La Tribuna se forja ilusiones

En los primeros tiempos, Baltasar, embriagado por el aroma del cigarro,

se mostró asiduo, olvidó su habitual reserva y obró como si no temiese

la opinión del mundo ni de su familia. Es cierto que en el barrio

apartado donde Amparo moraba no era fácil que le viesen las gentes de su

trato; no obstante, alguna vez tropezó con conocidos, en ocasión de ir

acompañando a la muchacha. Fuese por esta razón o por otras, no tardó en

buscar lugares más recónditos para las entrevistas, a donde cada cual

iba por su lado, no reuniéndose hasta estar al abrigo de ojos

indiscretos. Uno de estos sitios era una especie de merendero unido a

una fábrica de gaseosa, bebida muy favorita de las cigarreras. Ante la

mesa de tosca piedra, roída por la intemperie, se sentaban Baltasar y

Amparo, y allí les traían las botellas de cerveza, de gaseosa, cuyo

alegre taponazo animaba de tiempo en tiempo el diálogo. Una parra tupida

les prestaba sombra; algunas gallinas picoteaban los cuadros de un

mezquino jardín; el lugar era silencioso, parecido a un gabinete muy

soleado, pero oculto. Por entre las hojas de vid se filtraban los rayos

del sol, y caían a veces, en movibles gotas de luz, sobre el rostro de

Amparo, mientras Baltasar la contemplaba, admirando involuntariamente

ciertas gracias y perfecciones de su rostro hechas para ser vistas de

cerca, como la delicada red de venas que oscurecía sus párpados, las

sinuosidades de su diminuta oreja, la nitidez del moreno cutis, donde la

luz se perdía en medias tintas de miel; la caliente riqueza del color

juvenil, la blancura de los dientes, la abundancia del cabello. Duró

este inventario minucioso algún tiempo, al cabo del cual, Baltasar,

habiendo aprendido de memoria estas y otras particularidades, y hablado

con la Tribuna de todo lo que se podía hablar con ella, empezó a

encontrar más largas las horas. Restringió las visitas al merendero,

limitándolas a los días festivos; y mientras Amparo le elaboraba _a

mano_ los cigarrillos que acostumbraba a consumir, él leía, arrancando

al pitillo recién acabado nubes de humo. No sabiendo qué hacer, quiso

enseñar a Amparo cómo se fumaba, a lo cual ella se prestó con

repugnancia, alegando que las cigarreras no fuman, que casualmente están

«hartas de ver tabaco», y que este sólo era bueno para ponerse parches

en las sienes cuando duele la cabeza. Discurriendo medios de

entretenerse, Baltasar trajo a Amparo alguna novela para que se la

leyese en voz alta; pero era tan fácil en llorar la pitillera así que

los héroes se morían de amor o de otra enfermedad por el estilo, que

convencido el mancebo de que se ponía tonta, suprimió los libros. En

suma, Baltasar y Amparo se hallaron como dos cuerpos unidos un instante

por la afinidad amorosa, separados después por repulsiones invencibles,

y que tendían incesantemente a irse cada cual por su lado.

Para colmo de aburrimiento, reparó Baltasar que, al paso que él aspiraba

a ocultar diestramente su aventura, Amparo, que ya tenía puesta toda su

esperanza en las falaces palabras y en el compromiso creado por el

mancebo, se desvivía porque los viesen juntos, porque la publicidad

remachase el clavo con que imaginaba haberle fijado para siempre. Quería

ostentarlo, como Ana ostentaba su capitán mercante; quería que la

familia de Sobrado supiese lo que sucedía y rabiase, y que la de García,

la orgullosa damisela, se enterase también de que Baltasar la dejaba por

la Tribuna; así como suena. Quemadas ya las naves, a Amparo le convenía

hacer ruido, tanto como a Baltasar guardar silencio. De esta diversa

disposición de ánimo nacieron las primeras disputas, leves y cortas aún,

de los dos amantes, reyertas que al principio sirvieron de diversión a

Baltasar, porque, a veces, hasta la contrariedad distrae. Al menos,

mientras duraban, no venía el importuno bostezo a descoyuntar las

mandíbulas. Peor sería hablar de política, conversación que Baltasar

había prohibido y a la cual la Tribuna se manifestaba más aficionada de

algún tiempo a esta parte.

