--¿Quieres que vayamos a dar una vuelta por el Prado, al sol, antes de
meternos en esa catacumba del Ateneo? --rogó Teófilo.
--Sí, hombre. Hoy se apetece derretirse en el sol, no pensar,
volatilizarse, ser una cosa gaseosa y tibia...
--No pensar... derretirse... Hoy y siempre.
--¿Te vas a poner trágico?
--Yo, ¿para qué? --Teófilo hizo una mueca grotesco-trágica que movió
a risa a su compañero--. Sí, hombre, ríete. No sé si compadecerte o
envidiarte; no comprendes nada del sentimiento.
--¿Quién te lo ha dicho? Pudiera ser que lo comprendiese, y algunas
cosas más. Por ejemplo: entre bastidores los efectismos teatrales
quedan destruidos.
--¡Bah!, resulta que yo estoy haciendo el papel del hombre cansado de
la vida.
--No es eso; aparte de que hay actores que entran en situación con toda
su alma y lloran de veras, pero el público se ríe de ellos, porque les
falta la expresión emotiva.
--Y a mí me falta, ¿eh? ¿Qué le voy a hacer yo?
--Tampoco es eso. Lo que yo te quería decir al hablarte de que
entre bastidores se matan los efectismos teatrales es que todos los
sentimientos, por tristes que sean, llevan en sí su medicina.
--Caramba, qué expeditivo estás. A ver.
--Todo consiste en meterse entre los bastidores de uno mismo,
introspeccionarse, convertirse de actor en espectador y mirar del revés
la liviandad y burda estofa de todos esos bastidores, bambalinas y
tramoya del sentimiento humano.
--Eso es, y aun suponiendo que uno pueda desdoblarse en dos partes tan
fácilmente como tú dices, el ver con la una la liviandad y burda estofa
de la otra es un espectáculo consolador, ¿verdad?
--A la larga sí.
--¿Qué llamas tú a la larga? Porque yo ya va para seis meses que
intento una cosa semejante, y como si no. Lo que ocurre es que cuando
la gangrena está dentro no hay morfina que valga. Si fuera tan fácil
inyectar filosofía como cacodilato de sosa... Pensarás que me hago el
interesante, pero es que tú no sabes... --Teófilo creía mantener el
secreto de sus congojas; pero eran varios los que conocían su origen,
entre ellos Alberto.
Continuaron paseando en silencio. Alberto introdujo las manos en los
bolsillos de la chaqueta y se encontró con un papel que resultó ser
una carta cerrada. Había recibido tantas cartas tristes en su vida,
que cada nuevo sobre que a sus manos llegaba le infundía terror. Solía
guardar las cartas sin abrirlas, y después de algún tiempo las leía
o las quemaba, según el humor. Contempló esta carta, rugosa y sucia
ya; era letra conocida, pero no podía decir de quién. Estuvo dándole
vueltas entre las manos, dudando si leerla o arrojarla por una boca de
alcantarilla. Por fin la abrió.
--Hombre, de Bériz.
--¿El qué?
--Esta carta.
--¿Qué es de él?
--No sé aún. Ahora veremos --leyó--: «Querido Guzmán: Dirá usted y
los amigachos de Madrid (no es que le llame amigacho. Ya sabe que
siempre le he tenido gran afecto y consideración) ¿qué será de aquel
sinvergüencilla de Bériz? Y la verdad es que yo fui un sinvergüencilla
en vísperas de pasar a mayores, como ahora comprendo que se hubiera
verificado si me quedo en Madrid. Pero ¿se acuerda usted de una célebre
noche en el circo, ¡qué nochecita aquella, ché!, y lo que usted me
dijo: «vete a tu pueblo, Arsenio, vete a tu pueblo», ni más ni menos
que como Hamlet aconsejaba a Ofelia que se fuese a un convento? Y ahora
caigo en la cuenta que nos tratábamos de tú. En Madrid se pierden las
distancias: todos somos unos... unos golfos, y no lo digo por usted,
o por ti, que ya no me acordaba. Luego, cuando uno se aparta de ese
guirigay, vuelven a establecerse las jerarquías. A lo mío. Aquel
consejo me estaba siempre sonando dentro de la cabeza, y un buen día
(esto es un galicismo, ché; pero ¿qué importa?) me dije: si no es hoy
no es nunca. Y sin decir oste ni moste lié las maletas, y Arsenio
volvió a su pueblo a casarse con su novia; pero, sobre todo... a hacer
gran arte. ¡Una tontería de quimeras y ambiciones! Pero a medida que
el eco de Madrid se iba apagando dentro de mí, y aquellas famosas
jerarquías restableciéndose, me empezó a nacer el sentido común. ¿Gran
arte yo? Vaya, que no es por ahí. Comprendí que son contados los que
pueden permitirse ese lujo, y que Dios no me llamaba por ese camino,
sino por el del honesto matrimonio burgués, y venga hacer hijos y más
hijos, sanos, robustos y alborotadores como yo, y como yo un poquitín,
nada más que un poquitín, sinvergüencillas. Pues nada, que la semana
que viene me caso, así, a los veintidós años, y el mes que viene me
tendrás despachando abanicos para enviar con viento fresco al mundo
entero. No te doy parte de mi boda con la perspectiva de un regalo.
