--Sí--dijo el amigo Pérez a todos sus contertulios de café--; en este
periódico acabo de leer la noticia de la muerte de un amigo. Sólo le vi
una vez, y sin embargo, le he recordado en muchas ocasiones. ¡Vaya un
amigo!
Le conocí una noche viniendo a Madrid en el tren correo de Valencia. Iba
yo en un departamento de primera; en Albacete bajó el único viajero que
me acompañaba, y al verme solo, como había dormido mal la noche
anterior, me estremecí voluptuosamente, contemplando los almohadones
grises. ¡Todos para mí! ¡Podía extenderme con libertad! ¡Flojo sueño iba
a echar hasta Alcázar de San Juan!
Corrí el velo verde de la lámpara, y el departamento quedó en deliciosa
penumbra. Envuelto en mi manta me tendí de espaldas, estirando mis
piernas cuanto pude, con la deliciosa seguridad de no molestar a nadie.
El tren corría por las llanuras de la Mancha, áridas y desoladas. Las
estaciones estaban a largas distancias; la locomotora extremaba su
velocidad, y mi coche gemía y temblaba como una vieja diligencia.
Balanceábame sobre la espalda, impulsado por el terrible traqueteo; las
franjas de los almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas sobre
las cornisas de red; temblaban los cristales en sus alvéolos de las
ventanillas, y un espantoso rechinar de hierro viejo venía de abajo. Las
ruedas y frenos gruñían; pero conforme se cerraban mis ojos, encontraba
yo en su ruido nuevas modulaciones, y tan pronto me creía mecido por las
olas como me imaginaba que había retrocedido hasta la niñez y me
arrullaba una nodriza de bronca voz.
Pensando en tales tonterías me dormí, oyendo siempre el mismo estrépito
y sin que el tren se detuviera.
Una impresión de frescura me despertó. Sentí en la cara como un golpe de
agua fría. Al abrir los ojos vi el departamento solo; la portezuela de
enfrente estaba cerrada. Pero sentí de nuevo el soplo frío de la noche,
aumentado por el huracán que levantaba el tren con su rápida marcha, y
al incorporarme vi la otra portezuela, la inmediata a mí, completamente
abierta, con un hombre sentado al borde de la plataforma, los pies
afuera en el estribo, encogido, con la cabeza vuelta hacia mí y unos
ojos que brillaban mucho en su cara oscura.
La sorpresa no me permitía pensar. Mis ideas estaban aún embrolladas por
el sueño. En el primer momento sentí cierto terror supersticioso. Aquel
hombre que se aparecía estando el tren en marcha, tenía algo de los
fantasmas de mis cuentos de niño.
Pero inmediatamente recordé los asaltos en las vías férreas, los robos
de los trenes, los asesinatos en un vagón, todos los crímenes de esta
clase que había leído, y pensé que estaba solo, sin un mal timbre para
avisar a los que dormían al otro lado de los tabiques de madera. Aquel
hombre era seguramente un ladrón.
El instinto de defensa, o más bien el miedo, me dio cierta ferocidad. Me
arrojé sobre el desconocido, empujándolo con codos y rodillas; perdió el
equilibrio; se agarró desesperadamente al borde de la portezuela, y yo
seguí empujándole, pugnando por arrancar sus crispadas manos de aquel
asidero para arrojarlo a la vía. Todas las ventajas estaban de mi parte.
--¡Por Dios, señorito!--gimió con voz ahogada--. ¡Señorito, déjeme
usted! Soy un hombre de bien.
Y había tal expresión de humildad y angustia en sus palabras, que me
sentí avergonzado de mi brutalidad y le solté.
Se sentó otra vez, jadeante y tembloroso, en el hueco de la portezuela,
mientras yo quedaba en pie, bajo la lámpara, cuyo velo descorrí.
Entonces pude verle. Era un campesino pequeño y enjuto; un pobre diablo
con una zamarra remendada y mugrienta y pantalones de color claro. Su
gorra negra casi se confundía con el tinte cobrizo y barnizado de su
cara, en la que se destacaban los ojos de mirada mansa y una dentadura
de rumiante, fuerte y amarillenta, que se descubría al contraerse los
labios con sonrisa de estúpido agradecimiento.
