LIBRO PRIMERO.

Si algún romano ignora el arte de amar, lea mis versos, y enseñado con

su lectura, ame. Por el arte se guía la ligera nao con vela y remos:

por el arte se rigen los voladores carros, y por el arte ha de ser

regido el amor. Automedonte era diestro en carros y caballos, y Tifis

era piloto de la nave argonáutica; empero a mí me designó Venus maestro

del tierno amor; Tifis y Automedonte del amor me llamará la gente.

Es sin duda fiero el amor, y me contrasta muchas veces; mas es niño,

de blanda edad, y dispuesto a tornarse dócil. Quirón perfeccionó

al muchacho Aquiles con los sonidos de la cítara, amansando con la

armoniosa arte la fiereza de su ánimo. Quien tantas veces puso grima

a compañeros y enemigos, temía delante del añoso viejo, y presentaba

obediente al castigo de este ayo las manos que habían de aterrar

a Héctor. Quirón es preceptor de Aquiles, yo del amor. Uno y otro

muchacho son duros, uno y otro prole de diosa; mas el toro sujeta la

cerviz al peso del arado, y los briosos alazanes tascan el freno. Así

el amor cederá a mi voluntad; aunque vibre contra mí sus flechas, y

abrase mi pecho con sus teas. Cuanto más cruelmente me hirió, y con más

violencia me atormentó, tanto mejor vengaré mis heridas.

No mentiré, ¡oh Apolo!, diciendo que tú me inspiraste esta arte, o que

la sé por el canto de las volantes aves; ni que se me aparecieron Clío

y sus hermanas, como al que guardaba rebaños en los valles de Ascra.

La práctica es la que dicta esta obra: creed pues al experto poeta.

Cantaré preceptos verdaderos: favorece mis designios, madre de amor.

No enseñarán mis versos delito alguno, solo sí de amor los hurtos

permitidos. Huid sin embargo, vírgenes delicadas, dechado de pudor, y

las que ocultáis los pies con talares vestiduras[1].

[1] Las matronas.

Los que ahora os alistáis por primera vez en las nuevas banderas,

trabajad en hallar ante todas cosas el objeto que queráis amar: luego

en conquistar el corazón de la que os agrade; y últimamente, en que su

amor sea de larga duración. Este es el método: este campo recorrerá mi

carro, este límite rozarán sus ruedas.

Mientras podéis, y sin ligaduras andáis por todas partes, escoged

una muchacha a quien diréis: Tú eres la única que me agrada. Esta no

descenderá para vosotros de las diáfanas regiones, buscareisla adrede

con vuestros ojos. El cazador sabe donde ha de tender lazos a los

ciervos: sabe en que valle tiene su madriguera el rugiente jabalí: al

pajarero sonle conocidos los árboles donde posan los pájaros, y el que

echa las redes conoce cuáles aguas abundan de peces.

Así los que buscan objeto de permanente amor aprendan desde luego qué

parajes frecuentan las mujeres. No será para esto necesario emprender

dilatados viajes, ni atravesar mares procelosos; bien que Perseo haya

traído a Andrómeda de los indios atezados, y el troyano Paris haya

venido a robar la griega Elena. Roma os ofrecerá tales y tantas lindas

mozas como pueblan, según decimos, lo demás del mundo. Y no es tan

fértil en granos la campiña de Gárgaro, ni en uvas Metimna, ni surcan

el mar más peces, ni oculta más aves la frondosidad de los árboles, ni

esmaltan el cielo tantas estrellas como muchachas tiene Roma. Venus

reside en la ciudad de su hijo Eneas.

Los que se inclinan a las que aún están en sus primeros e imperfectos

años, las hallarán verdaderamente niñas. A los que gustan de jóvenes,

no les faltarán tantas placenteras jóvenes, que pondrán perplejidad en

su deseo. Pero los que por casualidad sean llevados por las de edad

adulta y más cuerda, créanme que esta turba será copiosísima.

Paseaos vagarosos en los ardientes días del estío a sombra del

pórtico de Pompeyo o en el que a la munificencia del hijo añadió su

munificencia la madre, suntuoso edificio de peregrinos mármoles. Id al

pórtico adornado con cuadros de la antigüedad, que por el nombre de su

fundadora es llamado de Livia: y al en que están pintadas las Danaides,

que osaron fraguar muerte a los míseros primos, desposados con ellas,

y su cruel padre está en pie con la espada desnuda. Tampoco evitéis

el templo de Adonis llorado de Venus: ni los sacrificios celebrados

al séptimo día por el judaico Siro: ni olvidéis el de la menfítica

Isis con vestimenta de lino, que a muchas hizo lo que ella fue con

Júpiter[2].

[2] Isis o Ío tuvo torpes amores con Júpiter: Juno la perseguía por

celos, y para librarla de su indignación, la convirtió Júpiter en

vaca, y en esta figura huyó al Egipto.

El foro, ¿quién lo creería?, es a propósito para casos amorosos: en el

sutil foro se halla muchas veces la llama del amor. La fuente Apia,

dominada por el adyacente templo de Venus construido con mármol,

hiende el aire con saltantes aguas. Allí con frecuencia el causídico

se deja coger del amor, y él que defiende a otros no se defiende a sí

mismo. Allí con frecuencia faltan palabras al más elocuente, nuevos

negocios le ocupan, y así solo trata de la propia causa. El que poco ha

era patrono, ahora desea ser cliente. De este ríe Venus desde el templo

cercano.

Pero cazad principalmente en los públicos teatros, sitios más

favorables a vuestros designios. Aquí hallaréis amor y entretenimiento:

las que queráis disfrutar una vez, las que escojáis para poseerlas.

