Final de otra novela

=--I--=

«...¿Se han reunido todos los ministros?... ¿Puede empezar el

Consejo?... ¡El coche, el coche, o no llegaré a tiempo al Senado!...

Esta vida es intolerable... ¡Y el país, ese bendito monstruo con cabeza

de barbarie y cola de ingratitud, no sabe apreciar nuestra abnegación,

paga nuestros sacrificios con injurias, y se regocija de vernos

humillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo te llamas?

Te llamas _Envidiópolis_, la ciudad sin alturas; y como eres puro suelo,

simpatizas con todo lo que cae... ¿Cuánto va? Diez millones,

veinticuatro millones, ciento sesenta y siete millones, doscientas

treinta y tres mil cuatrocientas doce pesetas con setenta y cinco

céntimos...; esa es la cantidad. Ya no te me olvidarás, pícara; ya te

pillé, ya no te me escapas, ¡oh cantidad temblorosa, escurridiza,

inaprehensible, como una gota de mercurio! Aquí te tengo dentro del

puño, y para que no vuelvas a marcharte, jugando, al caos del olvido, te

pongo en esta gaveta de mi cerebro, donde dice: _Subvención personal..._

Permítame Su Señoría que me admire de la despreocupación con que Su

Señoría y los amigos de Su Señoría confiesan haber infringido la

Constitución... No me importan los murmullos. Mandaré despejar las

tribunas... ¡A votar, a votar! ¿Votos a mí? ¿Queréis saber con qué

poderes gobierno? Ahí los tenéis: se cargan por la culata. He aquí mis

votos: me los ha fabricado Krupp... Pero ¿qué ruido es este?¿Quién

corretea en mi cerebro? ¡Eh!, ¿quién anda arriba?... Ya, ya; es la gota

de mercurio, que se ha salido de su gaveta...».

El que de tal modo habla (si merece nombre de lenguaje esta expresión

atropellada y difusa, en la cual los retazos de oraciones corresponden

al espantoso fraccionamiento de ideas) es uno de esos hombres que han

llegado a perder la normalidad de la fisonomía, y con ella la

inscripción aproximada de la edad. ¿Hállase en el punto central de la

vida, o en miserable decrepitud? La movilidad de sus facciones y el

llamear de sus ojos, ¿anuncian exaltado ingenio, o desconsoladora

imbecilidad? No es fácil decirlo, ni el espectador, oyéndole y viéndole,

sabe decidirse entre la compasión y la risa. Tiene la cabeza casi

totalmente exhausta de pelo, la barba escasa, entrecana y afeitada a

trozos, como un prado a medio segar. El labio superior, demasiado largo

y colgante, parece haber crecido y ablandádose recientemente, y no cesa

de agitarse con nerviosos temblores, que dan a su boca cierta semejanza

con el hocico gracioso del conejo royendo berzas. Es pálido su rostro,

la piel papirácea, las piernas flacas, la estatura corta, ligeramente

corva la espalda. Su voz sonora regalaría el oído si su palabra no fuera

un compuesto atronador de todas las maneras posibles de reír, de todas

las maneras posibles de increpar, de los tonos del enfático discurso y

del plañidero sermón.

Acércase a él un señor serio y bondadoso, pónele la mano en el hombro

con blandura y cariño, le toma el pulso, lee brevemente en su extraviada

fisonomía, en sus negras pupilas, en el caído labio, y volviéndose a un

joven que le acompaña, dice a este:

«Bromuro potásico, doble dosis».

Sigue adelante el médico, y el paciente toma de nuevo su tono oratorio,

tratando de convencer al tronco de un árbol. Porque la escena pasa en un

gran patio cuadrilongo, cerrado por altos muros sin resalto ni relieve

alguno que puedan facilitar la evasión. Árboles no muy grandes,

plantados en fila, tristes y con poca salud, si bien con muchos pájaros,

dejan caer uniformes discos de sombra sobre el suelo de arena, sin una

hoja, sin una piedra, sin un guijarro, llano y correcto cual alfombra de

polvo. Como treinta individuos vagan por aquel triste espacio; los unos

lentos y rígidos como espectros, los otros precipitados y jadeantes.

Este da vueltas alrededor de dos árboles, trazando con su paso infinitos

ochos, sin cesar de mover brazos, manos y dedos, fatigadísimo sin sudar

y balbuciente sin decir nada, rugoso el ceño, huyendo con indecible

zozobra de un perseguidor imaginario. Aquel, arrojado en tierra, aplica

la oreja al polvo para oír hablar a los antípodas, y su cara de idiota,

plantada en el suelo, es como un amarillo melón que se ríe. Un tercero

canta en voz alta, mostrando un papel o estado sinóptico de los

ejércitos europeos, con división de armas y los respectivos soberanos o

jefes, todo lo cual debe ser puesto en música.

El médico va de uno a otro, interrogándoles, contemporizando

graciosamente con las manías de ellos, sin dejar de hacer objeciones

discretas a cada una. Ya se detiene a echar un párrafo con aquel, de

rostro estúpido, que lleva el pecho cargado de medallas, escapularios y

amuletos; ya habla rápidamente con un viejecillo encanijado y risueño

que, paseándose solo y tranquilo junto al muro, con un mugriento kempis

en la mano, parece filósofo anacoreta o Diógenes del Cristianismo, por

el abandono de su traje y la unción bondadosa de su fisonomía. Es un

sacerdote que tuvo mucho seso. Está meditando ahora la carta que ha de

dirigir al Papa en este día, siguiendo una costumbre que se repite

infaliblemente en los trescientos sesenta y cinco de cada año, y ya

lleva veinte de encierro. Estrecha con mucho afecto la mano del doctor,

échale unos cuantos latines muy bien encajados en la conversación, y por

último pregunta si ha sido echada al correo su epístola del día

anterior, a lo que contesta el médico que sí, y que forzosamente Su

Santidad anda muy distraído en Roma cuando no se digna contestar a

comunicaciones de tanta importancia.

Vuelve el médico hacia donde está el que en los primeros renglones hemos

descrito, y antes de llegar a él dice al practicante:

«Este desgraciado Rufete va a pasar a _Pobres_, porque hace tres meses

que su familia no paga la pensión de segunda. Él no se dará cuenta del

cambio de situación. Si se exacerba esta tarde, será preciso

encerrarle».

Poniéndole la mano en el hombro, el facultativo dice a Rufete:

«Basta, basta ya de violencias. Ya hemos dicho que seremos amigos,

siempre que usted no se me salga de las vías legales... El país le hará

justicia... Calma, serenidad. Si pudiera usted dejar el poder por unos

cuantos meses, ¡qué bien nos vendría a los dos! Nos dedicaríamos a curar

radicalmente ese constipado...

--No es constipado--replica Rufete con prontitud, describiendo arcos con

la cabeza--. Es una gota de mercurio... Anda rodando y escurriéndose...

