En tanto la gloria artística de Abel seguía creciendo y confirmándose.
Era ya uno de los pintores de más nombradía de la nación toda, y su
renombre empezaba a traspasar las fronteras. Y esa fama creciente era
como una granizada desoladora en el alma de Joaquín. «Sí, es un pintor
muy científico; domina la técnica; sabe mucho, mucho; es
habilísimo»--decía de su amigo, con palabras que silbaban. Era un modo
de fingir exaltarle deprimiéndole.
Porque él, Joaquín, presumía ser un artista, un verdadero poeta en su
profesión, un clínico genial, creador, intuitivo, y seguía soñando con
dejar su clientela para dedicarse a la ciencia pura, a la patología
teórica, a la investigación. Pero ganaba tanto...!
«No era, sin embargo, la ganancia--dice en su _Confesión_ póstuma--lo
que más me impedía dedicarme a la investigación científica. Tirábame a
ésta por un lado el deseo de adquirir fama y renombre, de hacerme una
gran reputación científica y asombrar con ella la artística de Abel, de
castigar así a Helena, de vengarme de ellos, de ellos y de todos los
demás, y aquí encadenaba los más locos de mis ensueños, mas por otra
parte, esa misma pasión fangosa, el exceso de mi despecho y mi odio me
quitaban serenidad de espíritu. No, no tenía el ánimo para el estudio,
que lo requiere limpio y tranquilo. La clientela me distraía.
La clientela me distraía, pero a las veces temblaba pensando que el
estado de distracción en que mi pasión me tenía preso me impidiera
prestar el debido cuidado a las dolencias de mis pobres enfermos.
«Ocurrióme un caso que me sacudió las entrañas. Asistía a una pobre
señora, enferma de algún riesgo, pero no caso desesperado, a la que él
había hecho un retrato, un retrato magnífico, uno de sus mejores
retratos, de los que han quedado como definitivos de entre los que ha
pintado, y aquel retrato era lo primero que se me venía a los ojos y al
odio así que entraba en la casa de la enferma. Estaba viva en el
retrato, más viva que en el lecho la de carne y hueso sufrientes. Y el
retrato parecía decirme: «Mira, él me ha dado vida para siempre; a ver
si tú me alargas esta otra de aquí abajo.» Y junto a la pobre enferma,
auscultándola, tomándole el pulso, no veía sino a la otra, a la
retratada. Estuve torpe, torpísimo, y la pobre enferma se me murió; la
dejé morir más bien, por mi torpeza, por mi criminal distracción. Sentí
horror de mí mismo, de mi miseria.
»A los pocos días de muerta la señora aquella, tuve que ir a su casa, a
ver allí otro enfermo, y entré dispuesto a no mirar al retrato. Pero era
inútil, porque era él, el retrato el que me miraba aunque yo no le
mirase y me atraía la mirada. Al despedirme me acompañó hasta la puerta
el viudo. Nos detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado por una
fuerza irresistible y fatal, exclamé:
»--Magnífico retrato! Es de lo mejor que ha hecho Abel!
»--Sí--me contestó el viudo,--es el mayor consuelo que me queda. Me paso
largas horas contemplándola. Parece como que me habla.
»--Sí, sí--añadí,--este Abel es un artista estupendo!
»Y al salir me decía: «Yo la dejé morir y él la resucita!»
Sufría Joaquín mucho cada vez que se le morían algunos de sus enfermos,
sobre todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave
cuidado. «Para qué querrá vivir...?--decíase de algunos.--Hasta le haría
un favor dejándole morir...»
Sus facultades de observador psicólogo habíansele aguzado con su pasión
de ánimo y adivinaba al punto las más ocultas lacerías morales.
Percatábase en seguida, bajo el embuste de las convenciones, de que
maridos preveían sin pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres
y qué mujeres ansiaban verse libres de sus maridos, acaso para tomar
otros de antemano escojidos ya. Cuando al año de la muerte de su cliente
Alvarez, la viuda se casó con Menéndez, amigo íntimo del difunto,
Joaquín se dijo: «Sí que fué rara aquella muerte... Ahora me la
explico... La humanidad es lo más cochino que hay, y la tal señora, dama
caritativa, una de las señoras de lo más honrado...!»
--Doctor--le decía una vez uno de sus enfermos--máteme usted, por Dios,
máteme usted sin decirme nada, que ya no puedo más... Deme algo que me
haga dormir para siempre...
«Y por qué no había de hacer lo que este hombre quiere?--se decía
Joaquín--si no vive más que para sufrir? Me da pena! Cochino mundo!»
Y eran sus enfermos para él no pocas veces espejos.
Un día le llegó una pobre mujer de la vecindad, gastada por los años y
los trabajos, cuyo marido, en los veinticinco años de matrimonio, se
había enredado con una pobre aventurera. Iba a contarle sus cuitas la
mujer desdeñada.
--Ay, don Joaquín--le decía,--usted, que dicen que sabe tanto, a ver si
me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le
ha dado esa pelona.
--Pero qué bebedizo, mujer de Dios?
--Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco
años...
--Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted
era joven y acaso...
--Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el
seso, porque si no, no podría ser... no podría ser...
--Bebedizo... bebedizo...--murmuró Joaquín.
--Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un
remedio para él.
--Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un
agua que los rejuveneciese...
Y cuando la pobre mujer se fué desolada, Joaquín se decía: «Pero no se
mirará al espejo esta desdichada? No verá el estrago de los años de
rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a
envidias... Que no encuentran trabajo...? Envidias! Que les sale algo
mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias
es un envidioso. Y no lo seremos todos? No me habrán dado un bebedizo?»
Durante unos días apenas pensó más que en el bebedizo. Y acabó
diciéndose: «Es el pecado original!»