IV

Juzgad, ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato

estuve con el papel en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder

concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, incapaz de formar un

juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Llenaba

mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido.

Pasé algún tiempo en dolorosa incertidumbre. Como si tuviera la

conciencia de que mi cuerpo era una masa de apretada aunque suelta

arena, que se desmoronaría al menor movimiento, no me atrevía a dar

un paso ni a menear un dedo. Poco a poco fuime recobrando; empecé a

discurrir; me esforcé en atenuar la gravedad del caso, y la curiosidad

se abrió paso en mi espíritu. ¿Quién había traído aquella hoja

amenazadora? El hombre que me escribía, mi camarada antaño, ¿por

qué había ideado tan singular modo de comunicarse conmigo? ¿Era él

realmente o algún chusco desocupado? Y quienquiera que fuese, ¿de qué

medios se había valido para dirigirme tan atroz apercibimiento?

Mi casa no era casa de duendes, aunque muy antigua y grande, propia,

por lo tanto, para que se pasearan por ella los invisibles habitantes

de la sombra, si el miedo les permitía la entrada. Felizmente yo no

creía en brujerías, ni en fabulosas chuscadas de almas en penas. Ni

por un instante pensé en tales puerilidades. Pero al mismo tiempo

tenía la seguridad, gracias a un reconocimiento prolijo que a poco de

mi mudanza hice, de que en mi casa, con ser de dos puertas, no había

comunicaciones novelescas, ni sótanos, ni compuertas, ni armarios

maravillosos, ni escotillones, ni ninguna tramoya de esas que en el

teatro y en los libros dan materia para un sorprendente enredo. No

teniendo, pues, mi casa secreto alguno, era evidente que alguno de los

criados había sido conductor del extraño mensaje.

Eran tres: el primero, que tenía por nombre Farrancho, servíame de

mandadero, ayuda de cámara y también de amanuense en casos de mucha

urgencia, y era hombre de honradísimos antecedentes, por su cacumen,

casi incapaz de sacramento, pues discurría como una acémila, por su

carácter moral, apreciabilísimo al parecer. Jamás le cogí en mentira,

ni en hurto, ni en falta alguna.

La segunda persona de mi servidumbre era una mujer, venerable matrona

bastante vieja y fea para no incurrir en deslices amorosos, bastante

joven y aseada para servir bien y guisar mejor, Marta por lo diligente

y entendida en cosas domésticas, Magdalena por lo piadosa. Había

servido a monjas durante veinte años, con lo cual dicho se está que era

la prudencia misma, la santidad personificada, la honradez en efigie.

Jamás se ocupó de chismes domésticos, y parecía carecer del uso de la

palabra, como no fuera para emplear ciertas fórmulas piadosas: nunca

entraba en mi cuarto sin decir lúgubremente el estribillo cartujo de

_morir tenemos_. Su obediencia era ciega, su solicitud extremada, su

cariño firme y mudo como el de los buenos esclavos, su arte culinario

de plata, su silencio de oro. Hasta su nombre era admirable de

concisión y santidad. Se llamaba doña Fe.

Había además en la casa otra hembra; pero no me servía a mí (aunque

bien lo quisiera yo), sino a Jenara, de quien era doncella. Paquita,

guapa moza, llevaba poco tiempo en casa, y no me eran conocidas las

prendas de su carácter. Parecía excelente muchacha. Mis sospechas

recaían principalmente en ella, después en Farrancho. Doña Fe quedaba

libre de toda suposición desfavorable, porque además de tener un

carácter formalísimo, incapaz de toda farsa o enredo, hallábase a la

sazón en cama, molestada de horribles dolores en la cara y oídos.

Una vez repasadas mentalmente las cualidades de aquel doméstico

triunvirato, recayó mi atención en el asunto principal, en la extraña

hoja que tan a deshora había venido a turbar la tranquilidad de un

hombre de bien, servidor diligente de su rey y de su patria. Lo más

singular del singularísimo documento, era que el autor de él, ya

fuese en realidad Monsalud u otro cualquier pelanduscas de su propio

estambre, al mismo tiempo que solicitaba mi auxilio, me ofrecía su

protección como parecía indicarlo el _no te pesará_. Pero a renglón

seguido me amenazaba de un modo insolente. El _te acordarás de mí_ me

ponía en gran cuidado... ¿Sería aquello una farsa ridícula? El que

ofrece protección o castigo es porque tiene poder; y si Monsalud tenía

poder, ¿por qué solicitaba mi auxilio?... ¿Debía yo despreciar el

escrito, o fijar en él toda mi atención?

