Desgraciadamente los acontecimientos iban con mucha calma. La
revolución, como las carretas de aquellos tiempos, como la
administración española, como toda la vida de antaño, iba despacio.
Parecía una cosa oficial. No había en aquel movimiento progreso
instantáneo, el correr tempestuoso que indican la ira nacional.
Yo me acordaba de cómo se alzaban los pueblos en la guerra de la
Independencia, y al ver aquella pereza, aquella lentitud somnolienta
de 1820, se me abrasaba la sangre de impaciencia. «Si viene, que venga
de una vez», decía yo. Más que revolución, aquello parecía una fiesta,
una cabalgata suspendida por la lluvia, una procesión atascada en los
baches del camino. No había en ella el incendio popular, sino una
especie de lento deshielo, inseguro, dificultoso.
Durante bastantes días no vino noticia alguna de ventajas obtenidas
por los insurrectos. Se supo con precisión la verdad de lo ocurrido al
principio; pero escaseaba lo nuevo. Eran hechos incontrovertibles la
sublevación del batallón de Asturias al grito de su segundo comandante,
don Rafael del Riego; de los de España y la Corona, mandados por
Quiroga, y la marcha de ambos jefes insurrectos hacia Cádiz. También
era cierta la sorpresa y prisión del general en jefe con tres generales
más. Hasta aquí no había ocurrido ningún contratiempo; pero cuando
los insurrectos, tomando el puente Suazo, trataron de penetrar en la
Isla, tuvieron la mala suerte de tropezar con un don Luis Fernández
de Córdova, que acompañado de algunos urbanos supo detenerles.
Igualmente era cierto que si los insurrectos no habían podido vencer
la obstinación de Córdova, tampoco fueron desbaratados por don Manuel
Freire, que fue contra ellos.
Estaban, pues, en situación que no podía llamarse ni próspera ni
adversa. Si cualquiera de ellos hubiera tenido una chispa de genio
militar en su entendimiento, fácilmente habrían adquirido ventaja,
porque las tropas del gobierno andaban azoradas, como buscando un
pretexto decoroso para insurreccionarse también; pero ni Quiroga, ni
Riego, ni Arco Agüero, ni O’Daly, valían todos juntos para componer
un mediano estratégico. Faltos de resolución, de verdadero instinto
revolucionario y de iniciativa, los rebeldes decidieron... esperar. Una
sublevación que espera una sandez. Es como un rayo que tomara aliento
en mitad de su veloz camino.
Dentro de Cádiz, un tal Rotalde quiso sublevar la guarnición; pero
Córdova ahogó también el pronunciamiento.
En Madrid nos moríamos de angustia. Era tristísimo, en verdad, que
los que nos habíamos embarcado en la revolución, aceptando sus hechos
y renegando _in pectore_ de sus principios, viésemos frustrados
nuestros honrados planes. ¡Sensible desgracia! Nosotros no éramos
Robespierres ni Marats; nosotros no queríamos cortarle la cabeza a
nadie, ni aun al marqués de M***: queríamos sencillamente adaptar la
revolución a nuestra voluntad, aprovecharnos de ella, encauzarla en el
lecho de nuestras ideas, haciendo de la hidra espantosa una flexible
y condescendiente cortesana, que tuviese sonrisas para todo el mundo
y no metiese miedo a nadie. ¡Y por torpeza de aquellos desdichados
militares, el plan admirable fracasaría, y nos veíamos expuestos, ¡oh
funestos hados!, a quedar en la más crítica situación del mundo: mal
con los liberales, mal con los absolutistas! ¡Esto no se podía sufrir!
¡Esto era el colmo de la injusticia y de la desgracia! Pensándolo,
yo me volvía loco; invocaba el auxilio de mi ángel de la guarda, sin
apartar la mente de Dios y de su Santa Madre, para que llevasen a
seguro puerto el desmantelado bajel de la sedición.
Pero, ¡ay!, Dios y su santa Madre no me hacían caso. Sin duda protegían
al rey, como depositario en la tierra de la autoridad divina. ¡Horrible
situación! ¡Contratiempo funestísimo! La revolución, aquella obra
tan cariñosamente preparada por los conspiradores viejos y por los
catecúmenos, que eran (testigo yo) los más diligentes; aquella semilla
tan esmeradamente puesta en la tierra, y a la cual dieron riego
abundante los liberales y abono fecundo los absolutistas convertidos,
se malograba de día en día, se perdía, se secaba... ¡Oh desesperación!
