Juzgad, ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato
estuve con el papel en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder
concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, incapaz de formar un
juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Llenaba
mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido.
Pasé algún tiempo en dolorosa incertidumbre. Como si tuviera la
conciencia de que mi cuerpo era una masa de apretada aunque suelta
arena, que se desmoronaría al menor movimiento, no me atrevía a dar
un paso ni a menear un dedo. Poco a poco fuime recobrando; empecé a
discurrir; me esforcé en atenuar la gravedad del caso, y la curiosidad
se abrió paso en mi espíritu. ¿Quién había traído aquella hoja
amenazadora? El hombre que me escribía, mi camarada antaño, ¿por
qué había ideado tan singular modo de comunicarse conmigo? ¿Era él
realmente o algún chusco desocupado? Y quienquiera que fuese, ¿de qué
medios se había valido para dirigirme tan atroz apercibimiento?
Mi casa no era casa de duendes, aunque muy antigua y grande, propia,
por lo tanto, para que se pasearan por ella los invisibles habitantes
de la sombra, si el miedo les permitía la entrada. Felizmente yo no
creía en brujerías, ni en fabulosas chuscadas de almas en penas. Ni
por un instante pensé en tales puerilidades. Pero al mismo tiempo
tenía la seguridad, gracias a un reconocimiento prolijo que a poco de
mi mudanza hice, de que en mi casa, con ser de dos puertas, no había
comunicaciones novelescas, ni sótanos, ni compuertas, ni armarios
maravillosos, ni escotillones, ni ninguna tramoya de esas que en el
teatro y en los libros dan materia para un sorprendente enredo. No
teniendo, pues, mi casa secreto alguno, era evidente que alguno de los
criados había sido conductor del extraño mensaje.
Eran tres: el primero, que tenía por nombre Farrancho, servíame de
mandadero, ayuda de cámara y también de amanuense en casos de mucha
urgencia, y era hombre de honradísimos antecedentes, por su cacumen,
casi incapaz de sacramento, pues discurría como una acémila, por su
carácter moral, apreciabilísimo al parecer. Jamás le cogí en mentira,
ni en hurto, ni en falta alguna.
La segunda persona de mi servidumbre era una mujer, venerable matrona
bastante vieja y fea para no incurrir en deslices amorosos, bastante
joven y aseada para servir bien y guisar mejor, Marta por lo diligente
y entendida en cosas domésticas, Magdalena por lo piadosa. Había
servido a monjas durante veinte años, con lo cual dicho se está que era
la prudencia misma, la santidad personificada, la honradez en efigie.
Jamás se ocupó de chismes domésticos, y parecía carecer del uso de la
palabra, como no fuera para emplear ciertas fórmulas piadosas: nunca
entraba en mi cuarto sin decir lúgubremente el estribillo cartujo de
_morir tenemos_. Su obediencia era ciega, su solicitud extremada, su
cariño firme y mudo como el de los buenos esclavos, su arte culinario
de plata, su silencio de oro. Hasta su nombre era admirable de
concisión y santidad. Se llamaba doña Fe.
Había además en la casa otra hembra; pero no me servía a mí (aunque
bien lo quisiera yo), sino a Jenara, de quien era doncella. Paquita,
guapa moza, llevaba poco tiempo en casa, y no me eran conocidas las
prendas de su carácter. Parecía excelente muchacha. Mis sospechas
recaían principalmente en ella, después en Farrancho. Doña Fe quedaba
libre de toda suposición desfavorable, porque además de tener un
carácter formalísimo, incapaz de toda farsa o enredo, hallábase a la
sazón en cama, molestada de horribles dolores en la cara y oídos.
Una vez repasadas mentalmente las cualidades de aquel doméstico
triunvirato, recayó mi atención en el asunto principal, en la extraña
hoja que tan a deshora había venido a turbar la tranquilidad de un
hombre de bien, servidor diligente de su rey y de su patria. Lo más
singular del singularísimo documento, era que el autor de él, ya
fuese en realidad Monsalud u otro cualquier pelanduscas de su propio
estambre, al mismo tiempo que solicitaba mi auxilio, me ofrecía su
protección como parecía indicarlo el _no te pesará_. Pero a renglón
seguido me amenazaba de un modo insolente. El _te acordarás de mí_ me
ponía en gran cuidado... ¿Sería aquello una farsa ridícula? El que
ofrece protección o castigo es porque tiene poder; y si Monsalud tenía
poder, ¿por qué solicitaba mi auxilio?... ¿Debía yo despreciar el
escrito, o fijar en él toda mi atención?
