La noticia de la barrabasada de su hermano fue para Isidora un golpe
terrible. Precisamente, cuando supo el extraño caso, hallábase en la más
lisonjera situación de espíritu que un alma juvenil puede apetecer.
Todas sus ideas tenían como un tinte de aurora; detrás de cuanto
pensaba, creía notar un resplandor delicioso, el cual, demasiado vivo
para contenerse en su alma, salía por los sentidos afuera y matizaba de
extrañas claridades todos los objetos. Nada veía que no fuera para ella
precioso, seductor, magnífico o por cualquier concepto interesante, y
hasta un carro de muertos que encontró al salir de la casa, más que por
fúnebre, le chocó por suntuoso.
Había salido temprano a comprar varias cosillas, o si se quiere, había
salido por salir, por ver aquel Madrid tan bullicioso, tan movible,
espejo de tantas alegrías, con sus calles llenas de luz, sus mil
tiendas, su desocupado genio que va y viene como en perpetuo paseo. Los
domingos por la mañana, si esta es de abril o mayo, los encantos de
Madrid se multiplican; crecen la animación y el regocijo; hay bulla que
no aturde y movimiento que no marea. Mucha gente va a misa, y a cada
paso halla el transeúnte bandadas de lindas pollas, de cintura bien
ceñida y velito en la frente, que salen de la iglesia, devocionario en
mano, joviales y coquetuelas.
Las campanas dijeron algo a Isidora, y entró a oír misa en San Luis, en
cuya escalerilla se estrujaba la gente. Dentro, las misas sucedían a las
misas, y los fieles se dividían en tandas. Unos se marchaban cuando
otros caían de rodillas. Allí se persignaba una tanda entera, aquí se
ponía en pie otra, y las campanillas, anunciando los diversos actos del
sacrificio, sonaban sin interrupción.
«¡Qué bueno es el Señor--pensaba Isidora delante de la Hostia--, que me
allana mi camino y me manifiesta su protección, desde el primer paso que
doy para lograr mi puesto verdadero...! No podía ser de otra manera,
porque lo justo justo es, y Dios no puede querer cosas injustas, y si yo
no fuera ante el mundo lo que debo ser, o mejor dicho, lo que soy ante
mí, resultaría una injusticia, una barbaridad...».
Y luego, cuando el sacerdote consumía:
«Bendito sea el Señor que me ha deparado la ayuda del marqués de
Saldeoro, ese caballero sin igual, fino y atento como no hay otro... ¡Y
qué hermosos ojos tiene, qué guapo es y con qué elegancia viste! Aquello
es vestirse; lo demás es taparse... ¡Qué bien habla, y cómo se interesa
por mí! Tiene razón cuando me dice: «¡Oh!, esté usted tranquila, que si
esto no se arregla por bien, como yo espero, entonces... ahí tenemos los
tribunales. ¡Es asunto ganado!». ¡Oh! Sí, los tribunales. ¡Qué bonitos
son los tribunales!... Todo será cuestión de algunos meses. Después...».
Por la mente de Isidora pasaba una visión tan espléndida, que a solas y
en presencia del sacerdote, del monaguillo y de los fieles, la venturosa
muchacha sonreía.
«No es caso nuevo ni mucho menos--decía--. Los libros están llenos de
casos semejantes. ¡Yo he leído mi propia historia tantas veces...! ¿Y
qué cosa hay más linda que cuando nos pintan una joven pobrecita, muy
pobrecita, que vive en una buhardilla y trabaja para mantenerse; y esa
joven, que es bonita como los ángeles y, por supuesto, honrada, más
honrada que los ángeles, llora mucho y padece, porque unos pícaros la
quieren infamar; y luego, en cierto día, se para una gran carretela en
la puerta, y sube una señora marquesa muy guapa, y ve a la joven, y
hablan, y se explican, y lloran mucho las dos, viniendo a resultar que
la muchacha es hija de la marquesa, que la tuvo de un cierto conde
calavera? Por lo cual de repente cambia de posición la niña, y habita
palacios, y se casa con un joven que ya, en los tiempos de su pobreza,
la pretendía, y ella le amaba... Pero ha concluido la misa. ¿Pies, para
qué os quiero?».
Y con tanta prisa y con tal desgaire bosquejaba la señal de la cruz
sobre la frente, cara y pechos, y tan atropelladamente mascullaba un
Padre Nuestro, al despedirse del santo altar, que parecía decir: «Abur,
Dios».