A la manera que las hormigas en numeroso escuadrón van y vuelven sin

cesar, cargadas de granos para su sustento, o como las abejas revuelan

por los amenos y olorosos sotos, buscando el tomillo y las flores, así

concurren las mujeres ataviadísimas a los juegos solemnes. Su afluencia

algunas veces fue embarazo a mi elección. Vienen a ver, y vienen a ser

vistas. Es peligroso este lugar para el casto pudor.

Tú, ¡oh Rómulo!, instituiste el primero espectáculos perturbados por

el amor, cuando la robada sabina deleitó a tus vacantes ciudadanos.

Entonces los teatros no estaban decorados de mármoles y colgaduras, ni

competían en la escena los vistosos colores. No había artificio, y la

escena se adornaba simplemente con enramadas de verde hojarasca que

producía el nemoroso Palatino. El pueblo se sentaba en gradas hechas de

césped, llevando coronadas con hojas verdes sus desgreñadas cabelleras.

Miraban los romanos a las sabinas, reparando cada uno en la que era

de su gusto, y revolviendo en el silencio de su pecho muchos deseos.

Cuando el flautista etrusco tocaba un rudo tono, bailando el histrión

a su compás, en medio de los aplausos (que entonces el aplauso era

desordenado) dio el rey al pueblo la esperada señal para el robo.

Desertando repentinamente sus puestos, y publicando con algazara su

resolución, pusieron en las doncellas las concupiscentes manos. Como la

timidísima banda de palomas huye del águila, como la corderita huye de

los voraces lobos, así temieron a los varones que tumultuariamente se

precipitaban sobre ellas. Ninguna hubo que no mudase de color: porque

el temor era uno; pero no uno el efecto del temor. Unas se arrancan los

cabellos: otras quedan atónitas: estas callan tristes: aquellas llaman

en vano a su madre. Unas se lamentan: otras yacen estúpidas: aquellas

permanecen: estas escapan. Si alguna se oponía tercamente y rehusaba al

raptor comedido, este con libidinoso ardor la llevaba en sus brazos.

¿Por qué con lágrimas, la decía, estragas tus lindos ojos? Yo seré

para ti lo que tu padre es para tu madre. ¡Oh Rómulo! Tú solo supiste

hacer felices a los soldados. Si a mí me cupiese igual suerte, sería

soldado. De aquí viene que los grandiosos teatros están aún hoy llenos

de asechanzas contra las hermosas.

Ni dejéis de asistir al certamen de los nobles caballos, pues el circo

proporciona oportunidades entre sus inmensos concurrentes. Allí no

se necesita explicar por señas los pensamientos, ni se han de notar

vuestras acciones. Sentaos cerca de la dama, no estorbándolo alguno;

juntad cuanto podáis vuestro lado al suyo: y tocadla mal de su grado,

como que os constriñe la disposición del lugar.

Escogitad entonces motivo de familiar conversación, y desplieguen

vuestros labios las cosas generales. Preguntadla con estudio cuyos son

los caballos que veis en la liza, y haced sin detención votos por

aquel, cualquiera que sea, a quien favoreciere con los suyos. Llegará

el carro en que los ebúrneos simulacros de los dioses son llevados con

pompa; aplaudid con respetuosa mano a Venus, como a señora.

Si en el regazo de la muchacha cayere tal vez polvo, sacudidlo con los

dedos, y sacudidlo también, aun cuando no lo hubiere. Tomad cualquier

pretexto para ser oficioso. Si el manto muy caído le arrastrare por el

suelo, levantadlo, y limpiadle con prontitud la inmundicia. Por premio

de esta urbanidad, se presentarán a vuestra vista y tolerándolo ella,

le veréis sus piernas. Cuidad además de que los que estuvieren detrás

sentados no opriman con opuesta rodilla sus delicadas espaldas.

Las frivolidades atraen a los ánimos livianos: a muchos les fue útil

mullir con maña una almohada para hacer más blando asiento a la

muchacha: les fue útil mover con ligero soplo el abanico[3], y formar

cómodo apoyo para sus pies. Estos medios facilita el circo al amor

naciente, y la triste arena esparcida por el inquieto anfiteatro. El

vendado rapaz combate muchas veces en aquella liza, y los que miran

las heridas de los atletas tienen no menos heridas. Mientras hablan y

se divierten, y apuestan sobre quién será vencedor, suspiran llagados,

sintiendo las volátiles flechas: contribuyen en parte a variar el

espectáculo.

[3] Eran hechos de maderas muy delgadas, y mayores que los de

ahora, como que no servían para adorno, sino para comodidad.

¿Y qué no sucedería si César ordenase representar ahora la batalla

naval en que fue echada a pique la pérfida escuadra de los griegos? A

este espectáculo[4] vinieran de los dos mares jóvenes y muchachas,

y la ciudad parecería un gran mundo. ¿Quién en tal muchedumbre no

hallaría a quien amar? ¡Ah, cuántos fueran aquejados de amor extranjero!

[4] Alude a la batalla naval de Accio bien conocida en la historia.

Ya César va a añadir al orbe sojuzgado el resto de no domadas naciones,

y los extremos de oriente extenderán ahora el imperio. ¡Partos, seréis

castigados! ¡Alegraos, soldados de Craso, que ya seréis sepultados! Y

vosotras, enseñas romanas, ultrajadas por manos bárbaras, tendréis un

vengador que en sus primeros ejercicios probó ser consumado capitán.

Siendo joven manda la guerra como hábil veterano. Perdonad, natalicios,

pues no se cuenta la edad de los dioses. La virtud es prematura en

los Césares. Su genio celestial se levanta más veloz que sus armas, y

lleva con despecho los daños de la cobarde tardanza. Niño era, y con

sus manos despedazó Hércules dos serpientes, mostrándose desde la cuna

digno de Júpiter. ¡Y cuán grande fuiste tú, Baco, siendo aún mancebo,

cuando la vencida India dobló el cuello a tus tirsos! Joven excelso,

pelearás con el valor y auspicios de tu padre, y vencerás con el valor

y auspicios de tu padre. Haz el aprendizaje a la sombra de tan grande

nombre; y así como ahora eres príncipe de la juventud, lo serás algún

día de los ancianos. Tienes hermanos; venga la injuria de tus hermanos.