Ahora está aquí, en la sien derecha... Ahora corre y pasa a la sien

izquierda... Son ciento sesenta y siete millones, doscientas...

--Ya, ya sé... Yo quisiera que no se ocupase usted más de esa cantidad,

puesto que está segura.

--No, no está segura--dice Rufete, demostrando terror--. No sabe usted

qué guerra me hacen esos pillos. No me pueden ver. Pero yo gozo con sus

infamias. Cuando un verdadero genio se empeña en subir a la gloria, la

envidia le proporciona escaleras. Deme usted una envidia tan grande como

una montaña, y le doy a usted una reputación más grande que el mundo...

Adiós; me voy al Congreso. ¿No sabe usted que se han sublevado los

maceros?... Abur, abur».

El médico hace a su compañero la expresiva seña de _no tiene remedio_, y

pasa adelante.

=--II--=

No consta si fue aquel día o el siguiente cuando trasladaron al infeliz

Rufete desde el departamento de pensionistas al de pobres. En el primero

había tenido ciertas ventajas de alimento, comodidad, luz, recreo; en el

segundo disfrutaba de un patio insano y estrecho, de un camastrón, de un

rancho. ¡Ay! Cualquiera que despertara súbitamente a la razón y se

encontrase en el departamento de pobres, entre turba lastimosa de seres

que sólo tienen de humano la figura, y se viera en un corral más propio

para gallinas que para enfermos, volvería seguramente a caer en

demencia, con la monomanía de ser bestia dañina. ¡En aquellos locales

primitivos, apenas tocados aún por la administración reformista, en el

largo pasillo, formado por larga fila de jaulas, en el patio de tierra,

donde se revuelcan los imbéciles y hacen piruetas los exaltados, allí,

allí es donde se ve todo el horror de esa sección espantosa de la

Beneficencia, en que se reúnen la caridad cristiana y la defensa social,

estableciendo una lúgubre fortaleza llamada manicomio, que juntamente es

hospital y presidio! ¡Allí es donde el sano siente que su sangre se

hiela y que su espíritu se anonada, viendo aquella parte de la humanidad

aprisionada por enferma, observando cómo los locos refinan su locura con

el mutuo ejemplo, cómo perfeccionan sus manías, cómo se adiestran en

aquel arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el buen sentido nos

ordena!

Si en unos la afasia excluye toda clase de dolor, en otros la superficie

alborotada de su ser manifiesta indecibles tormentos... ¡Y considerar

que aquella triste colonia no representa otra cosa que la exageración o

el extremo irritativo de nuestras múltiples particularidades morales o

intelectuales... que todos, cuál más, cuál menos, tenemos la

inspiración, el estro de los disparates, y a poco que nos descuidemos

entramos de lleno en los sombríos dominios de la ciencia alienista!

Porque no, no son tan grandes las diferencias. Las ideas de estos

desgraciados son nuestras ideas, pero desengarzadas, sueltas, sacadas de

la misteriosa hebra que gallardamente las enfila. Estos pobres orates

somos nosotros mismos que dormimos anoche nuestro pensamiento en la

variedad esplendente de todas las ideas posibles, y hoy por la mañana lo

despertamos en la aridez de una sola. ¡Oh! Leganés, si quisieran

representarte en una ciudad teórica, a semejanza de las que antaño

trazaban filósofos, santos y estampistas, para expresar un plan moral o

religioso, no, no habría arquitectos ni fisiólogos que se atrevieran a

marcar con segura mano tus hospitalarias paredes. «Hay muchos cuerdos

que son locos razonables». Esta sentencia es de Rufete.

El cual no se dio cuenta de aquella caída brusca desde las grandezas de

pensionista a la humildad del asilado. El patio es estrecho. Se codean

demasiado los enfermos, simulando a veces la existencia de un bendito

sentimiento que rarísima vez habita en los manicomios: la amistad.

Aquello parece a veces una Bolsa de contratación de manías. Hay demanda

y oferta de desatinos. Se miran sin verse. Cada cual está bastante

ocupado consigo mismo para cuidarse de los demás. El egoísmo ha llegado

aquí a su grado máximo. Los imbéciles yacen por el suelo. Parece que

están pastando. Algunos exaltados cantan en un rincón. Hay grupos que se

forman y se deshacen, porque si no amistad, hay allí misteriosas

simpatías o antipatías que en un momento nacen o mueren.

Dos loqueros graves, membrudos, aburridos de su oficio, se pasean

atentos como polizontes que espían el crimen. Son los inquisidores del

disparate. No hay compasión en sus rostros, ni blandura en sus manos, ni

caridad en sus almas. De cuantos funcionarios ha podido inventar la

tutela del Estado, ninguno es tan antipático como el domador de locos.

Carcelero--enfermero es una máquina muscular que ha de constreñir en sus

brazos de hierro al rebelde y al furioso; tutea a los enfermos, los da

de comer sin cariño, los acogota si es menester, vive siempre prevenido

contra los ataques, carga como costales a los imbéciles, viste a los

impedidos; sería un santo si no fuera un bruto. El día en que la ley

haga desaparecer al verdugo, será un día grande si al mismo tiempo la

caridad hace desaparecer al loquero.

Rufete huía maquinalmente de los loqueros, como si los odiara. Los

funcionarios eran para él la oposición, la minoría, la prensa; eran

también el país que le vigilaba, le pedía cuentas, le preguntaba por el

comercio abatido, por la industria en mantillas, por la agricultura

rutinaria y pobre, por el crédito muerto. Pero ya le pondría él las

peras a cuarto al señor país, representado en aquellos dos señores

tiesos, que en todo querían meterse, que todo lo querían saber, como si

él, el eminentísimo Rufete, estuviera en tan alta posición para dar

gusto a tales espantajos. Le miraban atentos, y con sus ojos

investigadores le decían: «Somos la envidia que te mancha para bruñirte

y te arrastra para encumbrarte».

Todos los habitantes del corral tienen su sitio de preferencia. Esta

atracción de un trozo de pared, de un ángulo, de una mancha de sombra,

es un resto de la simpatía local que aquellos infelices llevan a la

región de tinieblas en que vive su espíritu. Constantemente se agitaba

Rufete en un ángulo del patio, tribuna de sus discursos, trono de su

poder. La pared remedaba las murallas egipcias, porque el yeso,

cayéndose, y la lluvia, manchando, habían bosquejado allí mil figuras

faraónicas.

