Un día al campo vino,
Aserenando el cielo,
La luz de perfectísimas mujeres,
Las hebras de oro fino
Cubiertas con un velo,
Prendido de dorados alfileres;
Mil juegos y placeres
Pasaba con su esposo,
Yo tras un mirto estaba,
Y vi que él alargaba
La mano al blanco velo, y el hermoso
Cabello quedó suelto,
Y yo de vello en triste miedo envuelto.
No se limitó Gil Polo á cultivar magistralmente casi todos los metros
largos y cortos usados en su tiempo, casi todas las combinaciones sin
excluir la _rima percossa_[738] y los tercetos esdrújulos acreditados
por el ejemplo de Sannazaro[739], sino que fué un verdadero innovador
métrico, que continuando la obra de Boscán y Garcilaso, intentó añadir
nuevas cuerdas á la lira castellana. Dos tipos de estrofas líricas
introdujo en nuestro Parnaso, dignas entrambas de haberle sobrevivido,
aunque apenas han tenido imitadores. Una y otra son curiosas además
porque prueban trato íntimo con literaturas poco conocidas ó ya
olvidadas en España. Á la una llamó rimas _provenzales_, á la otra
_versos franceses_. Es de presumir que por poetas provenzales
entendiese los catalanes del último tiempo, únicos que es verosímil
que hubiese leído; no creo, sin embargo, que abunde en ellos el tipo
estrófico usado por dos veces en la _Diana_. Yo sólo recuerdo uno, no
igual en el número de los versos, sí análogo por la combinación de
endecasílabos y pentasílabos, en unos versos del notario barcelonés
Antonio de Vallmanya, que obtuvo la joya en un certamen de 1457[740].
Los de Gil Polo son encantadores, y parecen nacidos para puestos en
música:
Cuando con mil colores devisado
Viene el verano en el ameno suelo,
El campo hermoso está, sereno el cielo,
Rico el pastor y próspero el ganado,
Filomena por árboles floridos
Da sus gemidos,
Hay fuentes bellas,
Y en torno dellas
Cantos suaves
De Ninfas y aves;
Mas si Elvinia de allí sus ojos parte,
Habrá continuo hibierno en toda parte.
Cuando el helado cierzo de hermosura
Despoja hierbas, árboles y flores,
El canto dejan ya los ruiseñores,
Y queda el yermo campo sin verdura,
Mil horas son más largas que los días
Las noches frías,
Espesa niebla
Con la tiniebla
Escura y triste
El aire viste;
Mas salga Elvinia al campo y por doquiera
Renovará la alegre primavera.
..............................................
Si Delia en perseguir silvestres fieras,
Con muy castos cuidados ocupada
Va de su hermosa escuadra acompañada
Buscando sotos, campos y riberas;
Napeas y Hamadryadas hermosas,
Con frescas rosas
Le van delante,
Está triunfante
Con lo que tiene;
Pero si viene
Al bosque donde caza Elvinia mía,
Parecerá mejor su lozanía.
Y cuando aquellos miembros delicados
Se lavan en la fuente esclarescida,
Si allí Cintia estuviera, de corrida
Los ojos abajara avergozados,
Por que en la agua de aquella trasparente
Y clara fuente
El mármol fino y peregrino
Con beldad rara
Se figurara,
Y al atrevido Actéon, si la viera,
No en ciervo, pero en mármol convirtiera![741]
Los que Gil Polo llama versos _franceses_ son, como puede suponerse,
alejandrinos, quizá los únicos que en todo el siglo XVI se compusieron
en España, pero no dispuestos en la horrible forma de pareados, ni en
el tetrástrofo monorrimo que nuestros poetas de _clerecía_ usaban en
los siglos medios, sino combinados con su hemistiquio, formando una
estrofa de mucha amplitud y pompa lírica, que parece forjada sobre el
modelo de alguna de las de Ronsard. En este metro compuso Gil Polo el
epitalamio de Diana y Sireno, uno de los mejores trozos que hay en la
_Diana_:
De flores matizadas se vista el verde prado,
Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas,
Olor tengan más fino las coloradas rosas,
Floridos ramos mueva el viento sosegado.
El río apresurado
Sus aguas acreciente,
Y pues tan libre queda la fatigada gente
Del congojoso llanto,
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
.................................................
Casados venturosos, el poderoso cielo
Derrame en vuestros campos influjo favorable,
Y con dobladas crías en número admirable
Vuestros ganados crezcan cubriendo el ancho suelo.
No os dañe el crudo hielo
Los tiernos chivaticos,
Y tal cantidad de oro os haga á entrambos ricos,
Que no sepáis el cuánto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
.................................................
Remeden vuestras voces las aves amorosas,
Los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta,
Alégrese con veros el campo y la floresta,
Y os vengan á las manos las flores olorosas:
Los lirios y las rosas,
Jazmín y flor de Gnido,
La madreselva hermosa y el arrayán florido,
Narciso y amaranto.
Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
El primor y lindeza de la mayor parte de las poesías contenidas en
la _Diana_ de Gil Polo han hecho que queden algo en la sombra los
indisputables méritos de su prosa, muy culta, amena y limada, si bien
no dejan de notarse en ella, lo mismo que en los versos, algunos giros
y frases propios de la nativa lengua del autor y tal cual italianismo,
que desdicen de la pureza con que generalmente escribió el castellano.
Tales son las voces _tempesta_ por tempestad y _superbos_ por
soberbios, alguna rima falsa por efecto de pronunciación valenciana:
Medres y _crescas_
En yerbas frescas,
y el extraño modismo _tan mala vez_ por _inmediatamente después_ dos
veces repetido; pequeños lunares que sólo por curiosidad advertimos.
Á la circunstancia fortuita de haber salido á luz primero y de ir unida
á la obra de Montemayor debió la detestable _Diana_ del salmantino
Pérez el honor inmerecido de tener en lo antiguo muchas más ediciones
que la de Gil Polo. Llegan á nueve, sin embargo, las que de ésta
registran los bibliógrafos, comenzando por la rarísima de Valencia,
1564[742]. Pero trocándose la fortuna en el siglo XVIII, la _Diana_ del
poeta valenciano fué mucho más leída, encomiada y reimpresa que la de
Montemayor. Aun antes que Cerdá y Rico renovara espléndidamente en la
memoria de los doctos el nombre de su conterráneo, corría en Inglaterra
una elegante reimpresión de 1739, dedicada á una señora estudiosa
de nuestra lengua[743]. Posteriormente, el texto de Cerdá ha sido
reimpreso cuatro veces por lo menos[744], lo cual prueba la popularidad
persistente del libro y el recreo que todavía proporciona su lectura.
No como obra acéfala, sino formando cuerpo con las otras dos _Dianas_,
fué traducida al francés por Gabriel Chappuis y Antonio de Vitray, al
inglés por Bartolomé Yong, al alemán por Kuffstein y Harsdöfer. Todas
estas versiones quedan indicadas al hablar de Montemayor.