Tienes padre; defiende los derechos de tu padre. Te ceñirá las armas

tu padre, el padre de la patria, pues el enemigo se apoderó sin su

licencia de las tierras del Imperio. Tú disparas justos dardos, y él

malvadas saetas, y estarán así a favor de sus estandartes el derecho

y la piedad. Son vencidos los partos en la causa, sean vencidos en

las armas. Traiga mi capitán al Lacio las riquezas del reino de la

aurora. Padre Marte, padre César, auxiliadle en su jornada, ya que

uno de vosotros es dios, y el otro llegará a serlo. Vaticino ya:

vencerás, dedicaré votivos himnos, y cantaré tus hazañas con heroica

trompa. Haciendo alto, exhortarás con mis palabras a las huestes. ¡Oh!

¡Correspondan mis razones a tu valor! Diré la fuga de los partos, y el

esfuerzo de los romanos, y los dardos que lanza el enemigo desde sus

vueltos caballos. Parto, que huyes para vencer, ¿que dejas al vencido?

Parto, tus armas tienen ya un funesto presagio. ¿Llegará pues aquel

día en que tú, el más bizarro de los príncipes, entres triunfante en

un dorado carro, tirado por cuatro blancos caballos? Irán delante los

caudillos, atados los cuellos con cadenas, y no podrán, como antes,

salvarse en la fuga.

Presenciarán el triunfo los jóvenes alegremente mezclados con las

muchachas, y aquel día dilatará los ánimos de todos. Entonces, si

alguna os pregunta el nombre de los reyes y plazas, montes y ríos,

cuyos diseños se lleven tremolados, responded a todo, y aun a lo que

no pregunte, refiriendo como bien sabido o que ignoréis. He aquí el

Éufrates con la cabeza coronada de cañas, y aquel río de cerúlea

cabellera es el Tigris. Estos son armenios, aquella Persia. Esta ciudad

está en un valle de los aquemenios. Aquel y aquel son los generales; y

se llamarán por los nombres que les deis. Decid los verdaderos si los

supiereis, y si no, otros a propósito.

También los festines proporcionan entrada a las abastecidas mesas,

donde, además del vino, hallaréis otros placeres. Allí el amor humilla

la altivez de Baco, presentado a los brindis por torneados brazos.

Cuando Cupido empapó en el vino sus alas rezumosas, se hace pesado

y permanece inmóvil. Sacude velozmente sus mojadas plumas, pero no

impide que el amor inunde los corazones. El vino dispone los ánimos a

enardecerse, y a fuerza de beber se disminuyen y desechan los cuidados.

Entonces vienen las risas: entonces hasta el pobre toma orgullo:

entonces huyen las zozobras y pesares, y se rejuvenece la arrugada

frente: entonces la sinceridad, tan rara en nuestro siglo, abre los

senos del alma, porque Baco ahuyenta los artificios. Allí las muchachas

roban el corazón a los jóvenes, porque Venus en los vinos es fuego en

el fuego. La noche y el vino impiden discernir la hermosura; y así no

fieis demasiado de la engañosa luz de las lámparas. Paris miró de día y

a cielo abierto a las diosas, para pronunciar su juicio a favor de la

más bella. Por la noche se ocultan las tachas y se perdonan todos los

defectos; y la oscuridad hace hermosa a cualquiera. Consultad al día

las piedras preciosas y las telas teñidas de púrpura; consultad al día

los talles y semblantes.

¿Para qué os he de nombrar las reuniones mujeriles, acomodadas para

los que conquistan? Exceden a las arenas. ¿Qué diré de Bayas, y de sus

riberas pobladas de albergues? Y ¿qué de los calientes baños de azufre

que estan humeando? Uno, saliendo de aquí con el corazón llagado, dijo:

no son saludables estas aguas, como cuentan. He allí fuera de las

murallas el templo de la selvática Diana, cuyo sacerdocio se disputa

con puntas de ofensivos cuchillos.[5] La diosa, aunque virgen y enemiga

de los dardos de Cupido, ha causado y causará a sus devotos muchas

heridas.

[5] El que vencía sucedía en el sacerdocio, de modo que esta

dignidad se podía llamar conquistada.

Hasta aquí mi musa, en desiguales versos, os ha enseñado donde habéis

de buscar a quien amar, y donde armarle lazos. Ahora me afano a

mostraros lo más importante de mi arte, que es el modo de ganar a la

que os agradó. Escuchadme, hombres, con mente dócil, seguros de que no

hago promesas vanas. Persuadíos firmemente a que todas se pueden coger;

y las cogeréis, dándoos maña. Antes enmudecerán los pájaros en la

primavera, en el estío las cigarras, y los perros huirán la liebre, que

a un joven se resista la mujer suavemente acariciada. Tal que pensaréis

no condescienda, también condescenderá. Bien así como a los hombres,

engolosina a las mujeres la furtiva Venus. Los hombres disimulan mal;

ellas desean más encubiertamente. Por eso es ley conveniente que el

varón se declare antes, y que la hembra ruegue ya vencida. La novilla

brama al toro en los herbosos prados; la yegua relincha al cornípedo

caballo.

No es más punzante en nosotros, ni tan furiosa la lujuria: el ardor

viril tiene término natural. Aficionose de su hermano con amor

prohibido la ninfa Biblis, y con un dogal castigó en sí lo ilícito

valerosamente. Mirra concibió por su padre indebida ternura, y se

escondió debajo de la corteza de un árbol oloroso, donde está ahora

llorando. Nos ungimos con sus lágrimas, y conservan el nombre de su

dueño.