En la puerta, las vendedoras de flores entorpecían el paso de la gente,
y alargaban sus manos con puñados de rosas y otras florecillas,
gritando: «Un ramito de olor...». «Cuatro cuartos de rosas». Isidora
compró rosas para acompañarse de su delicado aroma por todo el camino
que pensaba recorrer. Al punto empezó a ver escaparates, solicitada de
tanto objeto bonito, rico, suntuoso. Esta era su delicia mayor cuando a
la calle salía, y origen de vivísimos apetitos que conmovían su alma,
dándole juntamente ardiente gozo y punzante martirio. Sin dejar de
contemplar su faz en el vidrio para ver qué tal iba, devoraba con sus
ojos las infinitas variedades y formas del lujo y de la moda.
¡Cuántas invenciones del capricho, cuántas pompas reales o
superfluidades llamativas! Aquí las soberbias telas, tan variadas y
ricas que la Naturaleza misma no ofreciera mayor riqueza y variedad;
allí las joyas que resplandecen, asombradas de su propio mérito, en los
estuches negros...; más lejos ricas pieles, trapos sin fin, corbatas,
chucherías que enamoran la vista por su extrañeza, objetos en que se
adunan el arte inventor y la dócil industria, poniendo a contribución el
oro, la plata, el níquel, el cuero de Rusia, la celuloide, la cornalina,
el azabache, el ámbar, el latón, el caucho, el coral, el acero, el raso,
el vidrio, el talco, la madreperla, el chagrín, la porcelana y hasta el
cuerno...; después los comestibles finos, el jabalí colmilludo, la
chocha y el faisán asados, cubiertos de su propio plumaje, con otras mil
y mil cosas aperitivas que Isidora desconocía y la mayor parte de los
transeúntes también...; más adelante los peregrinos muebles, las
recamadas tapicerías, el ébano rasguñado por el marfil, el roble tallado
a estilo feudal, el nogal hecho encaje, las majestuosas camas de
matrimonio, y por último, bronces, cerámicas, relojes, ánforas,
candelabros y otros prodigios sin número que parecen soñados, según son
de raros y bonitos.
El hechizo que estas brillantes instalaciones producían en el ánimo de
Isidora era muy particular. Más que como objetos enteramente nuevos para
ella, los veía como si fueran recobrados después de un largo destierro.
El entusiasmo y la esperanza que llenaban su alma la inducían a mirar
todo como cosa propia, al menos como cosa creada para ella, y decía:
«Con esas pieles me abrigaré yo en mi coche; en mi casa no habrá otros
muebles que esos; pisaré esas alfombras; las amas de cría de mis niños
llevarán esos corales; mi esposo..., porque he de tener esposo..., usará
esas petacas, bastones, escribanías, fosforeras, alfileres de corbata; y
cuando alguno esté enfermo en casa, se tomará esas medicinas tan buenas,
guardadas en tan lindas cajas y botecillos».
Por mirarlo todo, deteníase también a contemplar las encías con que los
dentistas anuncian su arte, las caricaturas políticas de los periódicos,
colgados en las vidrieras de los cafés, los libros, los cromos, los
palillos de dientes, las aves disecadas, las pelucas y postizos, las
condecoraciones, las fotografías, los dulces y hasta los comercios
ambulantes en que todo es _a real_.
Necesitaba comprar algo, poca cosa... Pero con el tiempo..., cuando ella
saliera de su destierro social, ¡qué gusto ir de tienda en tienda, mirar
todo, escoger, esto tomo, esto dejo, pagar, mandar llevar a casa el
objeto comprado, volver al día siguiente...! Entró en una tienda de
paraguas a comprar una sombrilla. ¡Le pareció tan barata!... Todo era
barato. Después compró guantes. ¿Cómo iba a salir sin guantes, cuando
todo el mundo los llevaba? Sólo los pordioseros privaban a sus manos del
honor de la cabritilla. Isidora hizo propósito de usarlos
constantemente, con lo cual, y con la abstinencia de todo trabajo duro,
se le afinarían las manos hasta rivalizar con la misma seda.
Después de adquirir un abanico no pudo resistir a la tentación de
comprar un imperdible. ¡Cayó en la cuenta de que le hacía tanta
falta!... Incapaz de calcular las mermas de su nada abundante peculio,
vio en los Diamantes Americanos ciertos pendientes que, una vez puestos,
habrían de parecer como nacidos en sus propias orejas. Comprolos, y no
tardó en enamorarse de un portamonedas. ¿Cómo podía pasarse sin aquella
útil prenda, tan necesaria cuando se tiene algún dinero? No había cosa
peor, según ella, que llevar las monedas sueltas en el bolsillo,
expuestas a perderse, a confundirse y a caer en las largas uñas de los
rateros. Puesto el tesoro en el flamante portamonedas, siguió viendo
cosas, y a cada instante emigraban de él las pesetas y los duros, ya
para tomar algo de perfumería, ya para horquillas, ¡de que tenía tanta
falta!, bien para una peina modesta, bien para papel de cartas, con su
elegante timbre de iniciales. Verdaderamente no se podía pasar sin papel
de cartas, ¡ni de qué servía un papel que no tuviera timbre!...
