Al pronto, le dió vueltas la cabeza á Gastón; temía que las ollas se

deshiciesen en polvo y la fantástica riqueza se evaporase. Se llevó

las manos á las sienes; respiró; y cuando empezaba á recobrar el

aplomo, notó que la vela de la linterna se extinguía; un momento más

y se quedaba á oscuras. Sólo tuvo tiempo para recoger una olla, la

que contenía perlas y abanicos, y salir á escape de la mazmorra y de

la cueva. Al verse al aire libre, al sol, á orillas del río, comenzó

á persuadirse de que no soñaba. Allí tenía parte de su hallazgo...

Por prudencia volvió á obstruir el orificio, colocando la tierra y las

ramas de modo que no se advirtiese diferencia; y abrazado á su olla,

subió á Landrey con alas en los pies. Telma creyó que el señorito

desvariaba,--y desvariaba algo, en efecto,--cuando pedía otra vela y un

saco de lona. Al anochecer, Gastón, en cuatro viajes, había subido el

contenido de las ollas cerrándolo en un recio cofre; pero sus fuerzas

se agotaban, y una calentura que creyó originada por la violenta fatiga

le postró en el lecho. Telma, llena de inquietud, se instaló á su

cabecera; le sirvió infusiones, y veló su sueño agitado por angustiosas

pesadillas, en que pronunciaba palabras truncadas y frases enteras que

parecían de un criminal. ¡Como que se trataba de riquezas, de prisión,

de subterráneo!... La luz de la mañana trajo á Gastón algún alivio,

pero encontrábase tan quebrantado, que le fué imposible levantarse; y

por la tarde el recargo se presentó otra vez, acompañado de sudor y

del mismo delirio congojoso. No cambió al día siguiente el estado del

enfermo; y Telma, conocedora de los males que en el país se padecían,

comprendió que se trataba de calenturas cuotidianas, de las que suele

causar el detenerse largo tiempo á orillas del río, sobre todo en las

horas de la tarde y con el cuerpo sudoroso, y anunció su resolución de

bajar á la Puebla y traer al médico, experto en recetar quinina para

esta clase de achaques.

--No llames al médico,--ordenó con debilitada voz Gastón.--Vete á

Sadorio y díle á la señora de Sarmiento... á doña Antonia Rojas... que

no estoy bueno... y que la suplico que venga á cuidarme.

--¡Señorito!--objetó Telma asustada y creyendo que su amo deliraba aún.

--Obedece, Telma... Estoy en mi juicio... Que venga... Así que venga,

sanaré... Ya lo verás... Anda, Telma... Anda, abuelita querida.

Este nombre cariñoso tenía la virtud de poner á Telma como un guante.

Sin replicar, llevó á la quinta el extraño recado. ¡Y qué grande su

admiración al ver que Antonia, apenas lo escuchó, se encasquetó el

sombrerillo marinero, cogió de la mano á Miguelito, y echó á andar más

ligera que una corza!

[Ilustración]

Al entrar Antonia sola en la habitación del enfermo, se incorporó en

la cama el señorito de Landrey; tendió la mano abrasada al encuentro

de otra mano fresca y trémula, y mirando á su amiga, á su futura

esposa, sacó de debajo de la almohada las sartas de perlas y las

enroscó á la muñeca de la dama. Ésta miraba con sorpresa la joya, y su

ceño se fruncía ya desaprobando el regalo, que creía una intempestiva

prodigalidad de Gastón; pero el enfermo, en voz baja, la dijo unas

cuantas palabras que la hicieron retroceder de asombro.

--Ahí está, en ese cofre,--repetía Gastón.--Deseo que todo, todo, se lo

lleve usted en seguida á su casa. Pertenece á Miguelito, que es quien

por inspiración de algún ángel lo ha descubierto. Ya comprenderá usted

que si la llamé, para esto era; mi mal no ofrece cuidado, y usted se

volverá ahora mismo á Sadorio, no quiero que los malsines puedan glosar

su presencia de usted aquí. Lo único que me reservo son las joyas de

familia... Quiero que usted las posea y las santifique.

--Gastón,--articuló Antonia dulcemente,--me iré, pero prométame usted

que vendrá el médico y que atenderá usted á su salud como si yo aquí

estuviese. Del tesoro no hablemos; ya sabe usted que soy firme en mis

resoluciones, y no lo aceptaríamos nunca ni Miguel ni yo; pertenece á

la casa de Landrey. Respetemos la voluntad de los que fueron. No se

olvide usted... de lo que nunca olvidó doña Catalina; el alma de don

Martín pide sufragios... Me encargo de recordarle á usted esa pobre

alma en pena.

--¿Vendrá usted mañana?

--Y pasado, y todos los días, mientras usted no se ponga bien...

--Ya estoy mucho mejor,--declaró Gastón reanimado y sin soltar la mano

empeñada en desasirse.

[Ilustración]

--Pues cordura... y á descansar, y á tomar lo que disponga el médico...

y á sanar pronto... Y á tener presente quien envía estas riquezas... Es

nuestro Amo... sí, Gastón; somos sus administradores... Yo no lo sabía,

pero me lo ha enseñado la desgracia.

--Y á mí el amor,--respondió apasionadamente el señorito de

Landrey.--Por todas partes se puede ir á Roma... Y ahora... que entre

el chiquillo; le quiero tanto como... ¡como á su mamá!

[Ilustración: Fin]

Índice

I. La llegada, 5

II. La Comendadora, 21

III. La revelación, 37

IV. Gusanillo, 53

V. Landrey, 67

VI. El Norte, 81

VII. La torre de la Reina mora, 97

VIII. Lourido, 113

IX. Iniciación, 131

X. La consejera, 147

XI. El consejo, 161

XII. Táctica y estrategia, 181

XIII. El aro de oro, 197

XIV. Miguelito, 211

XV. El tesoro, 227

[Ilustración]

ESTE LIBRO SE

ACABÓ DE IMPRIMIR EN BARCELONA

EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRÁFICO

DE ESPASA Y COMPAÑÍA,

EL 15 DE MAYO

DE 1897

End of Project Gutenberg's El Tesoro de Gastón, by Emilia Pardo Bazán

El Tesoro de Gastón: Novela · 第 8 / 8 段