La muerte de Teófilo acaeció precisamente el mismo día en que Rosina
llegó de Arenales a Madrid, de paso para París, y en que se inauguraba
el Coliseo Real, teatrito en donde estaba contratada Verónica. Los
cuatro últimos días de su enfermedad los había pasado en constante
delirio, cortado aquí y acullá por breves intervalos lúcidos. En uno de
estos quiso hablar en secreto a Guzmán, y con trabajosa voz le suplicó:
--Tan pronto como se presente ocasión, vete a ver a Rosina. Le dirás
que la perdono sin reservas. Ha hecho bien, ha hecho bien; Fernando es
la fuerza y la vida; yo era un fantasma de ficciones y falsedades, una
criatura sin existencia real. Que ha hecho bien y que la perdono.
En otros intervalos lúcidos recibió los Sacramentos de la Penitencia y
de la Eucaristía, con gran contentamiento, si en ello cabe alguno, de
doña Juanita, y no floja contrariedad de Travesedo, que atribuía esta
gran claudicación final a enfeblecimiento del raciocinio, originado
por la fiebre alta. Recibió también el último Sacramento de la
Extremaunción y murió, según la expresión de Lolita, «como un luseriyo
de Dios que se apaga».
Teófilo murió a las tres de la tarde. El dolor de su madre, así como el
de Verónica, fue silencioso y adusto. Por el contrario, Lolita se creyó
en el caso de aullar y gimotear como si le apretasen las botas, y costó
gran trabajo reducirla al simple lagrimeo sin musicalidad.
Apenas muerto Teófilo, Verónica se aplicó a hacer su equipaje y
abandonar la casa.
Hacia las seis de la tarde, Guzmán recibió una carta de Rosina:
«_Querido Alberto: Estamos aquí Fernando y yo por unas horas.
Mañana, en el rápido de las nueve, nos marchamos a París. Tendremos
mucho gusto en que nos acompañes hoy a comer, a las ocho y
media._--ROSINA.»
Alberto se encontraba en ese estado de vacuo estupor que produce la
visión de la muerte, dentro del cual, ideas y sensaciones se diluyen
saturando el espíritu, como sal en el agua. Se había acostado vestido y
dejaba pasar el tiempo sin pensar en nada concreto.
No así Travesedo, que atravesaba en aquellos instantes un período
crítico de su vida. Presentose, ya oscurecido, en la alcoba de Guzmán;
encendió la luz y se plantó al borde del lecho, con fruncido entrecejo
y ejecutando rabiosas manipulaciones capilares en la lóbrega barba.
--Ya no me caso --declaró con voz macilenta. Y como Guzmán no
respondiese, prosiguió--: Mi elegida era Verónica. Ella sabe hace
tiempo que la quiero; pero no podía sospechar que la quería como
mujer propia, ni siquiera yo lo había pensado, hasta que con motivo
de esta enfermedad del pobre Teófilo se me reveló no como una mujer,
sino como lo que es, como un ángel capaz de hacer feliz a cualquiera.
Reconocerás que en los últimos días esta extraña criatura alcanzó
las más altas cumbres de la sublimidad. Reconocerás también que, aun
concediendo todas estas perfecciones intrínsecas en Verónica, el
acto de solicitarla por esposa, dados sus antecedentes, supone en
el pretendiente cierta abnegación y un gran desprecio de la opinión
pública. ¿Era verosímil suponer que Verónica rechazase a un hombre
honrado e inteligente que le propone el matrimonio, y con él la
dignidad y el olvido de su vida pasada? La inteligencia, el sano
raciocinio, responden que no era verosímil esta hipótesis, sino que
lo necesario, por racional, era que Verónica acogiese con llanto de
agradecimiento a este hombre. Me parecía a mí que la ocasión más
solemne y oportuna para dar el paso era hoy, día de la muerte del pobre
Teófilo, de manera que el anillo que a Verónica le iba a ofrecer fuese
como corona y reconocimiento de sus heroicas virtudes, aquilatadas
estos últimos días. La tomo aparte. Le hablo todo conmovido, ¿qué
quieres?, no lo he podido remediar. Ella llora y dice: «Don Eduardo,
es usted muy bueno y no sé cómo demostrarle a usted lo mucho que le
agradezco esto que usted hace. Pero es imposible.» En otra mujer
cualquiera la palabra imposible no significa nada, y muchas veces
todo lo contrario de su contenido gramatical. Pero yo creo conocer a
Verónica. «¿Se trata quizás de escrúpulos de conciencia?», pregunté,
y dijo que sí con la cabeza. «¿Acaso, añadí, por tu vida de otro
tiempo?» Respondió que no con la cabeza, y los ojos muy abiertos y
sorprendidos, como si yo hubiera dicho algo extraordinariamente
absurdo. «¿No hay esperanza, entonces?», solicité a la desesperada.
