AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.

Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana,

que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo

ofrece á Dios quebrantado, pero entero.

El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y

santa como él.

Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del

escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y

riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en

lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como

si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no

hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia

dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.

Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no

para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de

él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela

que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es

cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo

de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre

que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?

Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado

primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de

llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se

postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio

sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á

la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el

esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia:

_¿Quién es el dueño de aquel caudal?_

¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le

concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa

del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!

Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas

depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando

estuvieron reunidos, los habló así:

-- Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna disposicion de mi

hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así,

pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que

se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como

inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde

luego en posesion de todo.

-- Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo

Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento

por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta

como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que

me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir

contigo, hija mia.

Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es

decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el

beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe

la _necesidad_; para ella no hay desierto ni maná.

-- No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad.

Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere

compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi

muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.

--¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis

padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?

Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa

desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no

atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al

precedente coloquio.

Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:

-- Soy testigo, -- y testigo que no puede recusarse siendo yo el

interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, -- de

que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió

mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en

mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.

-- Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su

serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.

-- Pensó sacar cédula real, repuso este.

-- Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que

tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.

-- Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado

á cabo, añadió Clemencia.

-- Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu

delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.

-- Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no

necesito, ni puedo aceptar?

-- No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud,

Clemencia?

-- Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que

te tengo por la vida que te debo.

-- Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una

delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena

fe del corazon, como á una hermana.

-- A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto

decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable.

Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en

tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de

acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi

sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como

á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas

valer. ¿No es así, Clemencia mia?

--¡Sí señor, sí señor! -- contestó esta besando la mano del venerable

anciano, -- y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.

Clemencia: Novela de costumbres · 第 28 / 53 题