No era del todo sistemática la conducta de Amparo al buscar publicidad

en sus amoríos; su carácter la impulsaba a ello. Superficial y

vehemente, gustábanle las apariencias y exterioridades; la lisonjeaba

andar en lenguas y ser envidiada, nunca compadecida. El día que dio sus

pendientes de oro para la Rita, no le quedaba en casa un ochavo, y por

pueril orgullo dijo a todas que tenía dinero, amenguando así el valor de

su noble rasgo. Ahora, durante sus relaciones con Baltasar, trabajaba

más que nunca y se vestía lo mejor posible, para hacer creer que el

señorito de Sobrado era con ella dadivoso. Se regocijaba interiormente

de que la sostuviesen sus ágiles dedos, mientras el barrio le envidiaba

larguezas que no recibía: es más, que rechazaría con desdén si se las

ofrecieran. Su vanidad era doble: quería que el público tuviese a

Baltasar por liberal, y que Baltasar no la tuviese a ella por

mercenaria. Y Baltasar, si pagaba la gaseosa, los pastelillos, alguna

vez las entradas del teatro, en lo demás se mostraba digno heredero y

sucesor de doña Dolores Andeza de Sobrado. Nunca pensó o nunca quiso

pensar (que hasta a esto del pensar sobre una cosa suele determinarse la

voluntad libremente) en lo que comería aquella buena moza, si sería

caldo o borona, si bebería agua clara, y cómo se las compondría para

presentársele siempre con enagua almidonada y crujiente, bata de percal

saltando de limpia, botitas finas de rusel, pañuelo nuevo de seda. El

cigarro era aromático y selecto: ¿qué le importaba al fumador el modo de

elaborarlo?

Entre tanto, Amparo disfrutaba viendo la rabia de sus rivales en la

Fábrica, la sonrisilla de Ana, las indirectas, los codazos, la atmósfera

de curiosidad que se condensaba en torno de su persona, llegando a tanto

su desvanecimiento, que se hacía a sí propia regalos misteriosos para

que creyese la gente que procedían de Sobrado; se prendía en el pecho

ramilletes de flores, y hasta llegó a adquirir una sortija de plata con

un corazón de esmalte azul, por el retegustazo de que pensasen ser

fineza de Baltasar. Cuando le preguntaban si era cierto que se casaba

con un señorito, sonreía, se hacía la enojada como de chanza, y fingía

mirar disimuladamente la sortija.... ¡Casarse! ¿Y por qué no? ¿No éramos

todos iguales desde la revolución acá? ¿No era soberano el pueblo? Y las

ideas igualitarias volvían en tropel a dominarla y a lisonjear sus

deseos. Pues si se había hecho la revolución y la Unión del Norte, y

todo, sería para que tuviésemos igualdad, que si no, bien pudieron las

cosas quedarse como estaban.... Lo malo era que nos mandase ese rey

italiano, ese Macarronini, que daba al traste con la libertad.... Pero

iba a caer, y ya no cabía duda, llegaba la república.

Con estos pensamientos entretenía las horas de trabajo en la Fábrica. A

cada pitillo que enrollaba, al suave crujido del papel, una cándida

esperanza surgía en su corazón. Cuando ella fuese señora, no había de

portarse como otras altaneras, que estuvieron allí liando cigarros lo

mismo que ella, y ahora, porque arrastraban seda, miraban por cima del

hombro a sus amigas de ayer. ¡Quia! Ella las saludaría en la calle,

cuando las viese, con afabilidad suma. Por lo que hace a recibirlas de

visita... eso, según y conforme dispusiese su marido; pero, ¿qué trabajo

cuesta un saludo? A Ana le había de enseñar su casa. ¡Su casa! ¡Una casa

como la de Sobrado, con sillería de damasco carmesí, consola de caoba,

espejo de marco dorado, piano, reloj de sobremesa y tantas bujías

encendidas! Y Amparo, cerrando los ojos, creía sentir en el rostro el

frío cierzo de la noche de Reyes.... Cuando entraba descalza en el

portal de Sobrado a cantar villancicos, ¿pensó que se enamorase nunca de

ella Baltasar? Pues así como había sucedido esto, _lo otro_....