Había en los valles umbríos del frondoso Ida un albo toro, ornamento

de su rebaño, señalado con un poco de negro en medio de los cuernos;

tenía esta única mancha, lo demás era como la leche. Las novillas

de Cnoso y de Cidón apetecieron sostenerle en su lomo. Pasífae

lisonjeada de que llegaría a ser su amante adúltera, odiaba celosa a

las garridas terneras. Lo que digo es notorio, y no lo puede negar

Creta la mentirosa con sus ciento ciudades. Esta misma segaba, con

desacostumbrada mano, tiernas hojas y fresca yerba para el toro. Iba

compañera entre el rebaño, sin que detuviese su ida el cuidado del

esposo; y el toro era preferido a Minos. ¿De qué te sirve, Pasífae,

vestir ropas preciosas, si tu galán es insensible a esas riquezas?

¿Qué necesitas espejo tú que corres tras del rebaño por ásperas

montañas? ¿Para qué, necia, rizas tanto el cabello? Cree al espejo

que te desmiente de que eres becerra: ¡oh, cuanto quisieras que te

naciesen cuernos en la frente! Si amas a Minos, no busques barragán;

o si quieres ofenderle, oféndele con hombre. Por bosques y jarales,

dejando el ostentoso palacio, vaga la reina como bacante inspirada por

el dios de Aonia. ¡Ah! Cuántas veces miró con mal gesto a una novilla,

diciendo: ¿Por qué esta agrada a mi querido? Ved como trisca delante de

él en las praderas, y no dudo que neciamente se imagine que le agrada

con saltar así. Decía, y mandaba, al punto quitarla de la vacada, y

ponerla sin razón a tirar del duro arado; o la hacía caer ante las

aras, víctima del maquinado sacrificio, teniendo alegre ella misma

las entrañas de su competidora. Y siempre que aplacaba a los númenes

con rivales degolladas, teniendo sus entrañas: andad ahora, decía, a

agradar a mi dueño. Ya pretendía la suerte de la ninfa Europa, ya la

suerte de Ío: esta porque fue vaca; la otra porque cabalgó en un toro.

Pasífae sació por fin su pasión con la guía del rebaño, metiéndose

dentro de una vaca de madera; y el parto descubrió a su autor[6].

[6] De este trato bestial nació el Minotauro, que encerró Dédalo en

el laberinto de Creta.

Si Aérope no hubiera sucumbido al adulterio de Tiestes, no hubiera

Febo retrocedido en medio de su carrera, ni con vueltos caballos

conducido hacia la aurora su carro. La hija de Niso, robado a su padre

el cabello de que pendía su vida, para entregarlo al enemigo que ella

amaba, fue cambiada en monstruo marino, que entre sus muslos apretaba

a unos perros rabiosos. Fue inhumanamente asesinado por su consorte el

atrida Agamenón, el que en la tierra había escapado a Marte, y en el

mar a Neptuno. ¿Quién no virtió lágrimas sobre la hoguera de Creúsa, y

sobre la madre ensangrentada con la muerte de sus hijos? Lamentó Fénix

con secos gemidos el vilipendio de su padre. Los espantados caballos

despedazaron a Hipólito. Fineo, ¿por qué arrancas los ojos a tus

inculpables hijos? Sobre tu cabeza recaerá este castigo.

Tantas desventuras se causaron por lascivia femenil. Es más acre que

la nuestra, y tiene más vehemencia. Ea pues, no dudéis de lograr todas

las muchachas: apenas habrá entre mil una que resista a vuestras

solicitudes. Las que otorgan y las que niegan se gozan de ser rogadas.

Para que os engañéis, al principio os darán repulsa; pero ¿por qué

engañaros, siéndoles sabrosa la novedad en los deleites, y arrastrando

más su corazón los vedados? Más colmada parece siempre la mies en el

campo ajeno: más abundante en leche el rebaño vecino.

Pero ante todo procurad conocer a la sierva del objeto anhelado, para

que os facilite su trato. Ved que interviene en los consejos de su ama,

y que es sabedora no poco confidencial de sus secretas diversiones.

Sobornadla con ruegos y con promesas, porque si ella quiere obtendréis

fácilmente lo que deseáis. Elija ella el tiempo (también los médicos

guardan tiempos) en que la voluntad de su señora se manifieste fácil, y

dispuesta a ser ganada. Estará dispuesta la voluntad cuando alegrísima

sobre manera lozaneare, como el sembrado en tierra fértil. Así como la

tristeza comprime los corazones, la alegría los ensancha: entonces se

abren por sí mismos, y Venus entra no difícilmente. Cuando Troya estaba

triste, se defendió peleando; entregada al regocijo recibió el caballo

preñado de soldados.

Hase también de propiciar cuando se doliere injuriada por combleza

del marido: entonces redoblad vuestras artes, para que no quede sin

venganza. Despierte su atención la sierva al peinar por la mañana sus

cabellos, añadiendo a la vela la fuerza del remo. Y suspirando diga

entre sí con leve murmullo: a mi parecer nunca podrás pagarle en la

misma moneda.[7] Hable entonces de vosotros en términos persuasivos,

jurando que morís locamente por sus amores. Pero aprovechad la

coyuntura, no sea que se abatan las velas, y amaine el viento.

Desaparece brevemente la ira, como la frágil escarcha.

[7] Se entiende del marido amancebado.

¿Me preguntaréis acaso si convendría corromper a la misma tercera? Se

necesita en esto grande fortuna. Muchas con el concúbito se hacen más

activas, y otras más negligentes. Las unas os prepararían el don de

su señora; las otras labrarían sus placeres. El acierto es eventual: y

aunque esto salga bien a los atrevidos, mi consejo es abstenerse.

