VIII

«Ahora tiene que ser», pensaron la mujer y el hombre. Tenía que

ser, pero aún no sabían cómo iba a ser. No sabían si alegrarse o

apesadumbrarse. El futuro inminente gravitaba sobre ellos, pero

ignoraban lo que iba a ocurrir.

Rosina había entrado con toda su alma en esta aventura, prometiéndose

deleites de un linaje desconocido, elevados deleites, porque no era

carnal sino voluptuosa. Durante el almuerzo se había preguntado

repetidas veces: «¿Le quiero?» La respuesta sucedíase siempre en

afirmación. Y ya en los umbrales del misterioso trance, cerraba los

ojos y humillaba el espíritu ante el nuevo yugo, ansiando sentir cuanto

más pronto su contacto y con él el término de aquella congoja. «¿Qué va

a hacer? ¿Qué va a hacer, Dios mío?», se decía. Y luego: «¿Y si hiciera

lo de todos?» Lo de todos era tomarla, gustarla y poseerla, con más o

menos fruición, y después dejarla de lado fríamente, hasta que el deseo

la avalorase de nuevo. Y se le desparramaba en el paladar un gusto

amargo, astringente. Permaneció con los ojos gachos.

También Pajares mantenía bajos los párpados. Pero su zozobra era más

profunda y doliente que la de Rosina. Apretábale la urgencia de hacer o

decir algo, y el corazón, impaciente por asomarse a sus labios, había

subido a la garganta y le ahogaba. Pero la voluntad le había desertado

y un frío cobarde se alojaba en sus huesos. En el Museo, y más tarde, a

la hora de almorzar, le había parecido descubrir patentes indicios de

amor en Rosina. Pero ahora echaba de ver claramente que no eran sino

meras afabilidades sociales, cuando no sutiles y crueles artificios de

cortesana. Espantábale amar y que le hicieran befa del amor. El vértigo

se apoderaba de él y le nublaba los ojos con un velo de sangre anémica,

color de rosa. Entonces decidió dar fin de semejante martirio, salir

huyendo a esconderse en el último rincón de la tierra, pero no pudo.

La cabeza le vacilaba sobre los hombros y cayó en tierra, el corazón

desfalleciente y como ajenado de los sentidos. Cayó en tierra de

rodillas y llorando; desplomó la cabeza sobre el regazo de Rosina, le

asió de las manos y se las cubría de besos.

Tan inesperado fue todo, tan fuerte, que Rosina, a causa del choque y a

pesar suyo se encontró desdoblada en dos personalidades diferentes: la

una estaba plenamente dominada por la situación, la otra había salido

de fuera, como espectador, y exclamaba casi en arrobo: «¿Es posible que

existan estas cosas?» Pero, a poco, las dos personalidades se fundieron

en una como inconsciencia y sabrosa conturbación del ánimo. Rosina

estaba atacada de una breve risa nerviosa que sonaba a sollozos y que

por sollozos tomó Pajares.

A seguida, pareciéndole mal a la mujer que aquel hombre estuviera

hinojado a sus pies, deslizose de la butaca y descendió a sentarse

en la alfombra, en donde abrazados, besándose y suspirando palabras

borrosas, se estuvieron un buen rato. Cuando se recobraron y se

levantaron, no sabiendo qué decirse se sonreían mutuamente.

Pajares se sentó en una butaca y atrajo a Rosina a que se le sentara

sobre las piernas, y en teniéndola sobre sí la cercó con los brazos,

enjutos y nerviosos, que Rosina sentía a través del vestido como un aro

de hierro inquebrantable.

Pajares conservaba aún humedecidos los ojos; lo propio le sucedía a

Rosina. Así como en la historia de la humanidad el agua fue la grande

y primera soldadora de pueblos (porque mares y ríos son lazos, montes

son barrera y desierto es aislador), así en la historia de los amores

individuales las lágrimas unen, la altivez separa y la llaneza árida

aísla.

