Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia
hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que
pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!
Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su
despacho, le habló en estos términos:
-- Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.
-- Sí, señor, uno y otro, -- contestó Pablo, que era grave, sonriendo
friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio
que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque
le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio
la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la
inteligencia.
-- Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa
costal de paja, ¿eh?
--¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.
-- Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la
manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así
todo se queda en casa.
Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por
la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente
pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la
lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las
lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro
orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le
habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:
-- Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso
sabeis lo que diria?
-- Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué
decírselo á ella.
--¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.
--¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se
hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara,
aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas
mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.
--¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.
--¿Hablo _estranjis_, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero,
pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.
-- Pues siento decíroslo, tio, -- dijo Pablo en tono sereno y
decidido; -- pero os habeis equivocado.
No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en
que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la
de D. Martin al oir á su sobrino.
Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que
en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que
sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder,
se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!...
pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que
respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al
verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres
sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre
albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda
con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.
--¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la
viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una
Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?
-- Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de
Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un
hombre que valga mas que yo.
--¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el
plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se
propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y
bien te vendas.
Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio
no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á
rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:
-- Señor, ello es que no me puedo casar.
-- Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?
-- Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.
--¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?
-- No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.
--¿Estás quizas enfermo?
Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:
-- Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi
hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los
médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me
espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.
--¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?
-- Un facultativo de Sevilla.
-- Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.
-- Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su
sistema.
-- Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista
de mano pesada.
-- Señor, -- contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su
tio, y no pudiendo ya retroceder: -- no me siento precisamente malo; pero
tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil,
otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.
--¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito
que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro
cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy
para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio,
quedamos todos aplastados como los Filisteos!
-- Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me
han prescrito un régimen preventivo.
Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un
golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.
--¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se
pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que
mucho se cura... poco dura?
-- Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el
hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su
casamiento.
D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia
que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba
Pablo.
--¡Vea Vd., -- pensaba, -- un moceton como un trinquete, un jastial como un
loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de
Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas
espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal
manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la
puya al trompo y se descubre el busílis?
Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.
-- Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se
arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora
salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia
un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo
como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que
tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera,
á quien quiero como á hija, le dejo, -- por justicia que á ello me obliga,
y por cariño que á ello me induce, -- no solo cuanto libre tengo, sino la
mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.
Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.
-- Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido.
Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese
rogado que lo hicierais.
Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo,
D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos
atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á
Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia
que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:
-- Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar
cédula real para dejárselo todo.
--¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que
dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la
conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado,
no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por
amor se renunciase al amor.
-- Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia
muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al
coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan
animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por
mal que le venga, no se enoje.
Diciendo esto se salió bufando.
D. Martin por primera vez se halló _apurado_; no sabia cómo salir del
paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su
Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á
callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija;
pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su
pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar
su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:
--¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de
Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un
roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se
lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el
padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo
mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues
sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se
pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña?
¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese
cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el
pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile
mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.
Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena
inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de
todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se
llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion,
el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion,
se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el
derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una
usurpacion.
Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que
habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que
así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido
rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres,
que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como
porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su
tio.
D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á
quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera.
Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero
cariño:
-- Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas
de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando
yo falte, no tengas cuidado...
--¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.
-- No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los
viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así
es, que te ha de quedar--¡por vida mia! -- para que arrastres coche.
--¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.
-- Pues será para moños.
-- Señor, sabeis que no me gustan.
-- Pues para brocados, como te mereces.
-- Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la
nobleza.
-- Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está
mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos,
¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura.
Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo
por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi
herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!