--Ande usted, que por oír misa y dar cebada, no se pierde la jornada.

Era domingo; el negarse a entrar podría parecer demasiado

significativo, y entraron. El cura y el santero les enseñaron la

iglesia y el coro.

--¿Alguno de ustedes sabe tocar el piano?--preguntó el cura a María.

--No... Nosotros, ¿cómo quiere usted que sepamos eso?

--¡Bah! ¡No se haga usted la tonta!... Usted sabe tocar el piano.

--No, no.

--¡Déjese usted de historias!

María se turbó y miró a su padre, confusa. Aracil hizo un gesto y se

mordió los labios.

--Aunque sea un poco brusco--dijo el cura--, no soy de los que hacen

daño a nadie. Y si algo he adivinado, me lo callo. Conque, ande usted,

toque usted el órgano mientras yo digo misa.

--Vamos a llamar la atención de un modo horrible--dijo Aracil--, y no

nos conviene.

--¿Por qué llamar la atención?

--¡Una mujer que toca el órgano!

--Pues se hace una cosa. En el coro no entran mas que el santero, su

hija y usted; la gente, que crea que usted es el que ha tocado. El

santero no dirá nada si yo se lo mando.

No hubo manera de negarse, y María se puso de acuerdo con el cura para

saber lo que había de tocar. El santero le iría indicando cuándo y cómo

debía hacerlo, y Aracil daría al fuelle.

Comenzó a sonar la campana, y poco después fueron entrando en la ermita

toda la gente de los contornos que habían estado en la fiesta de la

noche anterior. Comenzó la misa. Aracil se agarró al fuelle del órgano.

María se sentó delante del teclado y siguió las instrucciones del

santero, que le decía: «Ahora, bajo; ahora, alto; ahora, fuerte».

De esta manera tocó lo que recordaba: trozos de ópera y sonatas de

Beethoven y de Mozart.

Cuando concluyó la misa, el cura les invitó a comer. Habían preparado

un yantar excelente; pero María y Aracil dijeron que tenían prisa,

montaron a caballo, y tras ellos fué don Álvaro.

--¡Qué bien ha tocado usted!--le dijo a María, con verdadera efusión.

--¡Si no he sido yo! ¡Ha sido mi padre!

--Sí, eso ha pensado la gente; pero como yo soy curioso, he subido las

escaleras del coro y he visto a su papá que se dedicaba a inflar el

fuelle mientras usted tocaba.

María se echó a reír.

--Debe usted tener una idea rara de nosotros--dijo.

--Tanto, que no me chocaría nada que al llegar al pueblo inmediato

salieran a recibirle a usted llamándole duquesa, princesa o reina.

--Pues no tenga usted cuidado, no saldrán.

--¡Qué sé yo!

Bajaron por entre matorrales espesos de espinos y de retamas, de

grandes y perfumadas jaras, húmedas de rocío. Se respiraba entre estas

breñas un aroma de incienso; anduvieron desorientados durante largo

rato; pero siguiendo siempre la garganta de Chilla, en cuyo fondo

corría un arroyo, y preguntando después en varios molinos de pimentón,

llegaron a Madrigal de la Vera.

Comieron allí los tres, en una cocina grande y negra, de enorme

chimenea, en la que colgaban ristras de chorizos y de jamones. Por

la tarde tomaron el camino y, arreando las caballerías, pasaron por

Valverde de la Vera, luego por otro pueblo, en el cual dijo don Álvaro

no convenía pararse, por ser muy miserable, y al anochecer se fueron

acercando a Losar.

Don Álvaro contó a María la historia, o leyenda, de una mujer

salteadora, que en épocas pasadas había andado por aquellos montes

robando a los viajeros, llamada la _Serrana de la Vera_, y comenzó a

recitar un antiguo romance, que decía así:

Allá en Garganta la Olla,

en la Vera de Plasencia,

salteóme una serrana

blanca, rubia, ojimorena.

Rebozada caperuza

lleva, porque así, cubierta,

su rostro nadie la viese

ni della tuviera señas.

María le dijo que siguiese el romance de la mujer bandolera, y don

Álvaro lo recitó completo.

