_Mama_ Salomé dejaba un hijo, libre como ella y mocetón de quince años,
el cual se juró a sí mismo, para cuando tuviese edad, vengar en la
sociedad el ultraje hecho a su madre encorozándola por bruja, y a la vez
castigar a los terranovas por la rebeldía contra su reina.
Cuentan que un día, sin que hubiese llegado el galeón de Cádiz trayendo
noticia de la muerte del rey o de un príncipe de la sangre, ni fallecido
en Lima magnate alguno, civil o eclesiástico, las campanas de la
Catedral principiaron a doblar solemnemente, siguiendo su ejemplo las de
las infinitas torres que tiene la ciudad. Las gentes se echaban a las
calles preguntando quién era el muerto, y la autoridad misma no sabía
qué responder.
Interrogados los campaneros, contestaban, y con razón, que ellos no
tenían para qué meterse en averiguaciones, estándoles prevenido que
repitiesen todo y por todo el toque de la matriz. Llamado ante el
arzobispo el campanero de la Catedral, dijo:
--Ilustrísimo señor: los mandamientos rezan «honrar padre y madre». La
que me envió al mundo murió en el hospital esta mañana, y yo, que no
tengo más prebenda que la torre, honro a mi madre haciendo gemir a mis
camparas.
_Mutatis mutandis_, puede decirse que el hijo de Salomé pensaba como el
campanero de marras, proponiéndose honrar con crímenes la memoria de su
madre.
Gozaba Lima de aparente tranquilidad, pues ya se empezaba a sentir en la
atmósfera olor a chamusquina revolucionaria, cuando de pronto cundió
grave alarma, y a fe que había sobrado motivo para ella. Tratábase nada
menos que de la aparición de una fuerte cuadrilla de bandoleros, que, no
contentos con cometer en despoblado mil y un estropicios, penetraban de
noche en la ciudad, realizaban robos y se retiraban tan frescos como
quien no quiebra un plato ni cosa que lo valga. En diversas ocasiones
salieron las partidas de campo con orden de exterminarlos; pero los
bandidos se batían tan en regla, que sus perseguidores se veían forzados
a volver grupas, regresando maltrechos y con algunas bajas a la ciudad.
Rara era la incursión de los bandoleros a la capital en que no se
llevasen cautivo algún terranova, que pocos días después devolvían bien
azotado y con la cabeza al rape. Con las mujeres terranovas hacían
también lo mismo, y algo más. Una noche hallábase la reina de regodeo en
la casa de la cofradía, cuando de improviso se presentaron los de la
cuadrilla, azotaron a su majestad, y cometieron con ella desaguisados
tales que volando, volando y en pocos días la llevaron al panteón. El
trono quedó vacante, no habiendo quien lo codiciase por miedo a las
consecuencias; lo que ocasionó el desprestigio de la tribu y dió
preponderancia a las otras cofradías, partidarias entusiastas del _Rey
del Monte_, título con que era conocido el negro hijo de _mama_ Salomé,
capitán de la falange maldita.
Contribuían a dar cierta popularidad al _Rey del Monte_ las mentiras y
verdades que sobre él se contaban. Sólo los ricos eran víctimas de sus
robos, y su parte de botín la repartía entre los pobres; no había jinete
que lo superase, y en cuanto a su valor y hazañas, referíanse de él
tantas historias que a la postre el pueblo empezó a mirarlo como a
personaje de leyenda.
Tan grande fué el terror que el famoso bandido llegó a inspirar, que los
más poderosos hacendados, para verse libres de un ataque, se hicieron
sus feudatarios, pagándole cada mes una contribución en dinero y víveres
para sostenimiento de la banda.
En vano mandó el virrey colocar en los caminos postes con carteles
ofreciendo cuatro mil pesos por la cabeza del _Rey del Monte_. Y pasaban
meses y corrían años, y convencida la autoridad de que empleando la
fuerza no podría atrapar al muy pícaro, que siempre se escabullía de la
celada mejor dispuesta, resolvió recurrir a la traición.
Nada más traicionero que el amor. Una Dalila de azabache se comprometió
a entregar maniatados al nuevo Sansón y a sus principales filisteos.
Pasando por alto detalles desnudos de interés, diremos que una noche,
hallándose el _Rey del Monte_ entre la espesura de un bosque, acompañado
de su coima y de cuatro o seis de los suyos, Dalila cuidó de
embriagarlos, y a una hora concertada de antemano penetraron en el
bosque los soldados.
El _Rey del Monte_ despertó al ruido, se lanzó sobre su trabuco, apuntó
y el arma no dio fuego. Entonces, adivinando instintivamente que la
mujer lo había traicionado, tomó el trabuco por el cañón y lo dejó caer
pesadamente sobre la infeliz, que se desplomó con el cráneo destrozado.