No lo admitiría, aparte de que ya sé que la literatura se parece a
los abanicos en que da aire, pero se diferencia en que no da dinero
además. Iré de viaje de novios a Francia, pero embarcado. No paso por
Madrid así me aspen. Soy feliz y espero que te alegrarás de saberlo.
Si tienes un minuto libre y quieres enviarme un epitalamio, y mejor, si
quieres escribirme una carta, te lo agradeceré. ¿Cómo van tus cosas? ¿Y
aquella Pilarcita? No sé si te dije que cayó antes de mi huida, y la
verdad es que estaba bien, diantre. Un abrazo, Arsenio.»
--¡Qué suerte de muchacho! Si yo hubiera hecho lo mismo, no hace
más que seis meses, cierto día que recibí una carta de mi madre...
--murmuró Teófilo, y su voz era un hacinamiento de sombras.
--Tu caso no es el mismo. Tú tienes ya un nombre y, por lo tanto, un
deber adscrito a ese nombre.
--Sin embargo, recuerdo que también a mí me aconsejaste en una
ocasión...
--Cierto, porque creí que lo que te apuraba era la situación económica.
Pero ahora... tienes ese destinillo que te dio don Sabas en su
testamento ministerial; la Roldán te va a estrenar un drama y será un
éxito.
--Pero tú dices que es muy malo.
--Por eso será gran éxito.
--Entonces, ¿cuál es mi deber?
--Hacerlos buenos.
--¿Y si entonces no gustan y me muero de hambre?
--No importa.
--Tienes razón. Nada hay que importe, nada hay que importe.
Paseaban a lo largo del Botánico, acercándose a una de sus fuentes.
Teófilo sintió, captándole las potencias, la reviviscencia del pasado,
como si aún gravitase sobre su costado la dulce pesadumbre de Rosina en
aquella mañana de otoño, cuando se habían detenido ante la alborozada
hoguera cuyo canto se abrazaba al runrún del agua, y él había dicho:
«Lo más hermoso del mundo es la mujer, porque participa de la
naturaleza del agua y de la del fuego.» La abundancia de emoción le
forzó ahora a hablar.
--¿Querrás creer que desde que el ciego se marchó a Asturias me falta
algo? Estos últimos veinte días me han parecido veinte siglos. Los
ratos que con él pasaba todas las tardes eran para mí divinos. Yo que
no he visto nunca el mar lo he sentido al través de las palabras de
aquel hombre. Mi drama a él se lo debo. Yo había imaginado siempre el
mar como algo monstruoso y rugiente. Pero el ciego me hizo sentir el
encanto del mar, que es de naturaleza femenina, captante, fascinadora,
suave, suave... Los enamorados del mar parecen enamorados de una mujer,
y parece que todos los que han vivido cerca del mar se enamoran. Es
una mujer y una mala mujer. El ciego decía: «Yo siempre tuve miedo al
mar, mucho miedo; pero no puedo vivir sin él. Vivo aquí porque estoy
ciego, y ya, para el caso, lo mismo da estar en una parte que en otra,
porque lo llevo dentro de mí.» A veces, cuando habían regado las calles
asfaltadas, el ciego decía: «Huele un _poquiñín_ a mar». Él decía un
poquiñín. Y cuando pasábamos cerca de una de esas señoras elegantes
que llevan un perfume sin perfume, una cosa que huele a mañana, ¿me
entiendes?, entonces el ciego decía: «Huele a mar.» ¡Cosa más rara! Yo
creía, o me figuraba, que el ruido del mar era un ruido enorme, y así,
un día, estando en los andenes del paseo de coches, le dije: «¿Es este
el ruido del mar?» Él se enfadó y contestó: «El mar no hace ruido, el
mar tiene voz. Este es un ruido que se coge con las manos.» Y en cierta
ocasión, estando sentados en Recoletos, pasó junto a nosotros un niño
que arrastraba sobre la arena, a golpes, un cajoncito de madera. Dijo
el ciego: «Esa es la voz del mar. Son las últimas olas pequeñinas de
la playa.» Yo no caía al principio en la cuenta, porque apenas si se
oía el ruido del cajoncito. Y como yo me asombrase, el ciego añadió:
«Siempre es esto, pero en grande.»