Me miraba como un perro a quien se ha salvado la vida, y mientras tanto,
sus oscuras manos buscaban y rebuscaban en la faja y en los bolsillos.
Esto casi me hizo arrepentir de mi generosidad, y mientras el gañán
buscaba, yo metía mano en el cinto y empuñaba mi revólver. ¡Si creía
pillarme descuidado!
Tiró él de su faja, sacando algo, y yo le imité sacando de la funda
medio revólver. Pero lo que él tenía en la mano era un cartoncito
mugriento y acribillado, que me tendió con satisfacción.
--Yo también llevo billete, señorito.
Lo miré y no pude menos de reírme.
--¡Pero si es antiguo!--le dije--.Ya hace años que sirvió... ¿Y con esto
te crees autorizado para asaltar el tren y asustar a los viajeros?
Al ver su burdo engaño descubierto, puso la cara triste, como si
temiera que intentase yo otra vez arrojarlo a la vía. Sentí compasión y
quise mostrarme bondadoso y alegre, para ocultar los efectos de la
sorpresa, que aún duraban en mí.
--Vamos, acaba de subir. Siéntate dentro y cierra la portezuela.
--No, señor--dijo con entereza--. Yo no tengo derecho a ir dentro como
un señorito. Aquí, y gracias, pues no tengo dinero.
Y con la firmeza de un testarudo se mantuvo en su puesto.
Yo estaba sentado junto a él; mis rodillas en sus espaldas. Entraba en
el departamento un verdadero huracán. El tren corría a toda velocidad;
sobre los yermos y terrosos desmontes resbalaba la mancha roja y oblicua
de la abierta portezuela, y en ella la sombra encogida del desconocido y
la mía. Pasaban los postes telegráficos como pinceladas amarillas sobre
el fondo negro de la noche, y en los ribazos brillaban un instante, cual
enormes luciérnagas, los carbones encendidos que arrojaba la locomotora.
El pobre hombre estaba intranquilo, como si le extrañase que le dejara
permanecer en aquel sitio. Le di un cigarro, y poco a poco fue hablando.
Todos los sábados hacía el viaje del mismo modo. Esperaba el tren a su
salida de Albacete; saltaba a un estribo, con riesgo de ser despedazado,
corría por fuera todos los vagones buscando un departamento vacío, y en
las estaciones apeábase poco antes de la llegada y volvía a subir
después de la salida, siempre mudando de sitio para evitar la vigilancia
de los empleados, unos malas almas enemigos de los pobres.
--Pero ¿dónde vas?--le dije--. ¿Por qué haces este viaje, exponiéndote a
morir despedazado?
Iba a pasar el domingo con su familia. ¡Cosas de pobres! Él trabajaba
algo en Albacete y su mujer servía en un pueblo. El hambre les había
separado. Al principio hacía el viaje a pie; toda una noche de marcha, y
cuando llegaba por la mañana caía rendido, sin ganas de hablar con su
mujer ni de jugar con los chicos. Pero ya se había espabilado, ya no
tenía miedo, y hacía el viaje tan ricamente en tren. Ver a sus hijos le
daba fuerzas para trabajar más toda la semana. Tenía tres: el pequeño
era así, no levantaba dos palmos del suelo, y sin embargo, le reconocía,
y al verle entrar tendíale los brazos al cuello.
--Pero tú--le dije--, ¿no piensas que en cualquiera de estos viajes tus
hijos van a quedarse sin padre?
Él sonreía con confianza. Entendía muy bien aquel _negocio_. No le
asustaba el tren cuando llegaba como caballo desbocado, bufando y
echando chispas. Era ágil y sereno; un salto, y arriba; y en cuanto a
bajar, podría darse algún coscorrón contra los desmontes, pero lo
importante era no caer bajo las ruedas.
No le asustaba el tren, sino los que iban dentro. Buscaba los coches de
primera, porque en ellos encontraba departamentos vacíos. ¡Qué de
aventuras! Una vez abrió sin saberlo el reservado de señoras; dos monjas
que iban dentro gritaron: «¡Ladrones!», y él, asustado, se arrojó del
tren y tuvo que hacer a pie el resto del camino.
