Hizo Borrén, la recomendación a su prima, que se la hizo al contador,
que se la hizo al jefe, y Amparo fue admitida en la Fábrica de cigarros.
El día en que recogió el nombramiento hubo en casa del barquillero la
fiesta acostumbrada en casos semejantes, fiesta no inferior a la que
celebrarían si se casase la muchacha. Hizo la madre decir una misa a
Nuestra Señora del Amparo, patrona de las cigarreras; y por la tarde
fueron convidados a un asiático festín el barbero de enfrente, Carmela,
su tía, y la señora Porreta la comadrona: hubo empanada de sardina,
bacalao, vino de Castilla, anís y caña a discreción, rosoli, una enorme
fuente de papas de arroz con leche.
Privado de la ayuda de Amparo, el barquillero había tomado un aprendiz,
hijo de una lavandera de las cercanías. Jacinto, o _Chinto_, tenía
facciones abultadas e irregulares, piel de un moreno terroso, ojos
pequeños y a flor de cara: en resumen, la fealdad tosca de un villano
feudal. Sirvió a la mesa, escanció, y fue la diversión de los
comensales, por sus largas melenas, semejantes a un ruedo, que le comían
la frente; por su faja de lana, que le embastecía la ya no muy quebrada
cintura; por su andar torpe y desmañado, análogo al de un moscardón
cuando tiene las patas untadas de almíbar; por su puro dialecto de las
Rías Saladas, que provocaba la hilaridad de aquella urbana reunión. El
barbero, que era _leído, escribido_ y muy redicho; la encajera, que la
daba de fina, y la comadrona, que gastaba unos chistes del tamaño de su
panza, compitieron en donaire burlándose de la rusticidad del mozo.
Amparo ni lo miró, tan ridículo le había parecido la víspera cuando
entró llorando, trayéndolo medio arrastro su madre: Carmela fue la única
que le habló humanamente, y le dijo el nombre de dos o tres cosas, que
él preguntaba sin lograr más respuesta que bromas y embustes. Así que
todos manducaron a su sabor, echaron las sobras revueltas en un plato,
como para un perro, y se las dieron al paisanillo, que se acostó ahíto,
roncando formidablemente hasta el otro día.
Amparo madrugó para asistir a la Fábrica. Caminaba a buen paso, ligera y
contenta como el que va a tomar posesión del solar paterno. Al subir la
cuesta de San Hilario, sus ojos se fijaban en el mar, sereno y franjeado
de tintas de ópalo, mientras pensaba en que iba a ganar bastante desde
el primer día, en que casi no tendría aprendizaje, porque al fin los
puros la conocían, su madre le había enseñado a envolverlos, poseía los
heredados chismes del oficio, y no le arredraba la tarea. Discurriendo
así, cruzó la calzada y se halló en el patio de la Fábrica, la vieja
_Granera_. Embargó a la muchacha un sentimiento de respeto. La magnitud
del edificio compensaba su vetustez y lo poco airoso de su traza; y para
Amparo, acostumbrada a venerar la Fábrica desde sus tiernos años,
poseían aquellas murallas una aureola de majestad, y habitaba en su
recinto un poder misterioso, el Estado, con el cual sin duda era ocioso
luchar, un poder que exigía obediencia ciega, que a todas partes
alcanzaba y dominaba a todos. El adolescente que por vez primera huella
las aulas experimenta algo parecido a lo que sentía Amparo.
Pudo tanto en ella este temor religioso, que apenas vio quién la
recibía, ni quién la llevaba a su puesto en el taller. Casi temblaba al
sentarse en la silla que le adjudicaron. En derredor suyo, las operarias
alzaban la cabeza, ojos curiosos y benévolos se fijaban en la novicia.
La maestra del partido estaba ya a su lado, entregándole con solicitud
el tabaco, acomodando los chismes, explicándole detenidamente cómo había
de arreglarse para empezar. Y Amparo, en un arranque de orgullo, atajaba
a las explicaciones con un «ya sé cómo» que la hizo blanco de miradas.
Sonriose la maestra y le dejó liar un puro, lo cual ejecutó con bastante
soltura; pero al presentarlo acabado, la maestra lo tomó y oprimió entre
el pulgar y el índice, desfigurándose el cigarro al punto.
--Lo que es saber, como lo material de saber, sabrás...--dijo alzando
las cejas--. Pero si no despabilas más los dedos... y si no le das más
hechurita.... Que así, parece un espanta-pájaros.
--Bueno--murmuró la novicia confusa--: nadie nace aprendido.
--Con la práctica...--declaró la maestra sentenciosamente, mientras se
preparaba a unir el ejemplo a la enseñanza--. Mira, así... a modito....
No valía apresurarse. Primero era preciso extender con sumo cuidado,
encima de la tabla de liar, la envoltura exterior, la epidermis del
cigarro, y cortarla con el cuchillo trazando una curva de quince
milímetros de inclinación sobre el centro de la hoja para que ciñese
exactamente el cigarro; y esta capa requería una hoja seca, ancha y
fina, de lo más selecto: así como la dermis del cigarro, el _capillo_,
ya la admitía de inferior calidad, lo propio que la tripa o cañizo. Pero
lo más esencial y difícil era rematar el puro, hacerle la punta con un
hábil giro de la yema del pulgar y una espátula mojada en líquida goma,
cercenándole después el rabo de un tijeretazo veloz. La punta aguda, el
cuerpo algo oblongo, la capa liada en elegante espiral, la tripa no tan
apretada que no deje respirar el humo ni tan floja que el cigarro se
arrugue al secarse, tales son las condiciones de una buena tagarnina.