Presa entre sus brazos y recibiendo de ella la calidez de sus

besos, Pajares experimentó perentoria voracidad de poseer a Rosina

enteramente. Pero esta entera posesión no era la posesión física o

concupiscencia de gozarla como hembra, sino la sed de beberle el alma,

de conocer toda su vida, de atraer el pasado diluido en sombras hacia

el presente y trasplantar las oscuras raíces de aquella amada criatura

a su propio corazón. Porque en la posesión física pasa el hombre por

la mujer como el ave por el cielo o la sierpe por la hierba; pero

en este otro linaje de posesión Pajares adivinaba extrañas virtudes

de reciedumbre duradera. Como buen español, amaba de la manera más

espiritual, que es lo que vulgarmente se dice _de una manera brutal_,

y apenas había besado a la mujer por vez primera, y antes de hacerla

suya, le invadía el furor de los celos retrospectivos.

--Quiero que me lo cuentes todo, todo, todo --exigía Pajares,

paladeando el placer equívoco de procurarse seguros sinsabores.

Rosina reclinó la cabeza sobre el hombro de Pajares, entornó los ojos,

como recogiéndose dentro de sí misma, y con voz lenta y segura, y

procurando evitar toda ficción, comenzó a referir lo que recordaba

de su vida[1]. Sus años jóvenes, en Arenales; su deshonra; su caída

en el primer burdel y cómo dio muy pronto con un amante que la llevó

a Madrid; sus primeros pasos en la corte, en calidad de hetera de

alto rango; su relación con un inglés rico de la embajada, el cual la

mantuvo consigo como amante cerca de dos años, y la trató siempre con

tanto mimo y regalo como a una yegua _pursang_; su vuelta a Madrid y

la buena impresión que hizo en los círculos alegres y adinerados; sus

nuevas amistades, entre ellas la de Pascualito Sicilia, para quien

sirvió de modelo fotográfico, desnuda, y cómo don Sabas Sicilia solía

contemplar los artísticos retratos que el hijo tomaba, y habiéndole

causado particular entusiasmo el de Rosina, determinó conocer el

original, y a las palabras contadas le propuso sostenerla como amante,

lo cual ella aceptó, porque según propia confesión no había nacido

para ser de muchos hombres, pues esto le repugnaba, sino para burguesa

y madre de familia, y la vida que ahora llevaba era muy quieta y

hasta casta, y era don Sabas afectuoso, inteligente, liberal y poco

chinchorrero.

[1] _Tinieblas en las cumbres._ Novela.

Hablaba Rosina, y el corazón de Pajares, que poco antes se había

abierto y esponjado maravillosamente, iba empapándose poco a poco de

amargor, de tal suerte que al final de la historia le gravitaba dentro

del pecho como una masa enorme. El cerco de sus brazos, con que tenía

asida a Rosina, se relajó, como si no fuera ya necesario oprimirla

tan recio para sentirla dentro de sí. Contrariamente, Rosina había

ido aliviándose, según hablaba, de una gran pesadumbre cordial, y su

corazón hallose tan ligero que se le subió a la cabeza; y así, era

como si el corazón discurriese y la cabeza amase. Vivía unos momentos

de ilusión. «Pero, ¿es posible que haya llegado a quererle tanto, sin

haberme dado cuenta?», pensaba Rosina, ingenuamente, asombrándose de

aquel cariño. Contempló el rostro de Pajares y su entrecejo contraído

y ojos ausentes, por donde se echaba de ver que se hallaba en ese

estado de infinito estupor que sigue a las grandes emociones. Besole

Rosina el paciente entrecejo con ahincado beso, y levantándose de

sobre él fue a sentarse en la butaca. Hubiera deseado loquear, saltar,

cantar, sentirse niña, porque a través de toda su carne y alma se

derramaba una inundación de olvido, como renacimiento de la doncellez;

y hubiera deseado también que Pajares se sintiera, como ella, con

ímpetu de realizar locuras y obrar de manera pueril e inconsciente,

que para ella valía tanto como inocente. En amor, la mujer se entrega,

el hombre posee; o lo que es lo mismo, la mujer endosa al hombre la

responsabilidad de su vida y la custodia de su corazón y conducta, y

desembarazándose de tan frágil y pesada carga, recibe la más honda,

placentera e inefable sensación de libertad.

