Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar
de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el
vientre, jugaban a la _carteta_ a la sombra de las embarcaciones; y los
viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de la
pesca o de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos a
Gibraltar y a la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera
inventar eso que llaman la Tabacalera.
Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil
graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la
playa, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñía
el suelo cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza
sobre la arena, estaban las negras barcas del _bòu_, las parejas que
aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de
redes; y en último término, los laúdes en reparación, los abuelos, junto
a los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos con
caliente alquitrán, para que otra vez volviesen a emprender sus penosas
y monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las Baleares
con sal, otras a la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, y
muchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.
En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya
reparados se hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y
lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía
enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del
carabinero que se sentaba a su sombra.
El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían
con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido
su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía
de su construcción delataban una embarcación ligera y audaz, hecha para
locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la triste
belleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen
abandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.
Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una
señal del número de filiación y nombre de la matrícula, un ser
desconocido que se moría entre aquellas otras barcas, orgullosas de sus
pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el
misterio de su vida.
Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en
Torresalinas, y no hablaban de ella sin sonreír y guiñar un ojo, como si
les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.
Una mañana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía
bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado
de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.
--Este falucho--dijo acariciándole con una palmada el vientre seco y
arenoso--es _El Socarrao_, el barco más valiente y más conocido de
cuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena. ¡Virgen Santísima!
¡El dinero que lleva ganado este _condenao_! ¡Los duros que han salido
de ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a estas
costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.
El bizarro y extraño nombre de _Socarrao_ me admiraba algo, y de ello se
apercibió el pescador.
--Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos, lo mismo los hombres
que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros;
aquí quien bautiza de veras es la gente. A mí me llaman Felipe; pero si
algún día me busca usted, pregunte por _Castelar_, pues así me conocen,
porque me gusta hablar con las personas y en la taberna soy el único que
puede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con el
cesto de pescado es _Chispas_, a su patrón le llaman _El Cano_, y así
estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el
caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, la
_Purísima Concepción_; otra, _Rosa del Mar_; aquélla, _Los Dos Amigos_;
pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman _La Pava_,
_El Lorito_, _La Medio Rollo_, y gracias que no las distingan con
nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de
toda la matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija: _Camila_;
pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le
ocurrió decir a un pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Querrá
usted creerlo? Sólo con este apodo la conocen.
--Bien--le interrumpí--; pero ¿y _El Socarrao_?
--Su verdadero nombre era _El Resuelto_, pero por la prontitud con que
maniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en
llamarle _El Socarrao_, como a una persona de mal genio... Y ahora vamos
a lo que le ocurrió a este pobre _Socarraíco_ hace poco más de un año,
la última vez que vino de Orán.
Miró el viejo a todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijo
con sonrisa bonachona:
--Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; pero
si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá después a
hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en _El Socarrao_ no es ninguna
deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la
Tabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el gobierno para hacernos
daño a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy
honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en
tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.
Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y el
dinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Había para todos: para los
de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familia con dos
pesetas, y para nosotros la gente de mar.
Pero el negocio se puso cada vez peor, y _El Socarrao_ hacía sus viajes
de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que
nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.
En la última correría íbamos ocho hombres a bordo. En la madrugada
habíamos salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de Cartagena,
vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor que
todos conocimos. Mejor hubiéramos visto asomar una tormenta. Era el
cañonero de Alicante.
Soplaba buen viento. Íbamos en popa, con toda la gran vela de frente y
el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya
no es nada, y el buen marinero aún vale menos.
No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es _El Socarrao_ para dejarse
atrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el casco
inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban
las máquinas, y cada vez veíamos más grande el barco, aunque no por esto
perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado a media tarde!
Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nos
encuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lo
largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.
El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su
fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió
del vapor y oímos el estampido de un cañonazo.
Como no vimos la bala, comenzamos a reír, satisfechos y hasta orgullosos
de que nos avisasen tan ruidosamente.
Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro
pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordaje
roto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo
le rompió una pierna a uno de la tripulación.
Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y ¡qué demonio! ir
a la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia es algo más
temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de _El Socarrao_ es
hombre que vale tanto como su barca.
--Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no nos
cogerán.
No hablaba a sordos, y como listos no había más que pedirnos. El pobre
compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose
la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un
trago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotros
fingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, separando el
cordaje y atando a la antena la vela de repuesto, que izamos a los diez
minutos.
El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en el mar a aquel enemigo
que andaba con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que fuese lo que Dios
quisiera!
Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con
los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no disparó más.
Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo ya no extremaba la marcha. La
gente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia circuló
por todo el pueblo. ¡_El Socarrao_ venía perseguido por un cañonero!
Había que ver lo que ocurrió. Una verdadera revolución: créame usted,
caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más o
menos directamente del _negocio_. Esta playa parecía un hormiguero.
Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzando
gritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo un último
esfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole una
media hora de ventaja.
Hasta el alcalde estaba aquí, para servir en lo que fuera bueno. Y los
carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de
la familia, hacíanse a un lado, comprendiendo la situación y no
queriendo perder a unos pobres.
--¡A tierra, muchachos!--gritaba nuestro patrón--. Vamos a embarrancar.
Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. _El Socarrao_ ya
sabrá salir de este mal paso.
Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la
arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un sueño cuando lo
recuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto:
los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.
--¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!
Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían
los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos
desaparecían por aquí; otros se iban por allá; fue aquello visto y no
visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubiera
tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas,
filtrándose en todas las casas.
El alcalde intervino paternalmente.
--Hombre, es demasiado--dijo al patrón--. Todo se lo llevan, y los
carabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para justificar
la aprehensión.
Nuestro amo estaba conforme.
--Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura.
Que se contenten con eso.
Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación
de la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo de
hombre estaba en todo.
--¡Los folios! ¡Borrad los folios!
Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del agua
y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y
trabajaba, animándose con alegres gritos.
--¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del gobierno!
El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su
madre. El pobrecillo gemía de dolor a cada movimiento brusco, pero se
tragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que el
cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos.
Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas,
comenzó la rapiña de la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas,
los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una
turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo.
La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.
Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. _El
Socarrao_ se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos
fue borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esos
malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni
rastro.
El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada
del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio,
queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos que
echaban al mar una lancha de pesca.
El cañonero envió un bote armado, y saltaron a tierra no sé cuántos
hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente,
juraba furioso mirando a _El Socarrao_ y a los carabineros, que se
habían apoderado de él.
Todo el vecindario de Torresalinas se reía a aquellas horas, celebrando
el chasco, y aún hubiera reído más, viendo, como yo, la cara que ponía
aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de
tabaco malo.
--¿Y qué pasó después?--pregunté al viejo--. ¿No castigaron a nadie?
--¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre _Socarrao_, que quedó
prisionero. Se ensució mucho papel y medio pueblo fue a declarar; pero
nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le
había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al
varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.
--¿Y el cargamento?--dije yo.
--Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza. Cuando
embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó a
correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos a
disposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los que
exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte,
están más libres de tentaciones que los otros...
--Desde entonces--continuó el viejo--que está aquí preso el pobre
_Socarrao_. Pero no tardará en hacerse a la mar con su antiguo amo.
Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta, y se lo
quedará el patrón por lo que quiera dar.
--¿Y si otro da más?
--¿Y quién ha de ser ese? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe
quién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal
corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno lo
que sea suyo: el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que
hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.