Hubo una pausa.
--¿Qué sabes de Rosina? --preguntó Alberto sin subrayar las palabras.
--Pss. Lo que todo el mundo sabe. Lo que dicen los periódicos. Que es
una estrella de los _music-halls_ y que hace furor en París --respondió
Teófilo, afectando excesiva indiferencia.
--Eso ya lo sabía yo. El padre, ¿no te decía más?
--Lo que te he contado. Al principio don Sabas, a pesar de la fama
de avaro que tiene, mantenía al ciego y lo mantenía bien. Luego la
hija comenzó a mandarle dinero. A lo último le ordenó que se fuera a
Asturias, adonde llevarían también a la pequeña Rosa Fernanda.
--Y Rosina, ¿no te ha escrito nunca?
--¡Escribirme!... --exclamó Teófilo con amargura. Recobrose en seguida
y añadió--. ¿A qué santo me iba a escribir? He hablado con ella media
docena de palabras en toda mi vida.
--¿Y aquel otro amigacho tuyo? ¿No se llamaba Santonja?
--Hace días que no le veo. Me entristecía demasiado. ¡Pobre Santonja!
También a ese le debo el haber comprendido hondamente algunas cosas;
por ejemplo, que en la vida lo de más monta es ser sano, fuerte,
robusto. Me parece haberte dicho que Santonja está desviado de la
espina dorsal; es un ser monstruoso e infeliz. Si a esto añades
que siente por la vida y por el amor de las mujeres un verdadero
frenesí, como por cosas que le están vedadas, te darás cuenta de sus
sufrimientos. Con todo, es un hombre extraordinariamente dulce y
bondadoso. Yo me explico muchas veces que la mayoría de los españoles
maldigan de sus padres. De pequeños nos enseñan la doctrina y a temer
a Dios, y a este pobre cuerpo mortal, a este guiñapo mortal, que
lo parta un rayo. A los veinticinco años somos viejos y la menor
contrariedad nos aniquila. Somos hombres sin niñez y sin juventud,
espectros de hombres. ¿No has observado cuando hay un gran público de
españoles la extrema delgadez de la mayoría? Se dirá que es porque
comemos poco y mal. En parte es verdad, pero sobre todo es porque no se
han cuidado de hacernos hombres cuando éramos niños.
--Ya es cosa vieja. La delgadez es el ideal estético de la belleza
masculina en España. Recuerdo que la Lozana andaluza no encuentra mejor
cosa que decir en elogio de un mancebo sino «¡qué pierna tan seca y
enxuta!»
--Nuestros padres nos han condenado desde niños a ser desgraciados.
Y no hablemos de los que nacen contrahechos, como ese Santonja. ¿Hay
derecho a dejar vivir a un ser que nace deforme? No, no y no. ¿No hubo
un filósofo griego que aconsejaba matar a las criaturas enfermizas o
monstruosas?
--Sí, Platón.
--Dirán que era un bárbaro. Los bárbaros son los que permiten que vivan.
Caminaron en silencio. Acercábanse al Ateneo.
--Es curioso --observó Teófilo, como hablando consigo mismo--. Me he
pasado unos cuantos años con la pretensión de ser un gran poeta y
consagrado exclusivamente a la poesía, y en todo ese tiempo produje,
sobre poco más o menos, dos docenas de versos al año. Descubro un día
que el arte es un engaño ridículo, que es una cosa inútil y hueca,
como lo son todas las cosas en la vida, y en seis meses mal contados
produzco más que en los varios años anteriores y mejor, aunque tú digas
lo contrario.
--No digo yo tal.
--Porque, en efecto, Alberto, ¿para qué molestarse por nada? Todo es
inútil, todo es inútil.
Subían las escaleras del Ateneo. Cierta expresión del rostro de
Teófilo, que en otro tiempo era circunstancial, se había constituído
en habitual desde hacía seis meses. Era un gesto pueril y simpático, y
podía traducirse así: «Yo os perdono que seáis como sois. Perdonadme
que sea como soy, porque la verdad es que yo no tengo la culpa.»