=--I--=
Salvo algunas ligeras neuralgias de cabeza, Isidora gozaba de excelente
salud. Tan sólo era molestada de frecuentes y penosos insomnios, que a
veces la hacían pasar de claro en claro las noches. La causa de esto
parecía ser como una sed de su espíritu, que se fomentaba, sin
aplacarse, de audaces previsiones de lo futuro, de un perpetuo imaginar
hechos que pasarían, que tendrían que pasar, que no podían menos de
tomar su puesto en las infalibles series de la realidad. Era una segunda
vida encajada en la vida fisiológica y que se desarrollaba potente,
construida por la imaginación, sin que faltase una pieza, ni un cabo, ni
un accesorio.
En aquella segunda vida, Isidora se lo encontraba todo completo, sucesos
y personas. Intervenía en aquellos, hablaba con estas. Las funciones
diversas de la vida se cumplían detalladamente, y había maternidad,
amistades, sociedad, viajes, todo ello destacándose sobre un fondo de
bienestar, opulencia y lujo. Pasar de esta vida apócrifa a la primera
auténtica, érale menos fácil de lo que parece. Era necesario que las de
Relimpio, con quienes vivía, le hablasen de cosas comunes, que fuese muy
grande el trabajo y empezase muy temprano el ruido de la máquina de
coser, o que su padrino, el bondadosísimo D. José de Relimpio, le
contase algo de su vida pasada. Como estuviera sola, Isidora se
entregaba maquinalmente, sin notarlo, sin quererlo, sin pensar siquiera
en la posibilidad de evitarlo, al enfermizo trabajo de la fabricación
mental de su segunda vida.
Cinco días después de su llegada a Madrid y a los cuatro de la escena
con _la Sanguijuelera_, levantose Isidora más tarde que de costumbre,
por haber dormido la mañana, y se arregló aprisa. Aquel día estrenaba
unas botas. ¡Qué bonitas eran y qué bien le sentaban! Esto pensó ella
poniéndoselas y recreándose en la pequeñez y configuración graciosa de
sus pies, y dijo para sí con orgullo: «Hoy, al menos, no me verá con el
horrible calzado roto que traje del Tomelloso». La vergüenza que sintió
al mirar las botas viejas que en un rincón estaban, también muertas de
vergüenza, no es para referida. Juró dar aquellos miserables despojos al
primer pobre que a la puerta llegase.
Púsose su vestidillo negro, que a toda prisa se había hecho aquellos
días, colocose el velito en la cabeza y hombros, mirándose al espejo con
movimientos de pájaro, y se dispuso a salir. Antes abrió el balcón, y
mirando a la calle, dijo: «Allí está ya. ¡Qué puntual y qué caballero
es!».
Salió. Las de Relimpio le preguntaron que dónde iba.
«Voy en busca de mi tía»--repuso ella.
Y bajando la escalera decía para sí:
«He tenido que mentir. Cuando yo esté en mi posición, en mi verdadera
posición, no diré jamás una mentira. ¡Cuánto me repugna lo que no es
verdad!... ¿Pero qué pensaría esa gente si yo les dijera que voy de
paseo con Miquis?... Es domingo, hoy no tiene clase, y anoche me dijo
que quería enseñarme las cosas bonitas de Madrid, el Museo, el Retiro,
la Castellana».
Y volvió a mirarse las botitas. Los documentos de que se ha formado esta
historia dicen que eran de becerro mate con caña de paño negro cruzada
de graciosos pespuntes.
«Me han costado tres duros--pensó Isidora en los últimos peldaños--. Con
siete del vestido son diez; seis que di a doña Laura a cuenta, son
dieciséis. Aún me queda para vestir a Mariano y ponerlo en la escuela.
Después el tío me mandará más, y después...».
Isidora vivía en el 23 de la calle de Hernán Cortés. Miquis se paseaba
desde la lechería a la esquina de la calle de Hortaleza, y estaba
embozado en su capa de vueltas rojas, porque si bien el día era claro y
hermoso, se sentía fresco.
Saludáronse y emprendieron su marcha hacia el Retiro. Isidora, conforme
a su costumbre de anticiparse a las ideas y a las intenciones de los
demás, pensaba así durante los primeros pasos: «Ahora me va a decir que
parezco otra, que me he transformado desde que estoy aquí...».
Pero también se equivocó esta vez, como otras muchas, porque Miquis
habló de cosa muy distinta.
«Me parece--dijo--que yo conozco a esas de Relimpio. Las he visto en las
regiones etéreas. ¿No entiendes? En el paraíso del Teatro Real.
--Sí, allá van alguna vez. Son dos chicas, Emilia y Leonor. Trabajan
mucho, cosen a máquina; pero ganan tan poco... Me han cedido un cuartito
con balcón a la calle. Antes no sé si lo ocupaba un señor sacerdote.
Necesitan ayudarse las pobres. Son muy buenas. Mi padrino D. José es el
tipo más célebre del mundo».
Isidora rompió a reír, y después, haciendo gala de uno de sus talentos
más brillantes, el de retratar en cuatro rasgos a una persona, se
explicó así:
«¿No le conoces? Si le hubieras visto alguna vez no le olvidarías. Es un
galán viejo con la cara sonrosada. Tiene un bigotito rubio que parece
cabello de ángel, y hace pliegues con la boca... Los ojos son de
almíbar; qué sé yo... Parecen dos uvas demasiado maduras. Usa un gorro
con borla de oro, y es tan fino, tan relamido... Ha sido un tenorio,
según dicen. Cose a máquina para ayudar a las chicas; pero su oficio es
lo que llaman la Partida Doble. Se entretiene en poner todos los gastos
en un libro grande, ¿sabes?... Es preciso que le conozcas.
--¿Hace falta médico en la casa?
--Hombre, sí. Doña Laura se queja de un dolor..., no sé dónde.
--Pues entraré contigo. Iré a hacerte una visita de ceremonia, diciendo
que me manda tu tío el de Tomelloso.
--Ya veremos el modo de que entres».
