En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y
solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y
duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un
cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo
centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus
copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.
En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que
se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con
la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre
la posesion.
En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de
madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á
una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La
fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas,
abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un
aire aun mas adusto y reconcentrado.
En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco
recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido
trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel
caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no
era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los
mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró
ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana,
despertada por la cadena de su largo sueño.
A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció
despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos
huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el
ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las
pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el
grande y alegre patio.
Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con
sus hijos y nietos.
--¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha
avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?
-- Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas
que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy
mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un
dia del blando otoño.
La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de
enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.
La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en
que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de
semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer
escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas,
albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.
Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que
parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de
arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias
enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no
andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á
este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del
olvido.
Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á
otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban
vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de
tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados
que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo
rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa
grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto
espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se
hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y
baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia
bostezar de fastidio.
En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que
verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.
Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que
se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.
--¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como
desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías,
sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro!
¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los
tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se
diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para
inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no
sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una
tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!
-- Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu
madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que
hija eres y madre serás.
-- Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo
callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es
virtud que no tengo ni quiero fingir.
-- Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque
te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de
Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de
muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es
transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios
cuando su voluntad nos agrada.
-- Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño
lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.
Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:
-- Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no
temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si
quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni
me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia;
y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.
Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad
campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia
sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos
objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado
del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar
por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido
cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al
hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las
olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para
estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en
observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias,
alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol,
insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues
nada temen, ni nada esperan.
Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como
que ignoraban que existia la pólvora y las redes.
--¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus
ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é
inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y
tierna simpatía?
Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en
sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:
--¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!
Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice
Balzac: _le paysage a des idées_; el paisaje tiene ideas.
Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto
de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni
mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del
caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se
denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que
existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas
alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con
sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las
que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el
amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que
sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que
una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un
cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el
cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender
á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el
alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran
sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas
_sonriente_, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y
mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico
perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion
en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y
porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el
magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen
á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una
filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los
juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y
bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso
palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de
esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los
niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y
tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las
esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con
corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con
sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se
cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que
otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco,
impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas
las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no
alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen
de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad
como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la
siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz
material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y
hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh!
¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y
tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos
alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente
arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas
olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así
nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se
alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro!
¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por
retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos
horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!