Pero hay una especial de la _Diana_ de Gil Polo, que tanto por
la lengua en que fué escrita como por su rareza y particulares
circunstancias, reclama más individual mención. Me refiero á la latina
que publicó en Hannover, 1625, el docto y extravagante humanista
alemán Gaspar Barth, en quien algunos han creído sin fundamento ver
el prototipo del Licenciado Vidriera. Era Barth sumamente versado
en nuestra literatura y fino estimador de ella, como lo mostró
traduciendo y comentando prolijamente la Celestina con el título de
_Pornoboscodidascalus_ (1624). Á la traducción de la _Diana_ de Gil
Polo puso el rótulo de _Erotodidascalus sive Nemoralium libri V_[745],
y en el prólogo hizo de ella el más caluroso elogio. «Es composición
egregia (dice), y que si hubiese sido escrita en lengua latina ó griega
hace muchos siglos, estaría hoy contada entre los poemas clásicos del
amor. Hay en ella admirables sentencias, tomadas de la experiencia
de la vida, y en esta parte juzgo que el autor arrebata la palma á
todos los demás que han tratado de análoga materia. El argumento del
libro nada tiene de torpe ó deshonesto: achaque de que suelen adolecer
no pocos monumentos de los antiguos escritores. Las historias están
limpiamente narradas, sin obscenidad alguna, y entretejidas con mucha
gracia artificiosa y suave. No hay que buscar aquí alusiones y dichos
picantes, ó más bien procaces y lascivos. Los versos parecen nacidos
bajo el más favorable influjo de las Musas y de las Gracias, de tal
modo que sin escrúpulo podemos oponer las invenciones de este autor á
las de los más felices poetas»[746].
El filólogo de Brandeburgo traduce con suma puntualidad el texto de
Gil Polo, suprimiendo sólo el _Canto de Turia_, sobre el cual pone en
castellano esta curiosa acotación: «El siguiente canto para [por] ser
hecho á las alabanças de Varones muy señalados del Reyno de Valencia,
cuyos nombres y virtuosas ationes no son conoscidas en otras tierras,
no es traducido _para_ [en] Latin, como los otros hasta á esse,
tratantes cosas de Amores pastoriles y plazeres de Nymfas enamoradas,
donde las ficiones tocan á todos los hombres sujetos al poder del
valoroso Cupido y su madre la más renombrada Diosa de los Poetas».
Todo lo demás está vertido á la letra, la prosa en prosa, los versos en
verso, procurando remedar la variedad métrica del original. Para que se
juzgue de tan singular ensayo, copio en nota una parte de la _Canción
de Nerea_, que, por ser tan conocido el texto español, se presta
fácilmente al cotejo[747].
La moda de escribir continuaciones de la _Diana_ no terminó con Alonso
Pérez y Gil Polo. Hubo dos terceras _Dianas_, y una de ellas llegó
á imprimirse. Fue su autor, ó más bien compilador desvergonzado, un
tal Jerónimo de Tejeda, intérprete de lengua castellana en París. No
he visto la edición de 1587, citada por los traductoreFuée Ticknor,
pero sí otra de 1627, que existe en la Biblioteca Nacional entre los
libros que fueron de Gayangos[748]. Á otro ejemplar de la misma se
refiere el Dr. Hugo Rennert en su precioso opúsculo sobre la novela
pastoril, donde ha desmenuzado el libro de Tejeda, mostrando que es
un puro plagio[749]. Todas las poesías están tomadas de Gil Polo, á
excepción de dos ó tres composiciones cortas. La prosa de los cuatro
primeros libros tiene el mismo origen, con algunos cambios infelices
y disparatados. En el quinto libro zurce Tejeda la historia de
Amaranto y Dorotea, imitada de la _Diana_ de Alonso Pérez. En el sexto,
Parisiles, personaje de la misma _Diana_, refiere la historia del Cid.
Completan esta fastidiosísima rapsodia otros episodios de la leyenda
nacional, tales como la historia de los Abencerrajes y el tributo de
las cien doncellas. Tejeda manifiesta la ignorancia más supina hasta
en el modo de copiar los versos ajenos. Era sin duda un aventurero
famélico, que procuró remediar su laceria con el producto de esta
piratería literaria.
Antes de él, un cierto Gabriel Hernández, vecino de Granada, había
obtenido en 28 de enero de 1582 privilegio por diez años para imprimir
_una tercera parte de la Diana_, fruto de su ingenio; pero tal
impresión no llegó á verificarse, si bien consta que Hernández traspasó
en quinientos reales su privilegio al librero Blas de Robles en 8
de agosto del mismo año. Debo esta noticia, hasta ahora enteramente
desconocida, al docto investigador D. Cristóbal Pérez Pastor, que con
tan peregrinos datos ha enriquecido nuestros anales literarios de los
siglos XVI y XVII[750].
Ya hemos tenido ocasión de mencionar el rarísimo libro de la _Clara
Diana á lo divino_, publicado en 1582 por el cisterciense Fr.
Bartolomé Ponce, á quien debemos la noticia más positiva de la muerte
de Montemayor. Las _Dianas_, que á los lectores de hoy parecen tan
insulsas y candorosas, no satisfacían ni mucho menos los escrúpulos
de los moralistas del siglo XVI. Malón de Chaide, por ejemplo, las
incluía en la misma condenación que á los libros de caballerías: «¿Qué
ha de hacer la doncellica que apenas sabe andar, y ya trae una _Diana_
en la faldriquera? Si (como dijo el otro poeta) el vaso nuevo se
empapa y conserva mucho tiempo el sabor del primer licor que en él se
echase, siendo un niño y una niña vasos nuevos, y echando en ellos vino
venenoso, ¿no es cosa clara que guardarán aquel sabor largo tiempo?
Y ¿cómo cabrán allí el vino del Espíritu Santo y el de las viñas de
Sodoma (que dijo allá Moisés)? ¿Cómo dirá _Pater noster_ en las _Horas_
la que acaba de sepultar á Piramo y Tisbe en _Diana_? ¿Cómo se recogerá
á pensar en Dios un rato la que ha gastado muchos en Garcilaso? ¿Cómo?
Y ¿honesto se llama el libro que enseña á decir una razón y responder
á otra, y á saber por qué término se han de tratar los amores? Allí
se aprenden las desenvolturas y las solturas y las bachillerías, y
náceles un deseo de ser servidas y recuestadas, como lo fueron aquellas
que han leído en estos sus _Flos Sanctorum_; y de ahí vienen á ruines
y torpes imaginaciones, y destas á los conciertos ó desconciertos,
con que se pierden á sí y afrentan las casas de sus padres y les dan
desventurada vejez; y la merecen los malos padres y las infames madres
que no supieron criar sus hijas, ni fueron para quemalles estos libros
en las manos. Los _Cantares_ que hizo Salomón más honestos son que sus
_Dianas_: el Espíritu Santo los amparó; el más sabio de los hombres
los escribió; entre esposo y esposa son las razones; todo lo que hay
alli es casto, limpio, santo, divino y celestial y lleno de misterios;
y con todo eso, no daban licencia los hebreos á los mozos para que
los leyesen hasta que fuesen de más madura edad. Pues ¿qué hicieran
de los que son faltos de tantas circunstancias de abonos como tienen
los _Cantares_ en su favor? Esto es para desengañar á los que se toman
licencia de leer en tales libros con decir que son honestos»[751].
