Sir George calló un rato, y dijo despues:
-- Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que
encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno
grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias,
yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve
una mia.
-- Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo
buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo
competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta
ocasion no es necesaria.
-- No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente
demas.
Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su
corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.
Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener
noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que
nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en
la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en
favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien
pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir
despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un
obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion
vanidosa, deseando borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en
la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello,
poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y
el arrepentimiento de un noble pecho.
Sir George salió aquella noche para Cádiz.
A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron
Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.
Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa,
pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y
sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus
nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los
demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:
--¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!
Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y
pedirle los dulces de la boda.
Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló
en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves
fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle
la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que
conserva y da culto el amor á los recuerdos.
Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que
despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á
pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba
con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su
escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:
--¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella
gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que
la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no
acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que
deseo verla.
-- Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza
conserva la infancia á tu corazon.
Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la
cedulita y leyó:
-- BIEN SABE LA ROSA...
--¡EN QUE MANO POSA! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y
apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.