Pensando en esto, venían a mi memoria recuerdos del ardiente carácter
de mi antiguo amigo; surgía ante los ojos de mi imaginación su figura,
representándomela desmelenada, horrible, teñida de la palidez siniestra
del jacobinismo. Volviendo a contemplar el escrito en cuyos caracteres
se conocía la mano de Salvador, y dueño de mi espíritu, el miedo me
sumergía de nuevo en vacilaciones sin fin.
Las palabras del escrito indicaban una resolución firme. Lo que a mis
lectores podrá parecer oscuro y enigmático, para mí no lo era entonces,
por ser común y aun popular el tiznar con viles apodos la persona de
hombres esclarecidos y respetabilísimos, que consagraban su vida al
servicio del reino. Así, el _Zorro_ era don Juan Esteban Lozano de
Torres, ministro de Gracia y Justicia; el _Tigre_, mi amigo y protector
don Buenaventura, recientemente convertido en marqués de M***, y el
_Elefante_, don Ignacio Martínez Villela, consejero de Castilla y
hombre muy metido en Palacio, aunque por entonces corrían voces de que
era masón.
Después de mucho meditar, no repuesto del mortal susto, juzgué que para
requerir a los criados convenía esperar al siguiente día. Acosteme;
pero el sueño huía de mis ojos. No se apartaban de mi mente las
anécdotas que acerca de los masones y su audacia había oído contar
últimamente sin darles importancia; recordé lo que por entonces se
decía de connivencias misteriosas, de sobornos de criados, con otras
artimañas atrevidas que establecían una verdadera mina dentro y debajo
de la sociedad.
Yo procuraba determinar algo; pero ninguna resolución definitiva
lograba echar su raíz en mi vacilante y perturbada voluntad. Mi
entendimiento, excitado por la vigilia, iba de aquí para allí, entre
las revueltas olas de un mar de ideas, empujado, ya de un lado, ya de
otro, sin poder llegar a ninguna orilla, ni sumergirse en el silencioso
y quieto fondo, que era el dormir y lo que yo más deseaba.
Pero la luz del día, ¡bendita sea mil veces!, disipó aquel delirio
caliginoso en que mi pensamiento con angustia se revolvía como un loco
en su jaula. Se me presentó el hecho en proporciones muy pequeñas, y
libre ya del miedo, si no del recelo, tomé dos resoluciones: no hacer
caso del escrito, e interrogar a mis criados para despedir de mi
honrado hogar al delincuente.
Cuando conté el caso a doña Fe llenose de miedo, trajo al punto de la
iglesia un cantarillo de agua bendita, y roció toda la casa, recitando
exorcismos. La piadosa mujer, hecha un mar de lágrimas al ver el
peligro que mi persona había corrido, me dijo haber visto a Farrancho
en la calle el día anterior, secreteándose con individuos de aspecto
tan revolucionario como heterodoxo, y aunque el tunante protestó y
lloró, mojándome las manos con la baba de sus hipócritas besos, le
despedí. Su culpabilidad era evidente. Jenara me respondió de la
inocencia de su doncella, y antes hubiera dudado yo de mí propio que de
la venerable matrona a quien tan bien sentaba el nombre de Fe. Baraona
quiso levantarse a deshora del lecho para dar dos palos al infame y
desleal muchacho; pero le contuvimos, y durante un rato Jenara y yo
hablamos vagamente del asunto.
—Yo tampoco he dormido nada en toda la noche —me dijo.
Le pregunté si también había recibido papelito; pero no se dignó
contestarme.
V
El incidente que he referido dejó de inquietarme al siguiente día,
y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa
y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran
los últimos de octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta
conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del
Palmar.
Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan
breve tiempo Fernando se había casado dos veces: la primera con Isabel
de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil fray Cirilo de Alameda
y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica); la segunda con María
Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota
y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política
de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser una
vivienda de reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de
la tierra a la insigne princesa, las culebras de la camarilla empezaron
a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron
tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo
escribano del resguardo, eran los que se comían el reino crudo.
Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio,
y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don
peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir
tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió
en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del
escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir,
quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los
mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y
soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo
al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de
señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía
sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al
marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta
creyérase que no podía existir la atribulada nación. La Marina había
perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la
Marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa,
también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los
mares, el infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:
¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio
Eterno mostrarán llanto abundante.
Pues falleció el infante don Antonio!
Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán,
el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y
Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su
época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente,
equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la
mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don
Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba _que el cierzo quiso
dar testimonio de su aridez,_
_arruinando a la España su almirante_!