Dos veces había estado próximo, como aquella noche, a ser arrojado a la
vía por los que despertaban sobresaltados con su presencia; y buscando
en otra ocasión un departamento oscuro, tropezó con un viajero que, sin
decir palabra, le asestó un garrotazo, echándolo fuera del tren. Aquella
noche sí que creyó morir.
Y al decir esto señalaba una cicatriz que cruzaba su frente.
Le trataban mal, pero él no se quejaba. Aquellos señores tenían razón
para asustarse y defenderse. Comprendía que era merecedor de aquello y
algo más; pero ¡qué remedio, si no tenía dinero y deseaba ver a sus
hijos!
El tren iba limitando su marcha, como si se aproximara a una estación.
Él, alarmado, comenzó a incorporarse.
--Quédate--le dije--; aún falta otra estación para llegar adonde tú vas.
Te pagaré el billete.
--¡Quiá! No, señor--repuso con candidez maliciosa--. El empleado al dar
el billete se fijaría en mí: muchas veces me han perseguido sin
conseguir verme de cerca, y no quiero me tomen la filiación. ¡Feliz
viaje, señorito! Es usted la más buena alma que he encontrado en el
tren.
Se alejó por los estribos, agarrado al pasamano de los coches, y se
perdió en la oscuridad, buscando sin duda otro sitio donde continuar
tranquilo su viaje.
Paramos ante una estación pequeña y silenciosa. Iba a tenderme para
dormir, cuando en el andén sonaron voces imperiosas.
Eran los empleados, los mozos de la estación y una pareja de la Guardia
civil que corrían en distintas direcciones, como cercando a alguien.
«¡Por aquí!... ¡Cortadle el paso!... Dos por el otro lado para que no
escape... Ahora ha subido sobre el tren... ¡Seguidle!»
Y efectivamente, al poco rato las techumbres de los vagones temblaban
bajo el galope loco de los que se perseguían en aquellas alturas.
Era, sin duda, el _amigo_, a quien habían sorprendido, y viéndose
cercado se refugiaba en lo más alto del tren.
Estaba yo en una ventanilla de la parte opuesta al andén, y vi cómo un
hombre saltaba desde la techumbre de un vagón inmediato, con la
asombrosa ligereza que da el peligro. Cayó de bruces en un campo, gateó
algunos instantes, como si la violencia del golpe no le permitiera
incorporarse, y al fin huyó a todo correr, perdiéndose en la oscuridad
la mancha blanca de sus pantalones.
El jefe del tren gesticulaba al frente de los perseguidores, algunos de
los cuales reían.
--¿Qué es eso?--pregunté al empleado.
--Un tuno que tiene la costumbre de viajar sin billete--contestó con
énfasis--. Ya le conocemos hace tiempo: es un parásito del tren, pero
poco hemos de poder o le pillaremos para que vaya a la cárcel.
Ya no vi más al pobre parásito. En invierno, muchas veces me he acordado
del infeliz, y le veía en las afueras de una estación, tal vez azotado
por la lluvia y la nieve, esperando el tren que pasa como un torbellino,
para asaltarlo con la serenidad del valiente que asalta una trinchera.
Ahora leo que en la vía férrea, cerca de Albacete, se ha encontrado el
cadáver de un hombre despedazado por el tren... Es él, el pobre
parásito. No necesito más datos para creerlo: me lo dice el corazón.
«Quien ama el peligro en él perece.» Tal vez le faltó inesperadamente la
destreza. Tal vez algún viajero, asustado por su repentina aparición,
fue menos compasivo que yo y le arrojó bajo las ruedas. ¡Vaya usted a
preguntar a la noche lo que pasaría!
--Desde que le conocí--terminó diciendo el amigo Pérez--han pasado
cuatro años. En este tiempo he corrido mucho, y viendo cómo viaja la
gente por capricho o por combatir el aburrimiento, más de una vez he
pensado en el pobre gañán, que, separado de su familia por la miseria,
cuando quería besar a sus hijos tenía que verse perseguido y acosado
como alimaña feroz y desafiar la muerte con la serenidad de un héroe.