La Sanguijuelera

En el domicilio de su pariente y padrino, don José de Relimpio (de quien

se hablará cuando sea menester), pasó Isidora la noche de aquel día de

abril, esperando con impaciencia el amanecer del siguiente para visitar

a Encarnación y a su hermanito, que habitaban en uno de los barrios más

excéntricos de Madrid. La que llamaremos todavía, por respeto a la

rutina, hija de Rufete, tenía la costumbre de representarse en su

imaginación, de una manera muy viva, los acontecimientos antes que

fueran efectivos. Si esperaba para determinada hora un suceso cualquiera

que la interesase, visita, entrevista, escena, diversión, desde mediodía

o medianoche antes el suceso tomaba en su mente formas de extraordinario

relieve y color, desarrollándose con sus cuadros, lugares, perspectivas,

personas, figuras, actitudes y lenguaje. Así, mucho antes del alba,

Isidora, despierta y nerviosa, imaginaba estar en la casa de su tía y de

su hermano; los veía como si los tuviera delante; hablaba con ellos

preguntando y respondiendo, ya con seriedad, ya con risas, y oía las

inflexiones de la voz de cada uno.

Las ocho serían cuando salió para hacer verdadero lo imaginado; pero

como tenía que ir desde la calle de Hernán Cortés a la de Moratines, en

el barrio de las Peñuelas, deteniéndose y preguntando por no conocer muy

bien a Madrid, ya habían dado las diez cuando entró por el conocido y

gigantesco paseo de Embajadores. No le fue difícil desde allí dar con la

morada de su tía. A mano derecha hay una vía que empieza en calle y

acaba en horrible desmonte, zanja, albañal o vertedero, en los bordes

rotos y desportillados de la zona urbana. Antes de entrar por esta vía,

Isidora hizo rápido examen del lugar en que se encontraba, y que no era

muy de su gusto. Tenía, juntamente con el don de imaginar fuerte, la

propiedad de extremar sus impresiones, recargándolas a veces hasta lo

sumo; y así, lo que sus sentidos declaraban grande, su mente lo trocaba

al punto en colosal; lo pequeño se le hacía minúsculo, y lo feo o bonito

enormemente horroroso, o divino sobre toda ponderación.

Al ver, pues, las miserables tiendas, las fachadas mezquinas y

desconchadas, los letreros innobles, los rótulos de torcidas letras, los

faroles de aceite amenazando caerse; al ver también que multitud de

niños casi desnudos jugaban en el fango, amasándolo para hacer bolas y

otros divertimientos; al oír el estrépito de machacar sartenes, los

berridos de pregones ininteligibles, el pisar fatigoso de bestias

tirando de carros atascados, y el susurro de los transeúntes, que al dar

cada paso lo marcaban con una grosería, creyó por un momento que estaba

en la caricatura de una ciudad hecha de cartón podrido. Aquello no era

aldea ni tampoco ciudad; era una piltrafa de capital, cortada y arrojada

por vía de limpieza para que no corrompiera el centro.

Y siguiendo en su manía de recargar las cosas, como viera correr por la

calle--zanja aguas nada claras, que eran los residuos de varias

industrias tintóreas, al punto le pareció que por allí abajo se

despeñaban arroyuelos de sangre, vinagre y betún, junto con un licor

verde que sin duda iba a formar ríos de veneno. Alzose con cuidadosa

mano las faldas, y avanzó venciendo su repugnancia. No tuvo que andar

mucho para encontrar la puerta que buscaba. Sí, allí era. Bien reconocía

la muestra que años atrás estaba en la calle de la Torrecilla, y que

decía clarito, con azules caracteres, _Cacharrería_. Reconoció también

una amistad vieja en la otra tablita blanquecina, donde,

jeroglíficamente, se anunciaba un importante comercio. ¡Cómo recordaba

Isidora haber visto en su niñez la redoma pintada, en cuyo círculo

aparecían nadando unas culebrillas, o curvas negras de todas formas, que

servían de insignia industrial a Encarnación Guillén, conocida en

distintos barrios con el nombre de _la Sanguijuelera_!