Pensando en esto, venían a mi memoria recuerdos del ardiente carácter

de mi antiguo amigo; surgía ante los ojos de mi imaginación su figura,

representándomela desmelenada, horrible, teñida de la palidez siniestra

del jacobinismo. Volviendo a contemplar el escrito en cuyos caracteres

se conocía la mano de Salvador, y dueño de mi espíritu, el miedo me

sumergía de nuevo en vacilaciones sin fin.

Las palabras del escrito indicaban una resolución firme. Lo que a mis

lectores podrá parecer oscuro y enigmático, para mí no lo era entonces,

por ser común y aun popular el tiznar con viles apodos la persona de

hombres esclarecidos y respetabilísimos, que consagraban su vida al

servicio del reino. Así, el _Zorro_ era don Juan Esteban Lozano de

Torres, ministro de Gracia y Justicia; el _Tigre_, mi amigo y protector

don Buenaventura, recientemente convertido en marqués de M***, y el

_Elefante_, don Ignacio Martínez Villela, consejero de Castilla y

hombre muy metido en Palacio, aunque por entonces corrían voces de que

era masón.

Después de mucho meditar, no repuesto del mortal susto, juzgué que para

requerir a los criados convenía esperar al siguiente día. Acosteme;

pero el sueño huía de mis ojos. No se apartaban de mi mente las

anécdotas que acerca de los masones y su audacia había oído contar

últimamente sin darles importancia; recordé lo que por entonces se

decía de connivencias misteriosas, de sobornos de criados, con otras

artimañas atrevidas que establecían una verdadera mina dentro y debajo

de la sociedad.

Yo procuraba determinar algo; pero ninguna resolución definitiva

lograba echar su raíz en mi vacilante y perturbada voluntad. Mi

entendimiento, excitado por la vigilia, iba de aquí para allí, entre

las revueltas olas de un mar de ideas, empujado, ya de un lado, ya de

otro, sin poder llegar a ninguna orilla, ni sumergirse en el silencioso

y quieto fondo, que era el dormir y lo que yo más deseaba.

Pero la luz del día, ¡bendita sea mil veces!, disipó aquel delirio

caliginoso en que mi pensamiento con angustia se revolvía como un loco

en su jaula. Se me presentó el hecho en proporciones muy pequeñas, y

libre ya del miedo, si no del recelo, tomé dos resoluciones: no hacer

caso del escrito, e interrogar a mis criados para despedir de mi

honrado hogar al delincuente.

Cuando conté el caso a doña Fe llenose de miedo, trajo al punto de la

iglesia un cantarillo de agua bendita, y roció toda la casa, recitando

exorcismos. La piadosa mujer, hecha un mar de lágrimas al ver el

peligro que mi persona había corrido, me dijo haber visto a Farrancho

en la calle el día anterior, secreteándose con individuos de aspecto

tan revolucionario como heterodoxo, y aunque el tunante protestó y

lloró, mojándome las manos con la baba de sus hipócritas besos, le

despedí. Su culpabilidad era evidente. Jenara me respondió de la

inocencia de su doncella, y antes hubiera dudado yo de mí propio que de

la venerable matrona a quien tan bien sentaba el nombre de Fe. Baraona

quiso levantarse a deshora del lecho para dar dos palos al infame y

desleal muchacho; pero le contuvimos, y durante un rato Jenara y yo

hablamos vagamente del asunto.

—Yo tampoco he dormido nada en toda la noche —me dijo.

Le pregunté si también había recibido papelito; pero no se dignó

contestarme.

V

El incidente que he referido dejó de inquietarme al siguiente día,

y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa

y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran

los últimos de octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta

conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del

Palmar.

Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan

breve tiempo Fernando se había casado dos veces: la primera con Isabel

de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil fray Cirilo de Alameda

y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica); la segunda con María

Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota

y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política

de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser una

vivienda de reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de

la tierra a la insigne princesa, las culebras de la camarilla empezaron

a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron

tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo

escribano del resguardo, eran los que se comían el reino crudo.

Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio,

y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don

peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir

tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió

en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del

escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir,

quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los

mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y

soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo

al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de

señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía

sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al

marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta

creyérase que no podía existir la atribulada nación. La Marina había

perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la

Marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa,

también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los

mares, el infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:

¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio

Eterno mostrarán llanto abundante.

Pues falleció el infante don Antonio!

Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán,

el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y

Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su

época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente,

equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la

mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don

Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba _que el cierzo quiso

dar testimonio de su aridez,_

_arruinando a la España su almirante_!