Llegaron, ya entrada la noche, a Losar de Vera. Don Álvaro les condujo

a una posada grande, iluminada con luz eléctrica, y en ella se

hospedaron los tres.

XXV.

LA MUERTE DEL CABALLO

Al día siguiente, al salir, muy de mañana, del pueblo, notaron que el

caballo de María no podía andar. Marchaba con grandes esfuerzos, como

haciendo reverencias, y jadeaba, y al querer avanzar, aligerando el

paso, producía un ruido como una caldera que hierve.

María suplicó a su padre y a don Álvaro que no marchasen de prisa,

porque su caballo no podía seguirles. Desmontó María, y Aracil y don

Álvaro reconocieron el jaco.

--¿Dónde han comprado ustedes este vejestorio?--dijo don Álvaro--.

¡Demonio, qué penco!

El caballo se paró, y Aracil, María y don Álvaro le contemplaron en

silencio. Era verdaderamente lamentable el aspecto del pobre _Galán_:

tenía una figura triste y lastimosa; le temblaban las piernas; sus

grandes ojos, redondos y apagados, miraban con vaguedad angustiosa.

Abría la boca para respirar, anhelante; resoplaba y tosía y enseñaba

unos dientes grandes y amarillos.

Aracil, después de contemplarle, dijo:

--Este caballo se muere en seguida.

Le quitaron la montura, para dejarle más libre, y no quisieron

abandonarlo; les parecía una crueldad. Aquellos ojos empañados y dulces

parecían guardar como un deseo afectuoso e incierto.

Las piernas del caballo fueron quedándose rígidas; luego comenzó a

temblar, se le dobló un brazuelo, después el otro, se inclinó para

adelante, vaciló y se tendió de lado, con un suspiro. Las patas se

movieron convulsivamente, el animal comenzó a resoplar y se le nublaron

los ojos. Estuvo un momento inmóvil, como descansando, esperando el

último golpe; irguió el cuello, largo y estrecho, se agitó de nuevo...,

y un hilillo de sangre salió de la nariz a correr por el suelo.

--¡Pobre _Galán_!--murmuró María, secándose, disimuladamente, una

lágrima.

--¿Le ha impresionado a usted?--preguntó don Álvaro.

--Sí; los caballos me dan mucha pena. ¡Los tratan tan mal!

En esto, un buitre comenzó a dar vueltas en el aire, muy arriba, tanto,

que parecía volar a la altura de los picachos de la sierra.

--Ya ha visto ése la presa--dijo don Álvaro.

--Ese es independiente de veras--añadió Aracil.

María montó a la grupa en la yegua de su padre, y se alejaron de allí.

Se acercaron a Jarandilla; don Álvaro tenía por precisión que quedarse,

y trató de convencer al doctor y a María de que se detuviesen, y

especificó las curiosidades del pueblo.

--No, no puede ser; tenemos mucha prisa--dijo Aracil.

--Es que podían ustedes descansar en mi casa--añadió don Álvaro--. Allí

nadie iría a buscarles.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--dijeron padre e hija. Pero no es posible.

--Quisiera, entonces, que me prometiera usted una cosa--dijo don Álvaro

a María.

--¿Qué?

--Que cuando llegue usted, adonde sea, me escriba usted una carta,

diciendo: hemos llegado.

--Muy bien; lo haré.

--Pero firmada con su nombre y su apellido.

--Sí; no hay inconveniente.

--Entonces, ya que esto lo concede usted con facilidad, como recuerdo

del viaje que hemos hecho juntos, envíeme usted su retrato.

--Bueno.

--¿De veras?

--Sí. Yo también quiero que no hable usted de nosotros a nadie, ni a su

familia, hasta que no reciba mi carta.

--Descuide usted, no hablaré mas que conmigo mismo.

--Entonces, despidámonos antes de entrar en el pueblo. Que no nos vean

juntos, porque le harían preguntas a usted.

Se despidieron afectuosamente, y padre e hija, atravesando el pueblo,

tomaron el camino de Cuacos.

XXVI.

EL «MUSIÚ»

Poco después se encontraron con una partida de más de veinte arrieros,

que llevaban en mulos sacos cargados de pimentón. Iban todos los

arrieros muy majos, y llevaban sus cabalgaduras colleras cuajadas de

cascabeles.