Sonó el timbre de la puerta. Rosina hizo un mohín de disgusto y aguzó

el oído. Oyó una voz conocida, hablando con la Concha. «Es Ángel Ríos»,

pensó; «si le da por ponerse pesado...» El visitante y la criada

hablaban a gritos.

--¡Que no está! ¡Que no está! ¡Y que no está! --decía Conchita.

--Bah; no seas boba... Si él mismo me dijo que estaría a estas horas...

--replicaba el visitante.

--No se ponga usté pesao, Ríos, que no está.

--Pues entro a ver a Rosina.

--Vaya; pues no faltaba otra cosa...

--Conchita, que te doy dos azotes... --y el visitante reía a carcajadas.

--A ver... No haga usted la prueba por un si acaso.

Entre las risas varoniles y las voces airadas de Conchita oíase

traqueteo y sordo rumor de lucha. Teófilo, retrotraído ya a la

realidad, se puso en pie. Estaba pálido; murmuró:

--¿Qué ocurre?

--Nada; bromas de Angelón Ríos. ¿No lo conoces? Aquí se nos colará,

porque ese cuando dice allá voy...

--No, no, Rosina. Cuando dice allá voy como si no lo dijera, porque si

tú no quieres que entre, yo lo arrojo a patadas.

--Pero ¿tú conoces a Angelón? --preguntó Rosina, algo asombrada, ante

la erupción bélica de Teófilo, haciendo un cotejo mental entre la

fortaleza de uno y la flaqueza del otro.

--Sí, le conozco --y revelaba una energía latente capaz de consumar

hechos increíbles.

--Bueno; no vale la pena. Angelón es simpático y como viene se va. No

nos cansará mucho tiempo.

Avecináronse las risotadas de Angelón y los chillidos de Conchita;

abriose la puerta y apareció un hombre inmenso, sofocado de risa,

con dos piernas de mujer, muy bien calzadas de transparentes medias,

colgándole a entrambos lados del pescuezo, pecho abajo, las cuales

sujetaba con fuerza por los tobillos, condenándolas a la inmovilidad.

Arrodillose el hombre, y pudo verse entonces que traía a horcajadas

sobre sus hombros a Conchita. Venía la muchacha en estado de frenesí;

asía con rabia los cabellos de la cabalgadura y se esforzaba en

arrancárselos a puñadas, maniobra que para Angelón era lo mismo que si

le hicieran cosquillas, a juzgar por el contento que mostraba. Anduvo

unos pasos de rodillas, porque Conchita no tropezase en el dintel de la

puerta, y en estando dentro de la salita púsose en pie, y habló:

--Estás que tocas el cielo con las manos, Conchita --y luego,

dirigiéndose a Teófilo y Rosina, guiñando un ojo a lo pícaro y con

el otro señalando las piernas de la muchacha, agregó--: Está bien la

cucañera chiquilla.

Sonreía Rosina del cuadro, y Pajares también. Conchita, harta de

protestar sin fruto, rompió a reír de pronto, y entre los golpes de

risa, murmuró:

--A usté hay que dejarlo o emplumarlo.

--Lo mismo digo, Conchita --respondió Angelón, colocando a Conchita en

tierra. La muchacha huyó avergonzada.

Ríos saludó a Rosina y Teófilo, con franca ligereza, como se acostumbra

hacer con amigos a quienes se ve a todas horas: era este un hábito

adquirido de sus muchas relaciones políticas. Acercose después al

espejo y con las manos ordenó los alborotados cabellos.

--Entonces, ¿no está don Sabas?

--No, hombre. Ya te ha dicho Conchita que no.

--Y a propósito de Conchita, ¿sabes que está bien?

--Bien o mal, me parece que no es para ti.

--¡Quién sabe! ¿Tiene novio?

--Sí, un encuadernador.

--Pues, avísame cuando la engañe, porque, eso sí, a mí no me gusta

engañar a una mujer. ¿Puedes prestarme papel y pluma? Quiero escribir

a don Sabas, y en seguida me voy, que no quiero estorbar. Vaya, vaya

--se acercó a Teófilo y le dio una palmadita en los muslos--, también

los poetas... Las princesas pálidas están muy bien en los versos; pero

de vez en cuando, ¿eh?, un cogollito de carne y hueso, tan rico como

Rosina, no está mal, ¿verdá neña?