¡Y el país consentía tal cosa! ¡Y el país, contemplando las marchas
y contramarchas de aquellos soldados, no profería un grito, ni se
levantaba en masa, ni hacía disparates, ni echaba el reino por la
ventana, sino que, indiferente, frío y mano sobre mano, esperaba que se
lo dieran todo hecho!... ¡Qué país, señores; pero qué país!
Pasaba todo enero sin que tal situación variase. Cundía el desaliento
entre los revolucionarios, y los absolutistas, reponiéndose de su
susto, sonreían con vanagloriosa sonrisa del triunfo y la venganza.
Véase, pues, lo que los hombres de orden y de ideas templadas sacaban
de meterse en aventuras con liberales. ¡Cuando más...! Era una
ignominia que aquellos holgazanes dejados de la mano de Dios nos
hubiesen comprometido de tal manera, exponiéndonos a ser ahorcados
juntamente con ellos... ¡Ya, como si todos fuéramos unos; como si un
gobierno pudiera medir por el mismo rasero a jacobinos desarrapados
y a hombres rectos y prudentes, que solo por el amor al orden habían
auxiliado a la revolución!
Yo renegaba de los masones, y del liberalismo, y de la Carta, y de
la Constitución del 12, y de los derechos del pueblo, y de toda la
monserga con que en las reuniones me volvieron loco, haciéndome
cómplice de tales extravagancias... Yo estaba furioso; maldecía los
clubs y a quien los inventó; maldecía también a Ugarte, que me había
catequizado, y a Monsalud, que fue mi bautista; y me arrancaba los
cabellos pensando en el instante de mi primera entrada en aquellos
oscuros antros de necedad y jacobinismo.
La revolución fracasaba sin remedio: al nacer sucumbía como un engendro
enteco y miserable a quien hace daño el primer aire que respira fuera
del claustro materno... Llegó febrero. En febrero, como en enero, la
revolución moría... era forzoso tomar precauciones contra el chubasco,
abrir apresuradamente el paraguas de la más exquisita prudencia.
¿Necesito decirlo palabra por palabra?... Pues era preciso volver al
redil, echar tierra a lo pasado, y conducirse como si nada hubiera
sucedido; hacer pedazos la nueva casaca, cuidando de esconder estos
donde nadie los viese, y meter el cuerpo en la antigua...
¡Ay! mi pobrecito corazón afligido necesitaba desahogarse con alguien:
era un vaso lleno, próximo al desbordamiento. Mi alma, agobiada por
la pesadumbre, necesitaba otra alma amiga con quien comunicarse; otra
alma que recogiera parte del enorme fardo que sobre la mía gravitaba.
Me hacía falta un amigo generoso, un hermano, un padre. Tomando una
resolución súbita, alcé la calenturienta cabeza que durante largo
rato había tenido apoyada en las palmas de las manos; cogí capa y
sombrero, y me fui a ver al marqués de M***, a mi generoso amigo don
Buenaventura. La turbación del criminal llenaba mi alma; pero un
arrepentimiento sincero me fortalecía.
Contra mi creencia, recibiome con agrado. Estaba contentísimo, y su
semblante era todo felicitaciones. La alegría daba como una luz
singular a su arrebolado rostro, y aquel sol de Gracia y Justicia
parecía puesto en el cénit de la Administración para repartir calor y
vida a todos los confines de la vida burocrática. Su sonrisa pregonaba
el fracaso de la insurrección. Llevábase el tabaco a la nariz,
aspirándolo con la voluptuosidad a que el alma se entrega cuando no
tiene nada que temer, cuando todo es rosas, paz y claridad en torno
suyo.
—¿Ya estás aquí, perillán? —me dijo, señalándome una silla—. ¿Qué te
parece el famoso pronunciamiento de las Cabezas? ¿Hemos triunfado o
no? Ya estarás convencido de que España no quiere trifulcas, sino paz.
