1889
* * * * *
A los niños que lean «La Edad de Oro».
Tres héroes
Dos milagros
Meñique
Cada uno a su oficio
La Ilíada, de Homero
Un juego nuevo y otros viejos
Bebé y el señor don Pomposo
La última página
La historia del hombre, contada por sus casas
Los dos príncipes.
Nené traviesa.
La perla de la mora
Las ruinas indias.
Músicos, poetas y pintores.
La última página
La exposición de París.
El camarón encantado
El Padre las Casas.
Los zapaticos de rosa
La última página
Un paseo por la tierra de los anamitas
Historia de la cuchara y el tenedor
La muñeca negra
Cuentos de elefantes
Los dos ruiseñores
La galería de las máquinas
La última página
* * * * *
A los niños que lean «La Edad de Oro».
Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin
las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El
niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser
hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno,
inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello
que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su
amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la
ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para
caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para
conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de
mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos
lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para
decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo
lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien,
con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está
hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
hasta ahora.
Para eso se publica _La Edad de Oro_: para que los niños americanos
sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás
tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las
máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que
cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la
piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los
libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los
pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres,
donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de
magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo
que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les
contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan
estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños
trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños
son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como
cosa de su corazón.
Cuando un niño quiera saber algo que no esté en _La Edad de Oro_,
escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le
contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía.
Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien
escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que
se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parece, y si
les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que
escribirían. Por eso _La Edad de Oro_ va a tener cada seis meses una
competencia, y el niño que le mande el trabajo mejor, que se conozca de
veras que es suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares
del número de _La Edad de Oro_ en que se publique su composición, que
será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque
para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos
que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo
digan bien: hombres elocuentes y sinceros.
Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con
ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el
hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las
mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas.
Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y
para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque _La Edad de
Oro_ tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las
niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan
curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que
las leyesen los colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace
una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja,
cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también
pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y
mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De
seguro que van a ganar las niñas!
Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de
nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América
por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga
donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de _La Edad de Oro_ fue mi
amigo!»