1921
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley.
I
La muerte de su padre permanecía envuelta para Adriana en una penumbra
de lejano misterio. Había llegado a la sospecha, luego a la certidumbre,
de un suicidio. El episodio se remontaba a los primeros años de su
infancia. Ella recordaba confusamente el cuadro de la habitación
mortuoria, el túmulo negro, el Cristo de plata; alguien la había
levantado en alto, y ella vio entonces, en el ataúd, una forma larga,
cubierta desde la cabeza hasta los pies con un paño blanco; sólo
aparecían las manos, traídas por encima del paño, horriblemente pálidas
y tiesas. Pero no le parecieron las manos de su padre. "¿Por qué le
habían tapado también la cara?" pensó más tarde. Pero por nada en el
mundo lo hubiera preguntado a su madre ni a persona alguna. Se lo
impidió una especie de recelo sobrecogido y la misma gravedad dolorosa
del suceso. Ciertas alusiones, oídas en conversaciones íntimas, le
hicieron después relacionar la tragedia con el aislamiento en que
vivía--acaso desde entonces--la familia de Aliaga, y fijar su reflexión
sobre la singular circunstancia de que, con la muerte de su padre,
terminó toda amistad entre aquella familia y la suya, a pesar de unirlas
algún parentesco.
Y guardaba también esta vaga memoria: un día, durante el luto, habiendo
pedido que la llevaran a casa de las Aliaga, donde con frecuencia pasara
el día jugando, su madre la reprendió con una severidad que la dejó
consternada.
Después entró como interna en un colegio religioso, pasaron los años y
rara vez tuvo de ellas alguna noticia. "¡Qué divina se ha puesto Laura
Aliaga!"--oyó decir a una señora, en voz baja, al terminar una fiesta de
caridad organizada por las damas Vicentinas. Y le dio pesadumbre pensar
que acaso las había visto, sin reconocerlas. Por otra parte, le infundía
cierto inexplicable temor la idea de relacionarse con ellas nuevamente.
Pero el año anterior a la época en que comienza esta historia, las había
visitado aventurándose a todo y con el pretexto de la antigua amistad,
cuya ruptura aparentó sencillamente ignorar.
Fue una emoción que le dejó recuerdos imborrables. Durante las dos horas
que la visita duró, la agasajaron con finura, demostrándole cierta
alegría solícita, que contrastaba con la idea trágica de su imaginación.
Se las había figurado siempre con una actitud melancólica y en sus caras
tristes una palidez mortal.
Era la de Aliaga una de esas familias porteñas que se han retraído
rehuyendo las antiguas amistades y viviendo en una especie de reserva y
de rara indiferencia para todas las cosas que agitan al brillante mundo
social. La casa, interiormente suntuosa, parecía demasiado grande para
las pocas personas que la habitaban. Con las tres hermanas vivía un
hermano solterón, Eduardo, y una tía abuela, muy anciana ya; atacada de
parálisis, nunca salía de su habitación.
Y la casa parecía aun más grande y más silenciosa, cuando Eduardo se iba
con alguna de ellas a una estancia lejana, donde solían pasar largas
temporadas.
Adriana se sorprendió de que a ratos la hablaran con un tono de voz
cansada, como midiendo las sílabas y con cierta reserva en la dejadez
amable de las palabras. Le llamaron la atención sus manos largas y
finas, ligeramente deformes y de una blancura extraordinaria. También
recordaba ahora, como si los tuviera presentes ante sus ojos, algunos
objetos del salón; así una mesita de caoba tallada, incrustada en los
bordes con dibujos de nácar, luego dos grandes candelabros de cobre que
figuraban dragones fantásticos, y una jarra de alabastro, sobre la
cornisa de la chimenea, con pomposas flores de terciopelo lila.
Una aprensión invencible la había imposibilitado para llevar la
conversación al recuerdo de su padre. Como la irritara su propia falta
de audacia y excitada por la violenta curiosidad, se decidió al fin:
--Ustedes trataron mucho a papá...