¡Ay!, este gran pueblo celtíbero, romano, gótico, musulmán, es muy
sensato... Ama el sueño y aborrece a todos los que meten ruido... Ya
ves cómo la revolución se ha enredado en sus propios lazos. Ni siquiera
ha esperado a que la aplastáramos; se ha muerto ella sola, dañada por
la podredumbre que al nacer trajo en sus entrañas. Aquí están tan bien
dispuestas las cosas y tan bien equiponderadas las fuerzas sociales,
que cuando estalla un pronunciamiento, el gobierno no tiene que hacer
más que cruzarse de brazos y dejar a los revolucionarios entregados a
su tontería y frivolidad, que es su muerte y nuestra venganza.
Yo dudaba si hacer mi reconciliación con arte hipócrita o entregarme
sin condiciones, como el hijo pródigo que vuelve al hogar paterno.
Después de pensarlo, me decidí por lo primero, y hablé de este modo:
—A mí no me coge de nuevo el fracaso de la revolución; a todo el
mundo lo dije. Cuando le vi a usted muerto de miedo, bien claramente
le expresé mi creencia de que todo vendría a parar en nada. Pero por
eso no es menos cierto, señor don Buenaventura, que lo que ha pasado
debe considerarse como una lección, como una advertencia de Dios, para
que se reparen los males causados por la arbitrariedad. No me canso
de repetírselo a usted —añadí con aplomo ciceroniano—: el gobierno de
estos reinos necesita prudentes reformas. ¿No recuerda usted lo que
le dije el otro día? Es preciso que quitemos a los trastornadores de
la paz pública todo pretexto de trastornos... Lo vengo diciendo hace
tiempo; lo estoy pregonando en todos los tonos, y nadie quiere hacerme
caso... ¡Pero qué obcecación, Dios mío! ¡Aquí están, aquí están los
resultados!... ¡Es particular que, entre tanta gente, yo solo haya
tenido penetración suficiente para ver el peligro!
—¡Oh, tú eres muy listo! —dijo don Buenaventura, moviendo la cabeza con
una expresión que me pareció algo irónica.
—Eliminado de la Administración, apartado de la política —proseguí
con llorona sensiblería—, he servido siempre al gobierno absoluto
en mi humilde esfera. ¿Y qué pago se me da? ¡Horroriza el pensarlo!
Calumnias, inicuas sospechas de mi honradez y consecuencia. En verdad
que se necesita tener un corazón muy recto para no dejarse arrastrar
por el despecho y hacer cualquier tontería. Pero, ¡ay!, yo quisiera
que se pudiese hacer una investigación irrecusable de la conducta de
todos los hombres notables que usted y yo conocemos. Yo quisiera que
existiese un ojo milagroso para leer en el corazón de cada uno de
ellos. Entonces se vería quiénes son los buenos.
—Vamos, Pipaón, no te enfades —me dijo don Buenaventura con bondad—: ya
sé que eres hombre honrado. Cierto que me han dicho de ti... cosillas;
pero la verdad, no les he dado crédito.
—Gracias, gracias —dije, cobrando nuevos bríos—; yo no esperaba otra
cosa, y cuando hace días me acusó usted de no sé qué monstruosa
infidencia, mi alma se llenó de angustia... Todo lo olvido, señor don
Buenaventura; yo perdono a los que me han calumniado, y en vista de
los peligros que corre el gobierno absoluto, elevo como siempre mi voz
amiga para predicar la concordia... Unámonos, señor don Buenaventura;
unámonos hoy, como nos unimos seis años ha para salvar a la nación
del abismo a que corría. Cesen los chismes ridículos, las hablillas
malévolas con que se han querido manchar reputaciones como la mía...
Por mi parte todo lo olvido; no veo más que a nuestro querido rey, a
nuestra querida patria, a nuestras adoradas prácticas de gobierno, a
las cuales falta poco para ser las más sabias del mundo... Pero ese
poco que falta debemos dárselo para aplastar de una vez al jacobinismo
insolente, a las logias inmundas, y a los liberales soeces que quieren
cubrir de ruinas el suelo de España. Quitémosles todo pretexto para
nuevas insurrecciones; reformemos el gobierno; ocupemos los hombres
de bien todos los puestos que insolentemente usurpan los pillos, y
constituiremos una nación feliz, y legaremos a nuestros hijos, si los
tenemos, toda clase de prosperidades y bienaventuranzas.