Siguieron hablando de otras cosas, y avanzaban poco en su paseo, porque
Isidora se detenía ante los escaparates para ver y admirar lo mucho y
vario que en ellos hay siempre. También era motivo de sus detenciones el
deseo oculto de mirarse en los cristales, pues es costumbre de las
mujeres, y aun en los hombres, echarse una ojeada en las vitrinas, para
ver si van tan bien como suponen o pretenden.
En el Museo las impresiones de aquella singular joven fueron muy
distintas, y sus ideas, levantando el vuelo, llegaron a zonas mucho más
altas que aquella por donde andaban al rastrear en los muestrarios
llenos de chucherías. Sin haber adquirido por lecturas noción alguna del
verdadero arte, ni haber visto jamás sino mamarrachos, comprendía la
superioridad de lo que a su vista se presentaba; y con admiración
silenciosa, su vista iba de cuadro en cuadro, hallándolos todos, o casi
todos, tan acabados y perfectos, que se prometió ir con frecuencia al
edificio del Prado para saborear más aquel goce inefable que hasta
entonces le fuera desconocido. Preguntó a Miquis si también en aquel
sitio destinado a albergar lo sublime dejaban entrar al pueblo, y como
el estudiante le contestara que sí, se asombró mucho de ello.
Llegaron por fin al Buen Retiro, cuyo lindo nombre ha querido en vano
cambiarse con el insulso rótulo de _Parque de Madrid_. Allí las
emociones de Isidora fueron una alegría casi infantil, un deseo vivo de
correr, de despeinarse, de entrar descalza en los charcos de las
acequias, de subir a las ramas en busca de nidos, de coger flores, de
dormir a la sombra, de cantar. Aquella naturaleza hermosa, aunque
desvirtuada por la corrección, despertaba en su impresionable espíritu
instintos de independencia y de candoroso salvajismo. Pero bien pronto
comprendió que aquello era un campo urbano, una ciudad de árboles y
arbustos. Había calles, plazas y hasta manzanas de follaje. Por allí
andaban damas y caballeros, no en facha de pastorcillos, ni al desgaire,
ni en trenza y cabello, sino lo mismo que iban por las calles, con
guantes, sombrilla, bastón. Prontamente se acostumbró el espíritu de
ella a considerar el Retiro (que sólo conocía por vagos recuerdos de su
niñez) como una ingeniosa adaptación de la Naturaleza a la cultura;
comprendió que el hombre, que ha domesticado a las bestias, ha sabido
también civilizar al bosque. Echando, pues, de su alma aquellos vagos
deseos de correr y columpiarse, pensó gravemente de este modo: «Para
otra vez que venga, traeré yo también mis guantes y mi sombrilla».
Después de admirar el afeitado Parterre, fueron a dar la vuelta al
estanque grande, que es un mar de bolsillo, como decía Miquis. Este la
llevó luego por sitios escondidos y por las callejuelas y laberintos que
están entre el estanque y la fuente de la China. Miquis estaba alegre
como un niño, porque también en él, parroquiano constante del Retiro,
hacía sentir su influjo la vegetación nueva de Primavera, los juegos del
sol entre las ramas, el meneo de las hojas acariciándose, y aquel
ambiente, compuesto de frescura y tibieza, que al mismo tiempo
atemperaba el cuerpo y el alma. La capa le daba calor. Se la quitó
arrojándola por tierra. Hizo después una almohada de ella y se tendió en
el suelo. Isidora se sentó frente a él.
«¿Oyes los pájaros?--dijo Miquis--Son ruiseñores».
Isidora había oído hablar de los ruiseñores como cifra y resumen de toda
la poesía de la Naturaleza; pero no los había oído. Estos artistas no
iban nunca por la Mancha. Puso atención, creyendo oír odas y canciones,
y su semblante expresaba un éxtasis melancólico, aunque a decir verdad
lo que se oía era una conversación de miles de picos, un galimatías
parlamentario--forestal, donde el músico más sutil no podría encontrar
las endechas amorosas de que tanto se ha abusado en literatura. Miquis
se echó a reír, y como si tuviera gusto en despoetizar la hermosa
situación en que ambos se encontraban, dijo de improviso:
«Isidora, ayer he estado trabajando en el anfiteatro con el Dr. Martín
Alonso desde las dos hasta las cinco. Éramos tres alumnos. Le ayudábamos
a hacer la autopsia de un viejo que murió de corazón. ¡Si vieras,
chica!...».
Isidora se puso las manos ante la cara con muestras de horror.
«Es el trabajo más bonito--añadió Miquis--. Tonta, ¿por qué no se ha de
hablar de esto? Si es la realidad, la ciencia... ¿Qué sería de la vida
si no se estudiara la muerte? Nada me gusta como la Cirugía, chica. O he
de ser un gran cirujano, o nada. Verás. Cuando el doctor no estaba allí,
cogíamos uno de los brazos del muerto, y ¡zas!, nos pegábamos bofetadas
unos a otros...».
Isidora dio un grito.
«Eres tonta... Pues si vieras lo que yo gozo cuando levanto un músculo
con mi escalpelo, cuando me apodero de una entraña...».
Isidora se levantó, echando a correr y metiéndose un dedo en cada oído.
«Aguarda, ruiseñora, no hablaré más de esto».
Luego se iban a otro sitio. Isidora, sentada junto a un tronco, se
quedaba meditabunda, mirando por un hueco del ramaje las blancas masas
de nubes que avanzaban sobre lo azul del cielo con soberana lentitud.
Miquis cogía una rama seca, y acercándose cautelosamente por detrás de
la joven, se la pasaba por la cara y decía con voz lúgubre: «¡La mano
del muerto!».
Isidora daba un chillido; después reían los dos. Miquis cantaba trozos
de ópera, corrían un poco; escondíase él tras las espesas matas de
aligustre, para que ella le buscase; encontrábanse fácilmente; se cogían
las manos; se sentaban de nuevo; charlaban, convidados de la hermosura
del día y del lugar, donde todo parecía recién criado, como en aquellos
días primeros de la fabricación del mundo, en que Dios iba haciendo las
cosas y las daba por buenas.