El P. Ponce, que sin duda pensaba lo mismo que el elocuente y
pintoresco autor de _La Conversión de la Magdalena_, pero al propio
tiempo admiraba sobremanera el talento poético de Jorge de Montemayor,
quiso buscar antídoto al veneno de la amorosa pasión, valiéndose
del medio de parodiar en sentido místico la obra de su adversario y
aplicar á los loores de la Santísima Virgen los encarecimientos que
hace aquél de la belleza profana. Siguió, pues, el mismo rumbo que los
autores de libros de _Caballería celestial_, el mismo que Sebastián
de Córdoba en su _Boscán y Garcilaso á lo divino_ (1575) ó D. Juan
de Andosilla Larramendi en el extraño centón á que dió el título de
_Cristo Nuestro Señor en la Cruz hallado en los versos de Garcilaso_
(1628). Pero no empeñándose como éstos en la tarea absurda de seguir
paso á paso y verso por verso la obra que parodiaba, hizo de la _Clara
Diana_ un libro no enteramente despreciable, á lo menos por la pureza y
abundancia de su prosa. Los versos valen poco[752].
De las novelas pastoriles posteriores á Montemayor y Gil Polo, la
primera en orden cronológico es la del soldado sardo Antonio de
Lofrasso, que lleva por título _Los diez libros de la fortuna de amor_,
obra de las más raras y de las más absurdas de nuestra literatura que
salió de las prensas de Barcelona en 1573[753]. Su principal celebridad
la debe á estas palabras del cura en el donoso escrutinio de los libros
de Don Quijote:
«Por las órdenes que recebí... que desde que Apolo fué Apolo, y las
Musas Musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado
libro como ese no se ha compuesto, y que por su camino es el mejor y
el más único de cuantos deste género han salido á la luz del mundo, y
el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de
gusto; dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me
diesen una sotana de raja de Florencia; púsole aparte con grandíssimo
gusto»[754].
Buen chasco se llevaría el que fiándose de esta burlesca recomendación
se enfrascase en la lectura del libro de Lofrasso, donde si bien
aparece lo disparatado por cualquier parte que se le abra, es imposible
tropezar con lo gracioso por ninguna. Se conoce que Cervantes, con
el alma cándida y buena que suelen tener los hombres verdaderamente
grandes, sentía cierto infantil regocijo con la lectura de disparates
que á un lector vulgar hubieran infundido tedio. Porque Lofrasso merece
con toda justicia los calificativos de «poeta inculto y memo» que le
da Pellicer, no sólo por lo rudo de su invención y la rusticidad de
sus versos, sino por infringir á cada momento en ellos las reglas más
elementales de la prosodia, de tal modo que apenas hay ninguno que lo
sea, ó por sobra ó por falta de sílabas, ó por no tener la acentuación
debida[755]. Además, el lenguaje está plagado de solecismos, que
delatan el origen extranjero y la corta educación del autor. La prosa
puede presentarse como un dechado de pesadez, siendo Lofrasso tan
inhábil en la construcción de los períodos que más de una vez le
acontece escribir de seguido cinco ó seis páginas sin un solo punto
final[756]. Del argumento de la obra no se hable, porque realmente no
existe.
Increíble parece que obra tan necia é impertinente obtuviera en
Inglaterra, á mediados del siglo XVIII, los honores de una edición
ilustrada y lujosa[757]. Tuvo la extravagancia de hacerla un judío
de origen español, Pedro de Pineda, intérprete ó maestro de lengua
castellana, conocido por su diccionario inglés-español y por haber
corregido con bastante esmero el texto de la famosa edición del
_Quijote_ hecha en Londres en 1738 bajo los auspicios de lord Carteret.
Pineda, tomando al parecer por lo serio las palabras del cura, buscó
afanoso el libro de Lofrasso, tan raro ya en aquella fecha, que compara
su hallazgo con el de la piedra filosofal, y ora fuese por ignorancia
y falta de gusto, ora por explotar la codicia bibliománica, no dudó en
estamparle de nuevo, con láminas bastante bien grabadas, aunque de tan
ridícula composición como el texto. Á sus ojos no podía menos de ser
producción muy apreciable por su «bondad, elegancia y agudeza», la que
había encomiado el «águila de la lengua española Miguel de Cervantes».
Sin duda no había tropezado nunca Pineda con el _Viaje del Parnaso_,
en que Cervantes, tan indulgente de continuo, se encarniza más que con
ningún otro poeta con el desventurado Lofrasso:
Miren si puede en la galera hallarse
Algún poeta desdichado, acaso,
Que á las fieras gargantas puede darse.
Buscáronle, y hallaron á Lofraso,
Poeta militar, sardo, que estaba
Desmayado á un rincón, marchito y laso.
Que á sus diez libros de fortuna andaba
Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge
Que más desocupado se mostraba.
Gritó la chusma toda:--«Al mar se arroje.
Vaya Lofraso al mar sin resistencia».
--«Par Dios, dijo Mercurio, que me enoje.
«¿Cómo, y no será cargo de conciencia
Y grande echar al mar tanta poesía,
Puesto que aquí nos hunda su inclemencia?
«Viva Lofraso, en tanto que dé al día
Apolo luz, y en tanto que los hombres
Tengan discreta, alegre fantasía.
«Tocante á ti (oh, Lofraso) los renombres
Y epítetos de agudo y de sincero,
Y gusto que mi cómitre te nombres».
Esto dijo Mercurio al caballero,
El cual en la crujía en pie se puso,
Con un rebenque despiadado y fiero.
Creo que de sus versos le compuso,
Y no sé cómo fué, que en un momento
(O ya el cielo ó Lofraso lo dispuso)
Salimos del estrecho á salvamento,
Sin arrojar al mar poeta alguno
(Tanto del sardo fue el merecimiento).
Así en el capítulo III, y luego en el VII, vuelve á la carga contra
Lofrasso, contándole en el número de los que desertaron de las banderas
del divino Apolo para unirse al ejército enemigo:
Tú, sardo militar Lofraso, fuiste
Uno de aquellos bárbaros corrientes
Que del contrario el número creciste.
