Segunda hazaña de la Tribuna

Frío es el invierno que llega; pero las noticias de Madrid vienen

calentitas, abrasando. La cosa está abocada, el italiano va a abdicar

porque ya no es posible que resista más la atmósfera de hostilidad, de

inquina, que le rodea. Él mismo se declara aburrido y harto de tanto

contratiempo, de la grosería de sus áulicos, de la guerra carlista, del

vocerío cantonal, del universal desbarajuste. No hay remedio, las

distancias se estrechan, el horizonte se tiñe de rojo, la federal

avanza.

La Fábrica ha recobrado su Tribuna. Es verdad que esta vuelve herida y

maltrecha de su primer salida en busca de aventuras; mas no por eso se

ha desprestigiado. Sin embargo, los momentos en que empezó a conocerse

su desdicha fueron para Amparo de una vergüenza quemante. Sus pocos

años, su falta de experiencia, su vanidad fogosa, contribuyeron a hacer

la prueba más terrible. Pero en tan crítica ocasión no se desmintió la

solidaridad de la Fábrica. Si alguna envidia excitaba antaño la

hermosura, garbo y labia irrestañable de la chica, ahora se volvió

lástima, y las imprecaciones fueron contra el eterno enemigo, el hombre.

¡Estos malditos de Dios, recondenados, que sólo están para echar a

perder a las muchachas buenas! ¡Estos señores, que se divierten en hacer

daño! ¡Ay, si alguien se portase así con sus hermanas, con sus hijitas,

quién los oiría y quién los vería echársele como perros! ¿Por qué no se

establecía una ley para eso, caramba? ¡Si al que debe una peseta se la

hacen pagar más que de prisa, me parece a mí que estas deudas aún son

más importantes, demontre! ¡Sólo que ya se ve: la justicia la hay de dos

maneras: una a rajatabla para los pobres, y otra de manga ancha, muy

complaciente, para los ricos!

Algunas cigarreras optimistas se atrevieron a indicar que acaso Sobrado

se casaría, o por lo menos reconocería lo que viniese.

--Sí, sí... ¡esperar por eso, papalanatas! ¡Ahora se estará sacudiendo

la levita y burlándose bien!

--No sabes... yo no quiero que ella lo oiga, ni lo entienda--decía la

Comadreja a Guardiana--, pero ese descarado ya vuelve a andar tras de la

de García.

--¡Bribón!--exclamaba Guardiana--. ¡Y quién lo ve, tan juicioso como

parece!

--Pues conforme te lo digo.

--Amparo tampoco debió hacerle caso.

--Mujer, uno es de carne, que no es de piedra.

--¿Se te figura a ti que a cada uno le faltan ocasiones?--replicó la

muchacha--. Pues si no hubiese más que.... ¡Madre querida de la Guardia!

No, Ana; la mujer se ha de defender ella. Civiles y carabineros no se

los pone nadie. Y las chicas pobres, que no heredamos más mayorazgo que

la honradez.... Hasta te digo que la culpa mayor la tiene quien se deja

embobar.

--Pues a mí me da lástima ella, que es la que pierde.

--A mí también. Lástima, sí.

Ya todo el mundo se la daba. ¡Quién hubiera reconocido a la brillante

oradora del banquete del Círculo Rojo en aquella mujer que pasaba con el

mantón cruzado, vestida de oscuro, ojerosa, deshecha! Sin embargo, sus

facultades oratorias no habían disminuido; sólo sí cambiado algún tanto

de estilo y carácter. Tenían ahora sus palabras, en vez del impetuoso

brío de antes, un dejo amargo, una sombría y patética elocuencia. No era

su tono el enfático de la prensa, sino otro más sincero, que brotaba del

corazón ulcerado y del alma dolorida. En sus labios, la República

federal no fue tan sólo la mejor forma de gobierno, época ideal de

libertad, paz y fraternidad humana, sino período de vindicta, plazo

señalado por la justicia del cielo, reivindicación largo tiempo esperada

por el pueblo oprimido, vejado, trasquilado como mansa oveja. Un aura

socialista palpitó en sus palabras, que estremecieron la Fábrica toda,

máxime cuando el desconcierto de la Hacienda dio lugar a que se

retrasase nuevamente la paga en aquella dependencia del Estado. Entonces

pudo hablar a su sabor la Tribuna, despacharse a su gusto. ¡Ay de Dios!