Cuando Rufete se cansaba de andar, sentábase. Tenía mucho que hacer,

despachar mil asuntos, oír a una turba de secretarios, generales,

arzobispos, archipámpanos, y después..., ¡ah!, después tenía que echar

miles de firmas, millones, billones, cuatrillones de firmas. Se sentaba

en el suelo, cruzaba los brazos sobre las rodillas, hundía la cara entre

las manos, y así pasaba algunas horas oyendo el sordo incesante resbalar

del mercurio dentro de su cabeza. En aquella situación, el infeliz

contaba los ciento sesenta y siete millones de pesetas. Esto era fácil,

sí, muy fácil; lo terrible era el pico de aquella suma. ¿Por qué se

escapaban las cifras, huyendo y desapareciendo en menudas partículas del

metal líquido por los intersticios del tul del pensamiento? Era preciso

pensar fuerte y espesar la tela, para coger aquellas 233.412 pesetas,

con sus graciosas crías los 75 céntimos.

Los vestidos de este sujeto sin ventura eran puramente teóricos. Había

sobre sus miserables y secas carnes algunas formas de tela que

respondían en principio a la idea de camisa, de levita, de pantalón;

pero más era por los pedazos que faltaban que por los pedazos que

subsistían. ¡Hacía tanto tiempo que su familia no le llevaba ropa!...

Últimamente le pusieron una blusa azul. Pero una mañana se comió la

mitad. Era el más indócil y peor educado de todos los habitantes de la

casa. No obstante, sobre aquellos harapos se ponía todos los días una

corbata no mala, liándosela con arte y esmero delante de la pared, hecha

espejo de un golpe de imaginación. Aquel negro dogal sobre la carne

desnuda del estirado cuello, impedíale a veces los movimientos; pero

llevaba con paciencia la molestia en gracia del bien parecer.

Cuando anochecía o cuando el tiempo era malo, Rufete era el último que

dejaba el patio. Comúnmente los loqueros se veían en el caso de llevarle

a la fuerza. Dormía en una sala baja, húmeda, con rejas a un largo

pasillo, el cual las tenía a la huerta. Desde los duros camastros veíase

la espesura del arbolado; pero, al través de las rejas dobles, la

alegría del intenso verdor llegaba a los ojos de los orates mermada o

casi perdida, con un efecto de país bordado en cañamazo. En el

dormitorio no cesaban, ni aun a horas avanzadas, los cantos y gritos.

Las tinieblas eran para la mayor parte de ellos lo mismo que el claro

día. Algunos dormían con los ojos abiertos. Oíase desde la sala la

murmuración del chorro de una fuente, la cual con tal constancia

estimulaba el oído, que Rufete se pasaba horas enteras en conversación

tirada con el agua charlatana en estos o parecidos términos: «En todo lo

que Su Señoría me dice, señor chorro, hay mucha parte de razón y mucho

que no puede admitirse. Subí al poder empujado por el país que me

llamaba, que me necesitaba. El primer escalón fue mi mérito, el segundo

mi resolución, el tercero la lisonja, el cuarto la envidia... ¿Pero qué

habla usted de convenios reservados, de pactos deshonrosos? Cállese

usted, tenga usted la bondad de callarse; le ruego, le mando a usted que

se calle».

Y colérico se abalanzaba a la reja, ponía el oído, hacía señales de

conformidad o denegación, oprimía los barrotes. La fluida elocuencia del

chorro no tenía fin jamás. Era como uno de esos oradores incansables que

siempre están hablando de sí mismos. La aurora le encontraba engolfado

en la misma tesis, y a Rufete diciendo con espantosa jovialidad: «No me

convence, no me convence Su Señoría».

¡La aurora!, aun en una casa de locos es alegre; aun allí son hermosos

el risueño abrir de ojos del día y la primera mirada que cielo y tierra,

árboles y casas, montes y valles se dirigen. Allí los pájaros

madrugadores gorjean lo mismo que en las alamedas del Retiro sobre las

parejas de novios; el sol, padre de toda belleza, esparce por allí los

mismos prodigios de forma y color que en las aldeas y ciudades, y el

propio airecillo picante que menea los árboles, que orea el campo, que

estimula a los hombres al trabajo y lleva a todas partes la alegría, el

buen apetito, la sazón y la salud, derrama también por todas las zonas

del establecimiento su soplo vivificante. Las flores se abren, las

moscas emprenden sus infinitos giros, las palomas se lanzan a sus

remotos viajes atmosféricos; arriba y abajo cada cual cede al impulso

excitante según su naturaleza. Los locos salen de los cuartos o

dormitorios con sus fieros instintos poderosamente estimulados.

Redoblan, en aquella hora del despertamiento general, sus acostumbrados

dislates, hablan más alto, ríen más fuerte, se arrastran y se embrutecen

más; algunos rezan, otros se admiran de que el sol haya salido de noche,

aquel responde al lejano canto del gallo, este saluda al loquero con

urbanidad refinada; quién pide papel y tinta para escribir la carta, ¡la

indispensable carta del día!; quién se lanza a la carrera, huyendo de un

perseguidor que aparece montado en el caballo del día, y todo aquel

carnavalesco mundo comienza con brío su ordinaria existencia.

La numerosa servidumbre de la casa emprende la faena de limpieza, y

estrépito de escobazos corre por salas y pasillos, confundiéndose con el

sacudir de ropas, el arrastrar de muebles. A misa llama la campana de la

capilla, el Director administrativo sale de su despacho a inspeccionar

los servicios, y las hermanas de la Caridad, alma y sostén del asilo por

estar encargadas de su régimen doméstico, van y vienen con actividad de

madres de familia. Sus faldas azules, azotadas por enorme rosario, sus

blancas tocas aladas, respetables y respetadas como enseña de paz, se

ven por todas partes, entre el verdor de la huerta, entre los estantes

de la botica, en la enorme cocina, cuyos hogares de hierro vomitan

lumbre; en la despensa llena de víveres; en el lavadero, donde ya saltan

los chorros de agua; en el alto secadero que domina la huerta, y en el

patio de mujeres, en la región de las locas, que es el departamento de

trabajo más penoso y de las dificultades más terribles.

¡Las locas! Estamos en el lugar espeluznante de aquel Limbo enmascarado

de mundo. Los hombres inspiran lástima y terror; las hijas de Eva

inspiran sentimientos de difícil determinación. Su locura es, por lo

general, más pacífica que en nosotros, excepto en ciertos casos

patológicos exclusivamente propios de su sexo. Su patio, defendido en la

parte del sol por esteras, es un gallinero donde cacarean hasta veinte o

treinta hembras con murmullo de coquetería, de celos, de cháchara

frívola y desacorde que no tiene fin, ni principio, ni términos claros,

ni pausa, ni variedad. Óyese desde lejos, cual disputa de cotorras en la

soledad de un bosque... Las hay también juiciosas. Algunas pensionistas,

tratadas con esmero, están tranquilas y calladas en habitación clara y

limpia, ocupándose en coser, bajo la vigilancia y dirección de dos

hermanas de la Caridad. Otras se decoran con guirnaldas de trapo, flores

secas o con plumas de gallina. Sonríen con estupidez o clavan en el

visitante extraviados ojazos.