No obstante, dentro de la Fábrica misma hubo escépticas que auguraron

mal de los enredos en que se metía Amparo. ¡Casarse, casarse! Pronto se

dice; pero del dicho al hecho.... ¿Regalos? ¡Vaya unos regalos para un

hijo de Sobrado! ¡Sortijas de plata, ramos de a dos cuartos! ¡Bah, bah!

Ya se sabía en lo que paraban ciertas cosas. Aunque sordos, estos

rumores no fueron tan disimulados que no llegasen a la interesada, y

unidos a otras pequeñeces que ella observaba también, empezaron a

clavarle en el alma el dardo de los más crueles recelos. Baltasar

enfriaba a ojos vistas: a cada paso mostraba más cautela, adoptaba

mayores precauciones, descubría más su carácter previsor y el interés de

esconder su trato con la muchacha como se oculta una enfermedad

humillante. Mostrábase aún tierno y apasionado en las entrevistas; pero

se negaba obstinadamente a acompañar a Amparo dos pasos más allá de la

puerta.

Todo lo referido, notó desde su cama la paralítica, y hallábase

sumamente inquieta y quejosa, por varias razones, entre otras, porque

desde que Amparo gastaba cuanto ganaba en botas nuevas y enaguas

bordadas, ella se veía privada de algunas comodidades y golosinas que no

le escatimaban antes. Malo era que su hija se perdiese y malo también

que, tratando con señores, en vez de traer dinero a casa, se empeñase, y

tuviese que pasarse las noches haciendo pitillos de encargo para poder

comer. ¡Y mucho de flores! ¡Y mucho de chambras con puntillas! ¡Qué

necesidad!

Confidente de estas lamentaciones era Chinto, que solía venir a pasarse

con la tullida largas horas al salir del trabajo, desde que supo cuán

propicia se mostrara un tiempo a su pretensión matrimonial. Aún volvía

la vieja a la carga de tiempo en tiempo, y hablaba de Chinto a su hija;

él no sería fino ni buen mozo, pero era un burro de carga, un lobo para

el trabajo y un infeliz. Autorizada, sin duda, por tan buenas

intenciones, la paralítica disponía de Chinto cual de un yerno. Una vez,

cuando empezó a escasear el dinero, rogole «que fuese por seis cuartos

de azúcar para la cascarilla a la tienda de la esquina, que ya le

pagaría». El mozo salió y volvió con un cucurucho de papel de estraza

henchido de azúcar moreno; del pago no se habló más. Otro día se encargó

de tomar un décimo para el próximo sorteo; la vieja, por tranquilizar su

conciencia de empedernida jugadora, le dijo que si «le caía» partirían

como buenos amigos. Poco a poco, y ayudando a ello lo muy distraída que

Amparo andaba, volvió Chinto a amarrarse al antiguo yugo, a obedecer

ciegamente a la despótica voz de la tullida; hízole los recados, le

arregló el cuarto, le trajo remedios, le dio unturas. Y no quiere decir

esto que la pobre mujer se propusiese deliberadamente explotar al mozo,

sino que, a su edad y en su estado, ciertos cuidados y mimos son tan

necesarios como el aire respirable.

Curioso espectáculo en verdad el que ofrecía Chinto, descolorido, flaco,

casi harapiento, cuidando de aquella mujer que no era su madre, que

siempre le había tratado con dureza; y mientras él mondaba las patatas

para el caldo del día siguiente, o mullía el jergón de la impedida,

Amparo regresaba, a la plateada luz de la luna de verano, que prolongaba

sobre la carretera de la Olmeda la sombra de los majestuosos árboles, de

alguna cita en lugares escondidos, en los solitarios huertos, o en el

desierto camino del cerro de Aguasanta.

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La Tribuna · 第 36 / 42 题