Amparo se obstinó todo el día en fabricarla, tardando muchísimo en
elaborar algunas, cada vez más contrahechas, y estropeando malamente la
hoja. Sus vecinas de mesa le daban consejos oficiosos: había discordia
de pareceres: las viejas le encomendaban que cortase la capa más ancha,
porque sale el cigarro mejor formado y porque «así lo habían hecho ellas
toda la vida»; y las jóvenes, que más estrecha, que se enrolla más
pronto. Al salir de la Fábrica, le dolía a Amparo la nuca, el espinazo,
el pulpejo de los dedos.
Poco a poco fue habituándose y adquiriendo destreza. Lo peor era que la
afligía la nostalgia de la calle, no acertando a hacerse a la prolija
jornada de trabajo sedentario. Para Amparo la calle era la patria, el
paraíso terrenal. La calle le brindaba mil distracciones, de balde
todas. Nadie le vedaba creer que eran suyos los lujosos escaparates de
las tiendas, los tentadores de las confiterías, las redomas de color de
las boticas, los pintorescos tinglados de la plaza; que para ella
tocaban las murgas, los organillos, la música militar en los paseos,
misas y serenatas; que por ella se revistaba la tropa y salía precedido
de sus maceros con blancas pelucas el Excelentísimo Ayuntamiento. ¿Quién
mejor que ella gozaba del aparato de las procesiones, del suelo sembrado
de espadaña, del palio majestuoso, de los santos que se tambalean en las
andas, de la Custodia cubierta de flores, de la hermosa Virgen con manto
azul sembrado de lentejuelas? ¿Quién lograba ver más de cerca al capitán
general portador del estandarte, a los señores que alumbraban, a los
oficiales que marcaban el paso en cadencia? Pues, ¿y en Carnaval? Las
mascaradas caprichosas, los confites arrojados de la calle a los
balcones, y viceversa, el entierro de la sardina, los cucuruchos de
dulce de la piñata, todo lo disfrutaba la hija de la calle. Si un
personaje ilustre pasaba por Marineda, a Amparo pertenecía durante el
tiempo de su residencia: a fuerza de empellones la chiquilla se colocaba
al lado del infante, del ministro, del hombre célebre; se arrimaba al
estribo de su coche, respiraba su aliento, inventariaba sus dichos y
hechos.
¡La calle! ¡Espectáculo siempre variado y nuevo, siempre concurrido,
siempre abierto y franco! No había cosa más adecuada al temperamento de
Amparo, tan amiga del ruido, de la concurrencia, tan bullanguera,
meridional y extremosa, tan amante de lo que relumbraba. Además, como
sus pulmones estaban educados en la gimnasia del aire libre, se deja
entender la opresión que experimentarían en los primeros tiempos de
cautiverio en los talleres, donde la atmósfera estaba saturada del olor
ingrato y herbáceo del Virginia humedecido y de la hoja medio verde,
mezclado con las emanaciones de tanto cuerpo humano y con el fétido vaho
de las letrinas próximas. Por otra parte, el aspecto de aquellas grandes
salas de cigarros comunes era para entristecer el ánimo. Vastas
estanterías de madera ennegrecida por el uso, colocadas en el centro de
la estancia, parecían hileras de nichos. Entre las operarias, alineadas
a un lado y a otro, había sin duda algunos rostros jóvenes y lindos;
pero así como en una menestra se destaca la legumbre que más abunda, en
tan enorme ensalada femenina no se distinguían al pronto sino greñas
incultas, rostros arados por la vejez o curtidos por el trabajo, manos
nudosas como ramas de árbol seco.
El colorido de los semblantes, el de las ropas y el de la decoración se
armonizaba y fundía en un tono general de madera y tierra, tono a la vez
crudo y apagado, combinación del castaño mate de la hoja, del amarillo
sucio de la vena, del dudoso matiz de los serones de esparto, de la
problemática blancura de las enyesadas paredes, y de los tintes sordos,
mortecinos al par que discordantes, de los pañuelos de cotonía, las
sayas de percal, los casacos de paño, los mantones de lana y los
paraguas de algodón. Amparo se perecía por los colores vivos y fuertes,
hasta el extremo de pasarse a veces una hora delante de algún escaparate
contemplando una pieza de seda roja: así es que los primeros días, el
taller con su colorido bajo le infundía ganas de morirse. Pero no tardó
en encariñarse con la Fábrica, en sentir ese orgullo y apego
inexplicables que infunde la colectividad y la asociación, la
fraternidad del trabajo. Fue conociendo los semblantes que la rodeaban,
tomándose interés por algunas operarias, señaladamente por una madre y
una hija que se sentaban a su lado. Medio ciega ya y muy temblona de
manos, la madre no podía hacer más que _niños_, o sea la envoltura del
cigarro; la hija se encargaba de las puntas y del corte, y entre las dos
mujeres despachaban bastante, siendo muy de notar la solicitud de la
hija y el afecto que se manifestaban las dos, sin hablarse, en mil
pormenores, en el modo de pasarse la goma, de enseñarse el mazo
terminado y sujeto ya con su faja de papel, de partir la moza la comida
con su navaja, y de acercarla a los labios de la vieja.
Otra causa para que Amparo se reconciliase del todo con la Fábrica, fue
el hallarse en cierto modo emancipada y fuera de la patria potestad
desde su ingreso. Es verdad que daba a sus padres algo de las ganancias,
pero reservándose buena parte; y como la labor era a destajo, en las
yemas de los dedos tenía el medio de acrecentar sus rentas, sin que
nadie pudiese averiguar si cobraba ocho o cobraba diez. Desde el día de
su entrada vestía el traje clásico de las cigarreras: el mantón, el
pañuelo de seda para solemnidades, la falda de percal planchada y con
cola.
-VII-