Pecado

«Ese tunante de _Pecadillo_--dijo _la Sanguijuelera_ metiéndose por un

portal obscuro--no sospecha que viene a verle su hermana. No te

conocerá. Era un cachorro cuando te fuiste. Pero qué..., ¿no ves?

Agárrate a mí, que yo veo en lo negro como las lechuzas».

Atravesaron un antro. Encarnación empujó una puerta. Halláronse en

extraño local de techo tan bajo que sin dificultad cualquier persona de

mediana estatura lo tocaba con la mano. Por la izquierda recibía la luz

de un patio estrecho, elevadísimo, formado de corredores sobrepuestos,

de los cuales descendía un rumor de colmena, indicando la existencia de

pequeñas viviendas numeradas, o sea de casa celular para pobres. La

escasa claridad que de aquella abertura, más que patio, venía, llegaba

tan debilitada al local bajo, que era necesario acostumbrar la vista

para distinguir los objetos; y aun después de ver bien, no se podía

abarcar todo el recinto, sino la zona más cercana a la puerta, porque lo

demás se perdía en ignoradas capacidades de sombra. Era como un gran

túnel, del cual no se distinguía sino la parte escasamente iluminada por

la boca. El fondo se perdía en la indeterminada cavidad fría de un

callejón tenebroso. En la parte clara de tan extraño local había grandes

fardos de cáñamo en rama, rollos de sogas blancas y flamantes, trabajo

por hacer y trabajo rematado, residuos, fragmentos, recortes mal

torcidos, y en el suelo y en todos los bultos una pelusa áspera,

filamentos mil que después de flotar por el aire, como espectros de

insectos o almas de mariposas muertas, iban a posarse aquí y allá, sobre

la ropa, el cabello y la nariz de las personas.

En el eje de aquel túnel que empezaba en luz y se perdía en tinieblas,

había una soga tirante, blanca, limpia. Era el trabajo del día y del

momento. El cáñamo se retorcía con áspero gemir, enroscándose lentamente

sobre sí mismo. Los hilos montaban unos sobre otros, quejándose de la

torsión violenta, y en toda su magnitud rectilínea había un

estremecimiento de cosa dolorida y martirizada que irritaba los nervios

del espectador, cual si también, al través de las carnes, los

conductores de la sensibilidad estuviesen sometidos a una torsión

semejante. Isidora lo sentía de esta manera, porque era muy nerviosa, y

solía ver en las formas y movimientos objetivos acciones y

estremecimientos de su propia persona.

Miraba sin comprender de dónde recibía su horrible retorcedura la soga

trabajada. Allá en el fondo de aquella cisterna horizontal debía de

estar la fuerza impulsora, alma del taller. Isidora puso atención, y en

efecto, del fondo invisible venía un rumor hondo y persistente como el

zumbar de las alas de colosal moscardón, zumbido semejante al de

nuestros propios oídos, si tuviéramos por cerebro una gran bóveda

metálica.

«Es la rueda--dijo _la Sanguijuelera_, adivinando la curiosidad de su

sobrina y queriendo iniciarla en los misterios de aquella considerable

industria.

--¡La rueda! ¿Y Mariano, dónde está?».

Miraba a todos lados y no veía ser vivo. Pero de pronto apareció un

hombre, que salía de la oscuridad andando hacia atrás muy lentamente y

con paso tan igual y uniforme como el de una máquina. En su cintura se

enrollaba una gran madeja de cáñamo, de la cual, pasando por su mano

derecha y manipulada por la izquierda, salía una hebra que se convertía

instantáneamente en tomiza, retorcida por el invisible mecanismo. Aquel

hombre del paso atrás, ovillo animado y huso con pies, era el principal

obrero de la fábrica, y estaba armando los hilos para hacer otra soga.

«¿No está D. Juan?»--le preguntó _la Sanguijuelera_ extrañando no ver

allí al dueño del establecimiento.

El huso vivo movió bruscamente la cabeza para decir que no, sin dignarse

expresarlo de otro modo.

«¿Pero dónde está mi hermano?»--preguntó Isidora con angustia.

La anciana señaló a lo obscuro, diciendo con aterrador laconismo: «En la

rueda».