Teófilo procuró adoptar una actitud altiva, por sostener a distancia

los entrometimientos de Angelón, el cual, sin hacer caso alguno del

poeta, tomó el papel y pluma que Rosina le presentaba y se aplicó a

escribir. A mitad de la carta, levantó la cabeza:

--¿A que no aciertas, Rosina, quién es el interesado en el asunto que

le recomiendo a don Sabas?

--¿Quién?

--Echa a ver.

--Yo qué sé. Cualquier amigacho tuyo.

--Y tuyo.

--¿Mármol?

--No, Alberto.

--¿Qué Alberto? --inquirió aquí Teófilo--. ¿Díaz de Guzmán?

--Sí, el mismo --respondió Ríos--. ¿Sabes, Rosina, que vive en mi casa?

--Tengo deseos de verle. Dile que venga por aquí. ¿Cómo está ahora?

--Estos días parece que anda algo malucho.

Ríos concluyó su carta, la engomó y se la entregó a Rosina.

--Neña, qué pez tan apetitoso --exclamó Ríos, contemplando el pez color

de azafrán, que daba estúpidamente vueltas y más vueltas dentro de la

bola de vidrio.

--¿Quién, Platón?

--Digo este pez.

--Sí, Platón.

--¿Cómo Platón?

--Cosas de Sabas. Dice que Platón era un filósofo, y que todos los

filósofos son como peces en pecera, que ellos toman por el universo

mundo, y que los filósofos son castos e idiotas, como los peces, y qué

sé yo. Habías de oírle a él. Ya sabes que tiene la manía...

--Sí, de decir gracias que no son gracias. Neña, es una manía de todos

los políticos españoles. Les gusta más hacer el payaso y abrir la boca

que abrir una carretera. Hasta cuando son déspotas, son payasos. ¿Por

qué crees tú que yo soy un payaso, sino porque siempre he vivido entre

gente política? Pero, no nos desviemos de la cuestión. Este pez me

parece suculento.

--¿Suculento?

--Sí, suculento. Me lo comería de buena gana.

--¿Es una payasada?

--Es la verdad.

--¿Quieres que te lo fría Conchita?

--Quita allá. Tal como está.

Ríos sumió la mano en la pecera, pescó el pez y se lo llevó a la boca.

Volviose hacia Teófilo y Rosina, con medio pez fuera de los labios,

coleando. Hizo luego con el cuello un movimiento de ave que bebe y se

engulló el pez. Por último, se dio unos golpecitos en el estómago y

afirmó:

--Exquisito.

--¡Qué atrocidad! --comentó Teófilo, sonriendo.

--¡Qué bárbaro eres! --dictaminó Rosina--. Oye, te advierto que si

quieres hacer sopa de tortuga dentro del buche también hay un galápago

en casa; Sesostris, este es su nombre, puesto por Sabas, como puedes

suponer; pero las razones las ignoro.

--Gracias, neña, me basta con Platón, que por cierto era muy

sustancioso, aunque filósofo. Pero, chica; es que hoy no he comido

aún... Ando tan apurado...

--¿De tiempo?

--¡Bah! De dinero.

--¡Qué payaso eres! --aseveró Rosina, mirando de arriba a abajo a

Angelón y su distinguida, flamante indumentaria.

--Ya ves, y no me han hecho aún director general. Ea, adiós y buen

provecho.

--Lo mismo digo, Angelón.

Ríos salió de la estancia como un torbellino.

Apenas se quedaron a solas, Teófilo se adelantó a decir:

--De manera que Díaz de Guzmán ha sido amigo tuyo...

--No ha sido, sino que es.

--Ya puedes presumir lo que quiero dar a entender con la palabra amigo.

--No lo presumo...

--¿No? Pues es muy fácil. ¿Qué clase de relaciones has tenido o tienes

con él?

--Pero, hombre, ¿qué te importa?