No os conduciré yo por eminencias y precipicios, ni ningún joven será

chasqueado, siendo yo su director. Si la confidente, al recibir y dar

los billetes, os place tanto por su figura, como por su puntualidad,

haced por gozar primero a la señora, y sígala ella en la suerte. No

habéis de empezar la Venus por la sirviente. Lo único que aconsejo (si

se da crédito al arte, y no tenéis mis dichos por palabras vagas) es: o

no intentar, o perfeccionar la obra. Se quita el descubridor, entrando

ella una vez a la parte en el delito. En vano se esfuerza a volar el

pájaro cogido en la liga: no escapa fácilmente el jabalí asido en las

redes; ni el pez huye herido y preso en el anzuelo. Asaltad la plaza,

y no os apartéis sino vencedores. Entonces no os estorbará, ligada

con la culpa de entrambos, y sabréis cuanto haga y diga su señora.

Pero sed muy callados, porque si no la descubrís, sabréis siempre las

interioridades de vuestra amiga.

Yerra el que opina que solo deben observar el tiempo los navegantes y

los operosos cultivadores. No siempre se ha de confiar la siembra de

la falaz apariencia de los campos, ni embarcarse siempre que el mar

parece en calma; ni es siempre seguro conseguir las buenas muchachas.

Hay tiempos más acomodados a tales conquistas. Si se acercare su

cumpleaños; o las calendas de marzo consagradas a Venus; o si el circo

estuviere no adornado con mezquinas estatuas, como antes estuvo,

sino enriquecido con despojos de reyes[8]; diferid el negocio, pues

entonces se apresura el triste invierno, y las Pléyades: entonces las

cabrillas se sumergen en las marinas aguas. Entonces es bien desistir:

entonces, el que se confía a las olas esta cierto del naufragio.

[8] No es oportuno, dice, darse a galanterías cuando se representan

tragedias, porque sus efectos terror y compasión desvían el corazón

mujeril de corresponder a ellas. ¡Qué cultura!

Comenzaréis acertadamente por el tiempo de la batalla que enrojeció con

latina sangre al lloroso Alia: o en los días saturnales, destinados

a la holganza, y en las fiestas séptimas celebradas por el palestino

Siro. Temed sobre todo el natalicio de la amiga; porque el día en

que se ha de regalar es un día aciago. Por mucho que la evitéis,

ella os lo sacará, pues la mujer sabe el arte de chupar el dinero al

amante deseoso. Vendrá un desaliñado mercader a casa de la antojadiza

compradora, y en vuestra presencia mostrará sus mercaderías. Las cuales

ella, como que le parecéis conocedores, os rogará que veáis. Después

os besará, y en seguida os pedirá se las compréis. Os dirá que las

necesita ahora, y que ahora se le han de comprar; jurando quedar con

esto contenta para muchos años. Si os excusáis con que no tenéis dinero

en casa, os pedirá una obligación; y no os evadiréis, con toda vuestra

ciencia.

¿Pues, qué, no pedirá dádivas para las libaciones en el día de sus

años, renovando su nacimiento cuantas veces lo necesite? ¿Y qué,

no llorará otro día desconsolada por fingidas pérdidas, como la de

habérsele caído una piedra del pendiente? También piden prestadas

muchas cosas, y no las vuelven. Las perdéis, y este daño queda sin

agradecimiento. En suma, no me bastarían diez bocas y otras tantas

lenguas para proseguir las sacrílegas socaliñas de una mujer venal.

Tantead el vado con un billete, que vaya como primer mensajero de

vuestro pensamiento. Llenadle de requiebros, imitando las palabras de

los amantes, y acompañándolas con eficaces súplicas. Movido Aquiles

con la plegaria de Príamo, le donó el cuerpo de Héctor; y los dioses

airados se inclinan a la voz rogadora. Prometed, porque ¿qué daña

el prometer? Cualquiera puede ser liberal en promesas. La esperanza

alimenta por largo tiempo una vez consentida. La esperanza es engañosa:

pero es una divinidad a propósito.[9]

[9] Una divinidad que juega mucho en los negocios del mundo.

Una mujer os dejará con razón cuando la hayáis dado algo, y pagada de

lo pasado nada se exponga a perder. Pero no dando, aparentad siempre

que daréis. Así engaña un campo estéril muchas veces a su dueño: así un

jugador que pierde, sigue perdiendo cebado en la avaricia de afortunada

suerte. Esta es la obra, esta la habilidad, adquirir sin interés los

primeros favores; porque la que gratuitamente complació, continuará

complaciendo. Enviadla pues billetes llenos de ternura para reconocer

antes el camino, y explorar la voluntad. Cidipe fue seducida por una

carta, atada a una manzana, cuyas expresiones encendieron a la incauta

en su pasión.

Amonesto a la juventud romana que aprenda a ser elocuente no solamente

para defender a los medrosos reos. Aplaudirá a la elocuencia tanto la

amorosa muchacha, como el pueblo, los jueces graves y el circunspecto

senado. Disimulad sin embargo el arte, y no os jactéis de elocuentes.

Desterrad de las cartas las palabras afectadas. ¿Quién sino un falto

de talento hablará a su tierna amiga como declamador? A veces son las

cartas estudiadas causa de aborrecimiento. Escribid en estilo creíble,

y en términos acostumbrados; suaves empero para que parezca que habláis

estando presentes. Si no recibe el billete, y lo devuelve sin leerlo,

no desesperéis de que lo leerá, y perseverad en el propósito. Con el

tiempo vienen al yugo los indómitos toros: con el tiempo se enseñan al

duro freno los caballos. Con el continuo uso se gasta una argolla de

yerro; y la reja del corvo arado se consume con la continua labranza.

¿Qué hay más duro que el peñasco? ¿Qué más blando que el agua? Y sin

embargo el agua blanda cava en el duro peñasco. Insistid; con el tiempo

a la misma Penélope venceréis. Tarde se vio tomada Troya; pero se vio

tomada.