Isidora echó a andar hacia adentro, dando la mano a su tía. A causa de

los accidentes del piso y de la oscuridad, necesitaban apoyarse

mutuamente. Anduvieron largo trecho tropezando. ¡Oh! La soga era larga,

la caverna parecía interminable. En lo obscuro, aun se veía la cuerda

blanca gimiendo, sola, tiesa, vibrante. Cuando las dos mujeres

anduvieron un poco más, dejaron de ver la soga; pero oyeron más fuerte

el zumbar de la rueda acompañado de ligeros chirridos. Se adivinaba el

roce del eje sobre los cojinetes mal engrasados y el estremecimiento de

las transmisiones, de donde obtenían su girar las roldanas, en las

cuales estaban atadas las sogas. Pero nada se podía ver.

«¡Mariano, hermanito!--exclamó Isidora, que creía sentir su garganta

apretada por uno de aquellos horribles dogales--. ¿En dónde estás? ¿Eres

tú el que mueve esa rueda? ¿No estás cansado?».

No se oyó contestación. Pero el artefacto amenguaba la rapidez de su

marcha. Las roldanas, las transmisiones, la rueda, se emperezaban como

quien escucha.

«_Pecado_, ¿qué tal te va?»--gritó con bufonesco estilo _la

Sanguijuelera_.

Y añadió, volviéndose a su sobrina:

«Es un holgazán. Así criará callos en las manos, y sabrá lo que es

trabajar y lo que cuesta el pedazo de pan que se lleva a la boca... ¿Qué

crees tú? Es buen oficio... No podía hacer carrera de este gandul. Todo

el día jugando en el arroyo y en la praderilla. Al menos, que me gane

para zapatos. Tiene más malicias que un Iscariote».

Desde el comienzo de este panegírico, redoblose bruscamente la marcha

del mecanismo, y acreció el ruido hasta ser tal que parecían

multiplicarse las transmisiones, las roldanas y los ejes.

«¡Mariano!--gritó Isidora extendiendo los brazos en la obscuridad--.

¡Para, para un momento y ven acá! Quiero abrazarte. Soy tu hermana, soy

Isidora. ¿No me conoces ya?».

El ruido volvió a ceder, y la maquinaria tomaba una lentitud amorosa.

«No puede pararse el trabajo»--dijo Encarnación.

Pero como realmente se detenía, oyose un grito del huso viviente que

dijo: «¡Aire! ¡Aire a la rueda!».

Y en efecto, la rueda volvió a tomar su aire primero, su paso natural.

Las dos mujeres callaron, consternada y atónita la joven, aburrida la

vieja. Como había pasado algún tiempo desde su llegada al término de la

caverna, los ojos de entrambas comenzaron a distinguir confusamente la

silueta del gran disco de madera, que trazaba figura semejante a las

extrañas aberraciones ópticas de la retina cuando cerramos los ojos

deslumbrados por una luz muy viva.

«¿Ves aquellas dos centellitas que brillan junto a la rueda?... Son los

ojos de _Pecado_...».

Isidora vio, en efecto, dos pequeñas ascuas. Su hermano la miraba.

«Pronto serán las doce--indicó la anciana--. Esperemos a que levanten el

trabajo, y nos iremos los tres a comer».

La hora del descanso no se hizo esperar. Soltó el obrero el cáñamo,

parose la rueda, y el que la movía salió lentamente del fondo negro,

plegando los ojos a medida que avanzaba hacia la luz. Era un muchacho

hermoso y robusto, como de trece años. Isidora le abrazó y le besó

tiernamente, admirándose del desarrollo y esbeltez de su cuerpo, de la

fuerza de sus brazos, y afligiéndose mucho al notar su cansancio, el

sudor de su rostro encendido, la aspereza de sus manos, la fatiga de su

respiración.

«Es un gañán--dijo Encarnación examinándole la ropa con tanta severidad

coma un juez que interroga al criminal ante el cuerpo del delito...--.Ya

me ha roto los calzones... Ya verás, Holofernes, ya verás».

Turbado por la presencia y los cariños de su hermana, a quien no

conocía, Mariano no despegaba sus labios. La miraba con atención

semejante a la estupidez. Por último, dijo así con aspereza, remedando

el hablar francote y brutal de la gente del bronce:

«Chicáaaa..., no me beses más, que no soy santo.

--A casa»--dijo _la Sanguijuelera_, saltando sobre el cáñamo.

