A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.
--¡Antonio! ¡Antonio!
Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que
le avisaba para hacerse, a la mar.
Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con
Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama hablando de
los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el anterior,
los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. El
día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero
circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio,
guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la
condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por
cuenta propia.
El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las
noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas
había venido la carencia de pesca.
Las redes sólo sacaban algas o pez menudo; morralla de la que se deshace
en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadie
conseguía izar uno sobre su barca.
Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa;
debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado,
dueño del pueblo por sus judiadas, les amenazaba continuamente si no
entregaban _algo_ de los cincuenta duros con intereses que les había
prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera
que consumió todos sus ahorros.
Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve
años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre.
--A ver si hoy tenéis más fortuna--murmuró la mujer desde la cama--. En
la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya no
querían fiarme en la tienda. ¡Ay, Señor! ¡Y qué oficio tan perro!
--Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá. Justamente vieron
ayer algunos un atún que va suelto; un _viejo_ que se calcula pesa más
de treinta arrobas. Figúrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros.
Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, un
solitario que, separado de su manada, volvía por la fuerza de la
costumbre a las mismas aguas que el año anterior.
Antoñico estaba ya de pie y listo para partir, con la gravedad y
satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al
hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los
roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerles.
Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al
muelle de los pescadores. El compadre les esperaba en la barca
preparando la vela.
La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada de
mástiles. Corrían sobre ella las negras siluetas de los tripulantes,
rasgaba el silencio el ruido de los palos cayendo sobre cubierta, el
chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la
oscuridad como enormes sábanas.
El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de
casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes,
todas aquellas familias venidas del interior en busca del mar. Cerca del
muelle, un caserón mostraba sus ventanas como hornos encendidos,
trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.
Era el Casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio. ¡Cómo
trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si
tuvieran que madrugar para ganarse el pan!
--¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.
El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontó
la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento.
La barca se arrastró primero mansamente sobre la tranquila superficie de
la bahía; después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estaban
fuera de puntas; en el mar libre.
Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y
por todos lados, sobre la mar negra, barcas y más barcas que se alejaban
como puntiagudos fantasmas resbalando sobre las olas.
El compadre miraba el horizonte.
--Antonio, cambia el viento.
--Ya lo noto.
--Tendremos mar gruesa.
--Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar.
Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuó
con la proa mar adentro.
Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el
mar un triángulo de fuego y las aguas hervían como si reflejasen un
incendio.
Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil y el
chicuelo en la proa explorando el mar. De la popa y las bordas pendían
cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De vez en
cuando tirón y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño
animado. Pero eran piezas menudas... nada.
Y así pasaron las horas; la barca siempre adelante, tan pronto acostada
sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor,
y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de agua
metido en la estrecha cala.
A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por la
parte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces
blancos.
--¡Pero Antonio!--exclamó el compadre--. ¿Es que vamos a Orán? Cuando la
pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro.
Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dirigirse a
tierra.
--Ahora--dijo alegremente--tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo.
Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.
Para cada uno un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a
puñetazos sobre la borda.
El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas
de larga y profunda ondulación.
--_¡Pae!_--gritó Antoñico desde la proa--, ¡un pez grande, _mu_
grande!... ¡Un atún!
Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres asomáronse
a la borda.
Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a
flor de agua su negro lomo de terciopelo; el solitario tal vez de que
tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente, pero con una
ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la
barca, y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.
Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejo
con un anzuelo grueso como un dedo.
Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien con
fuerza colosal tirase de ella deteniéndola en su marcha e intentando
hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies
de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela.
Pero de pronto el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a
emprender su marcha.
El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado. Tiraron de
él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad,
a pesar de su tamaño.
El compadre meneó tristemente la cabeza.
--Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y demos
gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.
--¿Dejarlo?--gritó el patrón--. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa
pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él! ¡A él!
Y haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se había
verificado el encuentro.
Puso un anzuelo nuevo; un enorme gancho, en el que ensartó varios
roveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo golpe iba
a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su
alcance!
El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecerse,
pero esta vez de un modo terrible. El atún estaba bien agarrado y tiraba
del sólido gancho, deteniendo la barca, haciéndola danzar locamente
sobre las olas.