Los mulos eran fuertes y ágiles, y pronto dejaron atrás a la yegua

montada por el doctor y su hija. Al llegar a una parte del camino en

cuesta y revestido de piedras, la yegua de Aracil aminoró su marcha;

en cambio, los mulos de los arrieros subieron la pendiente con un gran

ímpetu.

Era un espectáculo animado y bonito el ver aquella cabalgata tan lucida

y tan brillante cómo subía la vieja calzada. Los mulos, briosos,

limpios, enjaezados, parecían excitarse con el ruido de los cascabeles,

y pisaban rápidamente y con fuerza. La piedra sonaba, herida por el

hierro de las herraduras, con un ruido de campana, y las chispas

saltaban por debajo de las pezuñas de las caballerías.

Aracil y su hija marchaban despacio; comieron algo que llevaban en la

alforja; por la tarde, en el camino, vieron a un hombre que corría

escapado, y una hora antes de llegar a Cuacos se toparon al viejo Musiú

Roberto del Castillo, jinete en un caballo peludo. Las largas piernas

del _Musiú_ llegaban con los pies hasta el suelo, y los pantalones

recogidos dejaban ver sus escuálidas canillas. Musiú Roberto del

Castillo saludó con finura al doctor y a su hija.

--¿No me conocen ustedes?--preguntó.

--No--contestó Aracil.

--Este señor--dijo María--es el que iba con un hombre bajito, y lo

encontramos por primera vez cerca de un puente, al salir de Brunete.

--El mismo, señorita--afirmó el _Musiú_.

--El inventor de los elixires. Sí, lo recuerdo--exclamó el doctor--;

pero antes iba usted a pie.

--Sí--murmuró el _Musiú_--; he encontrado este caballo en el campo, y

me lo he apropiado.

--¡Demonio, qué procedimiento!

--No todo el mundo puede ser rico como ustedes.

--Y ¿de dónde sabe usted que somos ricos?--preguntó el doctor.

--Yo me lo sé; sé, además, que es usted médico y que va usted huyendo.

--¡Bah!

--¡Ya lo creo! Y como yo necesito algún dinero, si no aflojan ustedes

la mosca, les denuncio.

--Y nosotros le denunciamos a usted como ladrón de caballos--saltó

María.

--¡Bah! Entre un vagabundo como yo y unos señores como ustedes hay

mucha diferencia. A mí me encerrarán unos meses; a ustedes, ¡qué sé yo

lo que habrán hecho!; probablemente algo muy gordo cuando huyen así.

--Y ¿qué irá usted ganando con denunciarnos?--preguntó Aracil.

El _Musiú_ se encogió de hombros. Siguieron marchando los tres por la

carretera.

--Bueno--dijo el _Musiú_--; ¿qué dan ustedes por callar?

--Usted dirá--contestó María.

--Cincuenta duros.

--¿De dónde los vamos a sacar?

--¿Cuánto llevan ustedes ahí?

--Unos veinte.

--Vengan.

--¿Y si luego nos denuncia usted?

--¡Ca! Si yo también tengo mucho que ocultar; no tengan ustedes

cuidado--dijo el _Musiú_, riendo con risa cínica, que mostraba sus

dientes negros.

--Vaya; le daremos a usted cinco duros--dijo Aracil.

--Bueno, bueno. Vengan. Y, al llegar al pueblo, cada uno por su lado.

--Una pregunta--dijo Aracil--; ¿por qué dice usted que soy médico y

rico?

--Porque ha reconocido usted a un enfermo en el camino, digo que es

usted médico; porque le ha dado usted dinero, digo que es usted rico;

porque no se ha querido usted parar un momento allí, creo que va usted

fugado.

Aracil no replicó. Las consecuencias no podían ser más lógicas.

Llegaron a Cuacos y salió a recibirles una pareja de la Guardia civil,

que les mandó detenerse. Se había escapado un preso que llevaban

conducido, y los guardias pensaban que Aracil y su hija debían de

haberlo encontrado en el camino. Dijeron éstos las personas con

quienes se cruzaron en la marcha, y uno de los guardias les pidió los

documentos. Los enseñaron.