Si lee, y no quiere responder, no la apremiéis. Proseguid en escribirla

vuestras ansias: que si una vez gusta de leerlas, gustará de responder

a su lectura. Estas cosas vendrán por su orden gradual. Acaso la

primera respuesta será desengañada, y os rogará que no la requiráis de

amores; pero temerá cumpláis lo que ruega, y deseará que apresuréis lo

que no ruega. Seguid, y arribaréis luego a vuestro intento.

Entretanto si la encontráis llevada muellemente en la litera, acercaos

con disimulo, y para que alguno no aplique curioso el oído a vuestra

plática, ocultadla con la astucia de explicaros por palabras ambiguas.

Si se espaciare a pie en el pórtico, paseaos también, y permaneced allí

tanto como ella; ya yendo detrás, ya delante, ya de prisa, ya despacio

sin avergonzarse de pasar por medio de las columnas[10], o de ir a su

lado.

[10] Era costumbre no pasearse por entre las columnas de los

pórticos o atrios.

Ni la dejéis sola en las diversiones teatrales: allí con su compostura

os embebecerá la atención. Miradla y remiradla, y haced como que la

admiráis; habladla muchas cosas con los ojos, y muchas por señas

Aplaudid a la mima que baile con destreza, y a cualquiera que

represente papel de enamorado. Levantaos cuando ella se levante, estad

sentado mientras lo estuviere: gastad el rato al arbitrio de la señora.

Empero no acostumbréis a ensortijar con hierro los cabellos, ni a

pulir las piernas con la áspera pómez. Dejad esta afeminación a los

sacerdotes que con frigios tonos cantan aullando a la madre Cibeles. A

los hombres les conviene compostura descuidada. Teseo prendó a Ariadna

sin arrebolarse ni rociarse con esencias. Fedra amó a Hipólito, que

no usaba de muchos atavíos; y era cuidado de Venus, Adonis en traje

inculto. Cuidad del aseo, aunque la cara esté fusca con los ejercicios

del Campo Marcio. Llevad bien hecha y sin manchas la toga. No tengáis

asquerosa la lengua, los dientes llenos de sarro, ni naden los pies en

amplio calzado. No llevéis la cabeza deformemente trasquilada; traed

el cabello y la barba cortada por mano hábil. No tengáis largas ni con

suciedad las uñas, ni sobresalga pelo alguno en las ventanas de la

nariz. Evitad que os huela mal el aliento, y el cuerpo a sobaquina.

Todo lo demás es de mujeres lascivas, o de aquel varón que se complace

en torpes amores.

He aquí a Baco que llama a su poeta, y como protector de amadores

favorece la llama con que él mismo se abrasa. Ariadna erraba demente

por la desierta playa de Cnoso en aquella parte por donde bañan a la

pequeña Día las marinas ondas. Como estaba en el sueño,[11] velada

con desceñida túnica, los pies desnudos, y destrenzados los rubios

cabellos, demandaba con gritos a las sordas olas el cruel Teseo,

vertiendo un río de desmerecidas lágrimas, que regaban sus rosadas

mejillas. Clamaba y lloraba juntamente, y en sus voces y llanto

parecía más hermosa. Golpeándose otra vez el primoroso pecho, ¡el

pérfido se ha ido!, dijo, ¡qué será de mí, qué será de mí! Y toda la

ribera resonó con el ruido de los címbalos y atabales pavorosamente

tañidos. La conmoción la derribó en tierra, interrumpiendo sus últimas

palabras: quedó sin movimiento como amortecida. Al punto vinieron las

bacantes, tendida la melena por las espaldas: al punto los ligeros

sátiros, cortejo precursor del dios: al punto el viejo beodo Sileno,

que teniéndose apenas a caballo del asno, se asía mañoso de las crines.

Entretanto que seguía a las bacantes, y que las bacantes ya le huían,

ya le buscaban, picó al cuadrúpedo con los talones, y como mal jinete

dio de cabeza, caído del orejudo asno. Los sátiros le gritaron: Sus,

arriba, arriba, padre. Ya el dios desde el carro tejido de uvosos

pámpanos detiene con las riendas de oro los uncidos tigres. Quedó

Ariadna sin color, sin habla y sin llamar a Teseo. Tres veces intentó

huir, y tres veces embargada por el miedo tembló como las vacías

espigas sacudidas por el viento; como la caña leve se bambolea en

la cenagosa laguna. Depón el miedo, le dijo el dios, en mí tienes

un compañero más fiel que Teseo. Oh Ariadna, de Baco serás la dulce

esposa. Por dote te doy el cielo: del cielo astro radioso,[12] servirás

de guía a la incierta nave. Dijo; y a fin de que ella no se espantase

de los tigres, saltó del carro, la arena cedió bajo sus pies. La llevó

abrazada contra su pecho, porque a la verdad no tenía fuerza para

resistirse; bien que es fácil a los dioses poderlo todo. Parte de la

comitiva cantó Himeneo, y parte clamó: ¡Evoé, evoé! Así fueron juntos al

tálamo nupcial la novia y el dios.

[11] Esto es, como había despertado, porque Teseo la dejó durmiendo.

[12] Conocido con el nombre de corona de Ariadna.

Así que, cuando en los convites brindaréis los báquicos dones, sentados

mano a mano con alguna mujer, deprecad al padre Nictelio[13], y

las nocturnas deidades no permitan que los vinos perturben vuestro

cerebro. Allí tendréis libertad de decir con palabras encubiertas mil

cosas amorosas, que ella se tomará por sí. Escribid en la mesa breves

galanterías con las gotas de vino derramadas, para darle a conocer

que es vuestro dueño. Mirad sus ojos con ojos intérpretes de vuestra

pasión. Un semblante taciturno habla a veces más que la lengua. Haced

por tomar el primero el vaso en que haya bebido, y bebed por donde sus

labios le hayan tocado. Y cualquiera cosa de comer que haya partido con

los dedos, pedídsela y al dárosla tocadle la mano.

[13] Sobrenombre de Baco.