Y miró a Zoraida, la mayor, con expresión de tímida simpatía. No
parecieron en manera alguna sorprenderse. Zoraida, suspirando, cerró por
algunos segundos sus hermosos ojos de anchas pupilas bajo la masa de
cabellos rubios retorcidos sobre la cabeza espléndida. Le respondieron
sin embargo de un modo evasivo.
--Tú debes acordarte de cuando él te traía aquí... el señor Zumarán era
muy bueno... Tal vez demasiado bueno.
En seguida, después de mirarse unas a otras, se fijaron en ella con
cierto embarazo y cambiaron la conversación.
Sin duda aquélla, la mayor de las hermanas, había sido para su padre un
ser de adoración, el motivo amoroso de su muerte; y acaso en una viudez
virginal, se había ella consagrado a la fidelidad de un cariño que a
través de la muerte perduraba por la comunicación doliente de sus almas.
Por eso sin duda era más pálida su cara, sus ojeras más hondas y el oro
mate de su pelo tenía una tonalidad más antigua. Y aquellas sus anchas
pupilas, con cierto brillo febril en su dulzura profunda, ¿no revelaban
también la imaginación apaciguada por una larga contemplación visionaria
y ajena, desde hacía muchos años, a toda suerte de seducciones
mundanales?
Adriana propuso en su ánimo volver a aquella casa y lograr, siquiera
con súplicas, la relación sentimental de la tragedia. Se la dirían
llorando, y ella, la hija del hombre adorado, abrazaría a aquella
hermana mayor y también lloraría a su padre desconsoladamente.
Otro episodio se asociaba también al recuerdo de su visita a la familia
de Aliaga. Cuando iba a marcharse, una de ellas, acaso para todavía
retenerla, se empeñó en que debía conocer a Julio Lagos.
--Le dejamos arriba, conversando con la abuelita, cuando tú viniste.
En seguida encendieron las luces de la sala y le hicieron bajar. Julio
Lagos le pareció un muchacho nada vulgar. Celebró conocerla y alabó con
insistencia, casi con inoportunidad, el espíritu singular que revelaba
el modo de mirar que Adriana tenía.
Pero después, aun cuando ambos se prometieron amistad, según el tono de
galantería que la plática tuvo, no habían vuelto a encontrarse.
Aquel Julio Lagos surgía para ella cubierto por la misma atmósfera de
pasión que imaginaba sobre todas las cosas relativas a la familia de
Aliaga. Además, en los ojos de Julio había visto, estaba segura, brillar
el amor. En realidad, no se explicaba a sí misma por qué había dejado
pasar un año sin volver a la casa, cuando tantos motivos de interés la
atraían.
Es verdad que Julio era, acaso, un hombre parecido a todos, sin
capacidad para enamorarla ni comprenderla íntimamente. Acaso valía más
no haberle vuelto a ver, para conservar, indefinidamente, esta ilusión
de un hombre cuya alma podría acercarse a la suya y avasallarla con su
inteligencia delicada, con su adoración ardiente y fina. Le amaría, así,
de una manera más ideal, conservando en la memoria la caricia lejana de
su galantería y el aire de sorpresa encantada con que había reconocido
en ella un espíritu singular. Por primera vez el elogio galante de un
hombre había sido exclusivamente para su alma que nadie conocía. Sí, era
mejor guardar, de Julio, esta idea pura, despojada de su realidad,
apartada de la vida en que toda cosa ideal se anula.
La realidad era su novio, Ricardo Muñoz. Se habían comprometido durante
la última temporada en las sierras de Córdoba y ella estaba segura de no
quererle. Pero le sucedía algo inexplicable: a veces pensaba en él con
un sentimiento que parecía amor y multitud de apasionadas ideas venían a
encantarla. En esos momentos, dominada por un singular arranque de
ternura, le escribía cartas de enamorada sumisa. Maravillada de sí
misma, pensaba que el amor la había iluminado de pronto. Pero después,
cuando Muñoz llegaba a su presencia, ávido y tembloroso de la felicidad
leída, todo el encanto se mudaba en decepción. Entonces se complacía en
hacerle sufrir y de sus lindos labios sólo salían palabras de burla.