No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de
aquel comienzo:
_Ya vencidos de Acuario los rigores_
_que aprisionan a líquidos cristales..._
Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi
tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo
mal, los cambios de ministros. Don Felipe González Vallejo, a quien
pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo
llevó un viento cortesano, y el pobrecito, con ser tan inocentón y tan
para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos
los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas
gastadas en el servicio de la patria. Sucedióle Ibarra; luego López
Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre
don Martín Garay, que más que hombre era una escuela, pues trajo al
ministerio todo un plan e idea completa para reformar la Hacienda
pública, tarea equivalente a beberse el mar, o a ponerse por montera
el Moncayo. Gozaba el señor de mucha fama, que aún conserva su nombre;
pero todos los hombres de mi tiempo, desde el rey y los ministros y el
clero hasta el último zascandil, se pusieron en contra suya, y tuvo
que salir del ministerio y marcharse con la música y el sistema a otra
parte. Por fortuna no tuvo tiempo de hacer nada de provecho; que si
le dejáramos, capaz hubiera sido de volver la Hacienda del revés,
elevando los ingresos y mermando los gastos. Su sucesor, Imaz, era un
bendito.
En Estado, el célebre León Pizarro, amigo y compinche de don Antonio
Ugarte, no duró mucho tiempo, ni tampoco Irujo, que empezó su carrera
por paje de Bolsa de un consejero y la acabó marqués y millonario. El
duque de San Fernando, su sucesor, no fue menos afortunado, porque al
principio de la guerra era soldado raso, y en 1818 teniente general,
duque, grande de España y no sé qué más.
En Gracia y Justicia, después del obispo de Mechoacán, que fue ministro
veinticuatro horas (¡_tanto se emprende en término de un día_!), entró
y duraba aún en la época de mi relación, don Juan Esteban Lozano de
Torres, la gran figura de aquellos tiempos, y no porque la tuviera
gallarda, ni aun digna de ser vista, sino porque con su hermosura
moral a todos cautivaba, empezando por el rey. Había sido Lozano de
Torres en su mocedad relojero. No había hecho estudios de ninguna
clase, siendo el primero y el único ministro de Gracia y Justicia lego
en jurisprudencia. Ni siquiera sabía latín, cosa rara y chocante en
aquellos tiempos.
La carrera de este benemérito español había sido el comisariato
del ejército. ¡Y qué herejías dijeron de él a propósito de la
administración del hospital militar de la Isla! Con ser tan fuertes,
sin embargo, las especies que acerca del comisario dijo el vulgo, no
llegaban, ni con mucho, a lo que decían los enfermos, unos tunantes
que ponían el grito en el cielo desde que les faltaba caldo. ¡Qué tal
fama de abastecedor y despensero tendría el niño, cuando, destinado a
la intendencia de Castilla la Vieja, no quiso darle posesión el gran
Wellington, jefe del ejército aliado!
La causa de su elevación a la silla de Gracia y Justicia fue el
desmedido y loco amor que a Fernando tenía, el cual era de tal
naturaleza que raras veces se presentaba ante Su Majestad sin derramar
lágrimas de ternura, y para besarle la real mano hincaba la rodilla en
tierra. Había en el alma de Lozano un sentimiento parecido a la dulce
fibra del misticismo, que le llevaba a la identificación con el objeto
amado, haciéndole partícipe no solo de las impresiones morales de
este, sino también de sus sensaciones físicas. Cuando Fernando estaba
enfermo, Lozano de Torres se quejaba de la misma dolencia, y si a Su
Majestad le dolía un pie, al punto cojeaba el amigo: tal era la fuerza
de simpatía entre los dos.
Pero cuando el ministro de Gracia y Justicia desplegaba toda la
vehemencia de su alma fervorosa, era cuando la reina Isabel estaba
embarazada. En cierta ocasión, mi hombre celebró en San Isidro por su
cuenta solemne función religiosa y manifiesto, que había de durar hasta
que Su Majestad saliese de cuidado; y queriendo dar pública muestra de
su amor a la monarquía, hizo en medio de la iglesia tales aspavientos
de devoción, golpeándose el pecho y desollándose las rodillas ante el
altar, que los fieles no pudieron contener la risa. No quedó sin premio
lealtad tan ardiente... ¡pues no faltaba más! Según puede verse en la
_Gaceta_, Fernando VII dio a Lozano de Torres la gran cruz de Carlos
III _por haber publicado el embarazo de la reina_.
Desde 1815 éramos muy amigos don Juan Esteban y yo. El pobrecito
no recibía recomendación mía sin que al punto la despachase, y en
la camarilla partíamos un confite, según éramos de tolerantes y
condescendientes el uno con el otro, sin estorbarnos ni quitarnos de la
boca el hueso, como hacían algunos, más semejantes a perros hambrientos
que a cortesanos hartos. Yo no dejaba de prestarle servicios menudos,
a más de los grandes, bien desempeñando ante Su Majestad un papel
entre Lozano y yo convenido, bien llevándole secretitos y noticias,
sabiamente pescados al vuelo detrás de una cortina.
