--Quién fuera usted, don Joaquín--decíale un día a éste aquel pobre
desheredado aragonés, el padre de los cinco hijos, luego que le hubo
sacado algún dinero.
--Querer ser yo! No lo comprendo!
--Pues sí, lo daría todo por poder ser usted, don Joaquín.
--Y qué es eso todo que daría usted?
--Todo lo que puedo dar, todo lo que tengo.
--Y qué es ello?
--La vida!
--La vida por ser yo!--y a sí mismo se añadió Joaquín: «Pues yo la
daría por poder ser otro!»
--Sí, la vida por ser usted.
--He ahí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no comprendo que
nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera
comprendo que nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de
ser el que se es.
--Sin duda.
--Y eso es dejar de existir.
--Sin duda.
--Pero no para ser otro...
--Sin duda.
--Entonces...
--Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría de ser, o dicho
más claro, me pegaría un tiro o me echaría al río si supiera que los
míos, los que me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme,
habrían de encontrar un padre en usted. No comprende usted ahora?
--Sí que lo comprendo. De modo que...
--Que maldito el apego que tengo a la vida y que de buena gana me
separaría de mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos si no fuese
por los míos. Aunque también me retiene otra cosa.
--Qué?
--El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompañen más
allá de la muerte. Quién fuera usted, don Joaquín!
--Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como los de
usted?
--Bah, usted es rico.
--Rico... rico...
--Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada.
Mujer, hija, una buena clientela, reputación... qué más quiere usted? A
usted no le desheredó su padre; a usted no le echó de su casa su hermano
a pedir... A usted no le han obligado a hacerse un mendigo! Quién fuera
usted, D. Joaquín!
Y al quedarse luego éste solo se decía: «Quién fuera yo! Ese hombre me
envidia! me envidia! Y yo quién quiero ser?»