El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en
turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de
gigantes, y de pronto la barca, como agarrada por oculta mano, se
acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.
Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se
vio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca recobró su
posición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instante
apareció el atún junto a la borda, casi a flor de agua, levantando
enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah, ladrón! ¡Por fin se
ponía a tiro! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo
implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el
hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el
animal se hundió en un rojo remolino.
Antonio respiró al fin. De buena se habían librado: todo duró algunos
segundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.
Miró la mojada cubierta y vio al compadre al pie del mástil, agarrado a
él, pálido, pero con inalterable tranquilidad.
--Creí que nos ahogábamos, Antonio. ¡Hasta he tragado agua! ¡Maldito
animal! Pero buenos golpes le has atizado. Ya verás como no tarda en
salir a flote.
--¿Y el chico?
Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la
respuesta.
No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó por la escotilla, esperando
encontrarlo en la cala. Se hundió en agua hasta la rodilla: el mar la
había inundado. ¿Pero quién pensaba en esto? Buscó a tientas en el
reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel de agua y los
aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.
--¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!
El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a
ir al agua? Atolondrado por algún golpe, se habría ido al fondo como una
bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo.
Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar,
flotaba un objeto negro sobre las aguas.
--¡Allá está!
Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el
compañero amainaba la vela.
Nadó y nadó, pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencerse de que
el objeto era un remo, un despojo de su barca.
Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más
lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca
que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se
contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.
El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo
único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era
esto manera de ganarse el pan?
Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su
hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las
olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.
Allí se hubiera quedado, allí habría muerto con su hijo. El compadre
tuvo que pescarlo y meterlo en la barca como un niño rebelde.
--¿Qué hacemos, Antonio?
Él no contestó.
--No hay que tomarlo así, hombre. Son cosas de la vida. El chico ha
muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos
nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero ahora, a lo
que estamos; a pensar que somos unos pobres.
Y preparando dos nudos corredizos apresó el cuerpo del atún y lo llevó a
remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de la estela.
El viento les favorecía, pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y
los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y con los
achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojando
paletadas de agua al mar.
Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le
impedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que,
mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del
hijo.
La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus
entrañas.
El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas
doradas por el sol de la tarde.
La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto
adormecidos.
--¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina?--gemía el infeliz.
Y temblaba como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar
son esclavos de la familia.
Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El
viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era
la música que tocaba en el paseo, frente al Casino. Por debajo de las
achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de
colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes
claros y vistosos de toda la gente de veraneo.
Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus
juguetes, o formaban alegres corros girando como ruedas de colores.
En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las
inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Pero
Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta,
escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas
arremolinaba el viento.
Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enorme
animal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas miradas;
los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para
tocarle la enorme cola.
Rufina se abrió paso entre la gente, llegando hasta su marido, que con
la cabeza baja y una expresión estúpida oía las felicitaciones de los
amigos.
--¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
El pobre hombre aún bajó más su cabeza. La hundió entre los hombros,
como si quisiera hacerla desaparecer, para no oír, para no ver nada.
--¿Pero dónde está Antoñico?
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido,
le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Pero
no tardó en soltarle, y levantando los brazos, prorrumpió en espantoso
alarido.
--¡Ay, Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el
mar!
--Sí, mujer--dijo el marido lentamente con torpeza, balbuceando y como
si le ahogaran las lágrimas--. Somos muy desgraciados. El chico ha
muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar
comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para
obispos.
Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada por una crisis
nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas
desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las greñas,
arañándose el rostro.
--¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...
Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían
lo que era aquello: casi todas habían pasado por trances iguales. La
levantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y emprendieron la
marcha hacia su casa.
Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de
llorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo brutal de
la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían
adquirir la hermosa pieza.
Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de
oro.
A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquella
pobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa.
--¡Antoñico! ¡Hijo mío!
Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostros
felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar la
desgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama de
la miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegre
locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con su soplo
la eterna hermosura del mar.
¡Hombre al agua!
Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el laúd _San Rafael_, con
cargamento de sal para Gibraltar.
La cala iba atestada, y sobre cubierta amontonábanse los sacos, formando
una montaña en torno del palo mayor. Para pasar de proa a popa, los
tripulantes iban por las bordas, sosteniéndose con peligroso equilibrio.