=--II--=
Augusto Miquis, por quien sabemos los pormenores de aquellas escenas, es
hoy un médico joven de gran porvenir. Entonces era un estudiante
aprovechadísimo, aunque revoltoso, igualmente fanático por la Cirugía y
por la Música, ¡qué antítesis!, dos extremos que parecen no tocarse
nunca, y sin embargo se tocan en la región inmensa, inmensamente
heterogénea del humano cerebro. Recordaba las melodías patéticas, los
graciosos ritornelos y las cadencias sublimes allá en la cavidad
taciturna del anfiteatro, entre los restos dispersos del cuerpo de
nuestros semejantes. Él, en presencia de Raoul y Valentina, o ante la
sublime conjuración de Guillermo Tell, o en la sala de conciertos,
pensaba en la aponeurosis del gran supinador. Él, posado sobre los
libros, como un ave sobre su empolladura, soñaba con un monumento
colosal que expresase los esfuerzos del genio del hombre en la conquista
de lo ideal. Aquel monumento debía rematarse con un grupo sintético:
¡Beethoven abrazado con Ambrosio Paré!
Nació en una aldea tan célebre en el mundo como Babilonia o Atenas,
aunque en ella no ha pasado nunca nada: el Toboso. Diole el Cielo
inteligencia superior, que en aquella edad era todavía un desordenado
instinto genial. Su aplicación no era constante como la de las
medianías, sino intermitente y caprichosa. Tan pronto devoraba libros,
emprendía penosos estudios y practicaba con ardor la cirugía, como lo
abandonaba todo para leer partituras al piano, tocándolo con pocos dedos
y menos nociones de Música. Pero en estas alternativas de trabajo y
holganza, se ha apoderado poco a poco de la ciencia, y cada idea que
llegaba a ser suya, daba al punto en su mente magníficos frutos.
Todas las teorías novísimas le cautivaban, mayormente cuando eran
enemigas de la tradición. El transformismo en ciencias naturales y el
federalismo en política le ganaron por entero. Tenía gran facilidad de
dicción. Se asimilaba prodigiosamente las ideas de los libros y las
ideas de los maestros orales, sus frases, su estilo y hasta su metal de
voz. Burla burlando, imitaba a todos los profesores de la Facultad, y
como poseía extraordinaria retentiva, lo mismo era para él repetir un
_allegro_ lleno de dificultades, que pronunciar dos o tres discursos
sobre Medicina o Filosofía naturalista.
Su carácter siempre alegre, erizado de malicias, se manifestaba en
punzadas mil, en bromas a veces nada ligeras, en apropósitos y en
charlar voluble, compuesto ya de hipérboles, ya de pedanterías
burlescas, que ciertamente no indicaban que él fuese pedante, sino que,
por bromear, bromeaba hasta con la ciencia. Tomando un tono hueco, hacía
pasar por sus labios todas las palabras retumbantes, todas las frases
obscuras de la fraseología científica, y las intercalaba de paradojas de
su propia cosecha, graciosas y originales.
Aún hoy, que es un hombre de saber sólido, no ha perdido Miquis aquellas
mañas, y nos divierte con sus chuscas habladurías. A veces parece querer
zaherir aquello que adora; pero en realidad no hace más que mofarse de
lo que es realmente pedantesco. Entonces no; sus burlas no perdonaban ni
la verdad misma, ni la ciencia adorada. En la leonera que tenía por
vivienda y que era una caverna de disputas, se oía su voz declamatoria,
diciendo estas o parecidas cosas: «... porque, señores, a todas horas
estamos viendo que, unidas en fatal coyunda las enfermedades diatésicas,
determinan la depauperación general, la propagación de los vicios
herpético y tuberculoso, que son, señores, permitidme decirlo así, la
carcoma de la raza humana, la polilla por donde parece marchar a su
ruina...». O bien, elevándose a lo teórico, gritaba: «Reconociendo,
señores, la revolución que las ciencias naturales, y especialmente la
Química, han hecho en la materia médica moderna, no conviene afirmar que
la Química, señores, forma un sistema médico por sí sola, porque antes
que las leyes químico--orgánicas están las leyes vitales. Volved la
vista, señores, a Paracelso, Helmoncio y Agrícola, y ¿qué hallaréis,
señores?...».
Isidora vio un araña que se descolgaba de un hilo, un pájaro que llevaba
pajas en el pico, una pareja de mariposas blancas que paseaban por la
atmósfera con esa elegante desenvoltura que tanto ha dado que hablar en
poesía, y sobre estos accidentes y otros dijo cosas que hicieron reír a
Miquis. Hablando y hablando, Augusto llegó a decir:
«Señores, evolución tras evolución, enlazados el nacer y el morir, cada
muerte es una vida, de donde resulta la armonía y el admirable plan del
Cosmos».
¡El Cosmos! ¡Qué bonito eco tuvo esta palabra en la mente de Isidora!
¡Cuánto daría por saber qué era aquello del Cosmos!..., porque
verdaderamente ella deseaba y necesitaba instruirse.
«¿Quieres saber lo que es eso, tonta?--le preguntó Miquis--. Vamos, veo
que eres un pozo de ignorancia.
--No sé más que leer y escribir; deseo aprender algo más, porque sería
muy triste para mí encontrarme dentro de algún tiempo tan ignorante como
ahora. Enséñame tú. Yo me pongo a pensar que será esto de morirse. Pues
el nacer también...
--También tiene bemoles--añadió Augusto en tono sumamente enfático--,
porque, señores, debemos principiar declarando que todo el mundo se
compone de las mismas sustancias no creadas, no destructibles, y se
sostiene por las mismas fuerzas imperecederas que actúan según las
mismas leyes, desde el átomo invisible hasta la inmensa multitud de
cuerpos celestes, conservándose invariables en el conjunto de su efecto
total... ¿Te has enterado?
--El demonio que te entienda... ¡Qué jerga!
--¡Qué bonitos ojos tienes!
--Tonto... Vamos a ver las fieras.
--No me da la gana. ¿Qué más fiera que tú?
--El león.
--¡Leoncitos a mí!... Esos dos hoyuelos que te abrió Natura entre el
músculo maseter y el orbicular me tienen fuera de mí... No te pongas
seria, porque desaparecen los hoyuelos.
--Vámonos de aquí--dijo Isidora con fastidio.
--Estamos en el lugar más recogido del laboratorio de la Naturaleza.
