¡Qué hombre tan completo era el señor don Miguel de Baraona! Su gran
patriotismo, su caballerosidad, su fervor religioso, su rectitud,
su entereza, le hacían tan respetable, que era imposible oírle sin
subordinarse con filial sumisión a su voluntad y a su pensamiento.
Merecía muy bien el remoquete de _Patriarca del Zadorra_, y yo se lo
daba con frecuencia, para tenerle contento y parecer amable ante él.
Pues ¿y aquella energía moral que desplegaba a los setenta y tantos
años, cuando no podía ni empuñar la espada ni alzar la voz sin peligro
de estar tosiendo tres horas? Su cuerpo caduco participaba también
de aquel vigor nervioso, más semejante a los tempranos ardores de la
juventud que a las voluntariedades caprichosas de los viejos, y siempre
que se enfadaba o se le contradecía, daba con la trémula mano tan
fuertes bastonazos, que la casa se estremecía.
Otro más celoso por la causa del rey y por la monarquía absoluta no
nació de madre. En su amor inmenso, en su fervor entusiasta y en
su religiosa devoción por la patria inmutable, no había sutilezas
ni distingos, ni cabían transacción ni arreglo alguno. Para él la
templanza era traición. Miraba al liberalismo como una especie de
horrenda herejía, más digna aún del fuego que las de Lutero y Calvino.
Juntaba la religión con la política, haciendo de todas las creencias
una fe sola o un solo pecado, y había amalgamado dogmas y opiniones,
haciendo un evangelio en el cual Elío no era menos que un apóstol.
Comprendía que el sol se ennegreciera; pero no que sus principios
pudieran variar. Según él, la sociedad estaba perfectamente arreglada
tal como entonces la conocíamos, y constituida por leyes tan inmutables
como las del mundo físico. Discutiendo, no cedía ni una pulgada de su
terreno.
—Mis principios —decía—, estos principios que sustento, no son míos,
son de Dios, y no se puede ceder ni un ápice de lo ajeno. La maldad
de los hombres no puede nada contra mis principios. Me vencerá la
violencia; pero no me convencerá el sofisma. La infame revolución
podrá triunfar un día por expreso consentimiento de Dios; pero aun
triunfante, no dejará de ser alcázar de pecados fundado sobre la arena
de la traición.
Había venido don Miguel a la corte a varios asuntos privados y
del común. Era hombre que no se acobardaba ante los desaires de
las oficinas, ni ante la tiesura y desdén de los personajes más
envanecidos. Tuvo la dicha de encontrarme después de dar los primeros
pasos en la corte, y nos entendimos perfectamente. Todo aquello que
podía resolverse con facilidad, fue arreglado entre los dos, sin que
jamás frunciéramos el ceño por palabra ni por peseta de más o de
menos. Don Miguel había traído un bolsón de cuero lleno de onzas de
oro, y siempre que echábamos bendiciones, frotadas las manos con el
dorado unto milagroso, se abrían de par en par las puertas de las
oficinas, y con ellas el corazón de los más cerrados covachuelos.
Baraona había venido también a estar a la mira de un pleito de tenuta
que no tenía trazas de acabarse en medio siglo.