La noche era buena; noche de verano, con estrellas a granel y un
vientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la gran vela
latina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de soplar, cayendo
desmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.
La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó después de la
maniobra de salida, y una vez rebañado el humeante caldero, en el que
hundían su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrón al grumete,
desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, para
reposar sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino y
zumo de sandía.
Quedó en el timón el tío _Chispas_, un tiburón desdentado, que acogió
con gruñidos de impaciencia las últimas indicaciones del patrón, y junto
a él su protegido Juanillo, un novato que hacía en el _San Rafael_ su
primer viaje, y le estaba muy agradecido al viejo, pues gracias a él
había entrado en la tripulación, matando así su hambre, que no era poca.
El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío almirante, un buque
encantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena de aquella
noche era la primera cena seria que había hecho en su vida.
Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y casi desnudo como un
salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y rezaba su
abuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas,
descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas que
perseguían al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pesca
menuda. Pero ahora, gracias al tío _Chispas_, que le tenía ley por haber
conocido a su padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo,
podía con todo derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevaba
zapatos, los primeros de su vida, unas soberbias piezas capaces de
navegar como una fragata, que le sumían en éxtasis de adoración. ¡Y aún
dicen que si el mar!... Vamos, hombre. El mejor oficio del mundo.
El tío _Chispas_, sin apartar la vista de la proa ni las manos del
timón, agachándose para sondear la oscuridad por entre la vela y el
montón de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera.
--Sí; no has escogido mal oficio. Pero tiene quiebras. Las verás...
cuando tengas mis años... Pero tu sitio no es aquí: anda a proa y avisa
si ves por delante alguna barca.
Juanillo corrió por la borda con la segura tranquilidad de un pillo de
playa.
--Cuidado, muchacho, cuidado.
Pero él ya estaba en la proa, y se sentó junto al botalón, escudriñando
la negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban como serpeantes
hilos de luz las inquietas estrellas.
El laúd, panzudo y pesado, caía tras cada ola con un solemne _¡chap!_
que hacía saltar las gotas hasta la cara de Juanillo: dos hojas de
espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la gruesa proa, y la
hinchada vela, con el vértice perdido en la oscuridad, parecía arañar la
bóveda del cielo.
¿Qué rey ni qué almirante estaba mejor que el serviola del _San
Rafael_?... _¡Brrru!_ Su estómago repleto le saludaba con eructos de
satisfacción. ¡Vida más hermosa!...
--¡Tío _Chispas_!... Un cigarro.
--Ven por él.
Juanillo corrió por la borda del lado contrario al viento. Era un
momento de calma, y la vela rizábase con fuertes palpitaciones, próxima
a caer desmayada a lo largo del mástil. Pero vino una ráfaga, y la barca
se inclinó con rápido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio,
agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante ésta se hinchó como
si fuera a estallar, lanzando al laúd en una carrera veloz y empujando
con fuerza tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo disparó
como una catapulta.
En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo creyó oír éste un grito,
palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que gritaba: «¡Hombre
al agua!»
Bajó mucho, ¡mucho! atolondrado por el golpe, por lo inesperado de la
caída; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra vez en la
superficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco viento...
¿Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscurísimo; más oscuro que
visto desde la cubierta del laúd.
Creyó distinguir una mancha blanca, un fantasma que flotaba a lo lejos
sobre las olas, y nadó hacia él. Pero de pronto ya no lo vio allí, sino
en lugar opuesto, y cambió de dirección, desorientado, nadando con
fuerza, pero sin saber dónde iba.
Los zapatos pesaban como si fuesen de plomo: ¡malditos! ¡la primera vez
que los usaba! La gorra le martirizaba las sienes; los pantalones
tiraban de él como si llegasen hasta el fondo del mar y fuesen barriendo
las algas.
--Calma, Juanillo, calma.
Y arrojó la gorra, lamentando no poder hacer lo mismo con los zapatos.
Tenía confianza. Él nadaba mucho: se sentía con _aguante_ para dos
horas. Los de la barca virarían para pescarle: un remojón y nada más...