Señores, hemos sido admitidos a presenciar sus trabajos misteriosos.
Entremos en la selva profunda y sorprenderemos el palpitar primero de
las nuevas vidas. Ved, señores, cómo de los infinitos huevecillos
acariciados por el sol salen infinitos seres que ensayan entre las ramas
su primer paso y su primer zumbido. ¿No oís cómo estrenan sus
trompetillas esos niños alados, que vivirán un día y en un día
alborotarán la vecindad de este olmo? En el reino vegetal, señores, la
nueva generación se os anuncia con una fuerte emisión de aromas
mareantes, alguno de los cuales os afecta como si la esencia misma de
vivir fuera apreciable al olfato. Las oleadas de fecundidad corren de
una parte a otra, porque la atmósfera es mediadora, tercera o Celestina
de invisibles amores. Sentís afectado por estas emanaciones lo más
íntimo de vuestro ser. Mirad los tiernos pimpollos, mirad cómo al
influjo de esa fuerza misteriosa desarrollan las menudas florecillas sus
primeras galas, cómo se atavían las margaritas mirándose en el espejo de
aquel arroyo, cómo se acicalan...
--Cállate... Pues no tendrías precio para catedrático...
--Para catedrático--poeta, que es la calamidad de las aulas. Mira: el
día en que yo sea médico, voy a poner una cátedra para explicar...
--¿Qué?
--Para dar una lección de armonía de la Naturaleza--dijo Miquis,
mirándola a los ojos--, y explicar esos radios de oro que nacen en tu
pupila y se extienden por tu iris... Déjame que lo observe de cerca...
--¡Qué pesado! Quita... enséñame las fieras.
--Vamos, mujer, esposa mía, a ver esas alimañas--dijo Augusto en tono de
paciencia--. Desde que me casé contigo me traes sobre un pie. Eras tan
amable de polla, ahora de casada tan regañona y exigente... Vamos,
vamos, y me pondré un tigre en cada dedo... ¿Qué más? Se te antoja una
jirafa. ¡Isidora, Isidorilla!».
Ambos se detuvieron mirándose entre risas.
«Si no me das un abrazo me meto en la jaula del león... Quiero que me
almuerce. O tu amor o el suicidio.
--Si pareces un loco.
--El suicidio es la plena posesión de sí mismo, porque al echarse el
hombre en los amorosos brazos de la nada... Pero vamos a ver a esos
señores mamíferos.
--¿Qué son mamíferos?--preguntó Isidora, firme en su propósito de
instruirse.
--Mamíferos son coles. Vidita, no te me hagas sabia. El mayor encanto de
la mujer es la ignorancia. Dime que el sol es una tinaja llena de
lumbre; dime que el mundo es una plaza grande y te querré más. Cada
disparate te hará subir un grado en el escalafón de la belleza. Sostén
que tres y dos son ocho, y superarás a Venus.
--Yo no quiero ser sabia, vamos, sino saber lo preciso, lo que saben
todas las personas de la buena sociedad, un poquito, una idea de
todo..., ¿me entiendes?
--¿Sabes coser?
--Sí.
--¿Sabes planchar?
--Regularmente.
--¿Sabes zurcir?
--Tal cual.
--Y de guisar, ¿cómo andamos?
--Así, así.
--Me convienes, chica. Nada, nada, te digo que me convienes, y no hay
más que hablar.
--Pues a mí no me convienes tú.
--_¡Boa constrictor!_
--¿Qué es eso?
--Tú.
--Pero que, ¿es cosa de Medicina?
--Es una culebra.
--¿La veremos aquí?... Entremos. ¿Es esto la Casa de Fieras?
--¿Quieres ver al oso? Aquí me tienes.
--Sí que lo eres»--dijo Isidora riendo con toda su alma.
Y entraron. Un tanto aburrido Miquis de su papel de indicador, iba
mostrando a Isidora, jaula por jaula, los lobos entumecidos, las
inquietas y feroces hienas, el águila meditabunda, los pintorreados
leopardos, los monos acróbatas y el león monomaníaco, aburridísimo,
flaco, comido de parásitos, que parece un soberano destronado y cesante.
Vieron también las gacelas, competidoras del viento en la carrera, las
descorteses llamas, que escupen a quien las visita, y los zancudos
canguros, que se guardan a sus hijos en el bolsillo. Satisfecha la
curiosidad de Isidora, poca impresión hizo en su espíritu la menguada
colección zoológica. Más que admiración, produjéronle lástima y
repugnancia los infelices bichos privados de libertad.
«Esto es espectáculo para el pueblo--dijo con desdén--. Vámonos de aquí.
--Aunque enamorado--indicó Miquis al salir--, estoy muerto de hambre. Lo
divino no quita lo humano. Amémonos y almorcemos».
=--III--=
También Isidora estaba desfallecida. Discutieron un rato sobre si darían
por terminado el paseo en aquel punto, yéndose cada cual a su casa; pero
al fin Miquis hizo triunfar su propósito de almorzar en uno de los
ventorrillos cercanos a los Campos Elíseos. No eran ciertamente modelo
de elegancia ni de comodidad, como Isidora tuvo ocasión de advertir al
tomar posesión de una mesa coja y trémula, de una silla ruinosa, y al
ver los burdos manteles y el burdísimo empaque de la mujer sucia y
ahumada que salió a servirles.
Compareció sobre el mantel una tortilla fláccida que, por el color, más
parte tenía de cebolla que de huevo, y Miquis la dividió al punto. El
vino que llegó como escudero de la tortilla era picón y negro, cual
nefanda mixtura de pimienta y tinta de escribir. El plato, mal llamado
fuerte, que siguió a la tortilla, y que sin duda debía la anterior
calificación a la dureza de la carne que lo componía, no gustó a Isidora
más que el local, el vino y la dueña del puesto. Con desprecio mezclado
de repugnancia observó la pared del ventorrillo, que parecía un mal
establo, el interior de la tienda o taberna, las groseras pinturas que
publicaban el juego de la rayuela, el piso de tierra, las mesas, el
ajuar todo, los cajones verdes con matas de _evónymus_, cuyas hojas
tenían una costra de endurecido polvo, el aspecto del público de capa y
mantón que iba poco a poco ocupando los puestos cercanos, el rumor soez,
la desagradable vista de los barriles de escabeche, chorreando
salmuera...