--¿Eh?

Pajares livideció. Rosina acercose a acariciarlo y le rodeó el cuello

con los brazos.

--No seas niño; no he querido molestarte. He dicho, qué te importa,

porque la cosa no tiene importancia. Te lo contaré todo, ya lo creo. Es

preciso que sepas que no te oculto nada. Verás, conocí a ese muchacho

el mismo día que me llevaron a aquella mala casa, en Pilares, ya sabes.

Ya puedes figurarte si yo estaría como loca. Bueno, pues él me trató

con mucho afecto, no como a una cosa, sino como a una persona. Esto

es bastante raro, y yo le conservo agradecimiento: eso es todo. ¡Ah!,

luego me escapé de Pilares, y como no daban conmigo creyeron que él,

Guzmán, me había asesinado; nada menos que eso. Hasta le metieron en la

cárcel. Es una historia ridícula.

--¿Y nada más?

--Nada más, hombre.

Le besó en los ojos.

--Bueno, Rosa; tú no puedes seguir llevando esta vida.

--¿Qué vida? Más tranquila, más formal, no puede ser.

--Tranquila y formal, si así lo quieres, para una...

Teófilo titubeó antes de pronunciar la palabra cocota.

Rosina se acurrucó a los pies de Pajares, reclinando la cabeza en sus

piernas.

--¿Y qué soy yo sino una cocota?

--Si lo eres, es preciso que dejes de serlo.

--Sí, sí; pero, ¿cómo?

--¿Cómo?

Pajares aupó a la mujer y la estrujó contra su pecho, besándola con

arrebato.

--Tú no puedes ser ya sino mía, mía, mía y para siempre, para siempre.

Viviremos juntos, retirados de la gente, uno para el otro, uno para el

otro.

«¡Cómo me quiere!», pensó Rosina. Intentó imaginar aquel futuro que

Pajares le ofrecía; pero no lograba darle cuerpo, carne sonriente

y atractiva. Se le iba llenando el pecho de tenue desazón, como si

hubiera debido hacer o decir algo de importancia y no consiguiera

recordar qué era ello.

--Por lo pronto --añadió Pajares--, hay que romper con don Sabas.

--Sí, sí --contestó Rosina sin convicción.

--Hoy mismo --determinó Teófilo.

--Por Dios, eso es imposible. No me ha dado motivos, y es muy duro, así

de repente.

--Hoy mismo --repitió Teófilo.

--No seas cruel --Rosina avencidó al de Pajares su rostro, contraído e

implorante--. Me haces sufrir. Yo no deseo otra cosa; pero fíjate que

no es tan fácil como parece... Hay que ir preparándolo poco a poco...

Ten compasión de mí.

Teófilo permanecía en silencio. Rosina se envalentonó:

--Tengo una idea. Lo mejor es que vayamos a pasar unos días fuera de

Madrid: en Aranjuez, en El Escorial, en Toledo, donde te parezca, y

allí arreglamos todas las cosas y le escribo a Sabas rompiendo con él,

¿qué tal? --y envolvió en mimos a Teófilo; pero Teófilo no desplegaba

los labios.

--¡Qué feliz voy a ser con mi poeta! ¡Y qué feliz voy a hacerle a él!

¡Qué felices, qué felices vamos a ser! --continuó prodigándole blandas,

enervantes caricias; Teófilo permanecía sin hablar.

Y es que Pajares ahora sufría una nueva tortura. En su cerebro había

destacado de pronto y con imperiosa sequedad una idea: «Esta mujer

me desea, y aunque sin atreverse a declararlo con palabras, necesita

la satisfacción de su deseo.» Así interpretaba Pajares las ternezas

y mimosidades con que Rosina pretendía aturdirlo por desviarle la

voluntad de aquella absurda exigencia de romper con don Sabas. Y la

tortura de Pajares era que temía ser despreciado y desconsiderado

virilmente por Rosina. De una parte, no le encendía en aquellos

instantes ningún linaje de torpe concupiscencia; de otra parte, aun

habiéndose sentido inflamado de deseos, no se hubiera dejado tiranizar

por ellos o buscado su saciedad, por que el estado de su ropa interior

era miserable y vergonzoso, y por nada del mundo se hubiera presentado

ante Rosina en tan triste intimidad. Se acordaba de una frase de

no sabía qué autor, oída a no sabía qué amigo: «El dinero es el

afrodisiaco superlativo.»