--¿Ustedes se van a quedar aquí?--preguntó el guardia, sin leer los

papeles.

--Es probable--dijo Aracil.

--Bueno; pues mañana vendrán ustedes con nosotros a Jaraíz a prestar

declaración.

Al mismo tiempo que al doctor, habían detenido al _Musiú_, y éste

temblaba y miraba su caballo y su morral con espanto.

Uno de los guardias llamó a un joven con tipo de chulo, y le dijo,

señalando al doctor y a su hija:

--Oye, Lesmes, acompaña a estos señores a la posada.

Luego los dos guardias, poniendo en medio al _Musiú_, se fueron con él.

--¿Adónde llevan a ése?--preguntó Aracil a Lesmes.

--¿Adónde lo van a llevar?... A la cárcel.

El joven les condujo hasta la posada. Metieron la yegua en la cuadra y

entraron en una gran cocina negra.

El dueño de la posada era un viejo de cara juanetuda, con el pelo

blanco. Lesmes, que resultó ser el alguacil, le dijo que hospedase al

doctor y a María.

--Pero, ¿es gente sospechosa?--preguntó el posadero.

--No, hombre, no; tienen sus papeles, y los han enseñado a la Guardia

civil.

--Entonces, ¿por qué vienen contigo?

--Porque mañana tienen que ir a Jaraíz a declarar.

--Bueno, bueno.

--Y si usted no quiere tenerlos, los llevaré a la otra posada.

--No, no; que se queden.

--Pero, ¿qué anda usted con tanto melindre, señor Benito?--dijo un

pimentonero joven y rechoncho--. Si aquí, empezando por usted, el que

más y el que menos es licenciado de presidio.

--¡Cállate tú, animal!--exclamó el viejo--. A mi casa no vienen mas que

personas decentes.

Se rió el arriero, y una moza preparó un cuarto para Aracil y su hija.

XXVII.

FUGA DE NOCHE

A la luz pabilosa de una vela de sebo se veía un cuarto sucio y negro,

en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un arcón, una mesa

travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se veían

las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de

desconchaduras, colgaba un espejo pequeño, deslustrado y negruzco, y

varias estampas religiosas.

María y Aracil discutieron lo que debían hacer. Tenían encima dos

peligros: uno la declaración en Jaraíz, en donde podían trabucarse

e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir también a Isidro

el guarda; el otro peligro era la delación del _Musiú_, que viéndose

cogido podía denunciarles.

Decidieron, en vista de las posibilidades que había de echarlo todo

a perder, huír de noche en busca de la estación más próxima, que era

Casatejada. Allí tomaría Aracil el tren de Portugal, y para no ir

juntos y no infundir sospechas, María esperaría en el pueblo y saldría

al día siguiente.

--La cuestión es que no nos vigilen--dijo María--. Convídale a Lesmes,

el alguacil, que debe estar abajo.

Fué el doctor a la cocina, habló con los arrieros y con el hombrecillo

que les había traído a la posada, dijo que se iba a quedar unos días en

Jaraíz, contó unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.

María, mientrastanto, se enteró bien de cómo se abría la puerta de

la casa; había una cadena de un lado a otro, y el postigo tenía un

cerrojo pequeño, que chirriaba. Después subió al cuarto que les habían

destinado y exploró los alrededores. Cerca corría un pasillo con una

ventana, que caía sobre un callejón formado por dos tapias de piedras

toscas.

A un lado del corredor, en un desván, se guardaban azadones,

rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.

Este desván estaba cerrado por una puerta carcomida, que se sujetaba

con un gancho.

Cenaron en la cocina; hablaron con animación y alegría, para no

infundir sospechas.

Después de la cena, Aracil y María subieron a su cuarto, que estaba

próximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta. Observaron, desde

arriba, hacia dónde ponían los arrieros las enjalmas de las mulas, que

les servían de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la parte

de adentro, lo más lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.

Las dos grandes dificultades consistían en bajar la escalera y en

abrir la puerta sin ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua

de la cuadra era tarea imposible, y se decidieron a dejarla.

Estuvieron en el cuarto una hora o más a obscuras, hasta que no se oyó

en la casa el menor ruido. María se quitó los zapatos y Aracil las

botas.