Pero como no hay libro tan malo que no contenga alguna cosa útil, hay
en el de este bárbaro _grafómano_ algunas curiosidades filológicas é
históricas que el erudito no debe desdeñar. Curiosa es la persona misma
del autor, español á medias, nacido en una isla italiana, donde la
soberanía de nuestra lengua, aun en el uso oficial, llegó á arraigarse
de tal suerte, que sobrevivió á nuestra dominación política, y todavía
se conservaba muy entrado el siglo XVIII[758]. Lofrasso escribió en
castellano como otros muchos compatriotas suyos, por ejemplo, el
poeta Litala y Castelví y el Marqués de San Felipe, historiador de
la guerra de Sucesión. Pero su lengua nativa no era ésta, ni tampoco
el dialecto de la isla, sino el catalán, que entonces como ahora se
hablaba en la ciudad de Alguer, de donde era hijo. Su libro contiene
dos poesías en dialecto sardo[759] y una sola en catalán[760]; pero en
la misma lengua está también el acróstico que forman las iniciales de
los cincuenta y seis tercetos del Testamento de amor, en esta forma:
«_Antony de Lofraso sart de Lalguer me feyct estant en Barselona en
lany myl y sincasents setanta y dos per dar fy al present libre de
Fortuna de Amor compost per servycy del ylustre y my señor Conte de
Quirra_».
Á semejanza de los demás autores de novelas pastorales que gustaron
de dejar en ellas algún recuerdo de su tierra natal ó de las extrañas
en que habían amado y cantado, Lofrasso encabeza su libro con una
curiosa descripción de la isla de Cerdeña, extendiéndose en la
ponderación de sus minas y de sus pesquerías de coral[761], y dedica
mucho más espacio, á la relación de su viaje á Barcelona, á donde
llegó como náufrago y donde vivió como poeta mendicante, fatigando
con dedicatorias á todos los magnates catalanes. Esta parte del libro
vale la pena de leerse despacio, y es una fuente que me atrevo á
indicar á los eruditos del Principado. Allí encontrarán un catálogo
encomiástico de cincuenta damas de Barcelona, con sus nombres y
apellidos; descripciones minuciosas de la Aduana, de la Lonja y del
palacio del comendador mayor de Castilla D. Luis de Zúñiga y Requesens;
interesantes noticias de su hija doña Mencía, y el proceso sumamente
detallado de unas justas reales, en que tomaron parte cincuenta
caballeros barceloneses, para no ser menos en número que las damas.
El estilo de Lofrasso, que nunca es bueno, parece más tolerable en
esta prosa de gaceta, y como no puede dudarse que todas estas páginas
son historia pura, tienen un interés retrospectivo muy grande. Quien
busque estos trozos hará bien en pasar de largo por «los honestos y
apacibles amores del pastor Frexano y de la hermosa pastora Fortuna» y
por «la sabrosa historia de D. Floricio y de la pastora Argentina».
De muy diverso temple es la novela pastoril que siguió á ésta: _El
pastor de Fílida_ de Luis Gálvez de Montalvo (1582), una de las
pastorales mejor escritas, aunque por ventura la menos bucólica de
todas. «No es este pastor sino muy discreto cortesano; guárdese
como joya preciosa». En estas palabras de Cervantes va implícita la
principal censura, así como el mayor elogio del libro. El mismo Gálvez
Montalvo se había adelantado á ella en uno de sus proemios: «Posible
cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las
aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores
y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco
balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿Dónde pacen las ovejas?
¿Á qué hora se ordeñan? ¿Quién les mata la roña? ¿Cómo se regalan las
paridas? Y finalmente, todas las demás importancias del ganado. Á esso
digo, que aunque todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes
tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que
bastantemente los descuidaban»[762].
Nada menos pastoril, en efecto, que la vida y ejercicios del pastor
de Fílida y de sus amigos, que son con ligero disfraz Gálvez Montalvo
y los suyos. Nació este buen ingenio en la ciudad de Guadalajara,
aunque su familia procedía de las riberas del Adaja, probablemente
de la villa de Arévalo, donde es antiguo y noble su apellido, cuyas
armas son puntualmente las mismas que él describe por boca del pastor
Siralvo: «Tú sabes, que yo no soy natural desta ribera (la del Tajo).
Mis bisabuelos en la de Adaxa apacentaron, y allí hallaron y dejaron
claras y antiquísimas insignias de su nombre, só las alas de una águila
de plata, sobre color de cielo, que es de inmemorial blasón suyo. Mis
abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera».
Acaso se refiere á él la partida bautismal de un Luis, hijo de Marcos
de Montalvo y de su mujer Francisca, nacido en febrero de 1549, según
consta en los libros parroquiales de Santa María de Guadalajara[763].
El padre de Siralvo, que en la novela está designado con el nombre
de _Montano_, era «mayoral del generoso rabadán Coriano», es decir,
administrador ó cosa tal del Marqués de Coria. Su hijo Luis, cuya
educación debió de ser esmeradísima, á juzgar por la refinada cultura
y cortesanía que sus escritos revelan, vivió también en la casa y
servicio de un magnate alcarreño, D. Enrique de Mendoza y Aragón, con
título de su gentilhombre. Este es el _Mendino_ de la novela, «quinto
nieto del gran pastor de Santillana» (es decir, de D. Iñigo López de
Mendoza), como en ella misma se expresa, nieto del cuarto Duque del
Infantado, llamado también don Iñigo, é hijo de D. Diego Hurtado de
Mendoza, Conde de Saldaña, casado con doña Isabel de Aragón, hija del
Duque de Segorbe D. Enrique, á quien llamaron el infante Fortuna. Era
tradición no interrumpida en la casa de Mendoza honrar á las letras
y á sus cultivadores, y acaso por méritos literarios logró Montalvo
su puesto de honrosa domesticidad, que era bastante distinguido según
las ideas de aquel tiempo, y además sumamente descansado, á lo que
se infiere de su carta dedicatoria: «Entre los venturosos que á V.
S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque
deseando servir á V. S. se cumplió mi deseo, y así dejé mi casa y otras
muy señaladas dó fui rogado que viviese, y vine á ésta, donde holgaré
de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado,
como criado de V. S. Y así, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio
de la divina alteza de la poesía, donde son tantos los llamados y tan
pocos los escogidos, he compuesto _El Pastor de Fílida_, libro humilde
y pequeño»[764].
Este libro contiene, á vueltas de otros muchos episodios, la historia
anovelada de los amores del autor con la pastora Fílida y de los de
su Mecenas con Elisa. El nombre pastoril adoptado por Luis Gálvez
fué _Siralvo_, el cual habla de sí mismo con más satisfacción que
modestia por boca de la pastora Finea: «Yo te diré lo que hace Siralvo,
forastero pastor que aquí habita. Yo compré ovejas y cabras, conforme á
mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo
hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por
poder mudar lugar, cuando gusto ó comodidad le viniese, sin tener cosa
que se lo estorbase.--¿Quién es ese Siralvo? dijo Alfeo.--Es un noble
pastor (dijo Finea) de tu misma edad, honesto y de llanísimo trato;
amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte,
aunque hasta agora no se sabe de la suya más de lo que muestran sus
respetos, que son buenos, y sus ejercicios de mucha virtud.--¿Cómo
vería yo á Siralvo? dijo Alfeo.--Bien fácilmente, porque las cabañas de
Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas,
y más agora que está su rabadán ausente y él no podrá apartarse del
ganado».
