, incubada perezosamente, estalló,
desarrollándose con rapidez en seis días. Desde el primero anunciose un
fin desgraciado. Todo el rigor de la madre cedió al instante, como el
hielo que se funde. ¡Qué bien recordaba, al cabo de nueve años, la
expresión de la cara del médico, las medicinas, los antojillos de la
enferma, nacidos de terribles aberraciones nerviosas! Ya pedía flores,
ya helados que no había de tomar. De pronto pedía todos los libretos de
ópera que se pudieran adquirir. Otra vez hizo llevar a su casa gran
parte del almacén de música de Romero. «Pájaros, pájaros...». Le
llevaron media plaza de Santa Ana. «¡Oh! ¡Tengo que contestar tantas
cartas...!» Y se ponía a escribir. De estos deseos locos, ansiosos, que
eran como los tirones que daba la muerte para arrancarla más pronto de
raíz, se alimentaba su fiebre galopante.
«Moriste como una pobre mártir--pensó la marquesa, rezando otra vez--.
Moriste reconciliada con Dios, recitando oraciones y besando la santa
imagen de Nuestro Redentor».
Oyose otra vez la voz del clave, con triste elocuencia de salmodia. La
frase tenía un segundo miembro. Bien podría creerse que un alma dolorida
preguntaba por su destino desde el hueco de una tumba, y que una voz
celestial contestaba desde las nubes con acentos de paz y esperanza.
Descansaba el motivo sobre blandos acordes, y este fondo armónico tenía
cierta elasticidad vaga que sopesaba muellemente la frase melódica. A
esta seguían remedos, ahora pálidos, ahora vivos, sombras diferentes que
iban proyectando la idea por todos lados en su grave desarrollo. Las
sabias formas laberínticas del canon sucedieron a la sencillez soberana,
de donde resultó que la hermosa idea se multiplicaba, y que de tantos
ejemplares de una misma cosa formábase un bello trenzado de peregrino
efecto, por hablar mucho al sentimiento y un poco al raciocinio,
juntando los encantos de la mística pura a los retruécanos de la
erudición teológica. Bruscamente, una modulación semejante a un hachazo
variaba, con el tono, el número, el lenguaje, el sentido. Estrofa
amorosa, impregnada de candor pastoril, aparecía luego, y después el
festivo rondó, erizado de dificultades, con extravagancias de juglar y
esfuerzos de gimnasta. Enmascarándose festivamente, agitaba cascabeles.
Se subía, con gestos risibles, a las más agudas notas de la escala, como
sube el mono por una percha; descendía de un brinco al pozo de los
acordes graves, donde simulaba refunfuños de viejo y groserías de
fraile. Se arrastraba doliente en los medios imitando los gemidos
burlescos del muchacho herido, y saltaba de súbito pregonando el placer,
el baile, la embriaguez y el olvido de penas y trabajos.
Abriendo el pupitre de un escritorio de ébano, la marquesa revolvía
papeles, cartas, objetos diversos. Sus ojos deseaban y temían encontrar
las cosas; fijáronse en un paquete de cartas, recorrieron con sobresalto
algunos renglones, y se apartaron con horror como de un espectáculo de
oprobio. «Se quemará todo esto»--dijo poniendo a un lado el paquete
execrable. Después halló un pliego en que estaba empezada una carta. La
enferma había tenido delirio de escribir cartas; pero apenas comenzadas,
las dejaba. En algunas sólo se veían deformes garabatos, hechos al
rasguear de la pluma temblorosa; en otras las letras claras manifestaban
ideas sueltas, palabras tiernas agrupadas sin sentido alguno. En algún
papel la melancolía había repetido muchas veces una misma palabra,
trazándola primero con grandes letras, que luego iban disminuyendo hasta
ser como puntos.
«Se quemará todo»--volvió a decir la marquesa, haciendo un montón de lo
que se destinaba a la hoguera.
Revolviendo más, encontró un retrato. La señora puso muy mala cara al
verlo. Le causaba horror; mas por lo mismo volvió a mirar la aborrecida
imagen, porque el odio tiene también sus embebecimientos. No bastaba
destinar al fuego la cartulina. Era preciso descuartizar primero al reo.
La marquesa rompió en menudos pedazos el retrato.
¡Cómo se reía entonces Beethoven! Su alegría era como la de Mephisto
disfrazado de estudiante. Luego entonaba graciosa serenata, compuesta de
lágrimas de cocodrilo y arrullos de paloma. Pero la marquesa no ponía
atención y seguía rebuscando.
«¿Qué será esto?»--pensó al tomar un paquetito atado con cinta de color
de rosa.
Desdobló el paquete y vio un collar de perlitas, con un papel que decía:
«Para mi hija. Le suplico que sea buena y rece por mí».
La marquesa lloraba de nuevo. Su mano halló al instante un paquete más
chico. Abriolo. Dentro vio una sortija pequeña, con un papel que decía:
«Para mi niño, que hoy cumple cinco años. 12 de abril de 1863. Deseo que
sea bueno y piense en mí».
La marquesa lloraba ya con ruidosos gemidos. Acudió el perro negro y
puso su hermosa cabeza sobre las rodillas de la dama, mirándola de hito
en hito con sus ojos negros y cariñosos, a cuya dulzura nada podía
compararse. Dejó de oírse la voz inefable del piano, y Beethoven, con su
mundo de sentimientos y de formas, desapareció en el silencio como una
viva luz tragada por las tinieblas. Acudió el niño músico, y asustado de
ver a la señora tan afligida, le preguntó la causa de su duelo. La
marquesa le besó en la frente, le tomó después la mano, buscó en ella un
dedo...
«¿Es para mí esa sortija?--preguntó el muchacho.
--Para ti. Quizás sea demasiado pequeña... Pero en el meñique bien puede
entrar. Ya está. No la pierdas.
--¿Es regalo tuyo?
--Sí».
Y poco después se volvía a cerrar la triste alcoba, y retirándose
personas y luces, todo quedaba en silencio y soledad tristísima. Y al
día siguiente se hizo una mediana hoguera en la chimenea, donde ardieron
con chisporroteo, que parecía una protesta contra la Inquisición,
papeles varios, recuerdos, flores, mechones de cabello, cartulinas.
Majestuosamente sentado sobre sus cuatro remos, el perrazo negro
presenciaba con atención solemne aquel acto, retratando en sus pupilas
de endrina la llama movible que se comía, sin hartarse, las páginas del
ignorado drama. Cuando la llama se extinguía, lamiendo las últimas
cenizas, _Saúl_ bostezó con soberano fastidio.
Y no hubo más. El piano sonó también casi todo aquel día, y al siguiente
la señora marquesa, acompañada del caballero cacoquimio, del niño
músico, de las dos criadas extranjeras y del perro, partió para Córdoba;
y el caserón de Aransis se quedó otra vez solo, frío, obscuro, mudo,
como inagotable arca de tristezas que, después de saqueada, conserva aún
tristezas sin número.