También la _hermosa mitad_ tiene sus jaulas de dobles rejas. No serían

mujeres si no necesitaran alguna vez estar bajo llave. Es frecuente ver

dos manos flacas y nerviosas asidas a una reja, y oír la voz ronca de

una desgraciada que pide le devuelvan los hijos que nunca ha tenido. Hay

una que corre por pasillos y salas buscan _do su propia persona._

Volvamos al patio de varones pobres. Aquel día faltaba en él Rufete.

Creeríase que había crisis. Poco después de amanecer se dirigió al

loquero y le dijo: «Hoy no estoy para nadie, absolutamente para nadie».

Después cayó en un marasmo profundo. Enmudeció. El chorro de la fuente

preguntaba por él y ninguno de los asilados allí presentes sabía darle

razón.

Lleváronle a la enfermería. El médico mandó que le dieran una ducha, y

fue llevado en brazos a la inquisición de agua. Es un pequeño balneario,

sabiamente construido, donde hay diversos aparatos de tormento. Allí dan

lanzazos en los costados, azotes en la espalda, barrenos en la cabeza,

todo con mangas y tubos de agua. Esta tiene presión formidable, y sus

golpes y embestidas son verdaderamente feroces. Los chorros afilados, o

en láminas, o divididos en hilos penetrantes como agujas de hielo,

atacan encarnizados con el áspero chirrido del acero. Rufete, que ya

conocía el lugar y la maquinaria, se defendió con fiero instinto. Le

embrazaron, oprimiéndole en fuerte anilla horizontal de hierro sujeta a

la pared, y allí, sin defensa posible, desnudo, recibió la acometida.

Poco después yacía aletargado en una cama con visibles apariencias de

bienestar. Al fin, durmió profundamente.

=--III--=

A la misma hora que esto pasaba, una joven llegó a la puerta del

establecimiento. Quería ver al señor Director, al señor facultativo,

quería ver a un enfermo, a su señor padre, a un tal don Tomás Rufete;

quería entrar aunque se lo vedaran; quería hablar con el señor capellán,

con las hermanas, con los loqueros; quería ver el establecimiento;

quería entregar una cosa; quería decir otra cosa...

Estos múltiples deseos, que se encerraban en uno solo, fueron expresados

atropelladamente y con turbación por la muchacha, que era más que

medianamente bonita, no por cierto muy bien vestida ni con gran esmero

calzada. Temblaba al hacer sus preguntas y ponía extraordinario ardor en

la expresión de su deseo. Sus ojos expresivos habían llorado, y aún

lloraban algo todavía. Sus manos algo bastas, sin duda a causa del

trabajo, oprimían un lío de ropa seminueva, mal envuelta en un pañuelo

rojo. Rojo era también el que ella en su cabeza llevaba, descuidadamente

liado debajo de la barba a estilo de Madrid. ¿Con qué prenda se cubría?

¿Sotana, mantón, gabán de hombre? No: era una prenda híbrida, un arreglo

del ruso al español, un cubrepersona de corte no muy conforme con el

usual patrón. Ello es que su pañuelo rojo, sus lágrimas acabadas de

secar, su gabán raído y de muy difícil calificación en indumentaria, su

agraciado rostro, su ademán de resignación, sus botas mayores que los

pies y ya entradas en días, inspiraban lástima.

No le fue difícil llegar al despacho del señor Director. Al verle y

darse a conocer y preguntar por el Sr. Rufete, se le vinieron tantas

lágrimas a los ojos y la garganta se le obstruyó de tal modo, que tuvo

que callarse. El Director, hombre compasivo, la mandó sentar, rogándole

que se calmase.

«Hace tres meses que no se ha pagado la pensión--dijo ella al cabo,

metiendo la mano en alguna parte de su extraña vestimenta».

Porque el gabán tenía un bolsillo hondo. Su autora había sido pródiga en

esto, presumiendo tener mucho que guardar. De aquel pozo de tela sacó un

paquete de papel que parecía contener dinero.

«Luego, luego veremos--dijo el Director, resistiéndose a tomar la

suma--. ¡Ah! ¿También trae ropa? Veo que no se descuida usted... Está

bien, bien. El pobre D. Tomás tenía ya mucha falta... Déjelo usted ahí.

Luego... Siéntese usted y descanse.

--¿Pero no le veré ahora mismo?--preguntó ella con ansiedad.

--No es fácil, no es fácil. Ya sabe usted que se excitan mucho al ver a

las personas de su familia. Precisamente el pobre Sr. Rufete está

sufriendo ahora una crisis bastante peligrosa».

La del ruso cruzó las manos, y miró al techo.

«El señor facultativo está haciendo ahora la visita... Le hablaremos,

veremos lo que dice. Si él consiente... Pero no lo consentirá. No

conviene que usted vea a su señor padre ahora. Más tarde... Siéntese

usted, tranquilícese. Ya, ya recuerdo cuando vino usted con él hace

bastante tiempo. Usted se llama...

--Isidora, para servir a usted... ¡Pobrecito papá! Si no me le dejan

ver, dígale usted que estoy aquí, que está aquí su Isidorita, que viene

a darle un beso, que mañana traeré a Mariano, mi hermanito... ¡Ah Dios

mío!; pero él no entenderá, no entenderá nada. ¡Pobre hombre! ¿Y no hay

esperanzas de que vuelva a la razón?».

El Director hizo signos de cabeza y boca sumamente desconsoladores.

Parecía empeñado en quitar toda esperanza. Isidora, rendida de

cansancio, se sentó en una banqueta. Habiéndole recomendado con frases

convencionales, si bien generosas, la resignación y una tranquilidad que

era imposible, el Director salió.

No se quedó sola la joven en el despacho. En un ángulo de este había una

mesa de escribir. Sentado tras ella, con la espalda a la pared, un

hombre escribía, fija la vista en el papel, trazando con seguro pulso

esos hermosos caracteres redondos y claros de la caligrafía española. La

mesa estaba llena de papeles que parecían estados, listas de nombres,

cuentas con infinitas baterías de números. Un alto estante repleto de

papeles y libros rayados indicaba que aquel buen señor de pluma y suma

ayudaba al Director, cuya mesa no distaba mucho, en la difícil

administración del Establecimiento. Era el tipo del funcionario antiguo,

del ya fenecido covachuelista, conservado allí cual muestra del

metódico, rutinario y honradísimo personal de nuestra primitiva

burocracia. Era de edad provecta, pequeño, arrugadito, bastante moreno y

totalmente afeitado como un cura. Cubría su cabeza con un bonetillo

circular, ni muy nuevo ni muy raído, contemporáneo de los manguitos

verdes atados a sus codos. Escribía con trazos tan seguros, uniformes y

ordenados, que parecía escribientil máquina. Sin alzar los ojos del

papel estiraba de rato en rato toda la piel de la boca, mostraba los

dientes blancos, finos y claros, y por entre los huecos de ellos sorbía

una gran porción de aire. Isidora, harto ocupada de su dolor, no hacía

caso del anciano escribiente; pero este no cesaba de echar ojeadas

oblicuas a la joven como buscando un motivo de entablar conversación.