Aquel día añadió Encarnación a su olla algo extraordinario. Comieron en

la trastienda, que más bien era pasillo por donde la tienda se

comunicaba con un patio. Durante el festín, que tuvo su añadidura de

pimientos y su contera de pasas, no habría sido fácil explicar cómo con

una sola boca podía _la Sanguijuela_ engullir medianamente y hablar más

que catorce diputados. Isidora, triste, cejijunta, ni hablaba ni hacía

más que probar la comida. Observaba a ratos con gozo la voracidad de su

hermano.

«Ya ves qué lindo buitre me ha puesto Dios en casa--decía Encarnación--.

Es capaz de comerme el modo de andar, si le dejo. Él come y yo soy quien

se harta; sí, me harto de trabajar para su señoría. Pero oye, león,

¿dirás algún día: «Ya no quiero más»?».

_Pecado_ devoraba con el apetito insaciable de una bestia atada al

pesebre, después de un día de atroz trabajo.

«Y tú, linda mocosa, ¿no comes?--añadió la vieja--. ¿O es que te has

vuelto tan pava y tan persona decente que no te gustan estos guisos

ordinarios? Vamos, que para otro día te pondré alas de ángel... Se

conoce que allá en el Tomelloso se estila mucha finura».

Isidora no contestó. Parecía que estaba atormentada de una idea. Cuando

se acabó la comida y se marchó _Pecado_ para jugar un poco antes de

volver al trabajo, Isidora, sin dejar su asiento y mirando a su tía, que

a toda prisa levantaba manteles, le dijo:

«Tía Encarnación, tengo que hablar con usted una cosa.

--Aunque sean cuatro».

Como quien se quita una máscara, Isidora dejó su aspecto de sumisa

mansedumbre, y en tono resuelto pronunció estas palabras:

«No quiero que mi hermano trabaje más en ese taller de maromas; no

quiero y no quiero.

--Le señalarás una renta--replicó la anciana con ironía--¡Le pondrás

coche! Y para mis pobres huesos, ¿no habrá un par de almohadones?

--No estoy de humor de bromas. Mi hermano y yo somos personas

decentes...

--Ya lo creo...

--Pues claro.

--Pues turbio.

--Somos personas decentes.

--Y príncipes de Asturias.

--Aquel trabajo es para mulos, no para criaturas. Yo quiero que mi

hermano vaya a la escuela.

--Y al colegio.

--Eso es, al colegio--replicó Isidora marcando sus afirmaciones con el

puño sobre la endeble mesa--Yo lo quiero así..., y nada más».

¡Qué fierecilla! ¡Cómo hinchaba las ventanillas de su nariz, y qué

fuertemente respiraba, y qué enérgica expresión de voluntad tomó su

fisonomía! Todo esto lo pudo observar _la Sanguijuelera_ sin dejar su

ocupación. Amoscándose un poco, le dijo:

«¿Sabes que estás cargante, sobrina, con tus colegios y tus charoles? A

ver, echa aquí lo que tengas en el bolsillo. ¿Crees que la gente se

mantiene con cañamones? ¿Crees que hay colegios de a ochavo como los

buñuelos? ¡Qué puño!... Dame guita y verás.

--Tengo para no pordiosear.

--¿Te ha dado el Canónigo?

--Lo bastante para poner a Mariano en una escuela y para vestirme con

decencia.

--¡Ah!, canóniga..., tú pitarás... Hablemos claro».

Y se sentó, haciendo silla de una tinaja rota. Puesto el codo en la

mesilla y el hueso de la barba en la palma de la mano flaca, aguardó las

explicaciones de su sobrina.

«Tía...--murmuró esta sintiendo mucha dificultad para iniciar la cosa

grave que iba a decir--. Usted sabe que yo y Mariano... ¿Pero usted no

lo sabe?

--No sé sino que sois un par de perchas que ya, ya. Nada habría perdido

el mundo con que os hubierais quedado por allá..., en el Limbo. Venís de

Tomás Rufete, y ya sé que de mala cepa no puede venir buen sarmiento.

--A eso voy, tía, a eso voy. Precisamente... Usted lo debe saber, como

yo... Precisamente, ni yo ni mi hermano venimos de Tomás Rufete.

--Justo, justo; mi Francisca, mi ángel os parió por obra del Espíritu

Santo, o del demonio.