«Aún me queda bastante--dijo al regresar a su casa--para poner a Mariano
en un colegio y comprarle algo de ropa...».
Hacía cuentas mentalmente; pero las cifras sustraídas eran tan rebeldes
a su espíritu, que ni se acordaba bien de ellas, ni acordándose sabía
darles su justo valor. Como todos los gastadores (cuya organización
mental para la aritmética les hace formar un grupo aparte en la especie
humana), veía siempre engrosadas las cifras del activo, y atrozmente
flacas e insignificantes las del pasivo. Este grupo de los derrochadores
arrastraría a la humanidad a grandes catástrofes, si no lo contrapesara
el grupo de los avaros, creados por las leyes del equilibrio.
Isidora se había dejado la calderilla suelta en el bolsillo, como cosa
indigna de ocupar un departamento en los pliegues de raso del
portamonedas, y por la calle iba dando limosna a todos los pobres que
encontraba, que no eran ciertamente pocos. Eso sí: corazón más blando ni
que más fácilmente se enterneciera con ajenas lástimas y desdichas no
existió jamás. En su mano había quizás un vicio fisiológico, y decimos
vicio, porque si esta noble parte de nuestro cuerpo parece hecha para el
acto de la aprehensión, o por la aprehensión formada (que en esto hay
graves diferencias entre los doctores), la suya parecía hecha para el
acto contrario, y no habría tenido razón de ser, si el dar no existiera.
Entró en su casa tarde, cargada de compras, porque añadió a las
indicadas arriba dos cucuruchos con orejones y galletas para obsequiar a
D. José Relimpio. Con tanto paquete entre las manos se le ajaron las
rosas. Púsolas en un vaso con agua fresca, almorzó, y escribió dos
cartas, gastando en ellas, por su torpeza en la caligrafía, ocho
plieguecillos del timbrado papel, y habría gastado más si no le dieran a
la sazón la noticia del crimen de su hermano. Dejolo todo y salió
agitada, para enterarse en el Juzgado, visitar a Mariano en la cárcel y
ver el partido que debía tomar. Entonces cayó en la cuenta de que
necesitaría gastar algún dinero, y segura de tener bastante, registró
los huequecillos rojos del portamonedas, contó, revisó, pasó las piezas
de una parte a otra; pero por más vueltas que daba y trasiegos que
hacía, resultaba siempre que apenas tenía dos docenas de pesetas. ¿En
dónde estaba lo demás? ¿La habían robado?
Por un momento creyose Isidora víctima de los infinitos timadores que
hormiguean en Madrid; pero repasando las compras y estableciendo por la
fuerza incontrastable de la Aritmética, que a veces se impone a sus
mayores enemigos, la realidad de las cifras, hizo liquidación neta de
todo y declarose ratero de sí misma. Su siempre viva imaginación veía
las monedas que había tenido, la media onza, la pieza de a cuatro, los
tres duros algo anticuados y por lo mismo más valiosos. ¿En dónde
estaban? Poco a poco fue recordando que la primera había caído en tal
tienda, la segunda más allá, y que a ocupar su lugar venían pesetas
gastadas y algún duro flamante que parecía de lata. Cuando el manirroto
suelta las monedas, le queda en el alma, a la manera de un dejo
numismático, cierta creencia de que no las ha soltado, y conserva la
idea o imagen de ellas, y no se convence de su error hasta que la
necesidad le impele a trazar una cuenta. Entonces vienen los ceñudos
números cargados de lógica y ponen las cosas en su lugar.
Nada sacó en limpio Isidora de las diligencias de aquella tarde, sino un
nuevo gasto en coches y tranvías. Acompañábala D. José Relimpio, el cual
mostró tales deseos de fumar, que Isidora, sensible a esta necesidad
como a todas, le obsequió con un paquete de puros de a medio real.
Cuando regresaron, ella desalentada y pesarosa, él tieso y humeante, D.ª
Laura recibió a su digno esposo con endemoniado gesto, y le dijo:
«Quita allá; vicioso... Ya tenemos la chimenea encendida. ¡Contenta me
tienes! Tú, con mirarte al espejo y chupar el maldito coracero, crees
que no hace falta nada más. Mejor trabajaras...».