Siendo al fin más fuerte que su timidez su apetito de charlar, rompió el

silencio de esta manera:

«Señorita, ¿se cansa usted de esperar?... Todo sea por Dios. No hay más

remedio que conformarse con su santa voluntad».

A Isidora (¿por qué ocultarlo?) le gustó que la llamaran señorita. Pero

como su ánimo no estaba para vanidades, fijó toda su atención en las

palabras consoladoras que había oído, contestando a ellas con una mirada

y un hondísimo suspiro.

«Esta casa--añadió el amanuense dando a conocer mejor su voz melodiosa y

dulce, que llegaba al alma--no es una casa de divertimiento; es un asilo

triste y fúnebre, señorita. Yo me hago cargo, sí, señorita, me hago

cargo de su dolor de usted...».

Y se envasó en el cuerpo, aspirándola por entre los dientes, otra gran

cantidad de aire. Jugaba graciosamente con la pluma, y mojándola y

sacudiéndola a golpecitos metódicos, prosiguió así:

«Pero no debe esperarse de este pícaro mundo otra cosa que penas,

¡ay!... penas y amarguras. Usted es joven, usted es una niña, y

todavía... vamos, todavía no conoce más que las flores que suelen

adornar al principio los bordes del camino; pero cuando usted ande más,

más...».

Isidora dio otro suspiro. Grandísimo consuelo le infundían las palabras

sensatas y filosóficas de aquel bondadoso sujeto, a quien desde entonces

tuvo por sacerdote.

«¿Es usted...._por casualidad_ sacerdote?--le preguntó con timidez.

--No, señora--repuso el otro, escribiendo un poco--. Soy seglar. Hace

treinta y dos años que trabajo en esta oficina. Pero, volviendo al

asunto, el mundo, señorita, es un valle de lágrimas. Váyase usted

acostumbrando a esta idea. Afortunadamente hemos nacido y vivimos en el

seno de la religión verdadera, y sabemos que hay un _más allá_, sabemos

que en ese _más allá_, señorita, nos aguarda el premio de nuestros

afanes; sabemos que hemos de volver a ver a los que hemos perdido...».

El anciano se conmovió un poco, Isidora tanto, que volvieron a salir

lágrimas de sus ojos. Llevándose a ellos la punta del pañuelo rojo,

exclamó:

«¡Mi pobre enfermo!...

--¡Ah!... ¡qué bello es el dolor de una hija!--dijo el bebedor de aire

soltando resueltamente la pluma--, ¡cuán meritorio a los ojos de Aquel

que todo lo ve, que todo lo pesa, que da a cada uno lo suyo!... Llore

usted, llore usted; no seré yo quien trate de combatir su pena con

consuelos triviales. Lo único que le diré es que la religión y el tiempo

la curarán de este mal: la religión elevando su espíritu y haciéndole

ver una segunda vida de premio y descanso donde los que hemos llorado

seremos consolados, donde los que tuvimos hambre y sed de justicia

seremos hartos; el tiempo, pasando su mano suave, suave, por estas

nuestras heridas y cerrándolas poco a poco. Usted es aún muy joven.

Puede ser que el Señor le reserve aquí en la tierra algo de lo que, por

no tener otra palabra, llamamos felicidades; usted será esposa de algún

hombre honrado, madre de familia, dignísima abuela...».

Acababa de liar un cigarrillo, y con mucha finura dijo así:

«¿Le molesta a usted el humo del tabaco?

--¡Oh! no, señor; no, señor.

--Más cómodamente estará usted en el sillón que en ese banco. ¿Por qué

no se sienta usted allí?

--No, señor; muchas gracias. Aquí estoy bien».

Isidora estaba encantada. La discreta palabra de aquel buen señor,

realzada por un metal de voz muy dulce, su urbanidad sin tacha, un no sé

qué de tierno, paternal y simpático que en su semblante había,

cautivaban a la dolorida joven, inspirándole tanta admiración como

gratitud. El ancianito la miraba como para inundarla, digámoslo así, con

las corrientes de bondad que afluían de sus ojos. Había en su mirar

tanta compasión, un interés tan puro y cristiano, que la pobre joven se

felicitó interiormente de aquella amistad que le deparaba Dios en

momentos de aflicción. Pensándolo así y dando gracias a Dios por un

socorro moral de tanta valía, se sintió tocada del deseo de confiarse,

de abrir un poco su corazón para mostrar sus penas. Era naturalmente

expansiva, y las circunstancias la ponían en el caso de serlo más aún

que de ordinario.

«¿Conoce usted a mi padre?--preguntó.

--Sí, hija mía, le conozco y me da mucha lástima... Bastante se ha hecho

en la casa por aliviar sus penas y combatir sus manías... Pero Dios no

ha querido. Contra Él no se puede nada. Consolémonos todos pensando en

que la grandiosa armonía del mundo consiste en el cumplimiento de la

voluntad soberana».

Esta sentencia afectó a la de Rufete, haciéndole pensar en lo cara que a

ella sola le costaba la armonía de todos. Enjugándose otra vez las

lágrimas, dijo así:

«¡Y si viera usted qué bueno ha sido siempre!... ¡Cuánto nos quería! No

tenía más que un defecto, y es que nunca se contentaba con su suerte,

sino que aspiraba a más, a más. Es que el pobrecito tenía talento, se

encontraba siempre en último lugar debiendo estar en el primero... ¡Hay

en el mundo cada injusticia...! Por eso él no se conformaba nunca, y

estaba siempre de mal humor y se enojaba y reñía con mi madre. Como era

caballero y sus posibles no le daban para portarse como caballero,

padecía lo indecible. Y no es que no trabajase... Iba a la oficina casi

todos los días y se pasaba en ella lo menos dos horas. Fue secretario de

tres Gobiernos de provincia y no llegó a gobernador por intrigas de los

del partido. Mi madre le decía: «¡Ah!, mejor te valdría haber aprendido

un oficio que no vivir colgado a los faldones de los ministros, hoy me

caigo, hoy me levanto...». ¡Pero quia!; él sabía de oficina más que la

_Gaceta_, y cuando hablaba de las rentas, del presupuesto y de esas

cosas de gobernar, todos los que le oían estaban asombrados. Su padre,

mi abuelito, había sido también de oficina. El pobre murió de mala

manera. ¿Le conoció usted?...

--No, hija mía. Siga usted, que la oigo con mucho interés.

--Fue, en no sé qué tiempo, de la Milicia Nacional, hizo barricadas,

hablaba mucho, y para él todos los que gobernaban eran ladrones. Cuando

yo era niña jugaba con el morrión de mi abuelo... ¡Qué cosas!... Oiga

usted... El que llamo mi padre fue más listo que el que llamo mi abuelo.