¿Qué les importaba a los señorones de Madrid... a los pícaros de los

ministros, de los empleados, que ellas falleciesen de hambre? ¡Los

sueldos de ellos estarían bien pagados, de fijo! No, no se descuidarían

en cobrar, y en comer, y en llenar la bolsa. ¡Y si fuesen los ministros

los únicos a reírse del que está debajo! ¡Pero a todos los ricos del

mundo se les daba una higa de que cuatro mil mujeres careciesen de pan

que llevar a la boca!

Y al decir esto, Amparo se incorporaba, casi se ponía de pie en la

silla, a pesar de los enérgicos y apremiantes ¡sttt!, de la maestra, a

pesar del inspector de labores, que no hacía un momento estaba asomado a

la entrada del taller, silencioso y grave.

--¡Qué cuenta tan larga...--proseguía la oradora, animándose al ver el

mágico y terrible efecto de sus palabras...--, qué cuenta tan larga

darán a Dios algún día esas sanguijuelas, que nos chupan la sangre toda!

Digo yo, y quiero que me digan, por qué nadie me contesta a esto, ni

puede contestarme: ¿hizo Dios dos castas de hombres, por si acaso, una

de pobres y otra de ricos?, ¿hizo a unos para que se paseasen,

durmiesen, anduviesen majos, y hartos, y contentos, y a otros para sudar

siempre y arrimar el hombro a todas las labores, y morir como perros sin

que nadie se acuerde de que vinieron al mundo? ¿Qué justicia es esta,

retepelo? Unos trabajan la tierra, otros comen el trigo; unos siembran y

otros recogen; tú, un suponer, plantaste la viña, pues yo vengo con mis

manos lavadas y me bebo el vino....

--Pero el que lo tiene, lo tiene--interrumpía la conservadora Comadreja.

--Ya se sabe que el que lo tiene, lo tiene; pero ahora vamos al caso de

que es preciso que a todos les llegue su día, y que cuantos nacemos

iguales gocemos de lo mismo, ¡tan siquiera un par de horas! ¡Siempre

unos holgando y otros reventando! Pues no ha de durar hasta la fin de

los siglos, que alguna vez se ha de volver la tortilla.

--El que está debajo, mujer, debajito se queda.

--¡Conversación! Mira tú, en París de Francia, el cuento ese de la

_Comun_... ¡Anda si pusieron lo de arriba para abajo! ¡Anda si se

sacudieron! No quedó cosa con cosa... así, así debemos de hacer aquí, si

no nos pagan.

--¿Y allá, qué hicieron?

Amparo bajó la voz.

--Prender fuego... a todos los edificios públicos....

Un murmullo de indignación y horror salió de la mayor parte de las

bocas.

--Y a las casas de los ricos... y....

--¡Asús!, ¡fuego, mujer!

--Y afusil... y afusil... ar....

--¿Afusilar... a quién, mujer, a quién?

--A... a los prisioneros, y al arzobispo, y a los cur....

--¡Infames!

--¡Tigres!

--¡Calla, calla, que parece que la sangre se me cuajó toda!... ¿Y quién

hizo eso? ¡Pues vaya unas barbaridás que cuentas!

--Si yo no las cuento para decir que... que esté bien hecho eso de... de

prender fuego y afusilar.... ¡No, caramba!, ¡no me entendéis, no os da

la gana de entenderme! Lo que digo es que... hay que tener hígados, y no

dejarse sobar ni que le echen a uno el yugo al cuello sin defenderse....

Lo que digo es, que cuando no le dan a uno por bien lo suyo, lo muy

suyo, lo que tiene ganado y reganado.... Cuando no se lo dan, si uno no

es tonto... lo pide... y si se lo niegan... lo coge.

--Eso, clarito.

--Tienes razón. Nosotras hacemos cigarros, ¿eh?, pues bien regular es

que nos abonen lo nuestro.

--No, y apuradamente no es ley de Dios esa desigualdá y esa diferiencia

de unos zampar y ayunar otros.

--Lo que es yo, mañana, o me pagan, o no entro al trabajo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Si todas hiciésemos otro tanto... y si además nos viesen bien

determinadas a armar el gran cristo....

--¡Mañana... lo que es mañana! ¿Habéis de hacer lo que yo os diga?

--Bueno.

--Pues venir temprano... tempranito.