«¡Qué ordinario es esto!--exclamó, sin poderse contener--. Vaya, que me
traes a unos sitios...
--¡Bah, bah!... ¿No te gusta conocer las costumbres populares? A mí me
encanta el contacto del pueblo... Para otra vez, marquesa, iremos a uno
de los buenos _restaurants_ de Madrid... Perdóname por hoy... Tenías
carita de hambre atrasada.
--Esto no es para mí--dijo Isidora con remilgo.
--¡Impertinencia, tienes nombre de mujer!--exclamó el estudiante, a un
tiempo riendo y mascando--¡Descontentadiza, exigente! ¿A qué vienen esos
melindres? Somos hijos del pueblo; en el seno del noble pueblo nacimos;
manos callosas mecieron nuestras cunas de mimbre; crecimos sin cuidados,
mocosos, descalzos; y por mi parte sé decir que no me avergüenzo de
haber dormido la siesta en un surco húmedo, junto a la panza de un
cerdo. Usted, señora duquesa, viene sin duda de altos orígenes, y ha
gateado sobre alfombras, y ha roto sonajeros de plata; pero usted se ha
mamado el dedo como yo, y ahora somos iguales, y estamos juntos en un
ventorrillo, entre honradas chaquetas y más honrados mantones. La
humanidad es como el agua; siempre busca su nivel. Los ríos más
orgullosos van a parar al mar, que es el pueblo; y de ese mar inmenso,
de ese pueblo, salen las lluvias, que a su vez forman los ríos. De todo
lo cual se deduce, marquesa, que te quiero como a las niñas de mis ojos.
--Vámonos--dijo Isidora con fastidio.
--Vámonos a Puerto Rico--replicó Miquis, después de pagar el gasto--.
Vámonos despacito hacia la Castellana, para que te hartes de ver coches,
aristócrata, sanguijuela del pueblo... Si digo que te he de cortar la
cabeza... Pero será para comérmela».
¡Con qué inocente confianza y abandono iban los dos, en familiar pareja,
por los senderos torcidos que conducen desde el camino de Aragón a
Pajaritos! Bajaban a las hondonadas de tierra sembrada de mies
raquítica; subían a los vertederos, donde lentamente, con la tierra que
vacían los carros del Municipio, se van bosquejando las calles futuras;
pasaban junto a las cabañas de traperos, hechas de tablas, puertas rotas
o esteras, y blindadas con planchas que fueron de latas de petróleo;
luego se paraban a ver muchachos y gallinas escarbando en la paja; daban
vueltas a los tejares; se detenían, se sentaban, volvían a andar un
poco, sin prisa, sin fatiga.
Miquis, a ratos, hacía burlescos encarecimientos del paisaje.
«Allá--decía--las pirámides de Egipto, que llamamos tejares; aquí el
despedazado anfiteatro de estas tapias de adobes. ¡Qué vegetación!
Observa estos cardos seculares que ocultan el sol con sus ramas; estas
malvas vírgenes, en cuya impenetrable espesura se esconde la formidable
lagartija. Mira estos edificios, San Marcos de Venecia, Santa Sofía, el
Escorial... ¡Ay! Isidora, Isidora, yo te amo, yo te idolatro. ¡Qué
hermoso es el mundo! ¡Qué bella está la tarde! ¡Cómo alumbra el sol!
¡Qué linda eres y yo qué feliz!».
Pasaban otras parejas como ellos; pasaban perros, algún guardia civil
acompañando a una criada decente; pastores conduciendo cabras; pasaban
también hormigas, y de cuando en cuando pasaba rapidísima por el suelo
la sombra de un ave que volaba por encima de sus cabezas. Y ellos charla
que charla. Miquis empezó contándole su historia de estudiante, toda de
peripecias graciosas. Su hermano mayor, Alejandro Miquis, que estudiaba
Leyes, había muerto algún tiempo antes, de una enfermedad terrible.
Augusto despuntaba, desde muy niño, por la Medicina, y jamás vaciló en
la elección de carrera. Su padre le enviaba treinta y cinco duros al
mes, y él sabía arreglarse. ¡Había tenido diez y siete patronas!
Entregábale las mesadas, y tenía además el encargo de vigilarle y darle
consejos, un hombre de posición humilde y sanas costumbres, bastante
viejo, amigo y aun algo pariente de los Miquis del Toboso. Este bravo
manchego se llamaba Matías Alonso y era conserje de la casa de Aransis.
Al oír este nombre Isidora palideció, y el corazón saltó en el pecho. Su
espontaneidad quiso decir algo; pero se contuvo asustada de las
indiscreciones que podría cometer. Después salió a relucir el tema más
común en estos paseos de parejas. Hablaron de aspiraciones, del
porvenir, de lo que cada cual esperaba ser. Miquis habló seriamente, sin
dejar su expresión irónica, por ser la ironía, más que su expresión, su
cara misma. Él esperaba ser un facultativo de fama y operador
habilísimo. Llevaría un sentido por cada operación, y viviría con lujo,
sin olvidar a su bondadoso y honrado padre, labrador de mediana fortuna,
que tantos sacrificios hacía para darle carrera. En cuanto esta fuese
concluida pensaba el buen Miquis hacer oposición a una plaza de
hospitales.
«En los hospitales--decía--, en esos libros dolientes es donde se
aprende. Allí está la teoría unida a la experiencia por el lazo del
dolor. El hospital es un museo de síntomas, un riquísimo atlas de casos,
todo palpitante, todo vivo. Lo que falta a un enfermo le sobra a otro, y
entre todos forman un cuerpo de doctrina. Allí se estudian mil especies
de vidas amenazadas y mil categorías de muertes. Las infinitas maneras
de quejarse acusan los infinitos modos de sufrir, y estos las infinitas
clases de lesiones que afligen al organismo humano; de donde resulta que
el supremo bien, la ciencia, se nutre de todos los males y de ellos
nace, así como la planta de flores hermosas y aromáticas es simplemente
una transformación de las sustancias vulgares o repugnantes contenidas
en la tierra y en el estiércol».