La puerta tenía una trampilla en la parte baja, la cual parecía servir

de mostrador, de resguardo contra los perros y los chicos, y hasta de

balcón en caso de que por allí, cosa no imposible, pasasen procesiones

cívicas o religiosas. Isidora se había figurado que su tía (o más bien

tía de su supuesta madre) estaría en la puerta; pero esto, como otras

muchas cosas de las que imaginaba, no resultó cierto. Asomose a la

tienda, y de un golpe de vista abarcó la menguada granjería, sacando

consecuencias poco lisonjeras del estado pecuniario de Encarnación

Guillén. ¡Cómo había descendido la infeliz de grado en grado, desde su

gran comercio de loza y sanguijuelas de la antigua calle del Cofre, en

tiempos desconocidos para Isidora, hasta aquel miserable ajuar de

cacharros ordinarios! Y los anélidos que componían su escudo, ¿dónde

estaban? ¡Oh!, no podían faltar; allí se los veía en enormes botellas,

con la viscosa trompa o ventosa pegada al cristal, enroscados,

aburridos, quietos, como si acecharan una víctima y esperasen a que

entrara por la puerta. Isidora admiró después el orden y aseo con que

todo estaba puesto y arreglado en tienda de tan poco fuste.

Los pucheros de Alcorcón, los jarros de Talavera y Andújar, los botijos

y la cristalería de Cadalso, las escobas, las cajas de arena y tierra de

limpiar metales revelaban una mano tan hacendosa como inteligente. Ni

faltaba un poco de arte en aquellos cuatro trebejos colocados sobre

cuatro no muy iguales tablas. Pero lo que mejor declaraba la limpieza de

Encarnación era un estantillo que a mano izquierda de la puerta estaba,

y que contenía diversidad de artículos, compañeros infalibles del ramo

de cacharrería. En un hueco había flor de malva, en otro cercano

violetas secas, más allá greda para limpiar, adormideras, cerillas de

cartón. Seguía el pimentón molido, que sirve para pintar la comida del

pueblo, y luego los cañamones, de que se sustentan los pajarillos

presos. El espliego se daba la mano con los estropajos, y no faltaban

algunas resmas de papel picado con que las cocineras adornan los

vasares. Entre tanta chuchería, Isidora encontró otro antiguo conocido,

otra amistad de su infancia. Era un cartel que decía:

Ojo al Cristo.

Aquí murió el fiar

y el prestar también murió,

y fue porque le ayudó

a morir el mal pagar.

Isidora sabía de memoria esta composición epigramática de su tía, que

terminaba así:

Si fío,

aventuro lo que es mío.

Y si presto,

al pagar ponen mal gesto.

Pues para librarme de esto,

ni doy, ni fío, ni presto.

Estas observaciones y recuerdos duraron segundos nada más. Isidora

gritó: «¡Tía, tía!».

Apareció entonces _la Sanguijuelera_, y tía y sobrina se abrazaron y

besaron. La joven callaba llorando; la anciana empezó a charlar desde el

primer momento, porque no había situación en que pudiese guardar

silencio, y antes se la viera muerta que muda.

«¡Oh quimerilla!..., ya estás aquí... Pues mira, te esperaba hoy. Anoche

supe que cerró el ojo Tomás... No te aflijas, paloma. Más vale así...

¿Qué vas a sacar de esos sentimientos? Siéntate... Espera que quite

estos botijos... Si Tomás ya no vivía ¡el pobre! Bien lo dije yo hace

cinco mil domingos: «Este acabará en Leganés». Nunca tuvo la cabeza

buena, hija, y con sus locuras despachó a tu madre, aquella santa,

aquella pasta de ángel, aquel coral de las mujeres... ¡Pobre Francisca,

niña mía!

--¿Y Mariano?--dijo Isidora, que extrañaba no ver allí a su hermano.

--Está en el trabajo... Le he puesto a trabajar. ¡Hija, si me comía un

carcañal!... Es más malo que Anás y Caifás juntos. No puedo hacer

carrera de él. ¡Vaya, que ha salido una pieza _colunaria_!... Yo le

llamo _Pecado_, porque parece que vino al mundo por obra y gracia del

demonio. Me tiene asada el alma. ¿Sabes dónde está? Pues le puse en la

fábrica de sogas de ese que llaman _Diente_, ¿estás?, y me trae

dieciocho reales todas las semanas...

--¿Y no va a la escuela?--preguntó Isidora expresando no poco disgusto.