La acción de la novela no pasa en las orillas del Henares, sino en
las del Tajo, y probablemente en la imperial ciudad de Toledo, donde
fijó por algún tiempo su residencia D. Enrique de Mendoza. Así lo dan
á entender estas palabras de enfática y lujosa retórica, con que la
primera parte comienza: «Cuando de más apuestos y lucidos pastores
florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su
celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano,
con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes; los altos
montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi
perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella
sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas, que envidioso
Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Gualdaquivir admirados, inclinaron
sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable.
Solo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era _Mendino_, cuya
ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos
acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo
pastor, para no sentir la ausencia de su carísimo hermano, hallar en
esta ribera al gentil Castalio su primo, al caudaloso Cardenio, al
galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos
y amigos de los suyos, con quien pasaba dulce y agradable vida Mendino,
en quien todos hallaban tan cumplida satisfacción, que como olvidados
de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban
siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría; de allí salían
á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se
componían las perdidas amistades, y por allí pasaban los bienes y males
de amor, cuales pesada, cuales ligeramente».
Allí comenzaron los amores de Siralvo con la que llama Fílida. No era
aquella su primera pasión: ya en las riberas del Henares había puesto
los ojos en una principal señora, á quien llama Albana, y que por
ventura tendría algún parentesco con la casa de Alba: «Sólo esto me
descontenta de _Siralvo_ (dice la pastora), ser tan demasiado altanero:
en el Henares á Albana, en el Tajo á Fílida; á otra vez que se enamore
será de Juno ó Venus.--Amigo es de mejorarse (dijo Dinarda), que
aunque Albana no es de menos suerte, y de más hacienda, Fílida es muy
aventajada en hermosura y discreción» (pág. 153).
¿Sería esta _Albana_ por ventura la «hermosa y discreta _Albanisa_,
viuda del próspero Mendineo, hija del rabadán Coriano, que en la ribera
del Henares vivía, y allí, desde las antiguas cabañas de su padre,
apacentaba, en la fértil ribera, mil vacas, diez mil ovejas criaderas
y otras tantas cabras en el monte?» (pág. 24). Con esta señora vino
á casar en segundas nupcias, si no interpreto mal el texto de _El
Pastor_, un caballero toledano del apellido Padilla, «el sospechoso
Padileo», competidor de Mendino en los amores de Elisa: y quizá fué
ésta la ocasión de que Siralvo dirigiese á otra parte sus altivos
pensamientos, que no eran de humilde pastor, sino de muy alentado
caballero.
Era Fílida doncella de nobilísimo linaje, parienta de un gran señor
andaluz (_el rabadán Vandalio_), del cual y de sus pastores andaba
recatándose Siralvo, sin duda porque se oponían á tan desiguales
amores. No sabemos cuánto duró este honesto galanteo, ó más bien pasión
platónica, cuya pureza tanto se encarece en el libro: «¡Quién viera á
Siralvo ardiendo en su castísimo amor, donde jamás sintió brizna de
humano deseo!» (pág. 228). Ni siquiera llegaba su presunción hasta
el punto de creerse favorecido (pág. 136):--«Y dime (dijo Alfeo),
¿estima tu voluntad?--No soy (dijo Siralvo) tan desvanecido, que quiera
tanto como eso; basta que no se ofenda de que la ame, para morir
contento por su amor... Yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha
criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Fílida quien es
si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder... Digo que no
le pido á Fílida que me ame, pero que vivo contentísimo con que no se
disguste de mi amor».
Era Fílida de tanta discreción como hermosura, y de mucha entereza
y constancia en sus afectos; recibió con buen talante las poéticas
ofrendas del humilde amador, y por no acceder á un matrimonio que los
de su casa le proponían, acomodado á su condición, pero no á su gusto,
«dejó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad; _consagróse
á la casta Diana_, y llevóse tras sí á los montes la riqueza y
hermosura de los campos» (pág. 218); lo cual, traducido del estilo
bucólico al corriente, quiere decir, si no me engaño, que se encerró
por más ó menos tiempo en un monasterio. Á esta voluntaria reclusión,
que no creemos que llegase á ser profesión religiosa, aluden estos
tercetos de una elegía de Montalvo (pág. 273):
Dejando aparte agora el ser nacida
Sobre las ilustrísimas llamada
Y entre las más honestas escogida,
Y con ser de fortuna acompañada,
Porque Himeneo al gusto te ofendía,
Quisistes ser á Delia dedicada...
Y, en efecto, en el libro ó parte sexta del _Pastor_ encontramos á
Fílida en el templo de Diana, si bien el aparato mitológico impide
hacerse cargo de la verdadera situación de la heroína, que allí aparece
recibiendo visitas de los zagales, entre ellos el mismo Siralvo,
y tañendo la lira y cantando coplas de su propia invención y raro
ingenio. Todo esto indica que los obstáculos que se presentaban al
amador no eran insuperables, y lo confirman estos versos de la ya
citada elegía:
Mil continuos estorbos ya los veo,
Y otros más de creer dificultosos,
Por mi corta ventura más los creo:
Ojos abiertos, pechos enconosos,
Tu gran beldad, mis ricas intenciones.
Cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
A querer tropellar dificultades,
Irás segura en carros de leones...
............................................
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
Ingenio soberano para amarte,
Y sabes que te escucho aun cuando callas...
Todo el libro de Montalvo está lleno de encarecimientos de las raras
prendas de Fílida, y no sólo de su hermosura, sino de su carácter, que
era al parecer resuelto y varonil. «Tiene una falta (dijo Florela):
que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su
entendimiento es de varón muy maduro y muy probado; aquella profundidad
en las virtudes y en las artes; aquella constancia de pecho á las dos
caras de la fortuna... Ámala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en
él cosa tan puesta en razón» (pág. 121).
El lusitano _Coelio_ (que será sin duda Alonso Sánchez Coello, tenido
aun en su tiempo por portugués, aunque lo era sólo de origen) había
hecho el retrato de Fílida, que guardaba Siralvo en una _cajuela de
marfil_. Para competir con él hizo otro en octavas reales, de elegante
y gracioso amaneramiento, como puede juzgarse por estos rasgos, que sin
duda recordaba Cervantes cuando llamó á Montalvo «único pintor de un
retrato»:
Sale la esposa de Titón bordando
De leche y sangre el ancho y limpio cielo,
Van por monte y por sierra matizando
Oro y aljófar, rosa y lirio el suelo,
Vuestra labor, mejillas imitando,
Que llenas de beldad y de consuelo,
Dicen las Gracias puestas á la mira:
«Dichosa el alma que por vos sospira».
..........................................
Jardín nevado, cuyo tierno fruto
Dos pomas son de plata no tocada,
Do las almas golosas á pie enjuto
Para nunca salir hallan entrada:
Que el crudo Amor, como hortelano astuto,
Allí se acoge y prende allí en celada...
(Pág. 125).