Trabajad también en adular al marido, pues hecho amigo os será muy

útil. Si bebéis por suerte, dejadle la suerte primera, y dadle la

corona quitada de vuestra cabeza. Si es de clase inferior o igual,

dejadle tomar de todo antes; deferid a él, y no le contradigáis. Aunque

la tengan por algo culpada, es vía frecuente y segura engañar al marido

so color de amistad.

Excédase enhorabuena el encargado de probar el vino y

administrarlo[14]; pero yo os prescribiré la medida cierta con que

habéis de beber, y es mientras tengáis firmes el juicio y los pies.

Evitad sobre todo las rencillas dimanadas del vino, y harto capaces de

parar en golpes. Mató a Euritión la brutalidad en embriagarse: la mesa

y el vino son más propios para agradable pasatiempo.

[14] Habla de los criados y mayordomos de los Lúculos de aquel

tiempo.

Si tenéis buena voz, cantad; y si cuerpo ágil, bailad. Agradad por

cualquiera habilidad con que podáis agradar. Como la embriaguez

verdadera ofende, así fingida divierte. Fingid pues que vuestra lengua

tartamudea, para que se atribuya al demasiado vino cuanto hagáis o

digáis con menos decencia. Decid saludes a la querida, y saludes al

que duerme con ella; pero a este imprecadle con interior siniestro.

Cuando acabado el convite se levante de la mesa (la misma concurrencia

os facilitará el acceso) arrimándoos despacio interpolados entre los

demás; pellizcadla, y dadla una pisadita.

Se aproxima el coloquio. Desechad la nimia cobardía, lejos el

encogimiento, pues Venus y Fortuna ayudan al atrevido. No os dictaré

yo lecciones para ser elocuentes. Con solo empezar os vendrá

espontáneamente la facundia. Haced el enamorado, imitando con las

palabras la enfermedad amorosa, y procurando con arte que os den fe. Y

no habrá trabajo en que os crean, porque ninguna hay que no presuma de

ser amable: por muy feas que sean, todas se juzgan con atractivos para

agradar. Empero muchas veces se empieza a amar por chanza, y muchas

veces llega a ser de veras lo que al principio se finge. Sí, mujeres,

cuanto más complacientes seáis para estos remedadores, tanto más

sincero se hará el amor que poco ha era falso.

Tratemos de sorprender el corazón con imperceptibles cariños, como las

aguas puras socavan la pendiente orilla. No tengáis empacho de alabar

su cara y sus cabellos, sus torneadas manos, y sus enanos pies. Los

elogios de la hermosura lisonjean también a las castas; y el parecer

hermosas es cuidado agradable de las doncellas. ¿Por qué no se corren

ahora Juno y Palas de haber puesto en juicio su belleza en medio de

las selvas frigias? El pavón de Juno ostenta, cuando le alaban, el

tornasolado brillo de sus plumas; y si le miran con indiferencia,

esconde la riqueza de su adorno. Los caballos entre las contiendas

de la rápida carrera se envanecen con el aplauso de su cuello y bien

peinadas crines.

No andéis escasos en prometer: las promesas cautivan a las mujeres.

Poned a cualesquiera dioses por testigos de lo prometido. Júpiter

desde las alturas ríe de los perjurios de los amantes, y manda a los

vientos de Eolo que lleven los que son nulos. Júpiter solía jurar

en vano a Juno por el lago Estigio, y él mismo nos alienta con su

ejemplo. Importa que haya dioses; y pues importa, creamos que los hay.

Ofrezcámosles incienso y vino en las antiguas aras, porque no yazcan en

el ocio, ni sumidos en el letargo. Vivid con probidad, pues la deidad

os observa. Restituid los depósitos: sed religiosos en cumplir los

pactos: huya el fraude: no seáis homicidas. Burlad impunemente, si

sabéis, solo a las mujeres. Esta es la única fe a que es vergonzoso no

corresponder con dolo. Engañad a las engañadoras: son raza pérfida por

la mayor parte; caigan pues en los lazos que tendieron.

Cuéntase que el Egipto careció de las lluvias que fertilizan los

campos, padeciendo en sequedad nueve años. Trasio se acercó al rey

Busiris, y le mostró que Júpiter se aplacaría, derramando en sacrificio

la sangre de un extranjero. Tú serás, respondió Busiris, primera

víctima inmolada a Júpiter; y como extranjero atraerás la lluvia al

Egipto. Y Falaris tostó en el toro los miembros del inhumano Perilo,

estrenando el autor para su daño la obra. Justos fueron los dos

tiranos, porque no hay más equitativa ley, que la de que perezca con

su misma arte el inventor del suplicio. Así que, engañando con razón

los perjurios a las perjuras, sufrirá la mujer las falsías de que da

ejemplo.

Las lágrimas son provechosas: con lágrimas ablandaréis a los diamantes.

Haced, si podéis, que vea las mejillas humedecidas con el llanto. Si no

podéis llorar (porque no siempre vienen a deseo las lágrimas) estregad

los ojos con la mano mojada. A vuestras cariñosas expresiones, añadid

dulces besos. Aunque ella no los dé tomadlos sin licencia. Acaso lo

repugnará al principio, y os llamará insolente; pero no obstante querrá

que la venzáis en esta repugnancia. Precaved solamente que al robar los

besos no lastiméis sus encarnados labios, no sea que se queje de que

son brutales vuestros besos.

El que tomó besos, y no toma lo demás, será digno de perder también los

que se le han dado. Después de los besos ¿Cuánto falta para completar

el deseo? El dejarlo no es ya pudor, sino necedad. Lo llamarán

violencia, pero es grata esta violencia a las mujeres, las cuales por

lo regular quieren dar por fuerza lo que las deleita. Cualquiera de

ellas a quien se roba por sorpresa un gusto de amor, se regocija, y

tiene esta malicia por agasajo. Pero la que pudiendo ser obligada,

se va sin que la toquen, aunque afecte satisfacción en el semblante,

quedará descontenta. Febe fue violada; y a su hermana se le hizo

fuerza; y con todo eso una y otra se agradaron de sus forzadores.