¡Oh!, sí, era caballero y tenía talento. En el partido le temían. Él

mismo lo decía: «Yo tengo que llegar a donde debo llegar, o me volveré

loco...» ¡Pobrecito! Cuando estaba cesante se desesperaba. Iba a las

sesiones del Congreso y hacía mucho ruido en la tribuna aplaudiendo a la

oposición. Salía de Madrid con recados secretos. No hablaba más que de

la que se iba a armar, de una cosa tremenda..., ¿me entiende usted?».

El anciano, después de tragarse la mitad de la atmósfera del cuarto,

hizo signos afirmativos, arqueando las cejas y sonriendo como hombre

conocedor de las debilidades de sus semejantes.

«La última vez que le dejaron cesante, nos vimos tan mal, tan mal, que

no se podía esperar a que le colocaran. Yo trabajaba; mi mamá cayó

enferma; mi padre entró de corrector de pruebas en una imprenta donde se

hacía un periódico grande, muy grande... Trabajaba todas las noches

junto a un quinqué de petróleo que le abrasaba la frente. Se tragaba mil

discursos, artículos, sueltos, decretos, y cuando llegaba la mañana

(porque el trabajo duraba toda la noche) y volvía a casa, no descansaba,

no, señor. ¿Qué creerá usted que hacía? Pues ponerse a escribir. Todos

los días entraba con una mano de papel y la llenaba de cabo a rabo. ¿Qué

creerá usted que escribía?

--Cartas al Soberano, al Santo Padre, a los embajadores y ministros. Por

ahí empiezan muchos.

--¡Quia!; no, señor. Escribía decretos, leyes y reales órdenes. Aunque

al salir de su cuarto cerraba siempre, yo hallé una noche medios de

abrir, y vimos todo. Mi mamá y yo decíamos: «Quizás esté copiando para

traernos algo de comer». ¡Qué chasco nos llevamos!; todo se volvía:

_Artículo primero_, tal cosa; _artículo segundo_, tal cosa. Y luego:

_Quedo encargado de la ejecución del presente decreto_. Hacía preámbulos

atestados de disparates. Conforme llenaba pliegos los iba coleccionando

con mucho cuidado, y a cada legajo le ponía un letrero diciendo: _Deuda

Pública_, o _Clases Pasivas_, _Aduanas_, _Banco_, _Amillaramientos_.

También ponía en ciertos paquetes rótulos que no entendíamos, porque

eran ya locura manifiesta, y decían: _Ruinas_, o bien _Fanatismo_,

_Barbarie_, _Urbanización de Envidiópolis_, _Vidrios rotos_, _Sobornos_,

_Subvención Personal_, y así por este estilo. «¡Ay Dios mío!--dijimos

mamá y yo--; ya no tenemos marido, ya no tenemos padre. Este hombre está

loco». Estuvimos llorando toda la noche.

--Todo sea por Dios--dijo, con emoción el viejo, al ver que Isidora se

interrumpía para llorar--. Pero ¿qué es eso, hija mía, comparado con lo

que Cristo padeció por nosotros?

--Mi madre murió en aquellos días--prosiguió Isidora, casi completamente

ahogada por el llanto--. Aquel día, ¡oh Dios mío, qué día!, mi padre

hizo los disparates más atroces; no lloró, no se afectó nada. Cuando mi

madre expiró en mis brazos, él dio dos o tres paseos por el cuarto, y

mirándome con unos ojos..., ¡Jesús, qué ojos!..., me dijo: «Se le harán

los honores de tenienta generala muerta en campaña...». No puedo

recordar estas cosas; me muero de pena. Fue preciso encerrarle aquí. Un

pariente bastante acomodado que teníamos en el Tomelloso se condolió de

mí y ofreció dar la pensión de segunda. Yo me fui a la Mancha con él, y

mi hermanito se quedó aquí con una tía de mi madre. Pasado algún tiempo,

mi tío el canónigo se olvidó de pagar la pensión. Es el mejor de los

hombres; pero tiene unas rarezas...».

Desde la mitad de esta relación, ya tenía Isidora que beberse las

lágrimas entre palabra y palabra. El bendito señor que la oía,

enternecido de tanta desdicha, levantose de su asiento y dio algunos

pasos para vencer su emoción.

«Todo sea por Dios--dijo liando nerviosamente otro cigarrillo--. Noble

criatura, su juventud de usted ha sido muy triste; ha nacido usted en un

páramo...

--Y todo cuanto he padecido ha sido injusto--añadió ella prontamente,

sorbiendo también una regular porción de aire, porque todo es contagioso

en este mundo--. No sé si me explicaré bien; quiero decir que a mí no me

correspondía compartir las penas y la miseria de Tomás Rufete, porque

aunque le llamo mi padre, y a su mujer mi madre, es porque me criaron, y

no porque yo sea verdaderamente su hija. Yo soy...».

Se detuvo bruscamente por temor de que su natural franco y expansivo la

llevase, sin pensarlo, a una revelación indiscreta. Pero el escribiente,

con esa rapacidad de pensamiento que distingue a los hombres

perspicaces, se apoderó de la idea apenas indicada, y dijo así:

«Sí, entiendo, entiendo. Usted por su nacimiento pertenece a otra clase

más elevada; sólo que circunstancias largas de referir la hicieron

descender... ¡Cosas de Nuestro Padre que está en los Cielos! Él sabrá

por qué lo hace. Acatemos sus misterios divinos, que al fin y a la

postre, siempre son para nuestro bien. Usted, señorita--añadió tras

breve pausa, quitándose cortesanamente la gorra--, no ve, no puede ver

en el infelicísimo Rufete más que un padre putativo, tal y como el Santo

Patriarca San José lo era de Nuestro Señor Jesucristo».

¡De qué manera tan clara relampagueó el orgullo en el semblante de

Isidora al oír aquellas palabras! Su rubor leve pasó pronto. Sus labios

vacilaron entre la sonrisa de vanidad y la denegación impuesta por las

conveniencias.

«Yo no quisiera hablar de eso--dijo tomando un tonillo enfático de calma

y dignidad, que no hacía buena concordancia con su ruso--. ¡Respeto

tanto al que llamo mi padre, le quiero tanto, nos quiso él tanto a mí y

a mi hermanito!..., ¡fuimos tan mimados cuando éramos niños!... Nos

hacía el gusto en todo, y como entonces mandaba el partido y él tenía

una buena colocación (porque estaba en Propiedades del Estado), vivíamos

muy bien. En aquella época Rufete puso nuestra casa con mucho lujo, con

un lujo... ¡Dios de mi vida! Como él no tenía más idea que aparentar,

aparentar, y ser persona notable...

--Hija mía--dijo el anciano con vivacidad--, una de las enfermedades del

alma que más individuos trae a estas casas es la ambición, el afán de

engrandecimiento, la envidia que los bajos tienen de los altos, y eso de

querer subir atropellando a los que están arriba, no por la escalera del

mérito y del trabajo, sino por la escala suelta de la intriga, o de la

violencia, como si dijéramos, empujando, empujando...».

