Que los tenga muy felices

Se ha mudado la decoración; ha pasado casi un año; corre el mes de

enero. No llueve; el cielo está aborregado de nubes lívidas que

presagian tormenta, y el viento costeño, redondo, giratorio como los

ciclones, arremolina el polvo, los fragmentos de papel, los residuos de

toda especie que deja la vida diaria en las calles de una ciudad. Parece

como si se hubiesen asociado vendaval y cierzo: aquel para aullar,

soplar, mugir; este para herir los semblantes con finísimos picotazos de

aguja, colgar gotitas de fluxión en las fosas nasales, azulear las

mejillas y enrojecer los párpados. En verdad que con semejante tiempo

los Santos Reyes, que caballeros en sus dromedarios venían desde el

misterioso país de la luz, atravesando la Palestina, a saludar al Niño,

debieron notar que se les helaban las manos, llenas de incienso y mirra,

y subir más que a paso la esclavina de aquellas dulletas de armiño y

púrpura con que los representan los pintores. A falta de esclavina, los

marinedinos alzaban cuanto podían el cuello del gabán o el embozo de la

capa. Es que el viento era frío de veras, y sobre todo, incómodo;

costaba un triunfo pelear con él. Entrábase por las bocacalles,

impetuoso y arrollador, bufando y barriendo a las gentes, a manera de

fuelle gigantesco. En el páramo de Solares, que separa el barrio de

Arriba del de Abajo, pasaban lances cómicos: capas que se enrollaban en

las piernas y no dejaban andar a sus dueños; enaguas almidonadas que se

volvían hacia arriba con fieros estallidos; aguadores que no podían con

la cuba, curiales a quienes una ráfaga arrebataba y dispersaba el

protocolo, señoritos que corrían diez minutos tras de una chistera

fugitiva, que, al fin, franqueando de un brinco el parapeto del muelle,

desaparecía entre las agitadas olas.... Hasta los edificios tomaban

parte en la batalla: aullaban los canalones, las fallebas de las

ventanas temblequeaban, retemblaban los cristales de las galerías,

coreando el dúo de bajos, profundo, amenazador y temeroso, entonado por

los dos mares, el de la bahía y el del Varadero. Tampoco estaban ellos

para bromas.

En cambio, celebrábase gran fiesta en una casa de ricos comerciantes del

barrio de Abajo, la de _Sobrado Hermanos_. Era el santo de Baltasar,

único vástago masculino del tronco de los Sobrados, y cuando más

diabluras hacía fuera el viento, circulaban en el comedor los postres de

una pesada comida de provincia, en que el gusto no había enmendado la

abundancia. Sucediéranse, plato tras plato, los cebados capones, manidos

y con amarilla grasa; el pavo relleno; el jamón en dulce con costra de

azúcar tostado; las natillas, con arabescos de canela, y la tarta, el

indispensable ramillete de los días de días, con sus cimientos de

almendra, sus torres de piñonate, sus cresterías de caramelo y su

angelote de almidón ejecutando una pirueta con las alas tendidas. Ya se

aburrían los grandes de estar en la mesa; no así los niños. Ni a tres

tirones se levantarían ellos, cabalmente en el feliz instante en que era

lícito tirarse confites, comer con los dedos, hacer, de puro ahítos, mil

porquerías y comistrajos con su ración. Todo el mundo les dejaba

alborotar; era el momento de la desbandada; se habían pronunciado

brindis y contado anécdotas con mayor o menor donaire; pero ya nadie

tenía ánimos para sostener la conversación, y el Sobrado tío, que era

grueso y abotargado, se abanicaba con la servilleta. Levantó la sesión

el ama de casa, doña Dolores, diciendo que el café estaba prevenido en

la sala de recibir.

En esta se habían prodigado las luces: dos bujías a los lados del piano

vertical; sobre la consola, en los candelabros de zinc, otras cuatro de

estearina rosa, acanaladas; en el velador central, entre los _albums_ y

estereóscopos, un gran quinqué con pantalla de papel picado. Iluminación

completa. ¡Es que por Baltasar echaban gustosos los Sobrados la casa por

la ventana, y más ahora que lo veían de uniforme, tan lindo y galán

mozo! A la fiesta habían sido convidados todos los íntimos: Borrén, otro

alférez llamado Palacios, la viuda de García y sus niñas, de las cuales

la menor era Nisita, la rubia de los barquillos, y por último, la

maestra de piano de las hermanas de Baltasar. La velada se organizó,

mejor dicho, se desordenó gratamente en la sala: cada cual tomó el café

donde mejor le plugo: doña Dolores y su cuñado, que resoplaba como una

foca, se apoderaron del sofá para entablar una conferencia sobre

negocios. Sobrado el padre fumaba un puro del estanco, obsequio de

Borrén, y saboreaba su café, aprovechando hasta el del platillo. La niña

mayor de García, Josefina, se sentó al piano, después de muy rogada, y

tras mil repulgos dio principio a una fantasía sobre motivos de Bellini;

Baltasar se colocó a su lado para volver las hojas, mientras sus

hermanas gozaban con las gracias de Nisita, que roía un trozo de

piñonate: manos, hocico y narices, todo lo tenía empeguntado de almíbar

moreno.

--¡Estás bonita!--exclamaba Lola, la mayor de Sobrado--. ¡Puerca,

babada, te quedarás sin dientes!