Conste, ante todo, que yo estaba cesante desde el verano, pues una
cuestión de delicadeza (yo siempre fui muy delicado) obligome a ceder
mi plaza a un sobrino del ministro de Estado; pero se me había ofrecido
el primer puesto que vacase en el Real Consejo. Como la ambición y
el dorado sueño de mi vida eran esta canonjía, la esperaba con viva
ansiedad.
¡Crítico y solemne momento! A fines de octubre estaba vacante una de
las canonjías del Consejo. Yo tenía derecho a esperar que se cumpliría
la oferta, no solo por mis méritos personales, que eran muchos, dicho
sea sin modestia, sino porque repetidas veces y por mediaciones de
ambos sexos, me había prometido la plaza Su Majestad.
Verdad es que las promesas de Fernando eran como los _cien pájaros
volando_ del viejo refrán; ¡pero tenía yo tantos amigos! Como el
viajero que después de larga travesía divisa la ansiada orilla,
así estaba yo cuando divisé la tal vacante. No cabía en mi pellejo
de puro angustiado, inquieto y caviloso. Estudiaba hasta las más
insignificantes palabras de los íntimos de Fernando; atendía a los
gestos y a las miradas, porque no había accidente alguno en que no
viese esperanzas de obtener mi prebenda.
Andaba tan desasosegado, que apenas comía. ¡Ay, si hubieran provisto
la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca,
me habría muerto de pena! Y verdaderamente había motivos para que no
estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la
ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días
Hernán Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?...
¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado;
rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí!
Pero últimamente yo no tenía en la corte el favor a que me hacían
acreedor mis servicios y adhesión al monarca. Tocome a mí también un
poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado, y aunque
no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante
equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su
Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al
señor Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían
esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como
conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no solo
esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino
también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, don Buenaventura,
Imaz, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran
aprecio y me halagaban con fastuosas promesas.
Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, _que
el que no llora no mama_, vivía sobre un pie, de visita en visita, de
conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos,
ya en desnudas, ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos,
como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en
olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad
y a la luz del día; armando muchos enredillos, y ganando voluntades,
y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin,
practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica
hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy
como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí
decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al
señor Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara
agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando
aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido,
con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente
arremolinado. Iba ya para viejo: sus movimientos eran tardos, sus pasos
meditados, y al andar colocaba en el suelo con una especie de estudio
el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy
serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber;
pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos
graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma
sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su
índole al hablar, que solo le faltaba decir: «¡Dios mío, cuán bobo soy!»
Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después
un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera:
—Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad.
Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus
dilatados... a sus dilatados servicios.
—En efecto —repuse—: la última vez que tuve el honor de entrar en la
cámara real, Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real
sería para mí.
El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la
boca.
—¿La vacante del Consejo?... —balbució—. Sí... en efecto: yo mismo
prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero...
—¿Pero qué... pero qué? —dije remedando la perplejidad de Lozano—.
¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me
cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado
peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez...
¿Por ventura la he pretendido yo?
—No: ya sé que es usted modesto.
—Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por
el rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis
casillas... ¡Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar!...
Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad a cambio de una
posición.
—Vaya, señor de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa —dijo el buen
Torres—. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted
quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes.
Aguarde usted unos meses... Su Majestad la reina doña Amalia estará
embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán
muchas mercedes, sobre todo si es príncipe...
—Señor ministro —repuse, sin poder contener mi sofocación—, se han
burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado
tantos y tan delicados servicios al reino, al rey, a los amigos, a
usted mismo.
—Es verdad: por eso dije que anoche acordamos darle a usted una
recompensa magnífica —afirmó Su Excelencia melifluamente.
—¿Cuál?
—Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la...
—¡India, señor Lozano! —exclamé con el mayor desdén—. Ya sabe usted
que no me gustan viajes por mar. Puesto que se me trata de ese modo,
renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme
en cinco años una fortuna, no necesito que el gobierno me dé un destino
con visos de destierro.
—Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien
manifestó deseos de que marchase usted a América.
—Es raro —respondí—. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio
un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros
como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería;
yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron:
se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las
felicitaciones, y aun algunos regalos anticipados, como previa acción
de gracias por beneficios que no he hecho todavía... Por consiguiente,
si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más
grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino
que el de consejero.
—Pues hijo —repuso Lozano, dando un suspiro—, lo que es eso... La
vacante está ya provista.
Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa.