Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó
Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le
asistiese.
--Estoy muy intranquila, Joaquín--le dijo Helena;--anoche no ha hecho
sino delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.
Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando
ojos a ojos a su prima, le dijo:
--La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene
salvación ya.
--Sí, sálvamelo!--exclamó ella.--Y ya sabes...
--Sí, lo sé todo!--y se salió.
Helena se fué al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente,
que le ardía, y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín--deliraba
Abel,--perdónanos, perdóname!»
--Calla--le dijo casi al oído Helena,--calla; ha venido a verte y dice
que te curará, que te sanará... Dice que te calles...
--Que me curará...?--añadió maquinalmente el enfermo.
Joaquín llegó a su casa también febril, pero con una especie de fiebre
de hielo. «Y si se muriera...!» pensaba. Echóse vestido sobre la cama y
se puso a imaginar escenas de lo que acaecería si Abel se muriese: el
luto de Helena, sus entrevistas con la viuda, el remordimiento de ésta,
el descubrimiento por parte de ella de quién era él, Joaquín, y de cómo,
con qué violencia necesitaba el desquite y la necesitaba a ella, y cómo
caía al fin ella en sus brazos y reconocía que lo otro, la traición, no
había sido sino una pesadilla, un mal sueño de coqueta, que siempre le
había querido a él, a Joaquín y no a otro. «Pero no se morirá!», se dijo
luego. «No dejaré yo que se muera, no debo dejarlo, está comprometido
mi honor, y luego... necesito que viva!»
Y al decirse este: «necesito que viva!», temblábale toda el alma, como
tiembla el follaje de una encina a la sacudida del huracán.
«Fueron unos días atroces aquellos de la enfermedad de Abel--escribía en
su _Confesión_ el otro--unos días de tortura increíble. Estaba en mi
mano dejarle morir, aun más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase,
sin que de ello quedase rastro alguno. He conocido en mi práctica
profesional casos de extrañas muertes misteriosas que he podido ver
luego iluminadas al trágico fulgor de sucesos posteriores, una nueva
boda de la viuda y otros así. Luché entonces como no he luchado nunca
conmigo mismo, con este hediondo dragón que me ha envenenado y
entenebrecido la vida. Estaba allí comprometido mi honor de médico, mi
honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razón.
Comprendí que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro
de la demencia haciendo sombra a mi corazón. Y vencí. Salvé a Abel de la
muerte. Nunca he estado más feliz, más acertado. El exceso de mi
infelicidad me hizo estar felicísimo de acierto.»
--Ya está fuera de todo cuidado tu... marido--le dijo un día Joaquín a
Helena.
--Gracias, Joaquín, gracias--y le cojió la mano, que él se la dejó entre
las suyas;--no sabes cuánto te debemos...
--Ni vosotros sabéis cuánto os debo...
--Por Dios, no seas así... ahora que tanto te debemos, no volvamos a
eso...
--No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. Esta enfermedad de Abel me ha
enseñado mucho, pero mucho...
--Ah, le tomas como a un caso?
--No, Helena, no; el caso soy yo!
--Pues no te entiendo.
--Ni yo del todo. Y te digo que estos días luchando por salvar a tu
marido...
--Di a Abel!
--Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado con su enfermedad la mía
y vuestra felicidad y he decidido... casarme!
--Ah, pero tienes novia?
--No, no la tengo aún, pero la buscaré. Necesito un hogar. Buscaré
mujer. O crees tú, Helena, que no encontraré una mujer que me quiera?
--Pues no la has de encontrar, hombre, pues no la has de encontrar...!
--Una mujer que me quiera, digo.
--Sí, te he entendido, una mujer que te quiera, sí!
--Porque como partido...
--Sí, sin duda eres un buen partido... joven, no pobre, con una buena
carrera, empezando a tener fama, bueno...
--Bueno... sí, y antipático, no es eso?
--No, hombre, no; tú no eres antipático!
--Ay, Helena, Helena, dónde encontraré una mujer...
--Que te quiera?
--No, sino que no me engañe, que me diga la verdad, que no se burle de
mí, Helena, que no se burle de mí...! Que se case conmigo por
desesperación, porque yo la mantenga, pero que me lo diga...
--Bien has dicho que estás enfermo, Joaquín. Cásate!
--Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?
--No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.
--Y querré yo a mi mujer? Podré quererla, dime?
--Hombre, pues no faltaba más...
--Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser
querido; lo peor es no poder querer.
--Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, que no puede querer.
--Y el demonio anda por la tierra, Helena.
--Cállate y no me digas esas cosas.
--Es peor que me las diga a mí mismo.
--Pues cállate!