¿pues qué así como así mueren los hombres? En un temporal, como habían
muerto su padre y su abuelo, bueno, pero en noche tan hermosa y con
buena mar, morir empujado por una vela sería una muerte de tonto.
Y nadaba y nadaba, siempre creyendo ver aquel fantasma indeciso que
cambiaba de sitio, esperando que de la oscuridad surgiera el _San
Rafael_ viniendo en su busca.
--¡Ah de la barca! ¡Tío _Chispas_!... ¡Patrón!
Pero el gritar le fatigaba y dos o tres veces las olas le taparon la
boca. ¡Malditas!... Desde la barca parecían insignificantes, pero en
medio del mar, hundido hasta el cuello y obligado a un continuo manoteo
para sostenerse, le asfixiaban, le golpeaban con su sorda ondulación,
abrían ante él hondas y movibles zanjas, cerrándolas en seguida como
para tragarle.
Seguía creyendo, pero con cierta inquietud, en sus dos horas de aguante.
Sí; contaba con ellas. Dos horas y más nadaba allá en su playa sin
cansancio. Pero era en las horas de sol, en aquel mar de cristal azul,
viendo allá bajo, a través de fantástica transparencia, las rocas
amarillas con sus hierbajos puntiagudos como ramos de coral verde, las
conchas de color rosa, las estrellas de nácar, las flores luminosas de
pétalos carnosos estremeciéndose al ser rozados por el vientre de plata
de los peces; y ahora estaba en un mar de tinta, perdido en la
oscuridad, agobiado por sus ropas, teniendo bajo sus pies ¡quién sabe
cuántos barcos destrozados, cuántos cadáveres descarnados por los peces
feroces! Y estremecíase al contacto de su mojado pantalón, creyendo
sentir el rozamiento de agudos dientes.
Cansado, desfallecido, se echó de espaldas, dejándose llevar por las
olas. El sabor de la cena le subía a la boca. ¡Maldita comida, y cuánto
cuesta de ganar! Acabaría por morir allí tontamente... Pero el instinto
de conservación le hizo incorporarse. Tal vez le buscaban, y estando
tendido pasarían cerca de él sin verle. Otra vez a nadar, con el ansia
de la desesperación, incorporándose en la cresta de las olas para ver
más lejos, yendo tan pronto a un lado como a otro, agitándose siempre en
un mismo círculo.
Le abandonaban como si fuese un trapo caído de la barca. ¡Dios mío! ¿Así
se olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le buscaban en aquel momento.
Un barco corre mucho; por pronto que hubiesen subido a cubierta y
arriado vela, ya estarían a más de una milla.
Y acariciando esta ilusión, se hundía dulcemente como si tirasen de sus
pesados zapatos. Sintió en la boca la amargura salitrosa; cegaron sus
ojos, las aguas se cerraron sobre su rapada cabeza; pero entre dos olas
se formó un pequeño remolino, asomaron unas manos crispadas y volvió a
salir.
Los brazos se _dormían_; la cabeza se inclinaba sobre el pecho como
vencida por el sueño. A Juanillo le pareció cambiado el cielo: las
estrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no le infundía
miedo el mar; sentía el deseo de abandonarse sobre las aguas, de
descansar.
Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas estaría pensando en él. Y
quiso rezar como mil veces había oído a su pobre vieja. «Padre nuestro
que estás...» Rezaba mentalmente, pero sin darse cuenta de ello, su
lengua se movió y dijo con una voz tan ronca que le pareció de otro:
--¡Cochinos! ¡ladrones! ¡Me abandonan!
Se hundía otra vez: desapareció pugnando en vano por sostenerse. Alguien
tiraba de sus zapatos... Buceó en la oscuridad, sorbiendo agua, inerte,
sin fuerzas, pero sin saber cómo, volvió otra vez a la superficie.
Ahora las estrellas eran negras, más negras que el cielo, destacándose
como gotas de tinta.
Se acabó. Esta vez se iba al fondo de veras: su cuerpo era de plomo. Y
bajó en línea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos, y en su caída al
abismo de los barcos rotos y los esqueletos devorados, el cerebro, cada
vez más envuelto en densas neblinas, iba repitiendo:
--Padre nuestro... Padre nuestro... ¡ladrones! ¡granujas! ¡Me han
abandonado!