No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de

aquel comienzo:

_Ya vencidos de Acuario los rigores_

_que aprisionan a líquidos cristales..._

Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi

tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo

mal, los cambios de ministros. Don Felipe González Vallejo, a quien

pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo

llevó un viento cortesano, y el pobrecito, con ser tan inocentón y tan

para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos

los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas

gastadas en el servicio de la patria. Sucedióle Ibarra; luego López

Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre

don Martín Garay, que más que hombre era una escuela, pues trajo al

ministerio todo un plan e idea completa para reformar la Hacienda

pública, tarea equivalente a beberse el mar, o a ponerse por montera

el Moncayo. Gozaba el señor de mucha fama, que aún conserva su nombre;

pero todos los hombres de mi tiempo, desde el rey y los ministros y el

clero hasta el último zascandil, se pusieron en contra suya, y tuvo

que salir del ministerio y marcharse con la música y el sistema a otra

parte. Por fortuna no tuvo tiempo de hacer nada de provecho; que si

le dejáramos, capaz hubiera sido de volver la Hacienda del revés,

elevando los ingresos y mermando los gastos. Su sucesor, Imaz, era un

bendito.

En Estado, el célebre León Pizarro, amigo y compinche de don Antonio

Ugarte, no duró mucho tiempo, ni tampoco Irujo, que empezó su carrera

por paje de Bolsa de un consejero y la acabó marqués y millonario. El

duque de San Fernando, su sucesor, no fue menos afortunado, porque al

principio de la guerra era soldado raso, y en 1818 teniente general,

duque, grande de España y no sé qué más.

En Gracia y Justicia, después del obispo de Mechoacán, que fue ministro

veinticuatro horas (¡_tanto se emprende en término de un día_!), entró

y duraba aún en la época de mi relación, don Juan Esteban Lozano de

Torres, la gran figura de aquellos tiempos, y no porque la tuviera

gallarda, ni aun digna de ser vista, sino porque con su hermosura

moral a todos cautivaba, empezando por el rey. Había sido Lozano de

Torres en su mocedad relojero. No había hecho estudios de ninguna

clase, siendo el primero y el único ministro de Gracia y Justicia lego

en jurisprudencia. Ni siquiera sabía latín, cosa rara y chocante en

aquellos tiempos.

La carrera de este benemérito español había sido el comisariato

del ejército. ¡Y qué herejías dijeron de él a propósito de la

administración del hospital militar de la Isla! Con ser tan fuertes,

sin embargo, las especies que acerca del comisario dijo el vulgo, no

llegaban, ni con mucho, a lo que decían los enfermos, unos tunantes

que ponían el grito en el cielo desde que les faltaba caldo. ¡Qué tal

fama de abastecedor y despensero tendría el niño, cuando, destinado a

la intendencia de Castilla la Vieja, no quiso darle posesión el gran

Wellington, jefe del ejército aliado!

La causa de su elevación a la silla de Gracia y Justicia fue el

desmedido y loco amor que a Fernando tenía, el cual era de tal

naturaleza que raras veces se presentaba ante Su Majestad sin derramar

lágrimas de ternura, y para besarle la real mano hincaba la rodilla en

tierra. Había en el alma de Lozano un sentimiento parecido a la dulce

fibra del misticismo, que le llevaba a la identificación con el objeto

amado, haciéndole partícipe no solo de las impresiones morales de

este, sino también de sus sensaciones físicas. Cuando Fernando estaba

enfermo, Lozano de Torres se quejaba de la misma dolencia, y si a Su

Majestad le dolía un pie, al punto cojeaba el amigo: tal era la fuerza

de simpatía entre los dos.

Pero cuando el ministro de Gracia y Justicia desplegaba toda la

vehemencia de su alma fervorosa, era cuando la reina Isabel estaba

embarazada. En cierta ocasión, mi hombre celebró en San Isidro por su

cuenta solemne función religiosa y manifiesto, que había de durar hasta

que Su Majestad saliese de cuidado; y queriendo dar pública muestra de

su amor a la monarquía, hizo en medio de la iglesia tales aspavientos

de devoción, golpeándose el pecho y desollándose las rodillas ante el

altar, que los fieles no pudieron contener la risa. No quedó sin premio

lealtad tan ardiente... ¡pues no faltaba más! Según puede verse en la

_Gaceta_, Fernando VII dio a Lozano de Torres la gran cruz de Carlos

III _por haber publicado el embarazo de la reina_.

Desde 1815 éramos muy amigos don Juan Esteban y yo. El pobrecito

no recibía recomendación mía sin que al punto la despachase, y en

la camarilla partíamos un confite, según éramos de tolerantes y

condescendientes el uno con el otro, sin estorbarnos ni quitarnos de la

boca el hueso, como hacían algunos, más semejantes a perros hambrientos

que a cortesanos hartos. Yo no dejaba de prestarle servicios menudos,

a más de los grandes, bien desempeñando ante Su Majestad un papel

entre Lozano y yo convenido, bien llevándole secretitos y noticias,

sabiamente pescados al vuelo detrás de una cortina.