Acompañaba en Madrid a Baraona su nieta, una tal Jenarita, muy hermosa
e interesante mujer, a quien yo había conocido en mis verdes abriles
en la Puebla de Arganzón. Era rubia, callada, grave, pensativa, poco
franca, de carácter velado. Su tranquilidad y calma eran como la
tenue oscuridad de los días bochornosos. Ya se sabe que detrás de las
nubes está el sol. ¡Aquella hermosura, cuán distinta era de la de mi
funesta Presentacioncita, la risueña asesina, que me ponía ante los
ojos las frescas rosas de su cara para que no viera las aleves manos
con que a la muerte me empujaba! Presentacioncita, sin ser hermosa,
era lindísima. Tenía toda la gracia de Dios en sus ojos flecheros,
y burlándose de uno, daba idea de las bromas que deben de gastar
los ángeles en el cielo. Jenara era hermosa como una ideal figura,
antes soñada que vista; hermosa como las creaciones del arte que
ha sabido escoger todas las perfecciones, desechando lo feo. No se
burlaba nunca; hablaba seriamente, como habla la discreción pura, la
prudencia suma, la cortesanía y la urbanidad. Su gracia (pues también
la tenía) no era la desenvoltura picante y alegre de una muchacha
juguetona; consistía en lo que llaman gracia los artistas clásicos,
en la perfecta nobleza de los ademanes y de las palabras, en la
armonía sin discrepancias, en el misterioso ritmo que se desprende de
toda la persona y es don rarísimo acordado a pocos sobre la tierra.
Distinguíase además por una expresión magnífica, tan llena de elegancia
como de soberbia. Su fisonomía era pura, delicada, sin la más ligera
incorrección, y su mirar de una diafanidad celeste. Hermosa hasta no
más, se envolvía en una capa de nieve, bajo la forma de un silencio
sistemático, de miradas castas, de indiferencia hacia la mayor parte de
los asuntos y las personas.
En 1815, como dije en la primera parte de mis _Memorias_, vinieron a
Madrid el señor de Baraona y su nieta. Poco después se casó esta con un
joven guerrillero, del cual no puedo menos de ocuparme para disipar las
dudas que acerca de su persona puedan haber corrido. Carlos Navarro,
hijo del nunca bien ponderado don Fernando Garrote, fue gravemente
herido en un duelo al día siguiente de la batalla de Vitoria. Dejole
el fiero matador sobre el campo, del cual fue al poco rato recogido
con más señales de muerte que de vida, pues la existencia se le iba
a borbotones por la descomunal hendidura que su contrario le abriera
en el pecho. Largo tiempo estuvo el infeliz héroe suspenso de un hilo
sobre el negro abismo del morir. Los médicos de Vitoria le sentenciaban
todos los días para la mañana del siguiente. Pero la enérgica
naturaleza del enfermo, ayudada por cuidados asiduos, le sostuvieron,
hasta que al fin la caída existencia se fue enderezando poco a poco.
El convalecer fue tan largo como la enfermedad, y un año después del
suceso, Carlos Garrote, reconocido coronel del ejército, apenas podía
tener el sable en la mano.
A principios de 1816 vino a Madrid y se casó con Jenara. Vivieron algún
tiempo acompañados de Baraona en la calle de Cosme de Médicis. Pero en
septiembre del 18, Navarro tuvo precisión de ir a Treviño a asuntos de
interés, y en los días a que me refiero no había vuelto todavía, aunque
se le esperaba todas las semanas. No podía haber ocurrido desavenencia
en el matrimonio, porque ambos cónyuges se escribían con frecuencia.
Repetidas veces oí a Carlos renegar de la corte y de los cortesanos,
asegurando que Madrid era para él destierro espantoso más bien que
agradable residencia.
Yo vivía en una hermosa casa de la calle de la Inquisición, esquina a
la Flor Baja, cerca del edificio de la Inquisición de Corte y a poca
distancia de los Premostratenses. Mis servicios a determinado prócer
diéronme aquella habitación demasiado grande para un soltero, mas tan
suntuosa, que me acomodé con gusto en ella para aparentar grandeza
ante el vulgo y dar en los hocicos con mi magnificencia a los pobres
petates paisanos míos, que tanto me habían despreciado en mis tiempos
de miseria y nulidad. No me envanecí poco con don Miguel de Baraona,
infanzón y ricacho alavés, mostrándole mi vivienda; y enamorose tanto
de ella mi venerable paisano, que algunos meses después de la partida
de su yerno, me dijo:
—Pipaón, en esta gran casa vives tú como garbanzo en olla. ¿No te ha
acontecido algún día perderte en sus cuadras y corredores, y no poderte
encontrar? En cambio yo estoy muy estrecho en aquella fría y triste
casa de la calle de Cosme de Médicis. ¿Por qué no he de venirme a vivir
contigo mientras llega el día en que, terminado ese maldito pleito,
pueda volverme a la Puebla? Aquí hay espacio para todos, y sin que
tú nos molestes ni molestarte nosotros a ti, podemos acomodarnos. Yo
pagaré lo que me corresponda, y si no lo llevas a mal ocuparemos mi
nieta y yo estas hermosas piezas asoleadas que se abren al Mediodía y
caen a ese patio, lindante con el jardín vecino. Aquí estamos muy bien
guardados: por un lado la Inquisición; por otro el santo Rosario.
Acepté sin vacilar. Lejos de molestarme, me agradaba la compañía, y
como me habían dado la casa sin otro gravamen que algunos censillos y
costas de poco precio, nada más confortativo para mí que sacarle algún
jugo, arrendando una parte de ella. Instalose en seguida Baraona,
ocupando una deliciosa y alegre crujía solana que daba a lugar abierto,
y desde la cual se veían los árboles de un jardín de la vecindad. Yo
seguí en las mismas piezas que antes ocupaba, sin más novedad que la
mejor compañía y algunos gastos menos. Cada cual tenía su servidumbre,
y aunque comíamos juntos, contribuíamos separadamente al plato común.
Por las noches, después de la cena, nos reuníamos todos en amena
tertulia, a la cual solía concurrir algún amigo, tal como don Blas
Arriaga, capellán de monjas, y don Pedro Retolaza, secretario de la
Inquisición de Logroño, ambos personajes establecidos accidentalmente
en Madrid por motivo de pretensiones y otras cosillas. También nos
honraba alguna vez don Juan Esteban Lozano de Torres, que era entonces
ministro de Gracia y Justicia, y mi antiguo protector don Buenaventura,
que era ya marqués.
Allí no se hablaba más que de las conspiraciones descubiertas, de las
que se iban a descubrir, y de las que por todas partes descaradamente
se fraguaban. Esta era entonces la comidilla habitual de las gentes
en todo Madrid. Luego que cada cual expresaba su opinión sobre los
peligros que amenazaban a la desdichada monarquía, y sobre las
probabilidades de que desapareciese arrastrado por huracanes de
traición, pecado y osadía el gallardo edificio del gobierno absoluto,
se iban retirando los tertulios y quedábamos solos los de casa,
charlando otro ratito, más ocupados de asuntos domésticos que de la
revuelta política. Una noche, luego que Arriaga y don Buenaventura se
retiraron, Baraona, que había estado harto pensativo durante todo el
tiempo de la tertulia, pronunció, en coloquio consigo mismo, no sé qué
balbucientes expresiones, y golpeando repetidas veces el brazo del
sillón en que se sentaba, se encaró conmigo y me dijo:
—¡Vive Dios, que si ahora se nos escapa, estos justicias de Madrid
merecerían ser ahorcados al lado de los ladrones a quienes ayudan y
protegen!
Yo le miró interrogándole con los ojos.
—Querido Pipaón —añadió cuando las toses le dieron algún respiro—,
tengo que comunicarte un asunto importante, y espero tu parecer, y con
tu parecer tu ayuda.
—¿Qué ocurre?
—El infame asesino de mi hijo Carlos, del esposo de Jenara, está en
España.
—¡Salvador Monsalud en España! —exclamé—. No lo creo. Por don Pedro
Cevallos, con quien solía cartearse antes de que este fuera a Viena...
(tratos de masonería, señor don Miguel), por don Pedro Cevallos,
digo, que es un _hermanuco_ de tomo y lomo, supe hace tiempo que
Salvadorcillo seguía en París.
—¡Hace tiempo! No se trata de hace tiempo, se trata de ahora. Es
indudable que ese vil trabaja dentro de España en las tenebrosas
conspiraciones que Dios está permitiendo para fines solo conocidos de
la Sabiduría infinita.
—Puede ser.
—No puede ser, sino que es —dijo repentina y enérgicamente Jenara, que
hasta entonces había permanecido silenciosa—. Yo le he visto.
—¿Le ha visto usted? ¿Luego está en Madrid?
—¡En Madrid, en la corte, en donde está el trono, el gobierno, el rey,
los Consejos, la suprema Justicia! —exclamó Baraona con aquella furia
senil que se desbordaba de su pecho en las contrariedades graves—.
¡Esto es escandaloso!... No sé de qué valen las medidas adoptadas
contra los afrancesados... ¿Es esto gobierno?... ¿Es esto justicia?...
¡Ah, Pipaón, aquí están poseídos de necedad! Persiguen a los mentecatos
inofensivos, y dejan en libertad a los perversos. ¡Ahorcan a los
sargentos, y permiten que todos los oficiales del ejército se vendan a
la masonería!
—Monsalud no es oficial del ejército.
—Pero es malo, rematadamente malo, y listo... ahí tienes el secreto
de su impunidad... ¡Dios soberano! Ese rey, esos ministros, esos
consejeros, ¿en qué piensan?
—Descuide usted, señor don Miguel —repliqué agitando en mis manos la
badila, después de acariciar la ya moribunda lumbre del brasero—. Si
Salvador está en Madrid, no se escapará.
—Muy pronto lo has dicho... Me parece que he de renunciar al más grande
regocijo que ha soñado últimamente mi imaginación desconsolada. Me
moriré sin ver el castigo de un miserable, convicto de los siguientes
crímenes: asesinato, infidencia, herejía, afrancesamiento y traición.
La idea de que ese monstruo naciera en aquella honrada tierra de Álava,
que no ha sabido ser madre sino de hombres eminentes, de caballeros
piadosos y ejemplares campesinos, me enardece la sangre, Pipaón amigo.
Según todos los indicios, él dio muerte a nuestro insigne compatriota,
a aquel espejo de la caballería alavesa, el gran don Fernando Garrote;
también hirió gravemente al hijo de este y mío por los lazos del
corazón, Carlos...
—En duelo... —dijo Jenara interrumpiéndole—. Un duelo temerario y
horroroso.
—No fue duelo —afirmó Baraona resueltamente, enojado de la
interrupción—. Aunque Carlos, impulsado por su noble generosidad,
lo diga así, y aun sostenga que él lo provocó, es mentira, mentira,
mentira... Hiriole a traición Monsalud. Cuando el pobre mártir cayó,
apoderáronse del asesino algunos guerrilleros que a la sazón pasaban.
Confesó él mismo su crimen con hipócritas palabras; hizo la farsa de
que deseaba morir conformándose con su destino, y hubiera perecido,
en efecto, al siguiente día, si la diligente protección de una señora
afrancesada no comprara su libertad, primero con ruegos, después
con dádivas, pues todas sus alhajas (que eran muchas y habían sido
ocultadas en el momento de la derrota) las dio por ponerle en salvo.
El criminal se refugió en Francia. Nosotros, deseosos de hacer pronta
justicia, trabajamos porque el gobierno español lo reclamase al
gobierno francés; pero nada se pudo conseguir. Allá están tan embobados
como aquí. Respondieron que se ignoraba su paradero. Para averiguarlo,
aprehendimos a la madre del delincuente. Diole tormento la Inquisición
de Logroño, en cuyas cárceles está todavía; pero de los labios de
la infeliz no ha salido una sola palabra que sea luz de nuestra
oscuridad, certeza de nuestra ignorancia. ¡Ah! Pipaón, mientras no
se haga pronta justicia; mientras no desaparezca este espectáculo de
los bribones, que se pasean impunes por el reino, insultando con sus
miradas a la gente honrada, no tendréis gobierno firme y respetable. Os
ocupáis de tonterías, de crear cruces, de mudar los ministros todos los
meses, de dictar leyes que no se cumplen. Esto es hacer pajaritas de
papel, mientras el suelo se estremece, mientras la tempestad se prepara
y el volcán ruge. Vendrá la revolución y os encontrará disputando
sobre el color de una venera, o sobre si la reina está o no está
embarazada... En verdad no sé a dónde volveremos nuestras miradas los
partidarios del gobierno de Cristo, de la verdadera política cristiana,
que tiene por base la justicia. ¡Desgraciado, de mí! Cerraré para
siempre los ojos, sin que en la postrera mirada de ellos pueda ver otra
cosa que miseria y debilidades, los buenos patricios olvidados, los
criminales libres, la revolución amenazando o quizás triunfante, los
mayores delitos impunes o quizás premiados, y Salvadorcillo Monsalud
paseándose tranquilo por las calles de Madrid.
Hundió la barba en el pecho y permaneció en silencio largo rato.
—Si está aquí —dije yo, por decir algo—, y mucho lo dudo...; pero,
en fin, si está no es difícil averiguar su domicilio y llevarle a la
cárcel. Ya sabe usted que ahora estoy en desgracia y no puedo nada;
pero, sin embargo, intentaré...
—Harías la obra más meritoria y más patriótica de tu brillante
carrera, Pipaón —manifestó Baraona con semblante adusto—. Mi nieta y
yo te lo agradeceríamos mucho más que esos mil favores de oficina que
nos hiciste. ¡La justicia! ¡El castigo del crimen, de la traición,
de la herejía, del engaño!... Yo deliro por esto. La justicia sin
aplicación no es ni será más que una palabra inútil. No hay que decir
que se encargue Dios de castigar al criminal, no. Aparte de esto, a
nosotros, hombres, nos corresponde no dar paz a la cuchilla, para que
los díscolos aprendan, para que los buenos teman y los extraviados
se corrijan... ¿Por ventura habría llegado a la tierra de Promisión
el pueblo elegido, si Moisés, por orden de Dios, no hubiera aplicado
tremendos y merecidos castigos? ¡Oh! ¡Cuán hermoso espectáculo dio
aquí Su Majestad dictando a poco de su llegada rigurosas leyes contra
los francmasones y liberales! Yo creí que el pueblo elegido llegaría
a la tierra de Canaán; pero no, ya veo que se quedará en mitad del
camino. Todo es debilidad: las leyes no se cumplen; cada cual hace lo
que más le agrada; son presos los pequeñuelos, mientras los grandes
conspiran; alrededor del trono alzan su cabeza enmascarada de sonrisas
la traición y la sedición; todos los militares trabajan sordamente en
la masonería. Es esto un constante hervidero de inquietud, de amenaza,
de ambiciones locas que surgen, como los insectos en el muladar, de la
gran escoria del reino; los magnates se ocupan de convites y cenas,
mientras los masones proyectan comerse a la nación; son cogidos
algunos criminales conspiradores, y a poco se les suelta; reina una
confabulación espantosa entre los conspiradores y la policía, entre
presos y carceleros, entre alguaciles y alguacilados para taparse sus
respectivas infamias, y hasta la Inquisición, volviéndose tibia y
complaciente, es un cuchillo que se ha hecho alfiler; apenas pincha...
Todo es flojedad, enervación, raquitismo, pequeñez. La nación, que tan
enérgica, varonil y potente ha sido contra el extranjero, es en su vida
interior un juego de chiquillos, que retozan en el fango, y con el
fango hacen bolas que se arrojan unos a otros, no para matarse, sino
para mancharse... ¡Quiero morirme de una vez, si no he de vivir más
que para ver esto! ¡Los hombres como yo estamos de más en reuniones de
muchachos! El papel de Herodes es difícil, y el de maestro de escuela
ridículo.