Pensaba Miquis trabajar y aplicarse mucho, sin desdeñar espectáculo
triste, ni dolencia asquerosa, ni agonía tremenda, porque de todas estas
miserias había de nutrir su saber. Después vendrían las visitas bien
remuneradas, las consultas pingües. Él se dedicaría a una especialidad.
Al fin completaría sus satisfacciones abonándose a diario a la Ópera,
para que su espíritu, cansado del excesivo roce con lo humano, se
restaurase en las frescas auras de un arte divino.
Luego tocaba a Isidora explanar sus pretensiones. ¡Pero le era tan
difícil hacerlo!... Sus ideales eran confusos, y su posición particular,
su delicadeza, no le permitían hablar mucho de ellos. ¡Oh!, si dijera
todo lo que podía decir, Miquis se asombraría, se quedaría hecho un
poste. ¡Pero no, no podía explicarse con claridad! La cosa era grave.
Quizás entre el presente triste y el porvenir brillante habrían de
mediar los enojos de un pleito, cuestiones de familia, escándalos,
revelaciones, proclamación de hechos hasta entonces secretos, y que
llenarían de asombro a la buena sociedad, a la _buena sociedad_, fijarse
bien, de Madrid. Entretanto, únicamente se podía decir que ella no era
lo que parecía, que ella no era Isidora Rufete, sino Isidora... A su
tiempo madurarían las uvas; a su tiempo se sabría el apellido, la casa,
el título... Vivir para ver. Estas cosas no ocurren todos los días, pero
alguna vez...
Pasó un naranjero.
«¿Son de cáscara fina?--preguntó Miquis al comprar cuatro naranjas--.
Toma, cómete esta para que se te vaya refrescando la sangre. La fluidez
de la sangre despeja el cerebro, da claridad a las ideas...
--Así es--prosiguió Isidora con cierta fatuidad mal disimulada--, que si
me preguntas cosas que no sean de lo que ahora está pasando, quizás no
te podré contestar. ¿Qué sé yo lo que será de mí? ¿Conseguiré lo que
deseo y lo que me corresponde? ¡Hay tanta picardía en este mundo!
--Verdaderamente que sí--dijo Augusto en el tono más enfáticamente
burlesco que usar sabía--. El mundo es una sentina, una cloaca de
vicios. En él no hay más que dolor y falsía. Malo es el mundo, malo,
malo, malo. ¡Duro en él! En cambio nosotros somos muy buenos; somos
ángeles. La culpa toda es del pícaro mundo, de ese tunante. Es el gato,
hija mía, el gato, autor de todas las fechorías que ocurren en... el
Cosmos. ¡Ah, mundo, pillín, si yo te cogiera!... Pero ven acá, alma mía;
puesto que vas a dar un salto tan brusco en la escala social..., dime:
allá, en esos Olimpos, ¿te acordarás del pobre Miquis?
--¿Pues no me he de acordar? Serás entonces un médico célebre.
--¡Y tan célebre!... Vamos a lo principal. ¿Y tendrás a menos ser esposa
de un Galeno?
--¿De un qué?... ¿De una notabilidad?... ¡Oh, no! Poco entiendo de cosas
del mundo; pero me parece que los grandes doctores pueden casarse con...
--Con las reinas, con las emperatrices.
--Y sobre todo chico--añadió Isidora--, de algo ha de valer que nos
conozcamos ahora. Y lo que es a mí...».
¡Cuánta ternura brilló en sus ojos, mirando a Miquis, que la devoraba
con los suyos!
«Lo que es a mí... no me han de imponer un marido que no sea de mi
gusto, aunque esté más alto que el sol.
--¡Bendita sea tu boca!--exclamó Augusto, apoderándose de las dos manos
de ella--. ¡Ay!, prenda, ¡qué frías tienes las manos!
--¡Y las tuyas, qué calientes!».
Isidora volvió a pensar en que nunca más saldría a la calle sin guantes.
«¿Querrás siempre a este pobre Miquis, que te quiere más?... Desde que
te vi en Leganés, me estoy muriendo, no sé lo que me pasa, no estudio,
no duermo, no puedo apartar de mí esos ojos, ese perfil divino y todo lo
demás».
Ella empezó a comer otra naranja, y él la miraba embebecido. Nunca le
había parecido tan guapa como entonces. Sus labios, empapados en el
ácido de la fruta, tenían un carmín intensísimo, hasta el punto de que
allí podían ser verdad los rubíes montados en versos de que tanto han
abusado los poetas. Sus dientecillos blancos, de extraordinaria igualdad
y finísimo esmalte, mordían los dulces cascos como Eva la manzana, pues
desde entonces acá el mundo no ha variado en la manera de comer fruta.
Saboreando aquella, Isidora ponía en movimiento los dos hoyuelos de su
cara, que ya se ahondaban, ya se perdían, jugando en la piel. La nariz
era recta. Sus ojos claros, serenos y como velados, eran, según decía
Miquis, de la misma sustancia con que Dios había hecho el crepúsculo de
la tarde.
Miquis intentó abrazarla. Isidora había despuntado un casquillo con
intención de comérselo. Variando de idea al ver las facciones de su
amigo tan cerca de las suyas, alargó un poco la mano y puso el pedazo de
naranja entre los dientes de Miquis. Él se comió lo que era de comer y
retuvo un rato entre sus labios las yemas de aquellos dedos rojos de
frío.
Isidora se levantó bruscamente, y echó a correr por el sendero.
Corrieron, corrieron...
«¡Ya te cogí!--exclamó Augusto, fatigadísimo y sin aliento, apoderándose
de ella--. Perla de los mares, antes de cogerte se ahoga uno.
--Formalidad, formalidad, señor doctorcillo--dijo Isidora, poniéndose
muy seria.
--¡Formalidad al amor! El amor es vida, sangre, juventud, al mismo
tiempo ideal y juguete. No es la Tabla de Logaritmos, ni el Fuero Juzgo,
ni las Ordenanzas de Aduanas.
--Juicio, mucho juicio, Sr. Miquis.
--El juicio está claro, señorita. Yo sé lo que me digo. Oye bien. Por mi
padre, que es lo que más quiero, juro que me caso contigo.
--¡Huy, qué prisa!...
--Está dicho.