De estas y otras varias composiciones de Montalvo se infieren, como
señas más personales de la dama, que tenía la cabellera negra y verdes
los ojos:
Ricas madejas de inmortal tesoro,
Cadenas vivas, cuyos lazos bellos
No se preciaron de imitar al oro,
Porque apenas el oro es sombra dellos,
Luz y alegría que en tinieblas lloro,
_Ebano_ fino, tales sois, cabellos...
Las finas perlas, el coral ardiente,
Con las dos celestiales _esmeraldas_...
(Pág. 272).
Ser _verde_ el rayo de la lumbre vuestra...
(Pág. 123).
De estos ojos verdes[765] estaba locamente enamorado Siralvo. Los ha
cantado en todos metros, de tal modo que bien se le puede llamar el
poeta de los ojos. Lope de Vega, al elogiarle en el _Laurel de Apolo_,
recuerda el principio de una de estas composiciones:
Ojos á gloria de mis ojos hechos,
Beldad inmensa en ojos abreviada...
(Pág. 99).
Pero más que estas octavas crespas y conceptuosas, me agradan dos
fáciles y lindas canciones en el metro favorito de Gálvez Montalvo, en
las viejas redondillas castellanas, que manejaba con tanto primor como
Castillejo ó Gregorio Silvestre. Véase íntegra la primera, que es una
graciosísima anacreóntica (pág. 285):
Filida, tus ojos bellos
El que se atreve á mirallos,
Muy más fácil que alaballos,
Le será morir por ellos.
Ante ellos calla el primor,
Ríndese la fortaleza,
Porque mata su belleza
Y ciega su resplandor.
Son ojos verdes rasgados,
En el revolver suaves,
Apacibles sobre graves,
Mañosos y descuidados.
Con ira ó con mansedumbre,
De suerte alegran el suelo,
Que fijados en el cielo
No diera el sol tanta lumbre.
Amor que suele ocupar
Todo cuanto el mundo encierra,
Señoreando la tierra,
Tiranizando la mar,
Para llevar más despojos,
Sin tener contradicción,
Hizo su casa y prisión
En esos hermosos ojos.
Allí canta, y dice: «Yo
Ciego fui, que no lo niego,
Pero venturoso ciego
Que tales ojos halló;
Que aunque es vuestra la vitoria,
En dárosla fui tan diestro,
Que siendo cautivo vuestro,
Sois mis ojos y mi gloria.
El tiempo que me juzgaban
Por ciego, quíselo ser,
Porque no era razón ver,
Si estos ojos me faltaban.
Será ahora con hallaros
Esta ley establecida:
Que lo pague con la vida
Quien se atreviere á miraros».
Y con esto, placentero,
Dice á su madre mil chistes:
«El arquillo que me distes,
Tomadle, que no le quiero,
Pues triunfo, siendo rendido,
De aquestas dos cejas bellas,
Haré yo dos arcos dellas,
Que al vuestro dejen corrido.
«Estas saetas que veis,
La de plomo y la dorada,
Como herencia renunciada,
Buscad á quien se las deis,
Porque yo de aquí adelante
Podré con estas pestañas
Atravesar las entrañas
Á mil pechos de diamante.
«Hielo que deja temblando,
Fuego que la nieve enciende,
Gracia que cautiva y prende,
Ira que mata rabiando,
Con otros mil señoríos
Y poderes que alcanzáis,
Vosotros me los prestáis,
Dulcísimos ojos míos».
Cuando de aquestos blasones
El niño Amor presumía,
Cielo y tierra parecía
Que aprobaban sus razones,
Y él, dos mil juegos haciendo,
Entre las luces serenas,
De su pecho á manos llenas,
Amores iba lloviendo.
Yo, que supe aventurarme
Á vellos y á conocer
No todo su merecer,
Mas lo que basta á matarme,
Tengo por muy llano agora
Lo que en la tierra se suena,
Que no hay amor ni hay cadena,
Mas hay tus ojos, señora.
_El Pastor de Fílida_, como la mayor parte de las novelas de su género,
quedó incompleta, defraudando nuestra curiosidad en cuanto al término
de estos amores, si bien el canónigo Mayans, que con tan raras noticias
y curiosa sagacidad ilustró esta pastoral, creyó encontrarle en una
epístola que López Maldonado, cuyo _Cancionero_ fué impreso en 1586,
dirigió á su amigo Montalvo[766], «con quien se quería casar una dama,
á quien había servido muchos años»:
Pastor dichoso, cuyo llanto tierno
Ha tanto que se vierte en dura tierra,
Sin medida, sin tasa y sin gobierno,
Pues ya en tranquila paz vuelta la guerra
Miras que te robó tantos despojos,
Y en verde llano la fragosa sierra;
Reduce los cansados tristes ojos
Á mejor uso, pon silencio al llanto,
Pues que le ha puesto amor á tus enojos.
Ya aquel divino rostro, donde tanto
Rigor hallaste, y el airado pecho
Que en el tuyo causó dolor y espanto.
Atienden, con clemencia, á tu provecho,
Ya gozarás la bella y blanca mano
En ñudo conyugal de amor estrecho...
...........................................
Ya te dio del descanso alegre llave
Fílida, que entregada está y piadosa,
Que es cuanto bien Amor dar puede ó sabe...
...........................................
Y cantaré la gloria tan crecida
Con que Amor á sus gozos te levanta.
Por fe y por voluntad tan merecida...
...........................................
Goza, Pastor, el bien que te ha ofrecido
Aquella que tu mal ha restaurado,
Rico de amor y deleitoso nido.
Pero este matrimonio ¿llegó á efectuarse? El mismo López Maldonado
tenía recelo de que su amigo no supiera aprovecharse de la ocasión
feliz con que le brindaba la fortuna:
¡Oh mil y otras mil veces venturoso
Tú, que con esperanza alegre y cierta,
Verás en dulce puerto tu reposo!...
...........................................
Mas mira que si acaso te detienes,
Quizás, á la inconstante y varia diosa
No la ternás propicia cual la tienes[767].
Acaso el enigma que envuelve la historia del _Pastor de Fílida_
quedará descifrado antes de mucho. Un eminente literato andaluz, en
quien corren parejas la erudición, el sentimiento poético y la viva
y despierta agudeza, cree con buenos fundamentos haber averiguado el
nombre de la incógnita dama, y en un trabajo reciente nos adelanta la
peregrina noticia de que por influjo de su deudo el rabadán Vandalio,
que no es otro que el _Uranio_ que sale á correr la sortija, vestida la
piel entera de un oso (pág. 372), contrajo matrimonio en 1569 con aquel
otro pastor _muy flaco_, que en la misma fiesta comparece «vestido de
un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huesos»,
y en su compañía se ausentó de España[768]. Aunque esta fecha resulta
muy anterior á la impresión del _Pastor de Fílida_, en el libro mismo
hay indicios de que estaba escrito mucho antes, como lo estaría también
la epístola de López Maldonado, si tal interpretación se comprueba,
como deseamos y esperamos.
