--Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo

débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos

duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de

hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.

Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.

De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al

verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les

tiraba una bola de nieve.

--¿De quién se reirán?--pensaba Manuel.

La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio,

dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;

danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la

calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave

desprendido del cuello de un cisne.

A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores,

las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo

de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los

arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.

Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas

de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.

--El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y á uno

le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve

débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría...

¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este

mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?...

todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa...

el sexo débil... pues cógela y te hielas.

Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde

entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...

* * * * *

A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo

del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.

Jesús tosía de una manera horrible.

--Estáte tú aquí--le dijo Manuel.--Voy á ver si encuentro algo que

comer.

Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían

tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería

estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió

hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los

hombros y le decían:

--Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?

Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.

Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.

--No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa.--¿Tú

tienes algún sitio á dónde ir?

--Una tejavana.

--Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los

tres.

Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les

dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los

dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y

después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró

hacer fuego dentro del cobertizo.

Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el

caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre

historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en

América...»

--Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las

que contó)--íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto

que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento

tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene

el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente;

nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos

carabineros y soldados yanquis.

Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á

mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm...

búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y

graznidos de aquella gente.

Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una

india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á

hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:--¿Quién es

esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo

la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas

reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda:

«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la

reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo

hice lo mismo: ¡Muy señora mía!

Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el

programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio á caballo»--me

dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo

conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas,

pantomimistas, y al último los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba

á hacer el «Indio á caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido

á ellos.--Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito

sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!

Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los

movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando

con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por

encima de su cabeza.

--El «Indio á caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de

los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un

número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los

_clauns_. Ahora sí que va á haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente,

no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se

divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo á decirme:--¡Señor

director!, ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué

se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los _clauns_, y

creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función.

Entro en la pista, y saco á los _clauns_ á trompicones. Luego, para

quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de

manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué

éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas

sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus

peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.

Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el

suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua

caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento

silbaba y gemía á lo lejos.

Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un

despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los

truenos.

--¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús.

--¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa!

Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que

verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los

lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades

tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua

queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en

América...

Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los

dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en

aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les

sacaba la pecera.

No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de

sitio, porque entraba el agua por el tejado...

A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había

derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase

convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las

casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso,

desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro,

husmeaban en los montones de basura.

Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con

unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la

prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del

Príncipe Pío.

Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á

preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á

la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de

mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos

andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y

Manuel fueron partidarios de no entrar allá.

Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos

soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron

la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la

calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.

El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de

golfos.

Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo.

Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del

paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba

cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y

en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El

Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de

metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad

y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las

goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en

medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas

muertas y secas.

Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste;

á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se

despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por

las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros

marchaban por el Arroyo de Embajadores.

Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de

hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres

tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura

humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la

que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color

amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la

enfermedad y de la miseria.

--Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso.

--Bah, no harían nada--murmuró Jesús.

--¿Por qué?

--Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que

mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de

hambre, le quita usted la mitad de su dicha.

--¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.

--Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de

nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente,

mientras nosotros...

Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara

mal de los ricos.

Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las

escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á

llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la

hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla

del cigarro en la boca...

Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la

casa desalquilada y los echó de allí.

Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había

desaparecido--se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la

noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya

cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en

un convento ó en un asilo, iban viviendo.

La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias

fué un día de Marzo.

Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando

por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos,

en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al

chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.

Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de

ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un

cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,

hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo

rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una

huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el

horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un

paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal

aspecto en grupos de tres y cuatro.

Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y

Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los

Tres Ojos.

Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la

derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios

abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera,

le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al

barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo

lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.

Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado

que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron

en el Asilo.

La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros

de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y

ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y

entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había

algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...

Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio

y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus

abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de

guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.

Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.

--Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba á

tenderse cerca de Manuel.

Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la

sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.

--¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--.

Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!

--¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos.

--Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el

tambor--dijo otro.

--¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira.

Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba

escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras

negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán

remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un

sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral

de tela y lo dejó en el suelo.

--Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año

pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una

cañería.

Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba

blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la

espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una

gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones,

se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante.

En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.

Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de

bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus

deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre

éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas

grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello

corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo

del esplendor de la vida pasada.

La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor

de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.

Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron

Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero

impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad

oficial.

A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había

alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.

--Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo á Jesús--;

había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el

mundo se le daba una sopa.

--Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y

tostado por el sol.

--Bueno, pero calentaba las tripas.

El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre

la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado

por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas.

Dentro de lo triste, era cómica su historia.

Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en

las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un

ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo

de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto,

escribía á su mujer dándole esperanzas.

El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después

de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué

al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él

á un asilo.--No llevo al asilo sino á los que piden limosna--le dijo el

guardia.--Yo voy á pedir limosna--le contestó él con humildad--puede

usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré.

Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su

hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su

boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las

Delicias.

--Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada--dijo el de los

anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese

usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.

--Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente.

--Echarlo fuera de Madrid.

--Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús.

--La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el

invierno se tiene frío.

--Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en

Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo

encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas

semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una

barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y

después tapábamos el agujero con pez.

--¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel.

--La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas.

Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar

por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con

gente que sabe, y se va uno ilustrando...

--¿Y usted ha andado mucho por ahí?

--Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un

pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo

que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se

puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de

tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que

el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.

El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,

indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.

--Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay

cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta

primavera.

Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido.

A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería

dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.

--Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes.

--Suelta, que me ahogas.

El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó

el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se

irguió bramando de coraje.

--Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó.

Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de

bruces.

--Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo.

Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á

tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y

sibilantes...

Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del

Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se

desparramaron al momento por aquellos andurriales.

Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la

estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz

en el aire negro de la noche.

De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de

humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban

un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión

de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.

Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos

lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y

amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color,

casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo,

lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren.

Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban

abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo

á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo

de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de

ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas,

que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte

bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores

madrileños...

CAPÍTULO VII

La Casa Negra.--Incendio.--Fuga.

Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían

hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.

--Tenemos que ir á ese pueblo--murmuró Jesús.

--¿A cuál?

--A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.

--Bueno.

Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la

puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de

ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.

Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un

coche. El señor le dió unas perras.

Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando

vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don

Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.

--¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel.

Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.

--¿A dónde iba usted?--le preguntaron.

--Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero

estoy cansado, ya no tengo piernas.

--¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel.

--¡Pse!... Morirme de hambre.

--¿No viene la buena?

--¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?,

pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo.

--¿A qué se dedica usted ahora?

--He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió

mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las

mujeres la primera noche de novios_.

--¿Es bueno esto?--preguntó Manuel.

--Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no.

¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en

_Niu Yoc_!

--Ya vendrá la buena.

--Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á

una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Qué tiene usted?--me

preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché

á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y

allá, á las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo,

que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y

me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está

por allá, hacia el río.

La lucha por la vida: Mala hierba · 第 9 / 16 段