--Vamos.

Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que crujía al más leve

paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de puntillas,

deteniéndose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les hacía

quedar inmóviles, con el corazón palpitante. Llegaron al portal. María

escuchó un momento la respiración de los arrieros, y avanzó con sigilo

hacia la puerta. Luego tiró del cerrojo, que chirrió fuertemente.

--¿Quién anda ahí?--dijo uno de los arrieros.

María cogió de la mano a su padre y le hizo echarse atrás.

--¿Pasa algo?--volvió a preguntar el arriero.

María y Aracil quedaron un momento inmóviles; luego fueron

retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era

difícil salir por la puerta sin que lo notara nadie. María le habló a

su padre de la ventana del pasillo.

--Vamos a verla.

Fueron sin hacer ruido; la ventana tendría una altura de cinco a seis

metros sobre el callejón. Aracil se quitó la faja. Llegaba hasta cerca

del suelo, pero no había dónde sujetarla; las maderas eran débiles y

carcomidas.

--¿Cómo podríamos sujetar esto?--murmuró Aracil.

María entró en el desván donde se guardaban útiles de labranza, y vino

con el palo de un azadón.

--¿Si lo pusiéramos así, atravesado en la ventana? ¿Eh?

--Sí; podría servir.

El palo era bastante más largo que la anchura de la ventana; la

cuestión era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del astil y

vieron que se sujetaba muy bien.

--Vamos allá. Baja tú primero--dijo Aracil--; yo tendré cuidado con que

no se escurra el palo.

María sacó el cuerpo fuera de la ventana y se agarró a la faja; Aracil

fué sosteniéndola desde arriba, y la muchacha llegó al suelo sin

hacerse daño.

El doctor iba a descolgarse, pero pensó que, al soltar la faja, el

palo del azadón, bastante pesado, caería en el interior del pasillo y

produciría un gran ruido.

--¿Qué pasa?--dijo María.

--Espera un momento.

Aracil sacó su pañuelo, lo rompió en dos tiras y ató con ellas el palo

del azadón en los pernios de las ventanas.

--Pero, ¿qué hay? ¿Por qué no bajas?

--Espera. Hazme el favor.

Cuando concluyó de sujetar el palo se echó fuera de la ventana y se

descolgó sin dificultad.

Siguiendo el callejón, entre dos tapias de piedra, salieron a la calle.

La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz blanca por encima de un

tejado; su luz dividía la calle en una zona obscura y otra muy clara;

en ésta se veían las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones viejos y

derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de los

aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban

con fuerza. Arrimándose a las paredes, Aracil y María avanzaron por

la zona de sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los

callejones.

Una mujer abrió un balcón y echó una palangana de agua. Después vieron

a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero brillaba a la

luz de la luna, que cantó la hora melancólicamente.

Salieron de la aldea; a ratos rompían el silencio de la noche los

aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una casa

aislada, les salió al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido

estruendoso. Aracil sacó el revólver y lo amartilló. El perro siguió

ladrando y amagando morder, hasta que abandonó la partida, gruñendo.

El camino para Jaraíz estaba bien indicado; el encontrar después el

de Casatejada sería, indudablemente, más difícil. A la hora u hora y

media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraíz. No entraron en el pueblo;

pasaron por delante de una fragua iluminada.

--Espérame un momento--dijo Aracil--, preguntaré aquí.

Quedó sola María en el camino, y al poco rato volvió el doctor.

--Vamos bien--dijo.

Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna iluminaba el campo

yermo, desnudo y seco; un mastín, a lo lejos, atronaba el aire con sus

ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces en

los riberos a descansar.

Era más de media noche cuando llegaron delante de un arenal, surcado

por un río caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera de azogue;

la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y salía de él un

murmullo misterioso y confuso.

Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si encontraban algún

puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra. ¿Qué

hacer? El río, siniestro, ancho, silencioso, parecía una gran serpiente

dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse

allí les podía perder.

--Este río es el Tiétar, y debe ser poco profundo--dijo Aracil--; el

que por aquí venga el camino y no haya puente demuestra que esto es un

vado.

--Vamos a verlo.

Se descalzaron los dos y fueron entrando en el río. Al principio no

había apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a subir el

agua muchísimo.