--¡Escuela! Que si quieres... ¿Y quién le sujeta a la escuela? Bueno es

el niño. Ahí le puse en esa de los _Herejes_, donde dicen la misa por la

tarde y el rosario por la mañana. Daban un panecillo a cada muchacho, y

esto ayuda. Pero aguárdate; un día sí y otro no, me hacía novillos el

tunante. Después le puse en los _Católicos_ de ahí abajo, y se me

escapaba a las pedreas... Es un purgatorio saltando. Nada, nada, a

trabajar. ¡Qué puñales!..., no están los tiempos para mimos. Estoy muy

mal de acá, hija. Ya ves este escenario. ¿Te acuerdas de mi

establecimiento de la calle de la Torrecilla? ¡Aquéllos sí que eran

tiempos majos! Pero tu divina familia me arrumbó; tu papaíto, que de

Dios goce, ¡tres puñales, me trajo a esta miseria! ¡Ya ves qué polla

estoy!; sesenta y ocho años, chiquilla, sesenta y ocho miércoles de

Ceniza a la espalda. Toda la vida trabajando como el obispo y sin salir

nunca de cristos a porras. Hoy ganado y mañana perdido. Todo se hace sal

y agua. Eso sí, siempre tiesa como un ajo, y todavía, aquí dónde me ves,

le acabo de dar una patada a la muerte porque el año pasado tuve una

ronquera, pero una ronquera... Pues nada, Dios y la flor de malva

aclararon el modo de hablar, y aquí me tienes. Soy la misma

_Sanguijuelera_, más saludable que el tomillo, más fuerte que la puerta

de Alcalá, siempre ligera para todo, siempre limpia como los chorros del

oro, más fiera que el león del Retiro, si se ofrece, resignada con la

mala suerte, sin deber nada a nadie, y más charlatana que todos los

cómicos de Madrid».

Era Encarnación Guillén la vieja más acartonada, más tiesa, más ágil y

dispuesta que se pudiera imaginar. Por un fenómeno común en las personas

de buena sangre y portentosa salud, conservaba casi toda su dentadura,

que no cesaba de mostrarse entre su labios secos y delgados durante

aquel charlar continuo y sin fatiga. Su nariz pequeña, redonda, arrugada

y dura como una nuececita, no paraba un instante: tanto la movían los

músculos de su cara pergaminosa, charolada por el fregoteo de agua fría

que se daba todas las mañanas. Sus ojos, que habían sido grandes y

hermosos, conservaban todavía un chispazo azul, como el fuego fatuo

bailando sobre el osario. Su frente, surcada de finísimas rayas curvas

que se estiraban o se contraían conforme iban saliendo las frases de la

boca, se guarnecía de guedejas blancas. Con estos reducidos materiales

se entretejía el más gracioso peinado de esterilla que llevaron momias

en el mundo, recogido a tirones y rematado en una especie de ovillo, a

quien no se podría dar con propiedad el nombre de moño. Dos palillos mal

forrados en un pellejo sobrante eran los brazos, que no cesaban de

moverse, amenazando tocar un redoble sobre la cara del oyente; y dos

manos de esqueleto, con las falanges tan ágiles que parecían sueltas, no

paraban en su fantástico girar alrededor de la frase, cual comentario

gráfico de sus desordenados pensamientos. Vestía una falda de diversos

pedazos bien cosidos y mejor remendados, mostrando un talle recto, liso,

cual madero bifurcado en dos piernas. Tenía actitudes de gastador y paso

de cartero.