--¡Mira éste!
--Un Miquis no vuelve atrás; _un re non mente_; la palabra de un Miquis
es sagrada.
--¡Bah, bah!
--Soy del Toboso, de ese pueblo ilustre entre los pueblos ilustres. Un
tobosino no puede ser traidor.
--Pero puede ser tinaja.
--No te rías; esto es serio. Estamos hablando de la cosa más grave, de
la cosa más trascendental».
Y era verdad que estaba serio.
«No nos detengamos aquí--dijo Isidora viendo que el estudiante buscaba
un sitio para sentarse--. Hace fresco.
--Sigamos. En otra parte hablaremos mejor.
--¿A dónde quieres llevarme? Yo no voy sino a mi casa.
--Por ahora bajemos a la Castellana, para que veas cosa buena.
--Sí, sí, a la Castellana. Mi tío el Canónigo me decía que es cosa sin
igual la Castellana.
--Escribiré mañana a tu tío el Canónigo.
--¿Para qué?
--Para pedirte. Agárrate de mi brazo. Vamos aprisa... Cuando digo que me
caso... Sí, estudiante y todo. Mi padre pondrá el grito en el cielo;
pero cuando te conozca, cuando vea esta joya... desprendida de la corona
del Omnipotente...».
Las risas de Isidora oíanse desde lejos. Al llegar al barrio de
Salamanca guardaron más compostura y desenlazaron sus brazos. Descendían
por la calle de la Ese, cuando Isidora se detuvo asombrada de un rumor
continuo que de abajo venía.
=--IV--=
«¿Hay aquí algún torrente?--preguntó a Miquis.
--Sí, torrente hay... de vanidad.
--¡Ah! ¡Coches!...
--Sí, coches... Mucho lujo, mucho tren... Esto es una gloria
arrastrada».
Isidora no volvía de su asombro. Era el momento en que la aglomeración
de carruajes llegaba a su mayor grado, y se retardaba la fila. La
obstrucción del paseo impacientaba a los cocheros, dando algún descanso
a los caballos. Miquis veía lo que todo el mundo ve: muchos trenes,
algunos muy buenos, otros publicando claramente el _quiero y no puedo_
en la flaqueza de los caballos, vejez de los arneses y en esta tristeza
especial que se advierte en el semblante de los cocheros de gente
tronada; veía las elegantes damas, los perezosos señores, acomodados en
las blanduras de la berlina, alegres mancebos guiando faetones, y mucha
sonrisa, vistosa confusión de colores y líneas. Pero Isidora, para quien
aquel espectáculo, además de ser enteramente nuevo, tenía particulares
seducciones, vio algo más de lo que vemos todos. Era la realización
súbita de un presentimiento. Tanta grandeza no le era desconocida.
Habíala soñado, la había visto, como ven los místicos el Cielo antes de
morirse. Así la realidad se fantaseaba a sus ojos maravillados, tomando
dimensiones y formas propias de la fiebre y del arte. La hermosura de
los caballos y su grave paso y gallardas cabezadas, eran a sus ojos como
a los del artista la inverosímil figura del hipogrifo. Los bustos de las
damas, apareciendo entre el desfilar de cocheros tiesos y entre tanta
cabeza de caballos, los variados matices de las sombrillas, las libreas,
las pieles, producían ante su vista un efecto igual al que en cualquiera
de nosotros produciría la contemplación de un magnífico fresco de
apoteosis, donde hay ninfas, pegasos, nubes, carros triunfales y
flotantes paños.
¡Qué gente aquella tan feliz! ¡Qué envidiable cosa aquel ir y venir en
carruaje, viéndose, saludándose y comentándose! Era una gran recepción
dentro de una sala de árboles, o un rigodón sobre ruedas. ¡Qué bonito
mareo el que producían las dos filas encontradas, y el cruzamiento de
perfiles marchando en dirección distinta! Los jinetes y las amazonas
alegraban con su rápida aparición el hermoso tumulto; pero de cuando en
cuando la presencia de un ridículo simón lo descomponía.
«Debían prohibir--dijo Isidora con toda su alma--que vinieran aquí esos
horribles coches de peseta.
--Déjalos... En ellos van quizás algunos prestamistas que vienen a
gozarse en las caras aburridas de sus deudores, los de las berlinas. El
simón de hoy es el _landau_ de mañana... Esto es una noria; cuando un
cangilón se vacía otro se llena».
Apareció un coche de gran lujo, con lacayo y cochero vestidos de rojo.
«El Rey Amadeo--dijo Miquis--El Rey. Mira, mira, Isidora... No me
quitaré yo el sombrero como esos tontos.
--Si apenas le saludan...--observó Isidora con lástima--. Pues cuando
vuelva a pasar, le hago yo la gran cortesía. Mí tío el Canónigo dice que
está excomulgado este buen señor; pero el Rey es Rey».
Pasado su primer arrobamiento, Isidora empezó a ver con ojos de mujer,
fijándose en detalles de vestidos, sombreros, adornos y trapos.
«¡Qué variedad de sombreros! ¡Mira este, mira aquel, Miquis!... ¡Vaya un
vestidito! Y tú, ¿por qué no montas a caballo, para parecerte a aquel
joven?...
--Es un cursi.
--Y tú un veterinario... ¡Qué hermosas son las mantillas blancas! Es
moda nueva, quiero decir, moda vieja que han desenterrado ahora... Creo
que es cosa de política. Mi tío el Canónigo decía...
--Hazme el favor de no nombrarme más a tu tío el Canónigo, quiero decir,
a mi querido tío... Esto de las mantillas blancas es una manifestación,
una protesta contra el Rey extranjero.
--¡Qué salado! Si yo tuviera una mantilla blanca también me la pondría.
--Y yo te ahorcaría con ella.
--¡Ordinario!
--Tonta.
--Esta gente--afirmó Isidora con mucho tesón--sabe lo que hace. Es la
gente principal del país, la gente fina, decente, rica; la que tiene, la
que puede, la que sabe.
--Trampas, fanatismo, ignorancia, presunción.
--¿Pues y tú?..., grosero, salvaje, pedante...
--Isidora, mira que eres mi mujer.
--¿Yo mujer de un albéitar?...
