¡Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede
entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París:
«Tome una _djirincka--¡djirincka!--y_ vea en un momento todo lo de la
Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que es
_djirincka_! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno
las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a
uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender
todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve
uno más que los pilares y los arcos, y la luz allá arriba, que entra
como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas
veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no
es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza ver
algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no
entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de entender; pero
los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por
eso están tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se
pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es
difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo
que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo,
siente uno deseos de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida.
Porque los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin
trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los
demás hombres, pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.
Los que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de
comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla
de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como
baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que hace al día
cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más de mil
trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas
las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el
león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se
pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones.
La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla
así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere
pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas
obras de platería, para limar las piezas finas, para bordarlas como
encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas
máquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero
para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer
ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como hoja de
papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y
tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde está la plata
hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa
la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que
están dentro colgados en hilera de un madero, como las púas de un peine.
Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacían
de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen
hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra a un redondel de
plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo alrededor de una
punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrón, y luego
lo hundía de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba
redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le
iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con
maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un
jarro hueco, y lo de mano no es más que lo último, cuando va al dibujo
fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aquí, porque donde
hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que
hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer
un jarrón que para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece
que está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego como
el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos,
y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como
si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de
platería cuando están derritiendo el metal. En un horno se cocinan las
piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se
derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el níquel,
el cobre y el zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la
cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero
uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal y
cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal
hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya
no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón, sino que lo
que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el
metal está en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro,
como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de mañana
en las hojas del bosque. Sin saber por qué, se calla uno, y se siente
como más fuerte, en el taller de las calderas.
Y después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se están
moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada
máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor está allá,
en lo hondo de la platería, y de allí mueve unas correas anchas, que
hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda
de andar en cada máquina, andan las demás ruedas. La primera máquina se
parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida
entre dos cilindros de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de
acero; y la barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un
cartón: es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una
máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de arriba
cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de
martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y
cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la
lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada, y el metal de cada
agujero cae a un cesto debajo: y ése es la cuchara, ése es el tenedor.
Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de
martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una
moneda muy grande, es una cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al
tenedor? ¡Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas,
tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está
caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle
forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes
del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un mortero de
aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se
le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra máquina más fina lo
recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como están
en el tenedor acabado, sino sujetos todavía. Otra máquina le recorta las
uniones, y ya está el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres
del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la
curva, porque de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja
de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo
cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren
con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de
las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda más de prisa, y
la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da
vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto.
Y de allí sale el tenedor o la cuchara a la platería de veras, porque es
donde les ponen el baño de la electricidad, y quedan como vestidos con
traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no
llevan más que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata
les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes
con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara,
no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en láminas
delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía que irlo
aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería, y recortaba
la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba al mango el doblez,
y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un
punto diferente, encima de un yunque que parecía de jugar, con la punta
redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara.
Ahora la máquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en
uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de
arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de
hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está la
cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la
llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en que la plata
está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de
potasio--¡los nombres químicos son todos así!: y entra en el baño la
electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y
calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los
metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este baño
de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda
la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de
él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al
calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de
aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana les sacan
brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de
terciopelo o de seda.