A la madrugada siguiente los alrededores de la Fábrica, la calle del

Sol, la calzada que conduce al mar, se fueron llenando de mujeres que,

más silenciosas de lo que suelen mostrarse las hembras reunidas, tenían

vuelto el rostro hacia la puerta de entrada del patio principal. Cuando

esta se abrió, por unánime impulso se precipitaron dentro, e invadieron

el zaguán en tropel, sin hacer caso de los esfuerzos del portero para

conservar el orden; pero en vez de subir a los talleres, se estacionaron

allí, apretadas, amenazadoras, cerrando el paso a las que, llegando

tarde, o ajenas a la conjuración, intentaban atravesar más allá de la

portería. Sordos rumores, voces ahogadas, imprecaciones que presto

hallaban eco, corrían por el concurso, que se iba animando, y

comunicándose ardimiento y firmeza. En primera fila, al extremo del

zaguán, estaba Amparo, pálida y con los ojos encendidos, la voz ya algo

tomada de perorar, y, sin embargo, llena de energía, incitando y

conteniendo a la vez la humana marea.

--Calma--decíales con hondo acento--, calma y serenidá... Tiempo habrá

para todo: aguardar.

Pero algunos gritos, los empellones, y dos o tres disputas que se

promovieron entre el gentío, iban empujando, mal de su grado, a la

Tribuna hacia la vetusta escalera del taller, cuando en este se

sintieron pasos que conmovían el piso, y un inspector de labores, con la

fisonomía inquieta del que olfatea graves trastornos, apareció en el

descanso. Empezaba a preguntar, más bien con el ademán que con la boca:

«¿Qué es esto?», a tiempo que Amparo, sacando del bolsillo un pito de

barro, arrimolo a los labios y arrancó de él agudo silbido. Diez o doce

silbidos más, partiendo de diferentes puntos, corearon aquella romanza

de pito, y el inspector se detuvo, sin atreverse a bajar los escalones

que faltaban. Dos o tres viejas desvenadoras se adelantaron hacia él,

profiriendo chillidos temerosos, y tocándole casi, y se oyó un sordo

«¡muera!». Sin embargo, el funcionario se rehízo, y cruzándose de

brazos, se adelantó, algo mudada la color, pero resuelto.

--¿Qué sucede?, ¿qué significa este escándalo?--preguntó a Amparo, a

quien halló más próxima--. ¿Qué modo es este de entrar en los talleres?

--Es que no entramos hoy--respondió la Tribuna. Y cien voces confirmaron

la frase--: No se entra, no se entra.

--No entran... ¿pues qué pasa?

--Que se hacen con nosotras iniquidás, y no aguantamos.

--No, no aguantamos. ¡Mueran las iniquidás! ¡Viva la libertá! ¡Justicia

seca!--clamaron desde todas partes. Y dos o tres maestras, cogidas en el

remolino, alzaban las manos desesperadamente, haciendo señas al

inspector.

--¿Pero qué piden ustedes?

--¿No oyes, hijo? Jos-ti-cia-berreó una desvenadora al oído mismo del

empleado.

--Que nos paguen, que nos paguen, y que nos paguen--exclamó

enérgicamente Amparo, mientras el rumor de la muchedumbre se hacía

tempestuoso.

--Vuelvan ustedes, por de pronto, al orden y a la compostura que....

--No nos da la gana.

--¡Que baile el can-can!

--¡Muera!

Y otra vez la sinfonía de pitos rasgó el aire.

--No pedimos nada que no sea nuestro--explicó Amparo con gran sosiego--.

Es imposible que por más tiempo la Fábrica se esté así, sin cobrar un

cuarto.... Nuestro dinero, y abur.

--Voy a consultar con mis superiores--respondió el inspector,

retirándose entre vociferaciones y risotadas.

Apenas le vieron desaparecer, se calmó la efervescencia un tanto. «Va a

consultar» se decían las unas a las otras... «¿nos pagarán?».

--Si nos pagan--declaró la Tribuna, belicosa y resuelta como nunca--, es

que nos tienen miedo. ¡Alante! Lo que es hoy, la hacemos, y buena.

--Debimos cogerlo y rustrirlo en aceite--gruñó la voz oscura de la

vieja--. ¡Fretirlo como si fuera un pancho... que vea lo que es la

necesidá y los trabajitos que uno pasa!

--Orden y unión, ciudadanas...--repetía Amparo con los brazos

extendidos.

Trascurridos diez minutos volvió el inspector acompañado de un

viejecillo enjuto y seco como un pedazo de yesca, que era el mismo

contador en persona. El jefe no juzgaba oportuno por entonces

comprometer su dignidad presentándose ante las amotinadas, y por medida

de precaución había reunido en la oficina a los empleados y consultaba

con ellos, conviniendo en que la sublevación no era tan temible en la

Granera como lo sería en otras Fábricas de España, atendido el pacífico

carácter del país. No quisiera él estar ahora en Sevilla.

--¿Qué recado nos trae?--gritaron al inspector las sublevadas.