Conste, ante todo, que yo estaba cesante desde el verano, pues una

cuestión de delicadeza (yo siempre fui muy delicado) obligome a ceder

mi plaza a un sobrino del ministro de Estado; pero se me había ofrecido

el primer puesto que vacase en el Real Consejo. Como la ambición y

el dorado sueño de mi vida eran esta canonjía, la esperaba con viva

ansiedad.

¡Crítico y solemne momento! A fines de octubre estaba vacante una de

las canonjías del Consejo. Yo tenía derecho a esperar que se cumpliría

la oferta, no solo por mis méritos personales, que eran muchos, dicho

sea sin modestia, sino porque repetidas veces y por mediaciones de

ambos sexos, me había prometido la plaza Su Majestad.

Verdad es que las promesas de Fernando eran como los _cien pájaros

volando_ del viejo refrán; ¡pero tenía yo tantos amigos! Como el

viajero que después de larga travesía divisa la ansiada orilla,

así estaba yo cuando divisé la tal vacante. No cabía en mi pellejo

de puro angustiado, inquieto y caviloso. Estudiaba hasta las más

insignificantes palabras de los íntimos de Fernando; atendía a los

gestos y a las miradas, porque no había accidente alguno en que no

viese esperanzas de obtener mi prebenda.

Andaba tan desasosegado, que apenas comía. ¡Ay, si hubieran provisto

la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca,

me habría muerto de pena! Y verdaderamente había motivos para que no

estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la

ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días

Hernán Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?...

¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado;

rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí!

Pero últimamente yo no tenía en la corte el favor a que me hacían

acreedor mis servicios y adhesión al monarca. Tocome a mí también un

poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado, y aunque

no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante

equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su

Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al

señor Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían

esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como

conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no solo

esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino

también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, don Buenaventura,

Imaz, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran

aprecio y me halagaban con fastuosas promesas.

Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, _que

el que no llora no mama_, vivía sobre un pie, de visita en visita, de

conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos,

ya en desnudas, ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos,

como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en

olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad

y a la luz del día; armando muchos enredillos, y ganando voluntades,

y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin,

practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica

hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy

como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí

decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al

señor Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara

agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando

aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido,

con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente

arremolinado. Iba ya para viejo: sus movimientos eran tardos, sus pasos

meditados, y al andar colocaba en el suelo con una especie de estudio

el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy

serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber;

pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos

graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma

sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su

índole al hablar, que solo le faltaba decir: «¡Dios mío, cuán bobo soy!»

Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después

un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera:

—Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad.

Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus

dilatados... a sus dilatados servicios.

—En efecto —repuse—: la última vez que tuve el honor de entrar en la

cámara real, Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real

sería para mí.

El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la

boca.

—¿La vacante del Consejo?... —balbució—. Sí... en efecto: yo mismo

prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero...

—¿Pero qué... pero qué? —dije remedando la perplejidad de Lozano—.

¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me

cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado

peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez...

¿Por ventura la he pretendido yo?

—No: ya sé que es usted modesto.

—Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por

el rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis

casillas... ¡Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar!...

Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad a cambio de una

posición.

—Vaya, señor de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa —dijo el buen

Torres—. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted

quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes.

Aguarde usted unos meses... Su Majestad la reina doña Amalia estará

embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán

muchas mercedes, sobre todo si es príncipe...

—Señor ministro —repuse, sin poder contener mi sofocación—, se han

burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado

tantos y tan delicados servicios al reino, al rey, a los amigos, a

usted mismo.

—Es verdad: por eso dije que anoche acordamos darle a usted una

recompensa magnífica —afirmó Su Excelencia melifluamente.

—¿Cuál?

—Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la...

—¡India, señor Lozano! —exclamé con el mayor desdén—. Ya sabe usted

que no me gustan viajes por mar. Puesto que se me trata de ese modo,

renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme

en cinco años una fortuna, no necesito que el gobierno me dé un destino

con visos de destierro.

—Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien

manifestó deseos de que marchase usted a América.

—Es raro —respondí—. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio

un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros

como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería;

yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron:

se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las

felicitaciones, y aun algunos regalos anticipados, como previa acción

de gracias por beneficios que no he hecho todavía... Por consiguiente,

si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más

grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino

que el de consejero.

—Pues hijo —repuso Lozano, dando un suspiro—, lo que es eso... La

vacante está ya provista.

Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa.

La segunda casaca · 第 8 / 33 题