--No me impies--chillaba el angelito--; no me impies... voy a chucharme

ota ves.--Y sacaba de la faltriquera un adarve del castillo de la tarta.

--¿Ha visto usted qué día?--preguntaba Borrén a la viuda de García, que

bien quisiera dejar de serlo--. Una garita ha derribado el viento; por

más señas que cayó sobre el centinela, ¿eh?, y a poco le mata. Y usted,

¿cómo se vino desde su casa?

--¡Jesús... puede usted figurarse! Con mil apuros.... Yo no sé cómo me

arreglé para sujetar la ropa... y así todo....

--¡Quién estuviera allí! Ya conozco yo alguno....

--¡Jesús... no sé para qué!

--Para admirar un pie tan lindo... y para darle el brazo, ¡hombre!, a

fin de que el viento no se la llevase.

Juzgó la viuda que aquí convenía fingirse distraída, y cogió el

estereóscopo, mirando por él la fachada de las Tullerías. Del piano

saltó entonces un _allegro vivace_, con muchas octavas, y el tecleo

cubrió las voces... sólo se oyeron fragmentos del diálogo que sostenían

la agria voz de doña Dolores y la voz becerril de su cuñado.

--La fábrica, bien... de capa caída... las hipotecas... al ocho....

Liquidaron con el socio... la competencia....

--Josefina--gritó la viuda a la pianista--¿qué haces, niña? ¿No te

encargó doña Hermitas que pusieses el pedal en ese pasaje?

--Y lo pone--intervino la maestra de piano--; pero debía ser desde el

compás anterior.... A ver, quiere usted repetir desde ahí... sol-la-do,

la-do....

--¡Lo hace hoy.... Jesús, qué mal! ¡Por lo mismo que hay gente!--murmuró

la madre--. Cuando está sola, aunque embrolle....

--Pues yo bien vuelvo las hojas; en mí no consiste--dijo risueño

Baltasar--. Y debe usted esmerarse, pollita, que estoy de días, y

Palacios la oye a usted boquiabierto y entusiasmado.

--¡Bueno!--gritó la mujercita de trece años, suspendiendo de golpe su

fantasía--. Me están ustedes cortando... ea, ya no sé poner los dedos.

Como no aprendí la pieza de memoria, y este papel no es el mío.... Voy a

tocar otra cosa.

Y echando atrás la cabeza y a Baltasar una mirada fugaz, arrancó del

teclado los primeros compases de mimosa habanera. La melodía comenzaba

soñolienta, perezosa, yámbica; después, de pronto, tenía un impulso de

pasión, un nervioso salto; luego tornaba a desmayarse, a caer en la

languidez criolla de su ritmo desigual. Y volvía monótona, repitiendo el

tema, y la mujercita, que no sabía interpretar la página clásica del

maestro italiano, traducía en cambio a maravilla la enervante molicie

amorosa, los poemas incendiarios que en la habanera se encerraban.

Josefina, al tocar, se cimbreaba levemente, cual si bailase, y Baltasar

estudiaba con curiosidad aquellos tempranos coqueteos, inconscientes

casi, todavía candorosos, mientras tarareaba a media voz la letra:

_Cuando en la noche la blanca luna..._

Diríase que fuera había aplacado la ventolina, pues los goznes de las

ventanas ya no gemían, ni temblaban los vidrios. Mas de improviso se

escuchó un derrumbamiento, un fragor como si el cielo se desfondase y

sus cataratas se abriesen de golpe. Lluvia torrencial, que azotó las

paredes, que inundó las tejas, que se precipitó por los canalones abajo,

estrellándose en las losas de la calle. En la sala hubo un instante de

sorpresa; Josefina interrumpió su habanera; Baltasar se aproximó a la

ventana; la viuda soltó el estereóscopo, y a Nisita se le cayó de las

manos el piñonate. Casi al mismo tiempo otro ruido, que subía del

portal, vino a dominar el ya formidable del aguacero; una algarabía, un

_chascarrás_ desapacible, unas voces cantando destempladamente con

acompañamiento de panderos y castañuelas. Saltaron alborotadas las

chiquillas, con Nisita a la cabeza.

--Ya están ahí esas holgazanas--dijo ásperamente doña Dolores--. Anda,

Lola--añadió dirigiéndose a su hija mayor--: dile a Juana que las eche

del portal, que lo ensuciarán.

--Mamá... ¡lloviendo tanto!--suplicó Lola--. ¡Parece no sé qué decirles

que se vayan! ¡Se pondrán como sopas! ¿No oye usted que el cielo se

hunde?

--¡Es que eres tonta!--pronunció con rabia la madre--. Si las dejas

tocar ahí, después no hay remedio sino darles algo a esas perdidas....

--¿Qué importa, mamá?--intervino Baltasar--. Hoy es mi santo.

--Que suban, que suban a cantar los Reyes--gritó unánime la concurrencia

menor de tres lustros.

--Te uban.... Batasal, te uban, te uban--berreó Nisita cruzando sus

manos pringosas.

--Que suban, hombre, veremos si son guapas--confirmó Borrén.

Lola de esta vez no necesitó que le reiterasen la orden. Ya estaba

bajando las escaleras dos a dos.

-V-

La Tribuna · 第 8 / 42 题