--Oíganme ustedes.

--Cuartos, cuartos, y no tanta parolería.

--Tengo chiquillos que aguardan que les compre mollete... ¿oyusté?, y no

puedo perder el tiempo.

--Se pagará... hoy mismo... un mes de los que se adeudan.

Hondo murmullo atravesó por la multitud llegando a las últimas filas.

«¿Él pagan, sí o no? pagan.... ¡Un mes...! ¡Un mes, para poca salú... no

consentir... todo, todo junto!». Amparo tomó la palabra.

--Como usted conoce, ciudadano inspector... un mes no es lo que se nos

debe, y lo que nos corresponde, y a lo que tenemos derechos inalienables

e individuales.... Estamos resueltas, pero resueltas de verdá, a

conseguir que nos abonen nuestro jornal, ganado honrosamente con el

sudor de nuestras frentes, y del que sólo la injusticia y la opresión

más impía se nos pueden incautar....

--Todo eso es muy cierto, pero ¿qué quieren ustedes que hagamos? Si la

Dirección nos hubiese remitido fondos, ya estarían satisfechos los dos

meses.... Por de pronto se les ofrece a ustedes uno, y se les advierte

que despejen el local en buen orden y sin ocasionar disturbios.... De lo

contrario, la guardia va a proceder al despejo....

--¡La guardia!, ¡que nos la echen!, ¡que venga! ¡Acá la guardia!

Cuatro soldados al mando de un cabo, total cinco hombres, bregaban ya en

la puerta de entrada con las más reacias y temibles. No tenían, dijeron

ellos después, corazón para hacer uso de sus armas; aparte de que no se

les había mandado tampoco semejante cosa. Limitábanse a coger del brazo

a las mujeres y a irlas sacando al patio: era una lucha parcial, en que

había de todo: chillidos, pellizcos, risas, palabras indecorosas,

amenazas sordas y feroces.

Pero sucedió que un soldado, al cual una cigarrera clavó las uñas en la

nuca, echó a correr, trajo de la garita el fusil y apuntó al grupo: al

instante mismo un pánico indecible se apoderó de las más cercanas, y se

oyeron gritos convulsivos, imprecaciones, súplicas desgarradoras, ayes

de dolor que partían el alma, y las mujeres, en revuelto tropel, se

precipitaron fuera del zaguán, y corrieron buscando la salida del patio,

empujándose, cayendo, pisoteándose en su ciego terror, arracimadas como

locas en la puerta, impidiéndose mutuamente salir, y chillando lo mismo

que si todas las ametralladoras del mundo es tuviesen apuntadas y

prontas a disparar contra ellas.

Quedose en medio del zaguán la insigne Tribuna, sola, rezagada, vencida,

llena de cólera ante tan vergonzosa dispersión de sus ejércitos. Para

mostrar que ella no temía ni se fugaba, fue saliendo a pasos lentos y

llegó al patio en ocasión que la guardia, aprovechándose de la ventaja

fácilmente adquirida, expulsaba a las últimas revolucionarias, sin

mostrar gran enojo. Por galantería, el soldado del fusil administró a

Amparo un blando culatazo, diciéndole «Ea... afuera...». La Tribuna se

volvió, mirole con regia dignidad ofendida, y sacando el pito, silbó al

soldado. Después cruzó la puerta que se le cerró en las mismas espaldas

con gran estrépito de gonces y cerrojos.

Al verse fuera ya, miró asombrada en torno suyo y halló que una gran

multitud rodeaba el edificio por todos lados. No sólo las que estaban

dentro, sino otras muchas que habían ido llegando, formaban un cordón

amenazador en torno de los viejos muros de la Granera. La Tribuna,

viendo y oyendo que sus dispersas huestes se rehacían, comenzó a

animarlas y a exhortarlas, a fin de que no sufriesen otra vez tan

humillante derrota. Ya las que habían sido arrojadas por los soldados,

al contacto de la resuelta muchedumbre, recobraron los ánimos decaídos,

y enseñaban el puño a la muralla profiriendo invectivas.

Hicieron ruidosa ovación a su capitana que empezó a recorrer las filas

calentando a las que aún tenían recelo o no estaban dispuestas a gritar.

Y eligiendo dos o tres de las más animosas, mandoles que arrancasen una

de las desiguales y vacilantes piedras de la calzada, que se movían como

dientes de viejo en sus alveolos, y, alzándola lo mejor posible, la

condujesen ante la puerta que les acababan de cerrar en sus mismas

narices. Brotó de entre los espectadores un clamoreo al ver ejecutar

esta operación con tino y rapidez y oír retemblar las hojas de la puerta

cuando la lápida cayó contra el quicio.