--¿Por qué--le preguntaba Muñoz desesperado--por qué no es usted la
Adriana de sus cartas?
Ella, sin responder, sonreía vagamente.
Un día le comunicó que sus relaciones quedaban rotas. Fue una escena
penosa. De pie, frente a Muñoz, muy seria, le tendía un manojo de
cartas. Se negaba él a recibirlas, pero como Adriana permanecía
implacable, lágrimas de amargura le vinieron a los ojos.
Lejos de conmoverse, la fastidió más el llanto de Muñoz. Puso
rápidamente las cartas al borde de una mesita, caminó hacia la puerta de
la sala y aguardó que alguien llegase. Muñoz, ahogando los sollozos, se
cubría la cara con las manos.
--¡Ah, qué tontería desagradable!--murmuró Adriana; y para que la escena
no se prolongase, llamó gritando a su hermana menor:--¡Raquel! ¡Raquel!
¡Muñoz te quiere hablar!
Sin embargo, dos días después, por más que había tomado la seria
resolución de no verle más, le escribió otra carta pidiéndole perdón.
Uno de los motivos que sin duda influían para decepcionarla de Muñoz,
era el apoyo que su madre prestaba a éste. Su madre y una amiga de
Adriana, Charito González, querían a toda costa que se formalizara el
compromiso y se casaran en seguida. Esta solución le parecía a ella la
muerte de todos sus ensueños... Era preferible quedarse en aquella
indecisión, ante aquella perspectiva muy vaga, muy brumosa, donde podría
resplandecer de pronto la luz de su vida. El matrimonio con Muñoz la
aterraba. Para evitarlo pediría ayuda a las Aliaga y a Julio...
La tragedia de su padre se juntaba en su pensamiento a otras historias
oídas en la reserva de alguna confidencia. Su abuelo, un hombre piadoso
y sensual, se había dejado matar, sorprendido en la alcoba de su amante,
por faltarle la voluntad de herir con la espada que el marido
caballeresco le arrojara a las manos. Adriana se lo representaba
plegando las rodillas, abatido por el golpe mortal, con los ojos cegados
por la sangre de la herida y murmurando una oración, puestos los labios
sobre la cruz de la espada.
¡Cuánta melancolía insinuaba en su meditación aquella historia,
ensimismada en el secreto como las cosas de la confesión! Y también así
la de su bisabuelo, que suscitara una leyenda de escándalo en su tiempo
y sucumbiera a la tristeza que le había dejado la muerte de una querida.
Su mujer, que le adoraba con locura y con una suprema bondad le había
perdonado sus desvíos, sobrellevó el doble martirio de verle morir y de
escuchar el nombre de la perdida articulado por él inconsolablemente en
las alucinaciones que precedieron su agonía. Después, alterada por la
intensidad de su desdicha, perdido el afecto a los hijos y a todas las
cosas del mundo, cambió poco a poco en misticismo su amor por el muerto
y tuvo visiones extrañas de Jesús y de la Virgen. La familia había
logrado que nadie conociera tan singulares circunstancias,
atribuyéndolas a locura, y sin sospechar en aquellas visiones su
identidad con los éxtasis celestes de las bienaventuradas.
Adriana tocaba como reliquias algunos objetos que le pertenecieran; así
un crucifijo, pendiente de un pesado rosario de oro viejo. Durante
largas horas, ociosa, lo acariciaba entre sus dedos, soñando, con los
ojos abismados. Y una sugestión impalpable, profunda, le traía el
vestigio inmaterial de voluptuosos apasionamientos y la palpitación
remota de aquella pobre alma, visitada por seres angélicos, que vinieran
para ofrecerle una inefable consolación.
Pero estas todas eran cosas hondamente sumidas en su mundo interior y de
ellas jamás tenía ocasión de hablar con nadie.