--¿Para qué andar con farsas? No somos hijos de D. Tomás Rufete ni de

D.ª Francisca Guillén. Esos dos señores, a quienes yo quiero mucho,

muchísimo, no fueron nuestros padres verdaderos. Nos criaron fingiendo

ser nuestros papás y llamándonos hijos, porque el mundo..., ¡qué mundo

este!».

_La Sanguijuelera_ cambió bruscamente de disposición y de tono. No

palideció, por ser esto cosa impropia de la inanimada sustancia de los

pergaminos; pero abrió los ojos, y empuñando el brazo de su sobrina, le

golpeó el codo contra la mesa, y le dijo con ira:

«¿De dónde has sacado esas andróminas? ¿Quién te ha metido esa estopa en

la cabeza?

--Mi tío el Canónigo.

--Me parece a mí que tu tío el Canónigo...

--Él me ha contado todo--afirmó Isidora con acento de profundísima

convicción--. Usted se hace de nuevas, tía; usted me oculta lo que

sabe... No se haga usted la tonta. ¿Es la primera vez que una señora

principal tiene un hijo, dos, tres, y viéndose en la precisión de

ocultarlos por motivos de familia, les da a criar a cualquier pobre, y

ellos se crían y crecen y viven inocentes de su buen nacimiento, hasta

que de repente un día, el día que menos se piensa, se acaban las farsas,

se presentan los verdaderos padres?... Eso, ¿no se está viendo todos los

días?

--En sesenta y ocho años no lo he visto nunca... Me parece que tú te has

hartado de leer esos librotes que llaman novelas. ¡Cuánto mejor es no

saber leer! Mírate en mi espejo. No conozco una letra... ni falta. Para

mentiras, bastantes entran por las orejas... Pero acábame el cuento.

Salimos con que sois hijos del Nuncio, con que una señorita principal os

dio a criar, y desapareció...

--¡Usted lo sabe, usted lo sabe!--exclamó la joven rebosando alegría.

--No sé más sino que te caes de boba. Eres más sosa que la capilla

protestante.

--Mi madre--declaró Isidora poniéndose la mano en el corazón, para

comprimir, sin duda, un movimiento afectuoso demasiado vivo--, mi

madre... fue hija de una marquesa».

Como un petardo que estalla, así reventó en estrepitosa risa _la

Sanguijuelera_, apretándose la cintura y mostrando sus dos filas de

dientes semisanos. Se desbarataba riendo, y después le acometió una tos

de hilaridad que le hizo suspender el diálogo por más de un cuarto de

hora. Algo confusa, Isidora esperó a que su tía volviese en sí de aquel

síncope burlesco para seguir hablando. Por último, dijo con malísimo

humor:

«¡Qué bien finge usted!

--Perdone vuecencia--replicó Encarnación en el tono más cómico del

mundo--. Perdone vuecencia que no la hubiera conocido... Pero vuecencia

tendrá que hacer diligencias y buscar papeles.

--Tengo papeles..., ¡y qué papeles!

--¿Quiere vuecencia que le preste dos reales?..., porque tendrá que

untar escribanos.

--No creo que sea preciso, porque esta bien claro mi derecho.

--Vuestra serenísima majestad cogerá una herencia, porque sin herencia

todo sería pulgas, ¿verdad, hermosa?

--Mi madre no vive. Mi abuela sí.

--¡Ah!, ¿la abuelita de tu vuecencia vive? ¿Y quién es la señora

pindonga?

--No se burle usted, tía. Esto es muy serio--declaró Isidora tocada en

lo más vivo de su orgullo--. Es usted lo más atroz... Yo que venía a que

me diese pormenores y su parecer...

--Voy a darte mi parecer, hijita de mi alma--repuso _la Sanguijuelera_

levantándose--. Pues tú has querido que yo te dé pormenores..., pobre

almita mía...».

En el rincón del pasillo había una larga caña que servía para descolgar

los cacharros. Encarnación revolvió sus ojos buscándola.

«Vaya que ha sido una picardía haberle ocultado a estos angelitos que

salieron del vientre de una marquesa».

Y tomó la caña.

«¡Quién será el dragón que ha querido birlarlos la herencia!... ¡A ese

tunante le sacaría yo las entrañas!... Cuidado que engañar así a mis

niños, haciéndolos pasar por hijos de un Rufete... Quitad allá, pillos,

que mi niña es duquesa y mi niño es vizconde... ¡Re-puñales!».