Era mujer de buena índole, aunque de genio tan turbulento y díscolo, que

nadie que junto a ella estuviese podía vivir en paz. No había tenido

hijos ni había sido casada. Crió a una sobrina, a quien quiso a su

manera, que era un amor entreverado de pescozones y exigencias. La tal

sobrina casó con Rufete, resultando de esta unión una desgraciada

familia y el violentísimo odio que _la Sanguijuelera_ profesaba a todos

los Rufetes nacidos y por nacer. Aquel matrimonio de una mujer bondadosa

y apocada con un hombre que tenía la más destornillada cabeza del orbe,

consumió diferentes veces las economías y la paciencia de Encarnación,

que era trabajadora y comerciante, y tenía sus buenas libretas del Monte

de Piedad. «Todo se lo comió ese descosido de Rufete--decía--, ese

holgazán con cabeza de viento. Mi comercio de la calle del Pez se hizo

agua una noche para sacarle de la cárcel, cuando aquel feo negocio de

los billetes de lotería. La cacharrería de la calle de la Torrecilla se

resquebrajó después, y pieza por pieza se la fueron tragando el médico y

el boticario, cuando cayó Francisca en la cama con la enfermedad que se

la llevó. He ido mermando, mermando, y aquí me tienen, ¡qué puñales!, en

este confesonario, donde no me puedo revolver. Quien se vio en aquellos

locales, con aquellas anaquelerías y aquel mostrador donde había un

cajón de dinero que sonaba a cosa rica..., verse ahora en este nido de

urracas, con cuatro trastos, poca parroquia, y en un barrio donde se

repican las campanas cuando se ve una peseta..., ¡qué puñ...!».

Francisca murió; Rufete fue encerrado en Leganés. De los dos hijos,

Encarnación recogió al pequeñuelo, e Isidora partió al Tomelloso a vivir

al amparo de su tío el Canónigo. De lo demás, algo sabe el lector, y el

resto, que es mucho y bueno, irá saliendo.

«¿Sabes que estás muy cesanta?»--dijo _la Sanguijuelera_, observando el

vestido y las botas de Isidora, cosas que en verdad dejaban mucho que

desear.

Isidora contestó con tristeza que su tío el Canónigo no era hombre de

muchas liberalidades. Después _la Sanguijuelera_ observó con malicia el

rostro y talle de la joven, diciéndole:

«Pero estás guapa. Pues no lo parecías... Cuando niña tenías un

empaque... Me acuerdo de verte en aquella casa..., ¡qué casa!... Era la

jaula del león..., pues andabas por allí en pernetas con un mal

faldellín. Parecías el Cristo de las enagüillas. ¡Qué flaqueza!, ¡qué

color! Yo decía que te habían destetado con vinagre y que te daban tu

ración en moscas... Vaya, vaya, en la Mancha has engordado..., ¡qué

duras carnes!--añadió pellizcándola en diferentes partes de su cuerpo--.

Y en la cara tienes ángel. De ojos no andamos mal. ¡Qué bonitos dientes

tienes! Veremos si te duran como los míos. Mírate en este espejo».

Y le enseñó su doble fila de dientes, muy bien conservados para su edad.

Isidora se aburría un poco. Mirando con tristeza a la calle, preguntó:

«¿En dónde está trabajando Mariano? Yo quiero verle.

--Si la vecina no tiene que hacer y quiere guardarme la tienda, iremos

allá. No es a la vuelta de la esquina; pero yo ando más que un molino de

viento... ¡Señá Agustina!...».

Gritó desde la puerta; pero como no respondiera al llamamiento su

vecina, salió impaciente. No tardó cinco minutos en volver acompañada de

una mujer joven y flacucha, insignificante, lacrimosa, horriblemente

vestida, pero peinada con increíble esmero. Aquella gente tiene su lujo,

su aseo y su elegancia de cejas arriba, y aunque se cubra de miserables

trapos, no pueden faltar el moñazo empapado en grasa y bandolina, ni los

rizos abiertos y planchados sobre la frente, como una guirnalda de

negras plumas, pegada con goma. Arrastraba aquella mujer una astrosa

bata de lana roja con cuadros negros, que parecía haber servido de

alfombra en un salón de baile de Capellanes.

«Guárdeme la tienda un ratito--le dijo _la Sanguijuelera_--, que voy con

mi sobrina a un recado... ¿No conocía usted a mi sobrina? ¿Ve usted qué

moza?... Isidora, esta señora es una amiga..., pared por medio. Se llama

la señora _A ti suspiramos_, porque no resuella como no sea para

lamentarse. Verdad es que ella está enferma, su marido es borracho, su

padre ciego, y la casa, ¡qué puñales!, no está empedrada con

pesetas...».

Agustina dio un conmovedor suspiro, seguido de dos expectoraciones. Con

esto anunciaba un relato sentidísimo de sus desgracias. Pero _la

Sanguijuelera_, cortándole la palabra, se echó un mantón sobre los

hombros y salió con su sobrina, tomando el camino de la calle de las

Amazonas, adonde llegaron pronto.

La desheredada · 第 9 / 87 题