Don Buenaventura me oía con admiración profunda. Concluido mi discurso,
estrechome la mano, y con benevolencia más ardorosa que lo que el caso
exigía, me dijo:
—No he dudado de ti. Eres un hombre excelente. Verdad es que tuve
sospechas; pero se han disipado. Soy todo tuyo.
—Unámonos, señor Marqués...
—Unámonos, sí. Reconozco que se te ha postergado con injusticia. Eras
de los primeros y se te puso en las últimas filas. El puesto que
tú debías ocupar en el Consejo se ha dado a hombres nulos, que han
trabajado descaradamente por la revolución.
—Yo no guardo rencor a nadie —dije con hipocresía perfecta—. ¿Querrá
usted creer que no me había vuelto a acordar de la tal plaza de
consejero, ni de la incalificable ofensa que se me hizo? Yo soy así: el
primero para agradecer, el último para odiar.
—Pero aún es tiempo de repararlo todo —dijo el ministro atracándose de
tabaco—. Hay otra vacante, y anoche me acordé de ti.
—No, no, de ninguna manera. Hágame usted el favor de no dármela; se lo
suplico... Vamos, que me pondrá usted en el caso de hacer renuncia.
—Bueno, veremos si te atreves a desairarme. Conviene pensar en las
reparaciones, en reunir toda la gente buena alrededor del trono. Estoy
conforme contigo en la necesidad de normalizar el gobierno.
—Por mi parte, señáleseme un puesto de peligro, un puesto en que
solo haya trabajo y no beneficios, un puesto que permita manifestar
la diferencia que existe entre los aventureros sin conciencia y los
hombres honrados, que se desviven por el rey y por la patria.
Asuntos urgentes reclamaban la atención de Su Excelencia, y
despidiéndome, me dijo con relamida amabilidad:
—Queridito Pipaón, vete a tu casa. No llegará la noche sin que recibas
un recuerdo mío. No salgas en todo el día de tu casa, y espera.
Retíreme lleno de gozo... ¡Fuera revoluciones! ¡Fuera clubs! ¡Fuera
trastornos políticos que alteran la santa armonía de la vida! ¡Fuera
jacobinos y logias!... Como el que ha vivido algún tiempo en poder del
demonio y se ve libre de la terrible obsesión, así yo renegaba de mis
veleidades revolucionarias, haciendo voto de no prevaricar más en mi
vida.
Pero me aguardaba un golpe terrible, uno de esos golpes que anonadan,
que hunden, que matan, arrojando a un hombre en los abismos de la
desesperación. Como me había mandado el marqués, aguardé en mi casa
todo el día. Al fin sintiéronse pasos en la puerta: yo creí que me
visitaba un ordenanza de Su Excelencia, portador de pliegos en que se
me notificase algo lisonjero, cuando mi criado me dijo que gran número
de alguaciles preguntaban por mí.
¡Traición inconcebible! Don Buenaventura había determinado prenderme,
y con su hipócrita zalamería alejaba de mí toda sospecha. Al decirme
que no saliese de mi casa, su intención era que me pudiesen coger
fácilmente sus miserables esbirros. En aquel trance supremo, vacilante
entre el miedo y el peligro, pude tomar una determinación salvadora, y
corrí a la puerta interior. Por fortuna, fueme fiel mi criado. Doña Fe
ya no estaba allí. Escurrime por la escalera con tanta presteza, que
cuando los alguaciles registraban mi casa, ya estaba yo en el lóbrego
aposento del señor Mano de Mortero, a quien con patéticas razones pedí
hospitalidad.
Temí que los tunantes me siguieran; pero el buen gitano me ofreció que
en tal caso me ocultaría en lugar más seguro.
Mi angustia era inmensa. Contemplé con el alma destrozada el sitio en
que me hallaba, mientras Mortero decía:
—Por sí o por no, apaguemos la luz.
Antes de que la soplara, mis ojos se extendieron por la habitación, y
vi que sobre el lecho del señor Mano yacía tendido y como soñoliento
un hombre. La luz se apagó y no pude verle; pero en el mismo instante
sentí pronunciar mi apellido, y por la voz conocí que estaba en
compañía de Salvador Monsalud.