--Hacen barricadas--exclamó una cigarrera que recordaba los tiempos de

la Milicia Nacional.

--Borricadas, borricadas--exclamaba una maestra--, nos van a dar por

cara todo este barullo.

El propósito de las desempedradoras no era ciertamente hacer barricadas,

sino otra cosa más sencilla: o bien echar abajo la puerta a puros

cantazos, o bien elevar delante un montón de piedras por el cual se

pudiese practicar el escalamiento. En su imprevisión estratégica

olvidaban que del otro lado, al extremo del callejón del Sol, existía un

portillo, un lado débil, sobre el cual debería cargar el empuje del

ataque. No estaba la generala en jefe para tales cálculos: cegada por la

rabia, Amparo no pensaba sino en atravesar otra vez la misma puerta por

donde la habían expulsado--¡oh rubor!--cuatro soldados y un cabo. Así es

que arrancada ya, casi con las uñas, la primer baldosa, se procedió a

desencajar la segunda.

Apoyadas en el muro de una casita de pescadores, donde había redes

colgadas a secar, Guardiana y la Comadreja miraban el motín sin tomar

parte en él. Ana era remilgada, endeble como un junco, y jamás podrían

sus descarnadas manos, forzudas sólo en los momentos de excitación

nerviosa, levantar ni una peladilla de arroyo algo grande; en cuanto a

Guardiana, se creía obligada a permanecer allí, puesto que al fin el

tumulto era «cosa de la Fábrica»; pero desaprobándolo, porque

indudablemente, de todo aquello iban a resultar «desgracias».

--¡Mira Amparo, tan adelantada en meses, y cómo ella trajina!

--Es el demonche. Ella sola levanta la piedra--contestó Ana, con la

reverencia de los débiles hacia la fuerza física.

Mas la primera piedra era enorme: una losa de un metro de longitud y

gruesa y ancha a proporción, y constituía un problema de dinámica al

trasportarla sin auxilio de máquina alguna. Para echada a hombros de una

sola persona era enorme y la aplastaría; para llevada en vilo entre

varias, no se sabía cómo subirla. Amparo discurrió irla enderezando y

rodando hasta la puerta, y en efecto, el sistema dio buen resultado y la

piedra llegó a su sitio. Al punto que la vio colocada, tornó con

infatigable ardor a intentar descuajar un nuevo proyectil. En esta faena

y brega estaban entretenidas las pronunciadas, sin reparar que el sol

calentaba más de lo justo y que ya eran casi las once de la mañana,

cuando un rumor contenido, temeroso, leve al principio, se propagó entre

el concurso cayendo como lluvia helada sobre el entusiasmo general, y

causando notable descenso en los gritos y vociferaciones que coreaban el

arranque de las piedras.

¿Quién dio la noticia? Un pilluelo, que, con los calzones remangados,

venía al trote largo desde la plaza de la Fruta, allá en el barrio de

Arriba. Oídos sus informes, las miradas se volvieron ansiosamente hacia

los cuatro puntos cardinales, y cada boca murmuró pegándose a cada oído

ajeno dos palabras preñadas de espanto: «Viene tropa».

Al notar la oleada del creciente rumor, abandonó la Tribuna la piedra

que traía entre manos, y volviose iracunda, con la mirada rechispeante,

a la inerme multitud. Su rostro, su ademán, decían claramente: «Ahora

vuelven estas cobardonas a dejarme aquí plantada». En efecto, el nombrar

tropa bastó para que tomasen el portante algunas de las más animosas

barricaderas. ¡Pero qué fue cuando, en el punto más lejano del

horizonte, se vio aparecer una nube de polvo, y cuando se oyó como el

trote de muchos caballos reunidos!

Amparo anima a sus huestes. Con la nariz dilatada, los brazos

extendidos, diríase que la aparición de las brigadas de caballería y

fuerzas de la Guardia Civil que desembocan, unas por el camino real,

otras por San Hilario, redobla su guerrero ardor, acrecienta su cólera.

«No nos comerán, grita.... Vamos a tirarles piedras, a lo menos tengamos

ese gusto...». Nadie quiere tenerlo. La losa enorme es abandonada; las

que más gritaban se escurren por donde pueden; cuando las brigadas

llegan a las puertas de la Granera, el motín se ha disuelto, sin dejar

más señales de su existencia que dos medianas baldosas, arrimadas al

portón, y algunas mujeres dispersas, inofensivas, en medrosa actitud.

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La Tribuna · 第 38 / 42 题