--¿Qué te ocurre? Habla por la Virgen Santa. ¿No te parece bien lo que

te propongo? Cuatro o cinco días, o más, en El Escorial, por ejemplo;

sí, en El Escorial. ¡Di algo!

--Sí, Rosa; tienes razón.

--¿De veras te parece bien?

--Sí, mujer.

--¡Qué felicidad! ¡Qué felicidad! Me harás versos, ¿verdad?

--Sí, te haré versos --asintió Teófilo sonriendo con amargura.

--Y luego los publicas en _Los Lunes_. Calla; pues resulta que el

viajecito te va a dar dinero... --poniéndose en pie Rosina palmoteaba

como niño rico ante el escaparate de una confitería.

«Dinero...», pensaba Teófilo. Había escrito algunos días antes a su

madre pidiéndole, con mil apremiantes pretextos, un extraordinario,

además de la humilde mensualidad que de ella recibía. Aun cuando se

veía y se deseaba para poder vivir ella misma y sostener la casa de

huéspedes, en donde muchos huían sin pagar y los que pagaban pagaban

poco, la madre hacía el milagro de raer aquí y acullá en su comida y

vestido unos ahorros, hasta sumar de 12 a 15 duros que enviaba cada

mes al hijo, y, aun en ocasiones, cinco o seis más, fuera de cuenta.

«¡Qué canalla soy!», pensó Teófilo recordando a su madre. «Mi vida no

tiene sentido», caviló. El corazón se le redujo a cenizas nuevamente,

y, nuevamente, los ojos se le envolvieron en un tul de sangre anémica

color rosa. Se le eliminó en un punto la voluntad. Imaginaba ver su

propia alma a la manera de esos perros vagabundos que miran de reojo

a todas partes porque saben que el universo está poblado de garrotes,

botas y piedras invisibles, los cuales, repentinamente, se materializan

donde menos se piensa.

Entró Conchita, desvariada, empavorecida.

--¿Qué ocurre? --interrogó Rosina, contagiada del pavor de la

doncella--. ¿Algo de Rosa Fernanda?

Teófilo tuvo el presentimiento de que la bota invisible comenzaba a

materializarse y abrió aleladamente los ojos.

--Que, que --rompió a explicar Conchita temblando--, que... don

Sabas... ha entrado en el portal... y ya debe estar llegando a la

puerta del piso.

--¡Bah! Déjalo que llegue, que entre... ¡Qué susto me habías dado!...

Teófilo se había puesto en pie, demudado el rostro. Le acosaba un

terror irracional, casi zoológico. Echó a correr hacia la puerta; pero

Rosina le detuvo, agarrándole de la chaqueta.

--¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios! ¡Tranquilízate! --De los arrestos

bélicos de Teófilo a la llegada de Angelón, de sus posteriores

exigencias de un rompimiento con don Sabas y del actual desconcierto,

Rosina había deducido que le poseía una furia loca de agredir al

ministro.

Sonó el timbre. Conchita interrogaba con los ojos. Teófilo permanecía

en pie silenciosamente, por donde Rosina consideró que se había

tranquilizado. Ordenó a la doncella:

--Vete a abrir y que pase aquí como siempre. --Salió Conchita. Rosina

imploró--: ¡Déjalo! Todo se arreglará en seguida, te lo prometo. Que

venga, y nosotros como si tal cosa; por ahora como si fueras un amigo

que está de visita.

Pero Teófilo no podía oír porque le ofuscaba un espanto absurdo, algo

así como terror atávico.

Sintiéronse los pasos cadenciosos, graves y lentos de don Sabas, y

cuando se acercaban ya al umbral de la puerta, sin que Rosina pudiera

impedirlo, Teófilo huyó a refugiarse detrás de las cortinas del

perchero.

Troteras y danzaderas: Novela · 第 16 / 72 题