«No», replicó con hermosa decisión; me besó la mano y se fue a bailar.
--¿Cómo a bailar?
--Quiero decir, a su casa, de donde irá al teatro. Según me dijo,
piensa bailar esta noche como si tal cosa. Es una mujer enigmática. Lo
que me ha ocurrido es también enigmático. Tienes razón: nunca sabremos
nada de nada.
Guzmán no estaba de humor para comer en compañía de Fernando y Rosina.
Se presentó en el hotel de sobremesa.
Levantose a recibirlo Rosina, con graciosa alacridad, y le besó las
mejillas.
--¿Te acuerdas que un día te dije que no tendría inconveniente en
besarte delante de Fernando? Ya ves. ¿A que él no tiene celos? ¿Tienes
celos, Fernando?
Fernando se había puesto en pie y sonreía con expresión abierta y
tranquila. Tendió la mano a Guzmán.
--Mucho gusto en saludarle, don Alberto. Siéntese usted.
--Qué sentarse, alma boba... Tenemos que ir al teatro. Y tú vendrás con
nosotros. Tenemos un palco. Veremos bailar a Verónica.
Unificaba a Fernando y Rosina una a modo de atmósfera de espesa
ventura que Guzmán no quiso turbar. Pensó: «No digo nada de la muerte
de Teófilo. Que se marchen mañana sin saber nada, y que lo averigüen
andando el tiempo como una de tantas noticias fútiles.»
Se encaminaron al teatro.
Había un público numeroso compuesto de familias de la clase baja y
muchos escritores y pintores. Guzmán vio a Heinemann en una butaca;
llevaba corbata negra. Sin explicarse por qué, Guzmán asoció aquel
trapo luctuoso a la entrevista que algunos días antes había celebrado
con el periodista, dio por consumado el asesinato de Nora y sintió un
escalofrío.
Representábase una piececilla sentimental que enternecía al público
hasta humedecerle los ojos.
En el primer entreacto el público, volviéndose hacia el palco, ovacionó
a Rosina, la cual, transformando el homenaje en sonrisas, brindábaselas
a Fernando con caricioso rendimiento, como el árbol transforma los
dones y sustancias de la tierra y el sol en fruto para regalo de los
sentidos.
Cuando la atención del público se hubo desviado del palco, Fernando
habló:
--¿Qué le parece a usted esta comedia, don Alberto? Yo no acabo de
entender qué es lo que le emociona a esta gente. Sin duda es que no soy
capaz de sentir esos conflictos caseros y esas bobadas familiares que
parecen chismes de portera, porque nunca he tenido casa ni familia. A
mí, con sinceridad, y usted perdone si digo una herejía, esta pieza me
parece una estupidez y el público idiota o hipócrita. ¿Se ha fijado
usted en la enorme cantidad de palabras que dicen todos los personajes
y ninguna viene a cuento? ¡Cristo, qué tabarra! Puede que sea porque yo
soy actor de cinematógrafo; pero yo creo a pie juntillas que el teatro
hablado aburre a cualquiera. ¿A qué vienen todas esas gansadas que
dicen los cómicos? ¿Qué finalidad persigue el autor? Si las emociones
que son verdad se pueden comunicar sin abrir la boca... Nunca he
visto, ni es posible que vea, como no sea entre locos, que sandeces y
tonterías ayuden a contagiar la emoción. ¿Y es esto la literatura?
--Mameluco --refunfuñó Rosina con mohín capcioso, golpeando suavemente
el muslo de Fernando--. ¿Olvidas que Alberto es literato?
--No me refiero a lo que escribe don Alberto. A mí me gusta mucho leer
versos y novelas. Y también algunas obras de teatro me gustan, y tanto
que me hacen olvidar que se trata de obras de teatro. Me refiero a este
otro teatro charlatán, a este teatro teatral que me revienta.