Honradez y crueldad, un gran sentido para apreciar la realidad de las

cosas, y un rigor extremado y brutal para castigar las faltas de los

pequeños, sin dejar por eso de quererles, componían, con la verbosidad

infinita, el carácter de Encarnación _la Sanguijuelera_. Su flaca pero

fuerte mano empuñó la caña, y descargándola sin previo anuncio sobre la

cabeza de su sobrina, la rompió al primer golpe. Puso el grito en el

cielo la víctima, exclamando: «¡Pero, tía!...». La vieja recogió y unió

los dos pedazos de la caña, de lo que resultaba que podía pegar más a

gusto, y ¡zas!, emprendió una serie de cañazos tan fuertes, tan bien

dirigidos, tan admirablemente repartidos por todo el cuerpo de Isidora,

que esta, sin poder defenderse, gesticulaba, manoteaba, gemía, se dejaba

caer en el suelo, se arrastraba, escondía la cabeza, se revolvía. Y en

tanto la feroz vieja, incitada al castigo por el castigo mismo,

encendíase más en furia a cada golpe, y los acompañaba de estas

palabras:

«¡Toma, toma, toma duquesa, marquesa, puños, cachas!... Cabeza llena de

viento... Vivirás en las mentiras como el pez en el agua, y serás

siempre una pisahormigas... Malditos Rufetes, maldita ralea de

chiflados... ¡Ah, puño!, si yo te cogiera por mi cuenta, con un pie de

solfeos cada día te quitaría el polvo. Toma vanidad, toma lustre».

Y cada palabra era un golpe y cada golpe un cardenal leve (es decir,

subdiácono), un rasguño o moledura. Incapaz Isidora de desarmar a su

verdugo, aunque lo intentó devolviendo cólera por cólera, hubo de

rendirse al fin, y sucumbió diciendo con gemido: «Por Dios, tía, no me

pegue usted más».

En sus veinte años, Isidora tenía menos fuerza que la sexagenaria

Encarnación. Sin aliento yacía en tierra la víctima, recogiendo sus

faldas y sacudiéndoles la tierra, tentándose en partes diversas para ver

si tenía sangre, fractura o contusión grave, mientras _la

Sanguijuelera_, respirando como un fuelle en plena actividad, arrojaba

los vencedores pedazos de caña y alargaba su mano generosa a la víctima

para ayudarla a levantarse.

«¡Cómo se conoce--dijo al fin la sobrina con vivísimo tono de

desprecio--que no es usted persona decente!

--¡Más que tú, marquesa del pan pringao!--gritó la vieja, esgrimiendo de

tal modo las manos, que Isidora vio los diez dedos de ella a punto de

metérselos por los ojos.

--Usted no es mi tía. Usted no tiene mi sangre.

--Ni falta... A mucha honra... De gloria y descanso te sirva tu ducado,

harta de miseria. Mira, como vuelvas aquí, ¿sabes lo que hago?

--¿Qué?--preguntó Isidora, sintiéndose con más fuerzas para rechazar un

nuevo ataque.

--Pues si vuelves aquí, cojo la escoba... y te barro ¡qué puño!, te echo

a la calle como se echa el polvo y cáscaras de fruta».

Isidora no dijo nada, y recobrándose marchó hacia la puerta. Abierta con

trémula mano la trampilla, salió andando aprisa, cuesta arriba, en busca

de la ronda de Embajadores, que debía conducirla a país civilizado.

Temía que la vieja iría detrás injuriándola, y no se equivocó. _La

Sanguijuelera_, echando la cabeza fuera de la puerta, la despedía con

una carcajada que produjo siniestros ecos de hilaridad en toda la calle.

Asomaban caras curiosas, frentes guarnecidas de rizos, bocas de

amarillos dientes descubiertos hasta la raíz por estúpido asombro,

bustos envueltos en pañuelos de distintos colores; y más de cuatro

andrajosos chiquillos saltaron detrás de Isidora para festejarla con

gritos y cabriolas.

Sin detenerse, la joven lanzó desde lo profundo de su alma, llena de

pena y asco, estas palabras:

«¡Qué odioso, qué soez, qué repugnante es el pueblo!».

La desheredada · 第 11 / 87 题