Aunque bien conocida, no se ha de omitir la historia de la hija del rey

de Esciros, de quien triunfó Aquiles. La diosa ciprida había dado ya a

Paris su recompensa por haber preferido su belleza a la de dos diosas,

en el monte Ida. Ya la nuera de Príamo, venida de otras tierras era en

los troyanos muros esposa de Paris. Los griegos aliados juraban vengar

al ofendido marido, y la afrenta de uno solo era la afrenta de todos.

Aquiles estaba disfrazado con ropas largas de mujer: traje vergonzoso,

si no lo vistiera por acceder a los ruegos de su madre. ¿Qué haces,

nieto de Eaco? No es tu oficio el de hilar lana. Busca timbres en la

ocupación de Palas. ¿Qué, a ti los canastillos? Más bien estará en tu

mano el escudo. ¿Por qué tienes el huso en la diestra que derribará a

Héctor? Arroja las mazorcas del torcido estambre; blandirás tu lanza

con esa fuerte mano. Casualmente había en la misma mansión una doncella

de estirpe regia, que con deshonor suyo, conoció que aquel era varón.

Fue vencida por violencia, y así debemos creerlo; pero también que ella

se dejó vencer. Cuando Aquiles se apresuraba a marchar y había tomado

ya las bélicas armas: Detente, le decía reiteradamente. ¿Dónde está

ahora la fuerza? ¿Por qué detienes, Deidamía, con cariñosas palabras al

autor de tu deshonra?

Hay cosas de las que una mujer no puede sin rubor hablar la primera,

pero que admite gustosa cuando se las proponen. ¡Ah! ¡demasiado presume

un joven de su hermosura, si aguarda que la mujer pida favores! A

los hombres toca empezar: a los hombres toca recuestar con palabras

suplicantes; y a ellas aceptar benignamente los dulces ruegos. Si

queréis gozar, rogad, pues ellas desean solamente ser rogadas.

Manifestadles pues lo que apetecéis. No desdeñaba el mismo Júpiter de

dirigir súplicas a las antiguas heroínas, y ninguna repelió al gran

Júpiter. No obstante si veis que a las súplicas opone orgullosa dureza,

dejad lo comenzado, y volved atrás. Muchas se apasionan de quien

las huye, y desaman a quien las busca. Solicitando con más tibieza,

apartaréis el fastidio. No siempre se alcanzan goces de Venus por el

declaradamente enamorado; a veces entra el amor cubierto con velo de

amistad. Por este medio he visto enamorarse a mujeres insociables, y al

que había ido amigo trasformado en amante.

Sienta mal al marinero la tez blanca, pues los vientos marítimos y

los rayos del sol deben ennegrecerle. También sienta mal al labrador,

porque siempre a la inclemencia, revuelve la tierra con la azada y

corva reja. Y los que aspiran a arrebatar la palma en los juegos

olímpicos serían vituperables en tener blancos los cuerpos. Todo amante

esté descolorido, pues la palidez es color propio de acongojados

amantes: este les viene bien, aunque imaginen que no importa el

semblante. Pálido erraba Orión por los bosques en pos de la esquiva

Side: pálido estaba Dafnis por la insensible náyade. La palidez sea

índice del corazón, y no parezca despropósito tapar con gorro la

atusada cabellera[15]. Enflaquecerán a los juveniles cuerpos las largas

vigilias, la cavilación, y las ansias que siguen a un amor intenso.

Para condoler a la querida andad miserables, de modo que cuantos os

vean puedan llamaros amantes.

[15] Entre los romanos llevar gorro era señal de enfermedad. Habla

pues aquí Ovidio de las dolencias amorosas.

Sin lamentarme de ver confundidos el vicio y la virtud, de ver que

amistad y fe no son sino palabras vacías de sentido; no puedo menos

de decíroslo: no hay seguridad en alabar al compañero la persona que

amáis. Creyendo las alabanzas, pensará en desbancaros. Es cierto que

Patroclo no corrompió la amante de su caro Aquiles, y Fedra fue casta

con Pirítoo. Pílades amaba a Hermione como Apolo a Palas, y como a

Elena su hermano gemelo Cástor. Pero si alguno espera otro tanto,

espere coger manzanas del tamariz, y pida miel a los ríos.

Es natural la inclinación al mal: cada uno procura sus gustos, y estos

son más aceptables, si vienen a costa de los demás. ¡Oh corrupción!

No es temible para un amante el enemigo, y para estar seguro debe

desconfiar de sus fieles amigos. Guardaos del pariente, y del hermano,

y del caro compañero: todos estos os darán verdaderos motivos de

recelar.

Para concluir digo que, habiendo mil genios entre las mujeres, con

mil medios se ha de propiciar su corazón. No produce todos los frutos

una misma tierra: esta es buena para viñas, aquella para olivas y la

otra para trigo. Hay tantas inclinaciones diversas como personas en

el mundo. El prudente se acomodará a todos los caracteres. Imitará a

Proteo, que ora se mudaba en la corriente de un río, ora en león, ora

en árbol, ora en cerdoso jabalí. Entre los peces unos se cogen con

fisga, otros en redes, otros en hueca nasa.

Ni son buenos unos mismos medios para todas las edades. Una cierva

vieja ve los lazos a mayor distancia. Si parecéis astuto a la

inexperta, y descarado a la modesta, al punto apocadas desconfiarán de

vosotros. De aquí es que las que no se atreven a entregarse a un hombre

distinguido, se abandonan a los viles abrazos de un tuno.

He desempeñado la primera parte de la empezada obra. Echemos aquí las

anclas para detener la nave.

El arte de amar · 第 3 / 5 题