Después de la piececilla bailó Verónica, y bailó con más brío e
inspiración que nunca. El público, en pie, aplaudía y clamoreaba
frenético.
Rosina deseaba visitar a Verónica en su _camerino_ y despedirse de
ella. Guzmán la disuadió:
--Estará aquello abarrotado de gentuza. Si quieres despedirte le
escribes una carta y al avío.
--Tiene razón don Alberto --afianzó Fernando--. Vámonos a dormir, que
mañana tenemos que madrugar y es bueno estar descansados para el viaje.
Mágicas palabras, que en un punto redujeron a Rosina. Con las mejillas
levemente arreboladas y untuosa mirada sumisa, bisbiseó:
--Sí, vámonos a dormir.
A la salida, Heinemann se acercó a estrechar con efusión la mano de
Alberto:
--No sé cómo agradecerle...
--¿Y Nora?
--Bien, cada día mejor. Muy débil, porque perdió mucha sangre. Aún
no puede salir de casa. Somos felices. Y hablando de otra cosa, ¡qué
manera de bailar la de esta mujer! Parece estar poseída por todos los
demonios.
Se despidieron.
Alberto acompañó a Fernando y Rosina hasta la puerta del hotel.
En tanto el sereno rebuscaba en el cinto la llave y abría el postigo,
Rosina había levantado uno de sus brazos hasta el hombro de Fernando
y se reclinaba sobre él con sensual negligencia. Pululaban en su
rostro emociones ligeras, desflorándolo apenas. Estaba saturada de
alegría discreta y pasiva, como si dentro de ella yaciesen adormiladas
las potencias activas y hostiles de su personalidad. Era como si
la envolviera y esfumase la penumbra de un gran árbol. De toda su
persona emanaban hacia Fernando, a la manera de misteriosas ligaduras,
estremecimientos inconscientes de simpatía física: esa simpatía que
está siempre a punto de entregarse y que constituye la esencia de la
gracia superior. Fernando se mantenía firme y erguido, con una altivez
que hubiera parecido petulante a no estar infundida por la eterna
voluntad de la naturaleza.
--A ver si nos haces una visita en París.
--Sí, don Alberto, anímese usted. Tenemos un pisito muy cuco; su casa,
de todo corazón.
--Buen viaje y que Dios os guarde.
Así que Alberto volvió las espaldas, acercósele Enrique Muslera, un
joven de la mesnada de Tejero. Era anchicorto, de precoz adiposidad y
un poco tocado de pedantería. Simulaba expresarse con dificultad en
castellano, porque su larga permanencia en Alemania le había hecho
olvidar la lengua nativa. Lo primero que hizo en llegándose a Alberto,
antes de decir palabra, fue mirarle a los pantalones y a las botas,
y establecer luego un cotejo óptico con los suyos propios. Después
examinó con impertinencia la indumentaria de Guzmán.
--¿Qué hay? ¿Ha leído usted el artículo de esta mañana?
--¿Qué artículo?
--El de Tejero. Ahora resulta que ocuparse de política es perder el
tiempo; que el problema España no es tal problema España; que no se
debe ser progresista y demócrata sino tradicionalista, o lo que es
lo mismo, restauracionista; que él, Tejero, no es un hombre objetivo
como hasta ahora nos había asegurado, sino un vidente, un místico
español. En suma, que nos ha estado tomando el pelo --hablaba Muslera;
pero la secreción oratoria no le estorbaba para seguir escudriñando,
ora los pantalones y botas de Guzmán, ora los suyos, según andaban.
Prosiguió--: Pero yo me aferro a la cuestión. Ya, a fines del siglo
antepasado, Nicolás Masson de Morvilliers hacía estas dos preguntas en
su _Encyclopédie Méthodique_: «¿Qué se le debe a España? ¿Qué ha hecho
España por Europa desde hace dos, cuatro, seis siglos?» Eso digo yo:
¿Qué ha hecho España? ¿Qué ha producido España?
--Pues si le parece a usted poco... --murmuró Guzmán con sordo encono.
--¿Poco? Nada. ¿Qué es lo que ha producido? Sepámoslo.
--Troteras y danzaderas, amigo mío: Troteras y danzaderas.