No bien hizo el venerable sujeto esta sustanciosa observación, que

indicaba tanto juicio como experiencia, marchó con acompasado y no muy

lento andar hacia el rincón opuesto del despacho. Reflexionaba Isidora

en aquellas sabias palabras, fijos los ojos en las rayas de la estera de

cordoncillo; pero su pena y la situación en que estaba la reclamaron, y

volvió a suspirar y a asombrarse de que el Director tardase tanto.

Cuando alzó los ojos, el anciano pasaba por delante de ella en dirección

de la mesa; en seguida pasaba de nuevo en dirección del ángulo. Sin

advertir que el buen señor estaba muy agitado, sin duda por hacerse

generosamente partícipe de las penas que había oído referir, Isidora se

distraía un poco, pues por grande que sea una desdicha y por mucho que

embargue y ahogue, hay momentos en que deja libre el espíritu para que

dé un par de vueltas o paseos por el campo de la distracción, y se

fortifique antes de volver al martirio. Un dilatado aburrimiento, un

largo período de antesala, ayudan este fenómeno del alma.

Como en el despacho aquel reinaban el silencio y la calma; como en el

pasar y repasar del anciano escribiente había algo de oscilación de

péndulo; como, además, del propio interior de Isidora se derivaba una

dulce somnolencia que aletargaba su dolor, la joven se entretuvo, pues,

un ratito contemplando la habitación. ¡Qué bonito era el mapa de España,

todo lleno de rayas divisorias y compartimientos, de columnas de números

que subían creciendo, de rengloncitos estadísticos que bajaban

achicándose, de círculos y banderolas señalando pueblos, ciudades y

villas! En la región azul que representaba el mar, multitud de barquitos

precedidos de flechas marcaban las líneas de navegación, y por la gran

viñeta de la cabecera menudeaban las locomotoras, los vapores, los

faros, y además muelles llenos de fardos, chimeneas de fábricas, ruedas

dentadas, globos geográficos, todo presidido por un melenudo y furioso

león y una señora con las carnes bastante más descubiertas de lo que la

honestidad exige... ¡Qué silencio tan hondo y suave se aposentaba en la

sosegada estancia, y cómo se sentía el ambiente puro del campo! Sólo

cuando se abría la puerta entraba un eco lejano y horripilante de risas

y gritos que no eran como los gritos y risas del mundo. ¡Y cuántos y

cuán bonitos libros encerraba el armario de caoba, sobre el cual

gallardeaba un busto de yeso! Aquel señor blanco sin niñas en los ojos,

con los hombros desnudos como una dama escotada, debía de ser alguno de

los muchos sabios que hubo en tiempos remotos, y en él, en el estante de

los libros y en el mapa gráfico--estadístico se cifraba toda la

sabiduría de los siglos.

En este reconocimiento del lugar empleó Isidora menos de un minuto. De

pronto se fijó en el anciano, que seguía pasando por delante de ella con

rapidez creciente, y se asombró de ver la agitación de sus manos, el

temblor de sus labios y la vivacidad de sus ojos, apariencias muy

distintas de aquella su anterior facha bondadosa y simpática. Parándose

ante Isidora, exclamó con palabra torpe y muy conmovida:

«Señora, nunca hubiera creído esto en una persona como usted.

--¡Yo!--murmuró Isidora, llena de espanto.

--¡Sí!--dijo el otro alzando la voz--, usted me está insultando; usted

me está insultando».

El disparatado juicio, la voz alterada del viejo, su agitación

creciente, fueron un rayo de luz para Isidora. Se levantó buscando la

puerta; corrió hacia ella despavorida. El terror le daba alas. Entre

tanto el anciano gritaba:

«Insultándome, sí, sin respeto a mis canas, a mis sufrimientos de

padre... ¡Oh, Señor! Perdónala, perdónala, Señor, porque no sabe lo que

se dice».

Isidora salió al pasillo cuando llegaba el Director, que al instante

comprendió la causa de su miedo. Sonriendo, la tomó de la mano para

obligarla a entrar.

«El pobre Canencia...--dijo--. Cosa rara... Hace tanto tiempo que está

tranquilo... Pero es un ángel, es incapaz de hacer el menor daño».

Ambos le miraron. El semblante del anciano no expresaba ira, sino

emoción, y dos lágrimas rodaban por sus mejillas.

«También usted me insulta, señor Director--dijo oprimiéndose el pecho, y

con la entonación y los ademanes de un cómico mediano--. No puedo más,

no puedo más... ¡Adiós, adiós, ingratos!».

Y salió escapado.

«Eso le pasa pronto--indicó el Director a Isidora, que aún no había

vuelto de su espanto--. Es un bendito; hace treinta y dos años que está

en la casa y pasa largas temporadas, a veces dos y tres años, sin la más

ligera perturbación. Sus accesos no son más que lo que usted ha visto.

Principia por decir que tiene dos máquinas eléctricas en la cabeza y

luego sale con que le insulto. Echa a correr, da unos cuantos paseos por

la huerta, y al cabo de un rato está ya sereno. Trabaja bien, me ayuda

mucho, y, como usted habrá visto si le ha oído, es de encargo para dar

consejos. Parece un santo y un filósofo. Yo le quiero al pobre Canencia.

Vino por cuestiones y pleitos con sus hijos... Historia larga y triste

que no es de este lugar. Vamos a la de usted, que tampoco es alegre, y

hoy menos que nunca».

El Director dio un gran suspiro, expresión oficial de sus sentimientos

compasivos, e Isidora quedose fría, aguardando terribles noticias. ¡Cómo

miraba al buen señor, deletreando en su cara, y qué bien le decía esta

que no esperara nada bueno!

«Yo quisiera verle...--balbució Isidora.

--Eso es imposible. ¡Verle!, ¿y para qué?... Mal, muy mal está el pobre

Rufete--afirmó el Director, moviendo la cabeza--. Llénese usted de

paciencia, porque, verdaderamente, si esta enfermedad es incurable, si

no cesa de atormentarse el que la padece, mejor es que se vaya a

descansar... Yo, lo digo con franqueza, si tuviera alguna persona de mi

familia en ese estado, desearía...».

Trabajo le costó a Isidora admitir la funesta verdad que se le quería

anunciar con caritativas precauciones, y tragando saliva para deshacer

aquel nudo que en su garganta se formaba, habló con medias palabras de

esta manera:

«Quién sabe... Todavía... Pero yo quiero verle.

--Vamos, que no... Ya...».

El buen señor estaba impaciente. Tenía que hacer.

«Siéntese usted...--murmuró acercando un sillón--. ¿Quiere usted que le

traiga un vaso de agua?».

Isidora no decía nada. Sus ojos, aterrados, se clavaron en el busto de

yeso. Lo examinó bien y estúpidamente, viéndole con claridad, por esa

atracción rara que en el momento de recibir una noticia grave ejerce

sobre los sentidos un objeto material cualquiera, que luego queda por

algún tiempo asociado a la noticia misma...

=--IV--=

Al mismo tiempo que Isidora contaba sus desdichas al inocentísimo

Canencia, ocurría no lejos de allí un hecho que, con ser muy triste, no

afectaba grandemente a los que lo presenciaban. Eran éstos el Director

facultativo, el administrativo, un practicante, alumno de Medicina, el

capellán y un enfermero. El moribundo, pues de morirse un hombre se

trata, era Rufete. La crisis era violenta y calmosa, de desarrollo fácil

y término decidido. El enfermo apenas tenía movimiento y vida más que en

la cabeza; no padecía nada; se iba por rápida y llana pendiente, sin

choque, sin batalla, sin convulsiones, sin defensa.

«Muere bien»--dijo en voz baja el médico.

El paciente dio un gran suspiro, abrió los ojos, miró a todos uno por

uno; y no con furia, no con espasmos de insensato, ni iracundas

recriminaciones, sino con apagada voz, con sentimiento tranquilo, que

más que nada era profundísima lástima de sí mismo, pronunció estas

palabras: «Caballeros, ¿es cierto lo que me figuro?... ¿Es cierto que

estoy en Leganés?».

El médico le quiso consolar con palabras campechanas.

«Hombre, no sea usted tonto...; si está usted en su casa... Vamos, que

se va usted a poner bueno».

El enfermo movió tristemente la cabeza. Permaneció largo rato mudo.

Después tomó la mano del cura, la besó... Quiso hablar, no pudo, se le

vio luchar con la palabra. Al fin, tras un desesperado esfuerzo de

voluntad, pudo decir a media voz:

«Mis hijos..., la marquesa...».

Y calló para siempre. Médico y aprendiz observaron con la atención y la

frialdad de la ciencia aquel caso de tránsito, y después se fueron a

extender el parte. Acercose a ellos el Director, manifestándoles con más

lástima que alarma la presencia en la casa de una hija del muerto. El

aprendiz de médico declaró al punto conocerla, y alegrándose de que allí

estuviera, quiso participar de las dificultades de darle la noticia y

del compromiso de consolarla y darle algún socorro si lo había menester.

Fue el Director a su despacho en busca de Isidora, y allí pasó lo que

referido queda. Ya la desgraciada joven del ruso empezaba a comprender

la certeza de su desdicha, cuando entró en el despacho un mozo como de

veinticuatro años, el cual, llegándose a ella con muestras de confianza,

le dijo:

«¿Conque usted por aquí, Isidora?... ¡Y en qué momento tan triste!...

¿Pero no me conoce usted? ¿Tan desmemoriada estamos, Isidora? ¿No se

acuerda usted de D. Pedro Miquis, el del Toboso, que iba muchas veces al

Tomelloso a buscar a su tío de usted, el señor Canónigo, para salir

juntos de casa? Pues yo soy hijo de D. Pedro Miquis. ¿No se acuerda

usted tampoco de mi hermano Alejandro? ¿No se acuerda de que algunas

veces, por vacaciones, íbamos acompañando a mi padre?... Pues hace cinco

años que estoy aquí estudiando Medicina. ¿Y cómo está su señor tío?

¿Hace mucho que ha dejado usted aquel célebre Tomelloso?...».

Isidora le miraba por una rasgadura hecha en la nube negra de su pena;

le miraba y le reconocía. Sí, su memoria se iba iluminando ante aquella

fisonomía que con ninguna otra podía confundirse. Aquel semblante pálido

y moreno, tan moreno y tan pálido que parecía una gran aceituna; aquella

brevedad de la nariz contrastando con el grandor agraciado de la boca,

cuyos dientes blanquísimos estaban siempre de manifiesto; aquella ceja

ancha, tan negra y espesa que parecía cinta de terciopelo, y aquellos

ojos garzos donde anidaban traidoras todas las malicias y toda la ironía

del mundo; aquella fealdad graciosa, aquella desenvoltura de maneras,

aquel abandono en el vestir, y, por último, la desenfadada manera de

insinuarse, pregonaban, sin dejar lugar a dudas, a Augustito Miquis, el

hijo de D. Pedro Miquis, el del Tomelloso. De golpe entraron a la mente

de Isidora ideas mil y recuerdos de una época en que la infancia se

confundía con la adolescencia, época de tonterías, de miedos, de

inocentes confianzas y de lances cuya memoria no siempre es agradable.

No acertó a contestar sino con medias palabras. Miquis se hizo cargo de

la situación, y poniéndose todo lo serio que podía, cosa en él de

grandísima dificultad, dijo en tono grotescamente compungido:

«Lo primero es que usted salga de esta casa...; ¡ay, qué casa!... Nada

hay que hacer aquí. Si va usted a Madrid tendré mucho gusto en

acompañarla».

Isidora manifestó deseos de marcharse pronto. Quiso dejar el dinero que

había traído para pagar los atrasos de la pensión de Rufete, pero el

Director no lo consintió. En cuanto a las ropas, tanto instó al

bondadoso señor para que las admitiera, que este hubo de dejarlas, dando

las gracias en nombre de los demás enfermos pobres que tanto las

necesitaban.

Salieron Isidora y Augusto de la morada de la sinrazón y se alejaron

silenciosos del tristísimo pueblo, en el cual casi todas las casas

albergan dementes. Isidora no hablaba, y el charlatán Miquis, respetando

su dolor, tan sólo indicó esto:

«En Carabanchel hallaremos coches. Dicen que van a poner un tranvía».

Al llegar al arroyo de Butarque, Miquis creyó oportuno distraer a su

compañera de viaje, porque, realmente, ¿a qué conducía aquel llorar

continuo, si nada podía remediarse? Era preciso hacer frente al dolor,

fiero enemigo que se ceba en los débiles; convenía sobreponerse, pues...

hacerse cargo de que... Tras estos emolientes que hicieron, como

siempre, un efecto completamente nulo, Miquis habló de la belleza del

primaveral día (que era uno de los hermosos de abril), del barranco de

Butarque, a quien dio el nombre de oasis, y finalmente invitó a Isidora

a descansar a la sombra de un espeso y verde olmo, porque picaba el sol

y la jornada iba a ser un poco larga.

Sentados uno junto a otro, callaron largo rato, él contemplativo,

dolorida ella. Miquis canturriaba entre dientes. Isidora cuidaba de

ocultar sus pies para que Miquis no viera lo mal calzados que estaban.

«Isidora...

--¿Qué?

--No me acuerdo bien de una cosa. Ayude usted mi memoria. ¿Es cierto o

no que en el Tomelloso nos tuteábamos?».

La desheredada · 第 7 / 87 题