Cinco ediciones tuvo en pocos años _El Pastor de Fílida_, rivalizando
con el éxito de la _Galatea_ de Cervantes. Para los contemporáneos
tenía el interés de una novela de clave. Aunque hoy no podamos
identificar á muchos de los disfrazados pastores, la forma misma de
sus nombres indica que se trata de personas reales. Además de Mendino,
Siralvo y Coelio, no hay duda en cuanto al «celebrado _Arciolo_ (D.
Alonso de Ercilla), que con tan heroica vena canta del Arauco los
famosos hechos y Vitorias», ni parece que pueda haberla respecto del
«culto _Tirsi_, que de _engaños y desengaños de amor_ va alumbrando
nuestra nación española, como singular maestro dellos». Tirsi es
el nombre poético que en sus obras usó el complutense Francisco de
Figueroa, y con el cual está claramente designado en la _Galatea_[769].
No puede ser de ningún modo el mismo Cervantes, como creyó el canónigo
Mayans. Más feliz anduvo en otras conjeturas. El pastor _Campiano_,
«doctísimo maestro del ganado», que sobresalía también en «la divina
alteza de la poesía», puede muy bien ser el poeta y médico de Alcalá
doctor Campuzano, elogiado por Cervantes en el _Canto de Caliope_ y por
Lope de Vega en la _Dorotea_, citándole nada menos que en compañía del
divino Herrera y de otros dos ingenios tan celebrados entonces como
Figueroa y Pedro de Padilla. Campiano escribió un soneto en alabanza
del _Pastor de Fílida_; era también amigo de López Maldonado y otros
poetas de este grupo. Los músicos _Sasio_ y _Matunto_ parecen estar
designados con sus verdaderos apellidos en una elegía del mismo López
Maldonado á doña Agustina de Torres:
Pues los caros y amados compañeros,
El gran _Matute_, el celebrado Sasa,
Del dios de Delo justos herederos.
También Cervantes, en el libro cuarto de la _Galatea_, habla de «los
dos _Matuntos_, padre é hijo, uno en la lira y otro en la poesía, sobre
todo extremo extremados». Silvano, el defensor de las antiguas coplas
castellanas, no puede ser otro que Gregorio Silvestre. _Belisa_, cuya
pericia en el canto y en la música se encarece tanto, era hija del
_lusitano Coelio_; hemos de creer, por lo tanto, que se trata de doña
Isabel Sánchez Coello, hija del pintor Alonso. No estoy tan seguro de
que _Pradelio_, el mísero amador que desdeñado por Filena «dejó los
campos del Tajo, con intención de pasar á las islas de Occidente, donde
tarde ó nunca se pudiese saber de sus sucesos», sea el conde de Prades,
D. Luis Ramón Folch de Cardona, como quiere Mayans, porque dudo que de
tal magnate como el heredero de la casa de Cardona pudiera decirse que
era «pastor de más bondad que hacienda», palabras que indican, á mi
parecer, que se trata de más humilde sujeto. Haré mérito, finalmente,
de la brillantísima y deslumbradora conjetura, expuesta hace poco
por el Sr. Rodríguez Marín, el cual ve en el episodio del pastor
_Livio_ «cortesano mancebo de cabellos más rubios que el fino ámbar»,
que persiguiendo á la ninfa _Arsia_, «con rabia y dolor se había
despeñado», una alusión á la caída del príncipe don Carlos en Alcalá
(el 19 de abril de 1562) corriendo tras de doña Mariana de Garcetas, á
lo cual alude aquel villancico que glosó Eugenio de Salazar:
Bajóse el sacre real
A la _garza_, por asilla,
Y hirióse sin herilla[770].
Otras muchas alusiones nos oculta el tiempo, otros nombres de grandes
señores y de poetas deben de estar escondidos bajo el cándido pellico.
Vivió Gálvez Montalvo en la mejor sociedad de su tiempo; fué lo que
hoy llamaríamos un poeta de salón y entonces hubiera podido llamarse
de estrado ó de sarao. El retrato suyo, que se halla en algunas
ediciones del _Pastor de Fílida_, presenta un tipo muy aristocrático,
algo parecido al de D. Alonso de Ercilla. Aun en el aspecto de su
persona debía de ser cortesano y gentilhombre. No lo era menos por
las cualidades de su espíritu. Ajeno á toda contienda y rivalidad
literaria, gozó de la estimación de los mejores poetas de su tiempo y
gustó de honrarlos en verso y en prosa. Cuando Cervantes, que no era
todavía el autor del _Quijote_ ni el de la _Galatea_ siquiera, volvió
á entrar en su patria después del cautiverio, Gálvez Montalvo fué el
primero en saludar su gloria con este hermoso soneto, que tiene algo de
profecía:
Mientras del yugo sarracino anduvo
Tu cuello preso y tu cerviz domada,
Y allí tu alma al de la Fe amarrada
A más rigor mayor firmeza tuvo,
Gozóse el cielo; mas la tierra estuvo
Casi viuda sin ti, y desamparada
De nuestras musas la real morada,
Tristeza, llanto, soledad mantuvo.
Pero después que diste al patrio suelo
Tu alma sana y tu garganta suelta,
De entre las fuerzas bárbaras confusas,
Descubre claro tu valor el cielo,
Gózase el mundo en tu felice vuelta
Y cobra España las perdidas musas[771].
Por dos pasajes de Lope de Vega, que siempre habló de Montalvo en
términos del mayor encarecimiento, sabemos que este florido ingenio
murió en Italia antes de 1599. En este año imprimió Lope su _Isidro_,
con un prólogo en defensa del antiguo metro castellano, donde leemos
estas palabras: «¿Qué cosa iguala á una redondilla de Garci Sánchez
ó de D. Diego de Mendoza? Perdone el divino Garcilasso, que tanta
ocasión dio para que se lamentase Castillejo, festivo é ingenioso
poeta castellano, á quien parecía mucho _Luis Gálvez Montalvo, con
cuya muerte súbita se perdieron muchas floridas coplas de este género,
particularmente la traducción de la_ Jerusalem _de Torcuato Tasso, que
parece que se había ido á Italia á escribirlas para meterles las higas
en los ojos_»[772].
Muchos años después, en _El Laurel de Apolo_ (1630), hacía esta
conmemoración de nuestro poeta:
Y que viva en el templo de la Fama,
Aunque muerto en la puente de Sicilia,
Aquel Pastor de Fílida famoso,
Gálvez Montalvo, á quien la envidia aclama
Por uno de la délfica familia,
Dignísimo del árbol victorioso,
Mayormente cantando,
En lágrimas deshechos
«Ojos á gloria de mis ojos hechos».