--Isidora, mira que te cojo... y ni tu tío el Canónigo te saca de mis
manos.
--Basta de bromas. ¡Vaya, que te tomas unas libertades!... Nuestros
gustos son diferentes.
--Su gusto de usted, señora, se amoldará al gusto mío. Eso se lo
enseñará a usted mi secretario, que es una vara de fresno.
--¡A mí tú!--exclamó ella con brío, deteniéndose y mirándole.
--No hagas caso... Te quiero como a la Medicina... Haz de mí lo que
gustes...
--Eso ya es otra cosa...
--Cuando nos casemos, como yo he de ganar tanto dinero, tendrás tres
coches, catorce sombreros y la mar de vestidos...
--¡Si yo no me caso contigo!...»--declaró la joven en un momento de
espontaneidad.
Había en su expresión un tonillo de lástima impertinente, que poco más o
menos quería decir: «¡Si yo soy mucho para ti, tan pequeño!».
«Falta saberlo. Te casarás por fuerza. Te obligaré. Tú no me conoces.
Soy un tirano, un monstruo, un Han de Islandia; beberé tu sangre...
--¿Qué es eso de Han de Islandia?--preguntó ella en su prurito de
ilustrarse.
--Han de Islandia es berenjenas. Déjese usted de sabidurías. Coser,
planchar y espumar el puchero.
--No espumaré yo el tuyo, paleto.
--¡Marquesa de pañuelo de hierbas!
--Sacamuelas».
Los dos se echaron a reír.
«No te quiero--murmuró Isidora.
--Pues me echo a llorar.
--No te quiero ni pizca, ni esto.
--Pues yo te adoro. Mientras más me desdeñas, más me gustas. Cuando
pienso que ya se acerca la hora de separarnos, no sé qué me da... Se me
antoja robarte.
--¡Y cuánta gente a pie!--exclamó ella sin hacer caso de las gracias de
Augusto.
--Aquí, en días de fiesta, verás a todas las clases sociales. Vienen a
observarse, a medirse y a ver las respectivas distancias que hay entre
cada una, para asaltarse. El caso es subir al escalón inmediato. Verás
muchas familias elegantes que no tienen qué comer. Verás gente
dominguera que es la fina crema de la cursilería, reventando por parecer
otra cosa. Verás también despreocupados que visten con seis modas de
atraso. Verás hasta las patronas de huéspedes disfrazadas de personas, y
las costureras queriendo pasar por señoritas. Todos se codean y se
toleran todos, porque reina la igualdad. No hay ya envidia de nombres
ilustres, sino de comodidades. Como cada cual tiene ganas rabiosas de
alcanzar una posición superior, principia por aparentarla. Las
improvisaciones estimulan el apetito. Lo que no se tiene se pide, y no
hay un solo número uno que no quiera elevarse a la categoría de dos. El
dos se quiere hacer pasar por tres; el tres hace creer que es cuatro; el
cuatro dice: «Si yo soy cinco», y así sucesivamente.
--Ya se van los coches»--dijo Isidora, que apenas había oído la charla
de su amigo.
Era tarde. Llegaba el momento en que, cual si obedeciera a una consigna,
los carruajes rompen filas y se dirigen hacía el Prado. Es tan
reglamentario el paseo, que todos llegan y se van a la misma hora.
Isidora notó la confusión del desfile al galope, tomándose unos a otros
la delantera, escurriéndose los más osados entre el tumulto; y oía con
delicia el chasquido de látigos, el _¡eh!_... de los cocheros, y aquel
profundo rumor de tanta y tanta rueda, pautando el suelo húmedo entre
los crujidos de la grava. Ella habría deseado correr también. Su
corazón, su espíritu, se iban con aquel oleaje. Allá lejos brillaban ya
no pocas luces de gas entre el polvo del Prado. Aquella neblina que se
forma con el vaho de la población, las evaporaciones del riego y el
continuo barrer (de que son escobas las colas de los vestidos), se iban
iluminando hasta formar una claridad fantástica, cual irradiación
lumínica del suelo mismo. Viendo cómo los coches se perdían en aquel
fondo, Isidora apresuró el paso.
«Vámonos por aquí--dijo Miquis, desviándola de los paseos para subir
hacia el Saladero y acortar camino.
--¡Jesús!, siempre me llevas por lo más feo, por donde no se encuentran
más que tíos. ¿Hay también aquí ventorrillos?
--¿Quieres que comamos juntos? Iremos a una fonda.
--No, no, no. Basta de paseos. Esto no está bien... ¡Qué se dirá de mí!
Para calaverada, basta.
--¡Maldita sea la hora en que nací!--gruñó el estudiante--. ¿Dejarte
ahora, separarnos?... ¿Vas a tu casa?
--Sí, hombre. ¡Qué dirán!
--¡Oh!, sí, ¡qué dirán los marqueses de Relimpio!
--No son marqueses, pero son personas honradas.
--¿Quieres ir esta noche al Teatro Real?».
¡El teatro Real! Otro golpe mágico en el corazón y en la mente de la
sobrina del Canónigo.
«Pero a eso que llamas paraíso, ¿van personas?...
--¿Personas decentes?... Lo más decente de Madrid, la flor y nata».
Como no estaba bien que ella saliese sola con Miquis por la noche,
convinieron en que este convidaría también a las niñas de Relimpio. A
esto debía anteceder la presentación reglamentaria de Augusto en el
domicilio de D.ª Laura, para lo que se acordó, tras cortas vacilaciones,
una mentirijilla venial. Isidora diría que al volver a su casa desde la
de su tía se había encontrado al joven, amigo íntimo, deudo y aun
pariente lejano del señor Canónigo. Era, no ya estudiante, sino médico
hecho y derecho, y bien podía prestar servicios tan excelentes como
gratuitos a una familia que no gozaba de perfecta salud.
Despidiéronse con fuertes apretones de manos, que a Miquis no le
parecían nunca bastante fuertes. Isidora subió sumamente fatigada. Las
de Relimpio le dijeron que había venido a visitarla un caballero de muy
buen porte. Entró la joven en su cuarto, donde la esperaba una gratísima
sorpresa. Sobre la cómoda había una tarjeta con el pico doblado.