--Hay que volver--dijo Aracil.

--Y ¿qué haremos?

Era muy difícil contestar a esta pregunta. El río llevaba bastante

corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, podía suceder una

desgracia.

--Esperemos a ver si aclara un poco--murmuró Aracil, desalentado.

Se tendieron a la orilla del río. Estaban los dos rendidos, febriles,

mudos. En esto se oyó a lo lejos el galopar de un caballo.

--Viene alguien--exclamó el doctor, sobresaltado--. ¿Será la Guardia

civil? Entonces, estamos perdidos.

Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce del río, dejó de

oírse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio, se fué

haciendo cada vez más próximo el choque de los arneses y de las correas

en el silencio de la noche.

No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que venía en un

caballo blanco. El hombre no debía conocer el camino, porque quedó

desconcertado al encontrarse delante del río, sin puente para pasar;

miró más arriba y más abajo de la orilla, y se decidió a meterse en el

agua.

--¡Eh, buen hombre!--le dijo Aracil.

--¿Qué hay? ¿Quién me llama?

--¿Podría usted pasarnos en el caballo?

--No puede ser; tengo prisa.

--Se le pagaría lo que fuera.

--No quiero perder tiempo.

El hombre se dispuso a atravesar el río a caballo, y como para darse

ánimos, cantó:

¡Arriba, caballo moro!

Sácame de este arenal,

que me vienen persiguiendo

los de la Guardia imperial.

--¡Vaya, salga lo que saliere!--dijo Aracil--. Agárrate a mí, María.

¡Fuerte!

El doctor se cogió con las dos manos a la cola del caballo, y María,

a la cintura de su padre. Avanzaron en el río. El agua fué subiendo,

subiendo; les llegó al cuello; el doctor y su hija sintieron el espanto

de la muerte próxima; luego el agua comenzó a bajar, el caballo dió

una sacudida y se desasió de las manos del doctor, y éste y María se

encontraron dentro del río, con agua hasta media pierna. Fácilmente

ganaron la orilla opuesta. El hombre del caballo picó espuelas y se

alejó de allí al trote.

Aracil y María salieron con las ropas chorreando agua y temblando por

la humedad y el frío. María tiritaba estremecida, y su padre, asustado,

sin pensar ya en la huída, intentó encender fuego; casi todas las

cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servían, y

pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.

El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el velo azafranado de

la aurora se esparcía por la tierra cuando Aracil y María volvieron a

comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la vía del tren. A la claridad

gris de la mañana, en medio de campos de trigo, se veía un pueblo. Una

estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.

Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de pronto oyeron

gritar:

--¡Aracil! ¡María!

Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a caballo, estaban

Venancio y Gray.

--Vamos--dijo el inglés--; a montar.

Subió Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a María la levantó

Venancio hasta sentarla en el arzón delantero, y al trote llegaron a

la carretera. Allí esperaba un automóvil rojo y un hombre. Encargó el

inglés a éste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron

Venancio, Aracil y María. El inglés dió al manubrio para poner en

movimiento el motor, luego subió a su asiento, soltó el freno, y el

automóvil comenzó a marchar de una manera vertiginosa.

Explicó Venancio al doctor y a su hija que por la mañana habían sabido

por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en Cuacos, y este

propio, que era el _Ninchi_, les vió al pasar el Tiétar, aunque no les

reconoció. Al decirles que se había encontrado en el camino y cerca

del río con un hombre y una mujer, el inglés y él supusieron si serían

ellos.

Aracil contó lo ocurrido en Cuacos, y pensando que quizá en aquella

hora se habrían dado cuenta ya de su fuga, experimentó una gran

angustia.

Comenzó a hacerse de día; la luna se ocultaba; algunas estrellas

parpadeaban aún en el cielo; la sierra de Gredos comenzó a aparecer

azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se

derramó el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los

picachos angulosos de la sierra, y poco después la montaña desapareció

como por encanto...

El inglés conocía muy bien el camino que habían de seguir; bajaron

hasta Trujillo, y seis horas más tarde entraban en Portugal.

XXVIII.

EN PORTUGAL

La dama errante La raza, Tomo I · 第 10 / 11 段