Clemencín conjetura muy plausiblemente[773] que la muerte _súbita_ de
Gálvez Montalvo en el puente de Sicilia acaeció en una catástrofe del
año 1591, de que nos da razón Fray Diego de Haedo en la dedicatoria de
su _Topografía de Argel_: «Era virrey de Sicilia el señor don Diego
Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste, el cual, habiendo salido de
Palermo á visitar aquel reino, á la vuelta, como venía en galeras, hizo
la ciudad _un puente desde tierra_ que se alargaba á la mar más de cien
pies, para que allí abordase la popa de la galera donde venía el señor
Virrey, y desembarcase; y como Palermo es la corte del Reino, acudió
lo más granado á este recibimiento... y con la mucha gente que cargó,
antes que abordase la galera dio el puente á la banda, de manera que
cayeron en el mar más de quinientas personas... donde se anegaron más
de treinta hombres». Uno de ellos pudo ser el poeta alcarreño.
De su ensayo de traducción de la _Jerusalem_ del Tasso no queda
otra memoria. Desacertada era la elección del metro, y sólo hubiera
conducido á una especie de parodia, como la que hizo luego el Conde
de la Roca en su _Fernando ó Sevilla Restaurada_. El amor á los
octosílabos nacionales cegó en esta ocasión á Gálvez Montalvo, pero
no creo que le sucediese lo mismo al transformar las conceptuosas
estancias de las _Lágrimas de San Pedro_ del Tansillo en quintillas
dobles castellanas, dándoles una ingenuidad de sentimiento que en su
original no tienen, como probará este ejemplo:
Madres, que los muy queridos
Hijos os vistes quitar,
De vuestros pechos asidos.
Como se suelen robar
Los pájaros de los nidos,
Y de la mano homicida
Su pura sangre quedó
Por los miembros esparcida,
No lloréis su muerte, no,
Dejadme llorar mi vida...[774]
Compuso también un _Libro de la Pasión_, del cual sólo tenemos noticia
por este soneto de López Maldonado, inserto en su _Cancionero_ (pág.
188):
Si como la largueza, sin medida,
Te ha bañado la lengua en fuego ardiente
Con su licor, para que tiernamente
Puedas cantar su muerte y nuestra vida,
Ansí tu alma, de su amor herida,
Sabe buscar la saludable fuente,
Que trayendo del cielo su cerriente,
Vuelve al lugar de donde fue salida,
Y siguiendo tras ellas su camino
Que guía á las regiones soberanas,
Haces iguales una y otra suerte;
Ansí como tu cántico divino
No tiene que temer lenguas humanas,
Tampoco el alma temerá la muerte.
Estas obras piadosas debieron de ser trabajo de sus últimos años, y
acaso saludable consuelo en los desengaños de la señora Fílida.
Por los trozos que van citados, habrá podido formarse idea de la culta
y excelente prosa y de los fáciles y regalados versos de _El Pastor
de Fílida_, libro muy bien escrito no sólo en el vulgar sentido de la
abundancia y pureza de lengua, que conviene á todos los del siglo XVI,
sino en el de cierta refinada cultura y propósito artístico, que ni
entonces ni en tiempo alguno han sido patrimonio de todo el mundo. Como
los demás autores de pastorales, Gálvez Montalvo aparece dominado por
el prestigio de Sannazaro, á quien imita muy de cerca en los trozos
descriptivos y de aparato, como la visita al mágico Erión, los juegos
funerales en el aniversario de Elisa, las pinturas del templo de Pan
y del templo de Diana, exornado el primero con la representación de
los trabajos de Hércules y el segundo con la de las siete maravillas
del mundo. Esta prosa es artificial, pero con artificio discreto, más
sobria que la prosa de la _Galatea_, pero no menos compuesta y aliñada.
El paisaje es convencional como en todos estos libros, y las riberas
del Tajo pueden ser las de cualquier río, pero hay tal cual descripción
que parece tomada del natural. Veamos una, que tiene la ventaja de
presentar reunidos en pocas líneas los principales procedimientos del
estilo de Montalvo, cuando quiere hacer más periódicas sus frases:
«Yendo por el cerrado valle de los fresnos, hacia las fuentes del
Obrego, como dos millas de allí, acabado el valle, entre dos antiguos
allozares, mana una fuente abundantísima, y á poco trecho se deja
bajar por la aspereza de unos riscos, de caída extraña, donde, por
tortuosas sendas, fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el
camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales, que juntas, con
extraño ruido, van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando
á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar, mas viéndose
detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura
cavernosa, como á buscar el centro de la tierra. Á pocos pasos, en lo
más estrecho, está una puente natural, por donde las aguas pasando,
casi corridas de verse así oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin
de la puente hay una angosta senda, que dando vuelta á la parte del
risco, en aquella soledad, descubre al mediodía un verde pradecillo, de
muchas fuentes, pero de pocas plantas, y entre ellas, de viva piedra
cavada, está la cueva del mago Erión, albergue ancho y obrado con suma
curiosidad» (pág. 296).
Gálvez Montalvo no abusa del estilo periódico, que á la larga hubiera
sido intolerable. Le alterna con cláusulas de moderada extensión,
tan limpia y gallardamente construídas como ésta: «Traía (el pastor
Livio) un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles
finísimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado
pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos
de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la
rodilla le llegaban, donde se prendía la calza, de sutil estambre»
(pág. 316). Y acierta á veces á cerrar sus frases de un modo feliz por
lo inesperado: «Es Andria de clara generación y caudalosos pastores,
de hermosura sin igual, de habilidad rarísima, moza de diez y ocho años
_y de más ligero corazón que la hoja al viento_» (pág. 130).
Entre otras curiosidades de vario género contiene _El Pastor de Fílida_
un _Canto de Erión_ en octavas reales, donde están nominalmente
celebradas todas las damas de la corte (comenzando por las princesas),
á imitación de lo que había hecho Montemayor en el _Canto de Orfeo_;
y una larga égloga representable, en cuyos primeros tercetos se
describe la vida rústica con ciertos rasgos de poesía realista,
bastante alejados de la manera cortesana que en el libro predomina.
Pero generalmente en los versos endecasílabos Gálvez Montalvo es
desigual, áspero á veces y premioso[775], y no porque dejase de
estar curtido en la técnica, puesto que ensayó todos los artificios
rítmicos, sin olvidar por supuesto los consonantes interiores[776] y
los esdrújulos[777], que parecían ya cosa obligada en toda imitación de
Sannazaro.
Su verdadera superioridad está en las versos cortos, en las redondillas
y en las glosas, en que aventajó á Montemayor y rivalizó con Gregorio
Silvestre. La _Canción de Nerea_ no entra en cuenta, como cosa divina.
Y hay que dejar también aparte las obras de Castillejo, el primero
de los poetas de esta escuela, no sólo por el donaire y la lozanía,
sino por el jugo clásico de sus versos. Nunca los hizo mejores Gálvez
Montalvo que cuando siguió más de cerca las huellas de tal maestro, á
quien _mucho se parecía_, en opinión de Lope de Vega. Los cantares de
Siralvo y Alfeo, al fin de la tercera parte del _Pastor de Fílida_,
parecen y son un eco del canto ovidiano de Polifemo, traído á nuestra
lengua con tan ameno raudal de locución pintoresca por Cristóbal de
Castillejo[778]: