--Mira, Abel--le dijo solemnemente Joaquín, así que se encontraron
solos,--vengo a hablarte de una cosa grave, muy grave, de una cuestión
de vida o muerte.
--De mi enfermedad?
--No, pero si quieres de la mía.
--De la tuya?
--De la mía, sí! Vengo a hablarte de nuestro nieto. Y para no andar con
rodeos es menester que te vayas, que te alejes, que nos pierdas de
vista; te lo ruego, te lo suplico...
--Yo? Pero estás loco, Joaquín? Y por qué?
--El niño te quiere a ti más que a mí. Esto es claro. Yo no sé lo que
haces con él... no quiero saberlo...
--Le aojaré o le daré algún bebedizo, sin duda...
--No lo sé. Le haces esos dibujos, esos malditos dibujos, le entretienes
con las artes perversas de tu maldito arte...
--Ah, pero eso también es malo? Tú no estás bueno, Joaquín.
--Puede ser que no esté bueno, pero eso no importa ya. No estoy en edad
de curarme. Y si estoy malo debes respetarme. Mira, Abel, que me
amargaste la juventud, que me has perseguido la vida toda...
--Yo?
--Sí, tú, tú.
--Pues lo ignoraba.
--No finjas. Me has despreciado siempre...
--Mira, si sigues así, me voy, porque me pones malo de verdad. Ya sabes
mejor que nadie, que no estoy para oir locuras de ese jaez. Vete a un
manicomio a que te curen o te cuiden y déjanos en paz.
--Mira, Abel, que me quitaste, por humillarme, por rebajarme, a
Helena...
--Y no has tenido a Antonia...?
--No, no es por ella, no! Fué el desprecio, la afrenta, la burla.
--Tú no estás bueno, te lo repito, Joaquín, no estás bueno...
--Peor estás tú.
--De salud del cuerpo, desde luego. Sé que no estoy para vivir mucho.
--Demasiado...
--Ah, pero me deseas la muerte?
--No, Abel, no, no digo eso--y tomó Joaquín tono de quejumbrosa súplica,
diciéndole: Vete, vete de aquí, vete a vivir a otra parte, déjame con
él... no me lo quites... por lo que te queda...
--Pues por lo que me queda, déjame con él.
--No, que le envenenas con tus mañas, que le desapegas de mí, que le
enseñas a despreciarme...
--Mentira, mentira y mentira! Jamás me ha oído ni me oirá nada en
desprestigio tuyo.
--Sí, pero basta con lo que le engatusas.
--Y crees tú que por irme yo, por quitarme yo de en medio habría de
quererte? Si a ti, Joaquín, aunque uno se proponga no puede quererte...
Si rechazas a la gente....
--Lo ves, lo ves...
--Y si el niño no te quiere como tú quieres ser querido, con exclusión
de los demás o más que a ellos, es que presiente el peligro, es que
teme...
--Y qué teme?--preguntó Joaquín, palideciendo.
---El contagio de tu mala sangre.
Levantóse entonces Joaquín, lívido, se fué a Abel y le puso las dos
manos, como dos garras, en el cuello, diciendo: Bandido!
Mas al punto las soltó. Abel dió un grito, llevándose las manos al
pecho, suspiró un «Me muero!» y dió el último respiro. Joaquín se dijo:
«El ataque de angina; ya no hay remedio; se acabó!»
En aquel momento oyó la voz del nieto que llamaba: «Abuelito! Abuelito!»
Joaquín se volvió:
--A quién llamas? A qué abuelo llamas? A mí?--Y como el niño callara
lleno de estupor ante el misterio que veía:--Vamos, dí, a qué abuelo? A
mí?
--No, al abuelito Abel.
--A Abel? Ahí le tienes... muerto. Sabes lo que es eso? Muerto.
Después de haber sostenido en la butaca en que murió el cuerpo de Abel,
se volvió Joaquín al nieto y con voz de otro mundo le dijo:
--Muerto, sí! Y le he matado yo, yo, ha matado a Abel Caín, tu abuelo
Caín. Mátame ahora si quieres. Me quería robarte; quería quitarme tu
cariño. Y me lo ha quitado. Pero él tuvo la culpa; él.
Y rompiendo a llorar, añadió:
--Me quería robarte a ti, a ti, al único consuelo que le quedaba al
pobre Caín! No le dejarán a Caín nada? Ven acá, abrázame.
El niño huyó sin comprender nada de aquello, como se huye de un loco.
Huyó llamando a Helena: abuela, abuela!
--Le he matado, sí--continuó Joaquín solo;--pero él me estaba matando;
hace más de cuarenta años que me estaba matando. Me envenenó los caminos
de la vida con su alegría y con sus triunfos. Quería robarme el
nieto...
Al oir pasos precipitados, volviendo Joaquín en sí, volvióse. Era
Helena, que entraba.
--Qué pasa... qué sucede... qué dice el niño...
--Que la enfermedad de tu marido ha tenido su fatal desenlace--dijo
Joaquín heladamente.
--Y tú?
--Yo no he podido hacer nada. En esto se llega siempre tarde.
Helena le miró fijamente y le dijo:
--Tú... tú has sido!
Luego se fué, pálida y convulsa, pero sin perder su compostura, al
cuerpo de su marido.